19 abril 1995
Hasta ese momento era el mayor atentado terrorista en suelo norteamericano. El responsable fue un particular, Timothy McVeight
Brutal atentado terrorista en Estados Unidos: una bomba en un edificio gubernamental de Oklahoma causa 169 muertos
Hechos
Un atentado con bomba el 19 de abril de 1995 causó 169 muertos.
Lecturas
El 19 de abril de 1995 a las 9.02 de la mañana, un camión Ryder alquilado explota frente al edificio federal Alfred P. Murrah de Oklahoma City. En su interior hay cerca de 5.000 libras —más de dos toneladas— de una mezcla explosiva basada principalmente en fertilizante de nitrato amónico y combustible. La explosión destruye aproximadamente un tercio del edificio de nueve plantas, incendia numerosos vehículos y causa daños en más de 300 edificios de los alrededores. El balance definitivo será aterrador: 168 muertos, entre ellos 19 niños, muchos de la guardería instalada en el propio edificio, y centenares de heridos. Se convierte en el atentado terrorista interno más mortífero cometido hasta entonces en Estados Unidos.
El autor principal resulta ser Timothy James McVeigh, antiguo soldado del Ejército estadounidense y veterano de la guerra del Golfo, radicalizado en posiciones violentamente antigubernamentales. McVeigh había desarrollado una profunda hostilidad hacia el Gobierno federal y particularmente hacia agencias como el FBI y la ATF. El episodio decisivo para él había sido el asedio de Waco, Texas: precisamente el 19 de abril de 1993, dos años exactos antes del atentado, había terminado con la muerte de decenas de miembros de la comunidad de los Davidianos. McVeigh llegó a desplazarse a Waco durante el cerco para repartir propaganda antigubernamental y terminó concibiendo el ataque de Oklahoma como una represalia contra el Gobierno federal. El Murrah Building fue elegido precisamente porque albergaba oficinas de 14 organismos federales.
La identificación del autor tuvo algo de extraordinaria casualidad policial. Entre los restos de la explosión apareció el eje trasero del camión, cuyo número de identificación permitió al FBI reconstruir su procedencia hasta la agencia Ryder de Junction City, Kansas. Los empleados describieron al hombre que lo había alquilado y se confeccionó un retrato robot. El propietario del motel donde había dormido proporcionó entonces un nombre: Timothy McVeigh. Cuando el FBI buscó sus datos descubrió con sorpresa que ya estaba detenido. Apenas 90 minutos después del atentado, un policía estatal, Charles J. Hanger, había parado el Mercury Marquis de McVeigh porque circulaba sin matrícula; al descubrir que llevaba ilegalmente una pistola oculta, lo arrestó. El presunto autor de la mayor matanza terrorista sufrida por Estados Unidos había sido capturado inicialmente por una simple infracción de tráfico y posesión de arma.
La investigación condujo inmediatamente hacia los hermanos Terry Lynn Nichols y James Douglas Nichols. McVeigh había sido compañero de Terry Nichols en el Ejército y había utilizado al ser detenido una dirección de Michigan perteneciente a James. Los registros encontraron abundante material que justificó investigar a ambos, pero pronto comenzaron a diferenciarse sus situaciones. Terry Nichols resultaría ser el verdadero colaborador: había ayudado a McVeigh a adquirir y robar materiales, preparar componentes y construir la bomba; en su domicilio apareció además un recibo correspondiente a 2.000 libras de fertilizante, con huellas de McVeigh. James Nichols, en cambio, fue investigado y detenido inicialmente por cuestiones relacionadas con explosivos y armas, pero no terminaría acusado como participante en el atentado. Otro antiguo compañero del Ejército, Michael Fortier, conocía el proyecto y posteriormente colaboraría con la acusación. La investigación, bautizada OKBOMB, acabaría realizando más de 28.000 entrevistas y siguiendo más de 43.000 pistas. McVeigh y Terry Nichols serían finalmente acusados en agosto de 1995.
Los responsables de la matanza fueron Thimoty McVeigh y Terry Nichols, detenidos a los pocos días.
–
VENGANZA POR WACO
21 Abril 2005
'Libanizar' el planeta
LA VIDA cotidiana en las urbes norteamericanas ya es, de suyo, muy violenta. La criminalidad en aumento y la degradación del tejido social componen un cuadro de desarticulación de la convivencia ciudadana. Pero, hasta fecha reciente, un luctuoso fenómeno que atemoriza a una parte del mundo desarrollado no figuraba en su paisaje de preocupaciones inmediatas: el terrorismo.El espantoso crimen de Oklahoma, en el que el número de muertos por el atentado con explosivos contra un edificio del Gobierno puede acercarse a los dos centenares, y que ha ocurrido a los dos años de una acción similar contra las Torres Gemelas de Nueva York, indica que EE UU ha entrado de la forma más brutal en la larga lista de Estados azotados por el terrorismo. Washington había podido contemplar hasta ahora con una cierta distancia, por ejemplo, el crecimiento de los integrismos islámicos que siembra la muerte a su alrededor, porque afectaba sólo a los Estados europeos más vinculados a la crisis de Oriente Próximo. No había faltado, por ello, quien sostuviera que la diplomacia norteamericana, con su habilidad para redactar listas de países que presuntamente apoyan el terrorismo, y de engrosar o rebajar esa nómina, podía haber obtenido seguridades contra la exportación de esa actividad criminal a su país.
La destrucción, por otra parte, del eje de enfrentamiento planetario entre EE UU y la URSS se salda hoy con una terrible globalización de los problemas internacionales. De, un lado, asistimos a una democratización de los conflictos, en el sentido de que cualquier colectividad, grupo, religión o bandería, no ya sólo los Estados, trata de combatir sus supuestos agravios llamando la atención del mundo entero con la violencia más indiscriminada. Es la propaganda por el acto, como la llamaban los terroristas del populismo ruso a fines del siglo pasado. De otro, es el mundo entero el que parece haberse convertido en un eventual campo de batalla una vez que el enfrentamiento entre los dos grandes bloques ha dejado paso a una lluvia de conflictos regionales. Es la libanización terrorista del planeta.
Todo ello pone de relieve la necesidad de combatir el terrorismo mundial, mundialmente; es decir, respondiendo a la desarticulación del tejido internacional con un contramovimiento de integración de ese tejido, puesto que el problema no es ya estatal, sino que afecta a todo el mundo. Así, la respuesta ha de buscarse en el plano de la colaboración entre los Estados deseosos de preservar un campo de interacción pacífico y próspero para todos los pueblos de la Tierra.
30 Abril 1995
Las incógnitas de Oklahoma
Todo hacía presagiar un final relámpago y ejemplar: detención fulminante del sospechoso número uno, impresionante despliegue policial, caída inminente del cómplice número dos… Y sin embargo, diez días después del atentado terrorista más brutal de la historia de Estados Unidos (119 muertos y 75 desaparecidos), cada vez es más densa la bruma que envuelve el «bombardeo» de Oklahoma.
Las dudas llaman ya a la puerta del propio Timothy McVeigh, que fue detenido de pura carambola, por haber perdido en el camino la matrícula del coche. McVeigh está castigando a los jueces con un lacerante silencio de piedra, mientras los investigadores siguen acumulando «pruebas irrefutables» que no son tales.
En el FBI crece la sospecha de que McVeigh, veterano de la Guerra del Golfo, no sea quizás el hombre que buscan. Y si lo es, si se confirma definitivamente que alquiló la furgoneta que luego sería utilizada como caja de resonancia, persiste un último e inquietante interrogante final: ¿Actuó por cuenta propia o se trata de un simple emisario?
Pese a sus antecedentes militares y sus devaneos paramilitares, lo cierto es que su ficha policial estaba prácticamente limpia…
HERMANOS CHIFLADOS.- ¿Quién le apoya entonces desde la sombra? ¿Los hermanos Nichols, otros dos chiflados que han declarado por su cuenta y riesgo la guerra al Gobierno Federal? Más dilemas sin repuesta: ¿Por qué Oklahoma y no Washington o Nueva York? ¿O por qué no Dallas o Houston, si lo que se trataba es de vengar la tragedia de Waco, Texas? ¿Y por qué el 19 de abril, segundo aniversario de la castástrofe de los davidianos, y no cualquier otra fecha?
La versión oficial, hasta el momento, no es más que una simple especulación. Se golpeó Oklahoma porque era mucho más fácil y porque representa de alguna manera el corazón de América. Se eligió la sede del Gobierno Federal porque allí está el Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, enemigo no declarado de la milicia de ultraderecha.
Por cierto, ¿hasta qué punto están involucrados los «mercenarios» de Michigan, de Montana, de Arizona o de Texas? ¿Son fiables los rumores, las amenazas, los «llamamientos a la acción» que circularon días antes por los círculos de la ultraderecha?
Y finalmente: ¿Puede haber un complot político detrás de todo esto? ¿Qué sabe o qué no sabe el congresista republicano Steve Stockman, que recibió un fax premonitorio horas antes del atentado? ¿Qué conexiones existen entre la facción cavernícola del Partido Republicano y todos estos grupúsculos que llaman a las armas a los ciudadanos para defenderse del acoso intolerable del Gobierno?
Las falsas alarmas y las maniobras de despiste también han sido sospechosamente habituales desde el primer día, comenzando por la pista del integrismo islámico.
Pero la carnaza diaria para la prensa tiene desde el segundo día un nombre impropio: «John Doe number 2» («Juan Nadie número dos»). O sea, el sospechoso número dos, el del tatuaje en el brazo izquierdo y gorra de béisbol vuelta del revés, cuyo retrato-robot invade permanentemente los hogares norteamericanos.
«JUAN NADIE».- Primero se pensó que «John Doe number 2» pudiera ser Terry Nichols, ex compañero de filas de McVeigh. Luego se dijo que no, que tanto Terry como su hermano James fueron detenidos como potenciales testigos y por posesión de explosivos, pero sin estar vinculados directamente con el atentado.
Luego se le identificó con un tal David Iñiguez, detenido en California, liberado poco después sin cargo alguno. Se dijo también, esta misma semana, que el FBI había identificado ya al segundo sospechoso y que se trataba de un ex soldado de paso por Fort Riley, Texas, donde se detectó recientemente una «fuga» de TNT y material plástico, probablemente usado para fabricar la bomba.
Más carnaza… «John Doe number 2» puede tener en sus manos una segunda bomba y atacar en el momento menos pensado. El FBI sigue la pista de al menos diez sospechosos relacionados con el atentado. Las investigaciones se centran ahora en Pendleton, Nueva York, donde creció Timothy McVeigh, y en Kingman, Arizona, donde al parecer vivió durante los dos últimos años.
Si no es por el «paseíllo» que hizo ante las cámaras de televisión, el rostro de hielo y el mono color butano, los americanos dudarían ahora mismo de la existencia real del tal McVeigh. Pasan los días y crecen las suspicacias contra el FBI y contra el propio Gobierno.
Entre tanto, la indignación popular va a más y Clinton necesita urgentemente un golpe efecto. ¿Cuánto habrá que esperar?
23 Abril 1995
Nazis en casa
PENSABAN QUE era fuera, en un mundo complejo y peligroso, donde acechaban todos los enemigos. Y estaban, por ello, inmersos en un gran giro político y cultural hacia la introspección y el aislacionismo. Cerrar las fronteras al inmigrante, desvincularse de conflictos lejanos, desentenderse de la ayuda al Tercer Mundo, olvidar los sistemas de seguridad globales y crear uno propio contra posibles ataques nucleares a su territorio. Todos estos objetivos, contemplados en el Contrato con América que ha llevado a los republicanos a dominar el Parlamento en Washington, residen en el mito centenario de la bondad intrínseca del llamado sueño americano. Ha sido el mito religioso de la seguridad y generosidad de una tierra, América, que han venerado durante generaciones los inmigrantes blancos de procedencia europea que integran hoy la clase media norteamericana.Sin saber esto es difícil entender, desde una Europa acostumbrada a siglos de guerras, conflictos étnicos y terrorismo, la terrible conmoción social que ha provocado en EE UU el atentado con un coche bomba contra un edificio oficial en la ciudad de Oklahoma, cuyo balance final de muertos superará previsiblemente el centenar. El atentado no se ha producido en una avanzadilla de norteamericanos en el peligroso mundo exterior, como sucedió con el ataque a su Embajada en Líbano en 1983. Ha sido en pleno corazón de la América bendecida, entrañable y segura. Por ello era previsible que desde un principio la población se volcara a buscar enemigos externos en supuestos terroristas islámicos o narcotraficantes latinoamericanos. Y por ello ha sido tal el estupor cuando el viernes el FBI informaba que había sido detenido el primer sospechoso,. y que, tanto éste como otros aún buscados, son como los prototipos del norteamericano ideal de las clases medias: blanco, origen europeo anglosajón, norteamericano desde hace generaciones, patriota y creyente.
Los primeros indicios sugieren que lo son todo en exceso. Tan blancos que formaban parte de un grupo de defensa de la supremacía blanca o, sin eufemismos, racista. Tan patriotas que consideran al Gobierno, sea cual sea, traidor a los ideales norteamericanos y agente de una conspiración sionista para degenerar América por vías de la multiculturalidad y la igualdad entre razas y religiones.
Forman parte de uno de los centenares de grupos paramilitares que han surgido en EE UU en los últimos años -según expertos del FBI, pueden contar actualmente hasta con 50.000 miembros en total-Son grupos fuertemente armados, que realizan regularmente ejercicios paramilitares. Nutridos por jóvenes blancos, son células de adoctrinamiento jerarquizadas que promulgan el odio a otras razas, hostilidad a todo lo considerado foráneo e intelectual y la resistencia contra una Administración traidora que intenta imponer reglas antiamericanas, como impuestos con fines redistributivos o el control de las armas de fuego. Son nazis. Y han proliferado gracias al mensaje antiliberal y combativo de todo un ejército de predicadores del fanatismo religioso ultraconservador, omnipresentes en televisiones, radios y circuitos informáticos. Llaman a la guerra santa contra el aborto, los intelectuales, los judíos y los impuestos. Unos jóvenes fanáticos con exceso de celo se han tomado el ,mensaje antigubernamental mortalmente en serio.
Los norteamericanos están bajo la profunda conmoción de saber que tienen al enemigo en casa. Hasta ahora, todos los intentos por reprimir la proliferación de armas de fuego, el culto a la violencia y la propaganda nazi han fracasado por la resistencia de grupos de presión o la convicción popular de que atacan las libertades. Ahora saben que también en los sótanos de la bendecida América anidan las serpientes del nazismo. Esperemos que acaben viendo que las alimentan esos mensajes de intolerancia, desprecio y odio que lanzan algunos salvapatrias con mucho predicamento también entre quienes hoy están espantados ante este crimen.
El Análisis
Para los españoles, la magnitud de Oklahoma City corre el riesgo de quedar parcialmente eclipsada por una coincidencia extraordinaria: la mañana del mismo 19 de abril ETA había intentado asesinar en Madrid al jefe de la oposición, José María Aznar López. España tenía inevitablemente los ojos puestos en su propio terrorismo cuando, unas horas después, llegaban desde Estados Unidos las imágenes de un edificio federal convertido en escombros. Para los estadounidenses, en cambio, Oklahoma contiene una lección especialmente inquietante. Durante medio siglo, la primera potencia mundial ha gastado fortunas preparándose contra amenazas procedentes del exterior: bombarderos enemigos, misiles intercontinentales, submarinos nucleares, espías y, más recientemente, terrorismo internacional. Después del atentado contra el World Trade Center de 1993 resultaba incluso comprensible que las primeras sospechas de Oklahoma volvieran a mirar hacia Oriente Próximo. Pero esta vez el enemigo no había atravesado ninguna frontera. Era un antiguo soldado estadounidense que circulaba por las carreteras de Oklahoma en un automóvil sin matrícula.
Quizá eso sea lo más desconcertante de la matanza. Timothy McVeigh no dispone de un Ejército, de una organización terrorista internacional ni de los recursos de un Estado enemigo. Es un particular radicalizado que considera al propio Gobierno de su país responsable de una tiranía y decide vengar, especialmente, los muertos de Waco, haciendo coincidir deliberadamente la matanza con su segundo aniversario. Con ayuda de Terry Nichols, materiales relativamente accesibles, conocimientos técnicos, un camión alquilado y una determinación homicida consigue matar a 168 personas y destrozar buena parte de un edificio federal. Estados Unidos continuará necesitando proteger sus fronteras, su espacio aéreo y sus ciudades frente a enemigos extranjeros. Pero Oklahoma acaba de demostrar algo que ningún escudo antimisiles puede resolver: una sociedad puede construir defensas formidables contra el enemigo que intenta entrar y seguir siendo extraordinariamente vulnerable al enemigo que ya estaba dentro.
J. F.