25 febrero 1993
Será reemplazado por su ministra Kim Campbell, que cuanto con apenas unos meses para intentar convencer al electorado de que mantenga su confianza en el Partido Conservador
Brian Mulroney dimite como primer ministro de Canadá y como líder del Partido Conservador ante la crisis económica que padece el país
Hechos
El 24.02.1993 el primer ministro de Canadá, Brian Mulroney, presentó su dimisión.
Lecturas
UNA MUJER ‘PREMIER’
27 Febrero 1993
Dimitir en Canadá
CON SU dimisión, Brian Mulroney, primer ministro conservador de Canadá, ha reconocido su incapacidad para hacer frente a los problemas políticos y económicos del país: él mismo ha afirmado que se le han acabado las ideas. Pero lo que resulta doblemente interesante es que no haya querido esperar al resultado de las elecciones generales que debían celebrarse, como muy tarde, en noviembre del presente año.Sus ocho años en el poder no han sido un camino de rosas. La mayoría parlamentaria de su partido Progresista Conservador (PC) -la mayor de la historia de Canadá- fue erosionada por dos temas centrales: la ratificación del Tratado de Comercio Canadá-Estados Unidos (ALC), que, aunque obtenida en diciembre de 1988, continuó inquietando a los canadienses, que temían ser absorbidos por la potencia económica del Sur. Y la interminable y aún no resuelta batalla de la reforma constitucional.
El Tratado de Comercio fue superado por elevación con la firma, el año pasado, del Tratado de Libre Comercio entre EE UU, Canadá y México, presentado como la única fórmula superadora de las tensiones económicas del continente. Con él, los canadienses han empezado a encararse con los retos del mundo exterior y con un proyecto de unidad a largo plazo que tal vez les permita olvidar las divisiones internas. Quizá ése fue el mayor éxito de Mulroney.
En el caso de la reforma constitucional, el primer ministro dimisionario ha fracasado en toda la línea. Hasta ahora no ha sido posible dar forma coherente en la estructura federal canadiense a la «sociedad diferenciada» de la provincia francófona de Quebec o al «derecho inherente» de las minorías indias a autogobernarse dentro de los Estados federados. La reforma, largamente gestada en interminables reuniones, fue sometida a referéndum en octubre de 1992. La respuesta de la ciudadanía fue un rotundo no, en lo que constituía una desaprobación a la soberbia tanto de Quebec como de los líderes políticos. Curiosamente, si la consecuencia del no es hoy la dimisión del líder político, también ha producido lo que pretendía el referéndum: el drástico enfriamiento de las aspiraciones independentistas de los francófonos. Pero la cuestión sigue completamente abierta.
En los últimos meses, Mulroney ha tenido que hacer frente a los riesgos de la interdependencia con una economía estadounidense en dificultades y a la dureza de su competencia, estimulada por la supresión de las barreras aduaneras como consecuencia del ALC. Canadá se ha deslizado hacia una recesión inesperadamente severa. Unas tasas de interés muy altas y un dólar canadiense cada vez más fuerte han bajado la inflación a poco más del 1%, pero han empujado el paro hasta el 11%. Y el líder conservador no se ha sentido capaz de hacer frente de nuevo a la baja de su popularidad, cifrada hoy en un 9%.
Mulroney ha afirmado que quiere ser el primer líder conservador que cede los trastos a un heredero antes de una elección general, porque entiende que sólo «un nuevo liderazgo puede provocar el cambio necesario para dar al partido una oportunidad real de victoria». Pero incluso si su sucesor es persona de gran fortaleza política, en los comicios generales del otoño tendrá que luchar no sólo con la impopularidad de los conservadores, sino con el empuje de dos formaciones marginales: el independentista Bloc Québecois y, en el oeste, el ultraconservador Partido de la Reforma. Parece que llega la hora de los liberales del antiguo primer ministro Pierre Trudeau, a los que los conservadores barrieron del poder en 1984.
El Análisis
Después de casi nueve años en el poder, Brian Mulroney no abandona porque haya perdido una votación parlamentaria, sino porque parece haber perdido al país. El hombre que llevó a los progresistas-conservadores a las gigantescas victorias de 1984 y 1988 llega a 1993 desgastado por la recesión y el desempleo, la impopularidad del nuevo GST, las polémicas del libre comercio con Estados Unidos y, especialmente, el fracaso de sus intentos de resolver constitucionalmente la cuestión de Quebec mediante los acuerdos de Meech Lake y Charlottetown. Cuando anuncia su retirada el 24 de febrero, su partido ronda apenas el 18% en algunos sondeos. Los conservadores necesitan, por tanto, algo más que otro jefe: necesitan convencer a Canadá de que un partido que lleva nueve años gobernando representa ahora el cambio. De ahí el atractivo de Kim Campbell, abogada de Vancouver, antigua ministra de Justicia y entonces ministra de Defensa, primera mujer que había ocupado ambos puestos. Tiene 46 años, está divorciada dos veces y no tiene hijos: una biografía privada inhabitual para el jefe de Gobierno de 1993 y que algunos adversarios intentaron utilizar contra ella, aunque precisamente su perfil independiente, occidental y poco convencional contribuía a presentarla como una ruptura con la vieja imagen del Gobierno Mulroney.
Campbell tampoco ha recibido el poder por designación. En la convención conservadora tuvo que derrotar al joven ministro de Medio Ambiente Jean Charest, de 34 años, que estuvo cerca de darle la vuelta a una elección inicialmente considerada segura para ella; también concurrieron Jim Edwards, Garth Turner y Patrick Boyer. Campbell obtuvo el 48% frente al 39,5% de Charest en la primera votación y finalmente venció en la segunda por 1.817 delegados contra 1.630 (52,7%-47,3%). Su premio es histórico —primera mujer al frente del Gobierno canadiense— pero poco envidiable: debe convocar elecciones antes de noviembre y enfrentarse al liberal Jean Chrétien, mientras por el Oeste el Reform Party de Preston Manning roba electores conservadores y en Quebec el Bloc Québécois de Lucien Bouchard amenaza la antigua fortaleza electoral construida por Mulroney. Campbell tiene, en definitiva, unos pocos meses para realizar una operación políticamente dificilísima: ser heredera de Mulroney para conservar su mayoría parlamentaria y, simultáneamente, dejar de parecer su heredera para poder conservar a sus votantes. Su llegada puede renovar espectacularmente la imagen del Gobierno; falta comprobar si Canadá quería cambiar únicamente de primer ministro o, después de nueve años, también de partido.
JF