9 diciembre 1977
Cae en Portugal el Gobierno del socialista Mario Soares
Hechos
El 8 de diciembre de 1977 el parlamento de Portugal retiró su confianza al Gobierno de Mario Soares.
Lecturas
Las primeras elecciones presidenciales de Portugal fueron en junio de 1976.
En enero de 1978 Mario Soares formará un gobierno de coalición.
09 Diciembre 1977
La crisis portuguesa
DURAMENTE ATACADO por la derecha y aislado de otras fuerzas de la izquierda, el Gobierno socialista de Mario Soares fue derrotado ayer en el Parlamento en el acto final de una agonía que comenzó casi desde el mismo momento de su constitución -en julio del año pasado- y que se ha prolongado durante más de dieciséis meses.Mario Soares, político audaz y no tan mal estratega como piensan sus rivales, jugó fuerte desde un principio la carta de la permanencia de un Gobierno monocolor que contaba sólo con el apoyo parlamentario de 107 de los 263 diputados de la Asamblea de la República. Supo explotar con habilidad el hecho de que ni a su derecha ni a su izquierda había otra posibilidad de gobierno. y rechazó sistemáticamente las eventuales coaliciones que se le ofrecían para contar con una mayoría parlamentaria, seguro de que cualquier iniciativa en su contra tenía que pasar necesariamente por una alianza imposible y contra natura de los comunistas con los centristas del Partido Social Demócrata y la derecha del Centro Democrático Social. En. la medida en que esa unión era absolutamente imprevisible, Soares sabía que podría seguir gobernando en minoría. Y así ha ocurrido durante muchos meses. sobre todo por el hecho de que los partidos de la oposición compartían ese mismo análisis político y asumían como propia la inviabilidad de cualquier otra alternativa al Gobierno socialista.
Soares ha creído hasta el último momento, hasta ayer mismo, que ese esquema continuaba siendo válido. Y parecía tener razón, porque, anunciado de antemano que PSD y CDS votarían en contra en la cuestión deconfianza planteada por el propio Gobierno socialista, había muchas razones para creer que el PCP, con sus cuarenta diputados, evitaría la caída del Gobierno. Los comunistas siempre han creído que el Gobierno de Soares era el menos malo posible -descartada cualquier posibilidad de un Gobierno socialistas-comunistas-, y no han ocultado su preocupación por la formación de un eventual Gabinete formado por socialdemócratas y CDS. Aparentemente, los comunistas, convertidos excepcionalmente en árbitros de la situación, han desechado sus viejos temores y han roto un precario equilibrio político que todos los partidos aceptaban, aun a regañadientes.
Los comunistas tendrán que explicar su decisión, porque hoy todas las posibilidades de solución parecen bloqueadas: el PS insiste en gobernar solo, el PSD ha descartado cualquier eventual coalición con el CDS (que sería también minoritaria en el Parlamento) y el presidente Eanes se resiste a impulsar una especie de «Gabinete presidencialista» por encima de los partidos, pero con su apoyo tácito. Sólo unas elecciones anticipadas podrían desbloquear la situación, pero éstas no podrían ser convocadas antes de seis meses, ya que el Parlamento tendría que elaborar previamente una ley electoral, actualmente inexistente. Si con un Gobierno en ejercicio la gestión de la grave crisis económica ha sido ya bastante penosa, es fácil imaginar hasta qué límites podría deteriorarse una situación dominada por la incertidumbre como consecuencia de un vacío de poder prolongado durante seis meses más.
Porque ha sido la agudización de la crisis lo que ha hecho saltar por los aires el frágil equilibrio existente. El Fondo Monetario Internacional impuso unas duras condiciones -restricción presupuesiaria y monetaria a ultranza, y congelación salarial- para la concesión de un crédito de 1.500 millones de dólares, vital para la economía portuguesa. El pacto de la Moncloa español y el programa común italiano fueron los antecedentes invocados por Soares para gestionar estas impopulares medidas desde una plataforma conjunta con los partidos. El dirigente socialdemócrata Sa Carneiro forzó, con su espectacular dimisión, la negativa del segundo partido del país, y la derecha del CDS le siguió. Curiosamente fueron los comunistas, que ahora han negado su apoyo al Gobierno de Soares, los únicos que entonces secundaron aunque con ciertas reservas, los planes del primer ministro.
El FMI decidió, hace ya más de un mes, suspender sus conversaciones con Portugal hasta que no se le ofrecieran las garantías exigidas. La crisis abierta, ahora desatada, impide la reanudación de estas conversaciones, mientras las cifras del paro se acercan al 10% y la inflación se sitúa en los niveles más altos de Europa. Una solución política es necesaria con urgencia, solución que sólo será posible si los partidos ceden en sus actuales posiciones -que han provocado la caída del Gabinete Soares- para llegar a un acuerdo mínimo que pueda salvar a Portugal de la bancarrota.
El Análisis
El 8 de diciembre de 1977 el Parlamento portugués retiró su confianza al Gobierno del socialista Mário Soares, poniendo fin al primer Ejecutivo salido de las urnas tras la Revolución de los Claveles. Apenas año y medio después de aquel abril de 1976 en que el Partido Socialista se convirtió en el gran ganador de las primeras elecciones legislativas, la joven democracia portuguesa se enfrentaba a una prueba de fuego: la dificultad de gobernar en un Parlamento fragmentado y con fuerzas políticas aún en proceso de definición tras medio siglo de dictadura.
El PS de Soares, fuerza mayoritaria pero lejos de la mayoría absoluta, había gobernado en minoría, apoyándose ocasionalmente en alianzas variables. A su izquierda, el Partido Comunista Portugués (PCP), liderado por Álvaro Cunhal, mantenía un discurso firme y ortodoxo que limitaba cualquier entendimiento estable con los socialistas. A la derecha del espectro, el Partido Popular Democrático (PPD, luego PSD) de Francisco Sá Carneiro aspiraba a liderar una alternativa liberal y europeísta, mientras que los democristianos del CDS, encabezados por Diogo Freitas do Amaral, defendían posiciones conservadoras y más cercanas a la tradición católica. El resultado era un mosaico parlamentario donde cada votación se convertía en un pulso político, hasta que el desgaste acumulado terminó derribando al gabinete socialista.
La crisis de diciembre de 1977 no fue, por tanto, solo un revés personal para Soares, sino la expresión de un mal mayor: la fragilidad estructural del sistema político portugués en sus primeros pasos democráticos. Portugal había logrado consolidar su libertad, pero aún carecía de consensos sólidos para articular mayorías estables. La tensión social, los problemas económicos y el recuerdo cercano de las tentaciones revolucionarias hacían aún más complejo el juego parlamentario.
Pese a la caída de su primer gobierno, Mário Soares no salía del todo derrotado. Su figura continuaba siendo central en la democracia naciente, y su capacidad de negociación marcaría el rumbo de los años siguientes. La lección de 1977, sin embargo, quedaba clara: Portugal necesitaba no solo líderes con legitimidad, sino también mayorías sólidas capaces de garantizar estabilidad a un país que todavía estaba aprendiendo a caminar en libertad.
JF Lamata