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Su muerte se produce en plena campaña electoral para las presidenciales en las que se enfrenta el presidente actual, general Ramalho Eanes (considerado un militar próximo a la izquierda) con el general Soares Carneiro (considerado un militar más conservador)

Conmoción en Portugal: Muere en accidente de avión Francisco Sa Carneiro, primer ministro y líder de la derecha portuguesa

HECHOS

El 5.12.1980 se hizo público el fallecimiento del primer ministro portugués, Francisco Sa Carneiro y el ministro de Defensa, Amaro da Costa, en un accidente de aviación.

05 Diciembre 1980

La expectativa frustrada de la derecha democrática

Eduardo San Martín

Con la muerte de Francisco Sa Carneiro, las elecciones presidenciales portuguesas pierden, a sólo tres días del primer asalto de estos trascendentales comicios, a uno de sus dos principales protagonistas. Porque el desaparecido primer ministro portugués era el verdadero aglutinante de las fuerzas políticas que utilizando la plataforma de la candidatura del general Soares Carneiro, se disponen a institucionalizar definitivamente un proceso de normalización que comenzó hace ahora cinco años, adquirió un importante impulsó con el triunfo de la coalición centroderechista Alianza Democrática en diciembre del año pasado y debería tener una culminación con estos comicios de resultar elegido el candidato gubernamental.Frente a las pretensiones de reelección del presidente Ramalho Eanes, convertido circunstancialmente en el candidato de la izquierda socialista y comunista portuguesa y partidario de mantener algunas de las bases, de la socializante Constitución de 1976, las fuerzas reunidas en torno a la coalición de Gobierno han quedado huérfanas de un auténtico líder y de uno de los hombres políticos más eficaces e intuitivos de la Europa occidental. Odiado, pero respetado, por sus oponentes políticos y admirado, pero temido, entre sus propios partidarios, la derecha portuguesa probablemente no habría soñado en los días siguientes al golpe militar de abril de 1974 con encontrar un mejor abogado que este hombre, que, aun con vitola de socialdemócrata, la ha llevado a las puertas del poder sólo seis años después de perderlo a manos de un puñado de capitanes inexpertos.

Nacido en Oporto, hace 45 años, Francisco Sa Carneiro, abogado y antiguo miembro de las Juventudes de Acción Católica, se inició en la vida política al final de la década de los años sesenta como cabeza de fila del grupo liberal de la Asamblea Corporativista del régimen de Salazar. Aprovechando las expectativas que despertó la llegada al poder de Marcelo Caetano, aquel grupo intentó plantear la batalla de la democratización del sistema desde la legalidad. Sólo cuatro años después, los jóvenes liberales de la Asamblea abandonaban sus escaños una vez comprobada la imposibilidad de abrir desde dentro un sistema cuyos centros reales de poder seguían siendo detentados por la vieja guardia salazarista.

En torno a ese grupo básico se forma, ya desde el golpe de 1974, el Partido Popular Democrático, una formación de universitarios, profesionales y cuadros que se convertiría, tras las primeras elecciones democráticas de 1975, en el segundo partido más votado del país. Un grave accidente de automóvil y una subsecuente enfermedad tuvieron apartado a Sa Carneiro del partido desde mayo a septiembre de 1975, precisamente en los momentos en los que la revolución portuguesa atravesaba uno de sus momentos de mayor crispación. Durante ese período, el PPD, bajo la dirección del viejo luchador antifascista Emidio Guerreiro tomó una orientación claramente socialdemócrata y contribuyó a la aprobación de la Constitución de 1976, cuya revisión se había convertido, paradájicamente, en el principal objetivo del programa político de Sa Carneiro de los dos últimos años.

En el turbulento congreso celebrado en Oporto una semana después del contragolpe del 25 de noviembre de 1975, Sa Carneiro recuperó el control del PPD, aun a costa de sufrir la escisión de los principales exponentes de su ala izquierda. Apenas dos años después, Sa Carneiro lograría la definitiva homogeneización de su partido, ahora denominado PSD (Partido Social Demócrata), tras una crisis de cuatro meses, que concluiría con la dimisión de la direccion provisional del partido, acusada por Sa Carneiro de demasiado eanista, y de una tercera parte de los diputados del grupo parlamentario liderados por Sousa Franco.

Hecha la unanimidad en torno al sector más conservador del partido, los siguientes pasos de Sa Carneiro hacia el poder ya fueron más fáciles. Esperó la ruptura de la coalición de los socialistas y democristianos del CDS y el fracaso sucesivo de tres gobiernos «presidenciales» para formar Alianza Democrática (PSD, CDS y monárquicos). La capitalización de los errores de los socialistas y del propio Eanes y las ventajas añadidas que el sistema D’Hont proporciona a las coaliciones facilitaron su victoria electoral de diciembre de 1979, ampliamente confirmada en «los comicios del pasado mes de octubre. Sa Carneiro confiaba en superar, a partir del próximo domingo, el último gran obstáculo para su proyecto político.

Condescendiente políticamente con conservadores y democristianos, Sa Carneiro fue, sin embargo, intransigente en la defensa de principios éticos que consideraba indispensables para la consecución de una sociedad liberal avanzada. Y así, separado de su primera mujer desde hace varios años, el desaparecido primer ministro no renunció a su unión no oficial con la danesa Snu Abecassis, aun a riesgo de la posibilidad de enajenarse las simpatías de la jerarquía católica, firme sustentadora de sus compañeros de coalición. La presencia de Snu en actos oficiales al lado de Sa Carneiro provocó no pocos problemas de protocolo. Ayer estaba junto a él en la avioneta estrellada en el aeropuerto de Portella.

06 Diciembre 1980

Perplejidad en Portugal

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

EL PRINCIPAL resultado inmediato de la dramática muerte de Sa Carneiro en Portugal es la perplejidad y la confusión. Era el hombre que estaba tratando de construir un sistema político fuertemente conservador, a base de eliminar las supervivencias de la revolución y, sobre todo, de los hombres que la representaron en sus distintas etapas. Las elecciones, que, a pesa de todo, van a celebrarse mañana eran una piedra angular en todo este edificio; y no se sabe cómo va a influir su muerte en el resultado. Hay dos teorías contrapuestas. Una es la de un movimiento de apoyo póstumo al político rnuerto, que pueda llevar a la masa indecisa -siempre se habla, claro está, de los vacilantes o los indecisos; los que tienen su opinión bien formada no cambian- a votar al general Soares Carneiro. La adversa es la de que, una vez perdido un hombre fundamental, la opinión portuguesa quiera apoyarse en el único que representa una continuidad, un poder instalado, y no encontrarse ante todo lo desconocido: en ese caso se decidiría el voto por el general Ramalho Eanes. Son dos teorías psicológicas, no políticas; pero la realidad es que es un momento emocional y no reflexivo. La perplejidad venía realmente desde antes, de una confusión entre unos cargos institucionales mal diferenciados por una Constitución que se iba a revisar -era otra de las grandes preocupaciones de Sa Carneiro-de la dificultad de entramar una política conservadora en un país de una pobreza máxima dentro de los baremos europeos; pero al mismo tiempo de la imposibilidad de dar la vuelta al sistema por medios revolucionarios, como ya se había contrastado con la realidad. La izquierda ha tenido una pérdida de prestigio veloz; en parte, por las condiciones generales de una izquierda europea privada de modelos y de ideales concretos, pero en parte también por su propio desgaste en Portugal: un partido socialista aburguesado y confuso, fijado en la figura ampulosa y poco firme de Mario Soares; un partido comunista mesmerizado por conceptos utópicos y arcaizantes, y unos grupos aislados más envueltos en literatura que en política práctica. Por fuga de la revolución, el centro se había ido a la derecha, formando un conglomerado que, hasta el momento, sólo Sa Carneiro parecía capaz de mantener; gozaba de la indulgencia y la tolerancia de una derecha tradicional y tan oscura y cerrada como pueda serlo en España, incluso más, que consideraba esta Alianza Democrática como un mal menor provisional.

Sa Carneiro no había conseguido enteramente envolver a Ramalho Eanes en el desprestigio de la izquierda ni amparar totalmente a su candidato presidencial, Soares Carneiro, en la capa de su triunfo personal en las dos elecciones legislativas. Había algunas razones para ello. Una de ellas es que Portugal, poco adiestrado aún en ideologías y juegos de partidos, se ha centrado en todo este período más en hombres que en conjuntos o en doctrinas, la otra, consecuencia de la anterior, es que Ramalho Eanes había conseguido construir su personalidad, su fama de honesto, su distancia de los grandes dirigentes; y no sólo, ahora, de Sa Carneiro -eran los dos más grandes enemigos de la política portuguesa-, sino, antes, del propio Mario Soares, hasta el punto de que la decisión del partido socialista de apoyar la reelección del presidente había alejado a Mario Soares de la dirección.

Todo ello hacía que, sin ninguna certidumbre, los últimos cálculos dieran una ligera ventaja a Eanes sobre Soares Carneiro; quizá no la suficiente para ganar la mayoría absoluta en el primer turno, sobre todo por la división de la derecha entre candidatos menores. La incógnita mayor estaba en un más que posible segundo turno; y los siempre imprecisos cálculos y estimaciones de opinión aún daban una ligera ventaja a Eanes. A pesar de la amenaza de Sa Carneiro de presentar su dimisión y abrir un período de crisis no sólo largo, sino también muy peligroso.

Ahora el accidente de Lisboa destroza todos los cálculos. Ya no se puede ni siquiera hacer un esbozo de lo que van a ser las elecciones de mañana, ni de las consecuencias de su resultado, sea cual sea. Pero esta no es más que una preocupación a corto plazo. El gran enigma se abre para después. Está en saber si alguien va a poder al mismo tiempo mantener unido ese centro-derecha y conseguir la indulgencia de la derecha montaraz; no parece ahora que este papel lo pueda representar Freitas do Amaral, vicepresidente, que ocupa por estos días el puesto del desaparecido. Los pronósticos son más bien dignos de echadores de cartas o de otros modestos arúspices que de verdaderos analistas políticos. Desde la tesis de una recuperación del tono de izquierdas a base de Eanes y Soares, que sólo la capacidad de arreglo de los políticos puede hacer imaginable, hasta la del golpe de Estado de la derecha, se manejan todas las hipótesis. Ninguna es fiable, naturalmente: el futuro no está escrito.

Las elecciones del domingo pueden comenzar a dar ya unas primeras pistas; pero solamente serán pistas. El problema está planteado más allá. La desaparición de una figura -una figura de gran tenacidad, de indudable talento político, que ha conseguido que se unan en el duelo amigos y enemigos- descabala todo el panorama. Una indicación del enorme peligro que hay en toda esta clase de países que, aun buscando el reparto de la soberanía y la política de las leyes y las instituciones, todavía no han sabido salir del reflejo admirativo por la persona; y del riesgo de que esta persona no acierte o no pueda tampoco compartir su poder y su responsabilidad.

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