26 julio 1986

"Carta a un hermano asesinado"

Dura carta de José Francisco Mateu Istúriz, hermano de un juez asesinado por ETA e hijo de un juez asesinado por ETA, responsabilizando al Gobierno de no impedir sus muertes

Hechos

Sobre las 08.00 del 26 de julio de 1986, ETA asesinó en la localidad guipuzcoana de Arechavaleta al teniente de la Guardia Civil Ignacio Mateu Istúriz y al agente Adrián González Revilla.

Lecturas

Sobre las 08.00 del 26 de julio de 1986, ETA asesinó en la localidad guipuzcoana de Arechavaleta al teniente de la Guardia Civil Ignacio Mateu Istúriz y al agente Adrián González Revilla.

La banda terrorista había colocado esa madrugada una bomba en la hierba de un campo próximo a la casa-cuartel de la guardia civil en esta localidad. Los dos agentes fueron notificados de la acción terrorista, por lo que procedieron a inspeccionar la zona para encontrar la bomba y desactivarla. Sin embargo, la bomba alcanzó de lleno a los dos agentes y fueron asesinados. González Revilla falleció en el acto y el teniente Mateu mientras era trasladado en ambulancia al hospital vitoriano Ortiz de Zárate.

Ignacio Mateu era hijo del magistrado José Francisco Mateu Canoves, a quien ETA también había asesinado a tiros en 1978. A su padre no le había gustado mucho que su hijo ingresase en la Guardia Civil y le había dicho: «Con uno en la familia que esté amenazado ya es suficiente», según recogió el diario ABC.

El día del atentado, Ignacio Mateu se iba a trasladar a Madrid para realizar un curso de idiomas, pero al enterarse del atentado etarra, decidió quedarse.

El 29 de julio de 1986 el periódico YA publica la siguiente carta de D. José Franciso Mateu Istúriz, hermano del asesinado D. Ignacio Mateu Istúriz e hijo del también asesinado juez Sr. Mateu Canoves.

Carta a mi hermano asesinado

Querido Nacho:  Con los ojos rebosantes de lágrimas, que caen sobre el papel, te escribo esta carta con el afán de suplir la conversación que, desgraciadamente, no nos facilitaron junto a tu lecho de muerte.

Quisiera, en primer lugar, que me perdonases por las lágrimas: ya sé que a ti no te gusta que lloremos, pero no somos tan fuerte como tú. Perdóname por las ideas demoledoras para tu espíritu expuestas a ti muchas veces con la finalidad de que abandonases el servicio voluntario en el País Vasco. Sé que aquello generaba una tremenda lucha entre tu preclara inteligencia y tu magnífico corazón. En cada conversación que teníamos sobre la posición de desmembración de España, tú me dejabas entrever que era una realidad política próxima; que el País Vasco estaba perdido… y no precisamente por la incapacidad de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Sabías que eras un instrumento de una política abandonista tendente a salvaguardar intereses inconfesables: en definitiva, sabías que estabas al servicio del Gobierno y no del Estado.

Sin embargo, lo que no podía saber, aunque la posibilidad la tenías presente, era que eso tú no lo llegarías a ver. Desde esta perspectiva has tenido suerte, aunque concretamente a mí me dé lo mismo, e incluso podría llegar hasta alegrarme si eso supusiera el fin de las muertes inútiles.

Perdóname por el dolor que te causó que entre los hermanos acordásemos, en nuestro servicio militar no jugar la bandera española para evitar quedar obligados por el contenido que el juramento comporta. Tú, aunque racionalmente podías llegar a aprobarlo, sé que espiritualmente sólo te produjo dolor y un cierto desprecio por nosotros. Tú asumiste la obligación… ¡y de qué manera la has cumplido!

Se me saltan las lágrimas al imaginar la escena de la explosión: tú bañado en sangre, sin tus fuertes piernas y brazos, pero con tu fuerte corazón prohibiendo a tus guardias que no se acercasen a recogerte porque podía haber otra bomba escondida. Sé que les amabas apasionadamente. Entre ellos, entre su honestidad, valor y sencillez decías que era donde te encontrabas a gusto, aunque bien sé que aquello era una huida de las conclusiones a las que tus fríos análisis prácticos te conducían. Ahí precisamente está tu mérito: saber que estnado todo perdido, estabas dispuesto a morir – como has hecho – por ello.

Pensar que no querías morir por no dar otro disgusto a mamá o porque tenías muchos pecados, fue un error tuyo. Tú no debías morir, porque en este país eras insustituible, ahora y en el futuro. Podías haber sido cualquier cosa en la vida civil, y, desde luego, ministro del Interior. Lo que hubieses emprendido te habría llevado al éxito social en muy poco tiempo, con lo que material y espiritualmente ello lleva consigo. En cualquier lugar habrías triunfado y habrías sido mucho más útil a la sociedad española que en donde estabas.

Ese ‘error’ voluntario en la elección de tu futuro es tu grandeza. Sabías que te equivocabas y que ello podría causar tu muerte, como así ha sucedido. Eras demasiado bueno para lo mediocres que somos el resto de los que nos ha tocado vivir en España. Tú no tenías que haber nacido aquí.

El amor a España y a tus guardias, con el componente de irracionalidad que lleva consigo todo amor, es una de las causas de tu muerte, junto a otras dos: la conducta de los ‘mindundis’ políticos, alguno de los cuales tuve la ‘satisfacción’ de saludar en tu funeral oficial, y los asesinos, jurídicamente hablando.

Cuantos proyectos e ilusiones truncados: tu boda con Belén, tu curso de alemán, nuestros paseos en piragua, las excursiones de aquí…

Por nosotros no te preocupes: aunque sin ti tenemos algo de miedo. A mamá le preocupan posibles represalias políticas por nuestra conducta de difundir públicamente lo que tú no podías decir, al no tener las estrellas suficientes sobre un uniforme, aunque en la cabeza te sobrasen.

Los medios de comunicación, a los que tú mirabas con cierto recelo, se han portado, por regla general, bien, a pesar de la dificultad que comporta para ellos una voluntad oficial contraria a la libertad de información.

Hemos tomado buena nota sobre el comportamiento del personal sanitario que te atendió en Mondragón cuando llegaste desangrándote: era previsible. A lo mejor el Gobierno excita el ‘celo’ de la Fiscalía General del Estado. (Es una broma…).

También sabemos que el hecho de que tú y tus guardias pagaseis los gastos de alojamiento y transporte de los familiares pobres de tu último guardia asesinado, por falta de ayudar económica del Estado, sólo os creó problemas.

Sé que os tenéis que distribuir los chalecos antibalas porque no hay para todos; que tu último guardia asesinado murió reventado por no llevar blindaje en los bajos de su vehículo; que tus guardias no pueden tener hijos en el cuartel de Inchaurrondo, por falta de espacio para alojarlos. En fin… como nosotros no tenemos estrellas que nos obliguen al silencio, haremos, en tu memoria, lo que se pueda: aunque bien sabemos que es poco.

Te diría, a título de despedida… Hasta estas vacaciones, si estuvieses en el mundo; pero como desgraciadamente no es así, te digo hasta siempre, y un fuerte abrazo de tu hermano.

Ignacio Mateu Isturiz

29 de julio de 1986