7 marzo 1992

Han hecho falta 103 días de negociaciones desde las elecciones de noviembre

Cambio en Bélgica: El democristiano Jean Luc Dehaene se convierte en nuevo primer ministro de Bélgica reemplazando a Martens

Hechos

El 8.03.1992 Jean Luc Dehaene tomó posesión como primer ministro de Bélgica.

Lecturas

Un peso pesado de la política.

El nuevo ‘premier’ de Bélgica, Jean Luc Dehaene, es un auténtico peso pesado de la vida política belga, por su dilatada experiencia en tareas de gobierno y por sus cien kilos de peso. Nació hace 51 años en Montpellier. Es un reputado especialista en solucionar crisis políticas. Su ombramiento no ha sido una sopresa, ya que es uno de los personajes más influyentes en su partido, el democristiano flamenco (CVP). Sus inicios en la política se remontan a su militancia entre 1965 y 1972 en el Movimiento Obrero Cristiano Flamenco (ACW). Durante 1979-81 fue responsable del primer Gabinete en Martens. ENtre 1981 y 1988 fue ministro de Asuntos Sociales y Reformas Institucionales. El mismo año, el rey Balduino le pidió desbloquear una crisis que tuvo al país con un Gobierno provisional durante 347 días. Hasta ahora era le responsable de la cartera de Comunicaciones. Sus adversarios le critican por su escasa presencia como diplomático.

El Análisis

Bélgica cambia de hombre para continuar la misma coalición

JF Lamata

La salida de Wilfried Martens cierra una época más que señalar una derrota personal. Primer ministro prácticamente sin interrupción desde 1979, había presidido nueve gobiernos y conseguido algo extraordinariamente difícil en Bélgica: sobrevivir durante doce años a crisis económicas, coaliciones cambiantes y al interminable conflicto entre flamencos y francófonos. Bajo sus gobiernos Bélgica avanzó decisivamente desde el viejo Estado unitario hacia una estructura regional y comunitaria cada vez más descentralizada, mientras durante los años ochenta se aplicaban políticas de austeridad, moderación salarial y recuperación de competitividad. Pero semejante longevidad también terminó convirtiéndolo en símbolo de un sistema político fatigado. Las elecciones del 24 de noviembre de 1991, el llamado domingo negro, castigaron duramente a los partidos tradicionales y registraron el espectacular avance del Vlaams Blok, además del crecimiento ecologista: los cuatro partidos de la coalición —democristianos flamencos y francófonos, CVP y PSC, y socialistas flamencos y francófonos, SP y PS— perdieron conjuntamente catorce diputados respecto a su representación anterior, aunque conservaron mayoría. Después de más de cien días de negociaciones, la solución tiene algo paradójico: cambia el primer ministro pero permanecen exactamente las mismas cuatro familias gubernamentales. Martens no ha sido expulsado por una alternativa triunfante; simplemente parece haber llegado el momento de que el hombre que personificaba el sistema deje paso a quien mejor sabe hacerlo funcionar.

Y ése es Jean-Luc Dehaene, quizá el gran ganador del relevo. No representa una ruptura con Martens sino casi su continuación generacional: también flamenco, también democristiano del CVP, vicepresidente del Gobierno saliente y durante años uno de sus principales especialistas en las endiabladas negociaciones institucionales belgas. Su fama no es la del tribuno carismático, sino la del “deminador”, “bulldozer” o “panzer”, el hombre capaz de encerrarse durante semanas con partidos enfrentados hasta encontrar una fórmula que todos puedan aceptar. Los socialistas también pueden considerarse vencedores: pese al castigo electoral permanecen en el Gobierno y Willy Claes asciende a Exteriores; los liberales, en cambio, vuelven a quedar fuera, y Martens y Mark Eyskens abandonan el gabinete. Pero Dehaene recibe una herencia nada cómoda: una deuda pública cercana al 130% del PIB, la necesidad de cumplir las condiciones de la futura Unión Monetaria Europea y, sobre todo, completar la reforma constitucional que debe transformar definitivamente Bélgica en un Estado federal. Martens fue durante doce años el equilibrista que mantuvo unido un país cada vez más dividido; Dehaene llega precisamente porque ha demostrado ser uno de los mejores negociadores para desmontar parte de aquel Estado unitario sin desmontar Bélgica con él. Más que una alternancia, el relevo parece una entrega de testigo: se marcha el político que hizo posible la transformación belga y llega el técnico del compromiso encargado de terminarla.

J. F.