27 enero 1978

Mario Soares forma un nuevo Gobierno de Portugal donde harán coalición el Partido Socialista y el CDS (derecha portuguesa)

Hechos

En enero de 1978 Mario Soares reasumió el cargo de primer ministro de Portugal.

27 Enero 1978

El nuevo Gobierno portugués

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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LA FORMALIZACIÓN de un Gobierno socialista-conservador (CDS) en Portugal abre paso a dos hechos hasta ahora inéditos en la joven democracia del país vecino, pero consultanciales a cualquier régimen parlamentario estable: la constitución de un Gobierno con mayoría parlamentaria y la posibilidad de una oposición frontal desde los partidos en minoría.Hasta la caída del Gobierno socialista minoritario de Mario Soares, hace ya casi un mes y medio, el sistema parlamentario portugués, que recogió una pesada herencia del régimen dictatorial anterior y de los primeros balbuceos revolucionarios, había funcionado de una manera tan singularmente anormal como en el caso italiano: un Gabinete monocolor sin mayoría en la Cámara dirigía el aparato del Estado gracias a la no desconfianza del resto de las fuerzas parlamentarias. En el caso portugués, el Partido Socialdemócrata, Centro Democrático Social y Partido Comunista votaron alguna vez en contra del Gobierno, pero nunca, hasta diciembre, se propusieron la caída inmediata de éste.

Ahora, el nuevo Gabinete cuenta con un programa político y económico definido y está respaldado por una mayoría -escasa, pero mayoría- de escaños en la Asamblea de la República. La negociación ha sido lenta y trabajosa, pero finalmente culminó en un acuerdo formal con vigencia hasta el final de la actual legislatura, en 1980. A cambio, sin embargo, de los votos necesarios para la constitución de un Gabinete estable, el Partido Socialista ha tenido que efectuar importantes concesiones en el terreno económico a sus partenaires del CDS. Concesiones no muy bien acogidas por ciertas bases izquierdistas del PS, lo que introduce ya un cierto factor de inestabilidad en el nuevo esquema.

Pero la oposición formal vendrá de las dos fuerzas -importantes fuerzas cualitativas- que han quedado descolgadas de la negociación gubernamental. Se trata del Partido Socialdemócrata, segundo del país, que se opuso desde, el principio a las negociaciones, y del Partido Comunista, que rechazó un acuerdo bilateral con los socialistas después de conocer el contenido real del pacto firmado por éstos con el CDS.

El PSD ya ha anunciado su oposición en el Parlamento al nuevo Gobierno. La posición de dureza del partido viene en gran parte determinada por la cada vez más firme reascensión del ex presidente Francisco Sa Carneiro, a quien ha beneficiado de una forma clara las indecisiones e inhibición mostradas por el partido, a todo lo largo de la crisis, bajo la dirección provisional del profesor Sousa Franco.

El Partido Comunista, que sólo tiene veinte diputados, controla, sin embargo, los sindicatos y puede beneficiarse del descontento producido en ciertos sectores socialistas por el desenlace de la crisis. Los comunistas no han anunciado todavía formalmente su oposición, pero lo cierto es que el nuevo Gobierno tendrá que contar con su fuerza sindical para intentar conseguir aquello que no pudo el Gobierno socialista anterior y que provocó, en definitiva, la caída del primer Gabinete Soares. Es decir, la firma por todas las fuerzas, políticas de un pacto económico que permita afrontar con garantías una crisis que se prolonga ya demasiado tiempo y que faculte al nuevo ejecutivo a entablar con el Fondo Monetario Internacional las negociaciones -interrumpidas desde octubre- para la concesión de un importante crédito de más de quinientos millones de dólares.

El Análisis

Soares regresa al timón: Portugal enfrenta su frágil democracia

JF Lamata
El 30 de enero de 1978, Mário Soares, líder del Partido Socialista (PS), juró nuevamente como primer ministro de Portugal, encabezando el II Gobierno Constitucional, esta vez en coalición con el Centro Democrático Social (CDS). Tras la caída de su primer gobierno minoritario en diciembre de 1977, Soares regresa con un gabinete que combina socialistas moderados, independientes y figuras militares, buscando estabilizar una joven democracia portuguesa nacida de la Revolución de los Claveles de 1974. Este nuevo gobierno, que incluye nombres como José Medeiros Ferreira (Asuntos Exteriores), Henrique Medina Carreira (Finanzas) y António Lopes Cardoso (Agricultura), enfrenta retos colosales: una economía en crisis, tensiones políticas internas y la necesidad de consolidar un sistema democrático aún tambaleante. En un país marcado por años de dictadura salazarista y un proceso revolucionario turbulento, Soares debe navegar un mar de desafíos donde cada decisión puede fortalecer o fracturar la frágil democracia portuguesa.

El contexto no podría ser más adverso. Portugal, golpeado por la crisis del petróleo de 1973, las nacionalizaciones postrevolucionarias y la llegada de medio millón de “retornados” de las excolonias, enfrenta una inflación cercana al 20%, un desempleo superior al 7% y una moneda, el escudo, en constante devaluación. El primer gobierno de Soares (1976-1978) se vio forzado a implementar medidas de austeridad impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), tras un préstamo de 1,500 millones de dólares negociado con 14 países. Estas políticas, aunque necesarias, lo hicieron profundamente impopular, erosionando el apoyo popular al PS. La coalición con el CDS, un partido de derecha, es un matrimonio de conveniencia que busca ampliar la base parlamentaria, pero las diferencias ideológicas entre ambos—los socialistas abogan por un estado de bienestar, mientras el CDS defiende posturas más conservadoras—amenazan con fracturar el gobierno. La desconfianza mutua, evidenciada por la salida del CDS en julio de 1978, augura una alianza frágil.
Los retos de Soares son titánicos. En primer lugar, debe estabilizar la economía sin alienar aún más a una población agotada por la austeridad. La creación de un Ministerio de Planificación Económica, liderado por António Sousa Gomes, refleja el intento de coordinar una recuperación, pero los resultados son inciertos. En segundo lugar, debe consolidar la democracia frente a las tensiones heredadas del período revolucionario (1974-1975), cuando el Partido Comunista Portugués (PCP) y sectores radicales del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) intentaron imponer un modelo de izquierda dura. La victoria del PS en las elecciones de 1976 y el fracaso del golpe de izquierda en noviembre de 1975 marcaron un punto de inflexión, pero el PCP sigue siendo una fuerza opositora temida, mientras la derecha, representada por el Partido Social Demócrata (PSD) y el CDS, presiona por un giro más conservador. Además, Soares enfrenta un roce creciente con el presidente Ramalho Eanes, cuya decisión de destituirlo en julio de 1978, tras la ruptura con el CDS, revela una relación política tensa que amenaza la estabilidad institucional.

A nivel internacional, Soares apuesta por integrar a Portugal en Europa, un pilar de su visión política. Su gira por capitales europeas en 1977 y la solicitud formal de adhesión a la Comunidad Económica Europea (CEE) el 28 de marzo de ese año son pasos audaces para anclar a Portugal en la órbita democrática occidental, alejándolo del aislamiento salazarista y de las influencias comunistas. Sin embargo, esta ambición choca con la resistencia interna y la precariedad económica, que dificultan las reformas necesarias para cumplir con los estándares europeos. Mientras tanto, la sombra de la Guerra Fría persiste: Estados Unidos, que en 1974 temía que Portugal se convirtiera en un “Kerensky” comunista, ahora apoya a Soares a través de la embajada de Frank Carlucci, pero exige un compromiso firme con la OTAN y el pluralismo democrático.
El II Gobierno Constitucional de Soares es un acto de equilibrismo en una cuerda floja. La coalición con el CDS es inestable, la economía no da tregua y la democracia portuguesa, aunque joven, está lejos de estar consolidada. Soares, conocido por su carisma y su lucha contra el salazarismo—fue encarcelado 12 veces y exiliado en Francia—, es una figura central en este momento crítico, pero su popularidad está en declive. La pregunta no es solo si podrá estabilizar el país, sino cuánto tiempo resistirá un gobierno atrapado entre las expectativas de una sociedad herida y las divisiones de una clase política aún aprendiendo a ser democrática. En este enero de 1978, Portugal no solo estrena gobierno; se juega su futuro.
J. F. Lamata