3 noviembre 2002

El parlamento turco deberá aprobar, pese a la oposición de los socialdemócratas, una enmienda constitucional que permita a un islámico gobernar

Crisis constitucional en Turquía al ganar las elecciones legislativas el partido islámico AKP de Recep Erdogan

Hechos

En noviembre de 2002 el partido AKP ganó las elecciones en Turquía con un 34%.

Lecturas

ABDULA GUL SERÁ EL PRIMER MINISTRO

AbdullahGul  El jefe de Estado de Turquía, Sezer, encargó la labor de primer ministro a Abdul Gull, del partido de Erdogan, a quien se considera ‘primer ministro en la sombra’.

13 Noviembre 2002

Islamización y democracia

Antonio Elorza

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A un observador europeo le resulta difícil entender la dureza con que el Ejército turco, en funciones de albacea testamentario de Kemal Ataturk, interviene una y otra vez para bloquear un ascenso del islamismo político que a su juicio pone en peligro la clave laica del proyecto de modernización kemalista. El más reciente episodio ha sido la inhabilitación del líder islamista Tayyip Erdogan, artífice de la victoria electoral del domingo 3 de noviembre. Y todo por haber leído en público un poema que incitaba en apariencia a la confrontación religiosa.

Posiblemente, los versos leídos en 1999 por el ex alcalde de Estambul no justificaban tamaña respuesta, a pesar del militante laicismo del Estado turco, pero su mensaje no era precisamente de paz social y merece ser recordado: ‘Los minaretes son nuestras bayonetas; las cúpulas, nuestras corazas; las mezquitas, nuestros cuarteles, y los creyentes, nuestros soldados’. El ejercicio de declamación de Erdogan constituía el anuncio inequívoco de una contienda pacífica dirigida a movilizar los recursos del mundo musulmán del país con un solo objetivo: la islamización de la sociedad turca.

El episodio no es irrelevante, como tampoco lo fue que en 1996 el partido-abuelo del actual Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD) plantease la reconversión del museo de Santa Sofía en mezquita, un golpe de importancia simbólica decisiva al laicismo heredado de Kemal Ataturk, o que en la alcaldía emblemática del resurgimiento islamista, en los suburbios de Ankara, se organizara en enero de 1997 un homenaje a la resistencia armada en Palestina con participación del embajador de Irán y un clamor por la implantación de la ley coránica. Gilles Kepel lo refiere detalladamente en su Yihad.

Conviene recordar asimismo que ese moderado partido islamista de hoy, el PJD, nació hace un año de otro grupo, el Partido de la Virtud, prohibido entonces, después de que en 1997 lo fuera el Partido del Bienestar de ese todoterreno del islamismo que es Necmettin Erbakan, el mismo que en los años setenta lograra la primera presencia de su corriente en el Gobierno, entonces bajo las siglas de Partido de la Salvación Nacional. Resulta lógico pensar que ante la muy visible desconfianza del Ejército kemalista, el islamismo se ha visto obligado a moderar al máximo su mensaje, proclamando por encima de todo que respetará el principio de laicismo vigente en el orden constitucional turco. Es la única forma de escapar a la sombra de una prohibición tantas veces reiterada. La citada serie de partidos islamistas turcos se sitúa en la estela trazada por los Hermanos Musulmanes egipcios, con acentos por fuerza aún más cautelosos, y el encubrimiento de las acciones, incluso de la propia militancia, constituye una seña de identidad que incide en el mismo sentido. La paciencia es una virtud del creyente y ahora lo que cuenta es ver reconocida la ocupación del poder.

En todo caso, la actualización llevada a cabo por Erdogan ahí está, con la fórmula de un islamismo abierto, respetuoso del orden laico, con corbatas en vez de turbantes, sin alusiones a la sharía y con la propuesta de un modo de comportamiento y de gestión islámico, moral y solidario, en el lugar del tradicional anuncio de fines y normas de carácter represivo. No estaríamos ante una ‘democracia islamista’, contradicción en los términos, ya que la forja de una sociedad desde los criterios islamistas requiere el fin del pluralismo, sino ante la depuración de la democracia por un partido de creyentes, un islam integrado en la democracia, algo que tendría una enorme importancia tanto para el mundo musulmán como para Europa. Ahora bien, a la vista de los antecedentes, no resulta aconsejable echar las campanas al vuelo, sino más bien abrir un compás de espera con la expectativa razonable de que se traduzca en términos de actuación política la sensibilidad mostrada por Tayyip Erdogan en el curso de la campaña.

Otro tanto cabe decir de la apertura hacia Europa, y hacia Grecia, en los antípodas del discurso nacionalista y belicista que luciera antaño Necmettin Erbakan, el fundador. Esa vocación europeísta responde a los intereses acuciantes de la economía turca, contra las cuerdas desde la crisis del 2001, y también a los planteamientos más inteligentes del islamismo -lo que no supone precisamente los más progresistas-, que ven en la Unión Europea, no el tradicional enemigo, dar al-harb, sinodar as-shahada, un espacio de expansión para el islam, respetando de entrada los ordenamientos constitucionales vigentes. Tal es la posición defendida por el más activo de los seguidores en Europa de la línea de los Hermanos Musulmanes, Tariq Ramadan, en su Ser musulmán en Europa, y por su amigo el patrón del integrismo en Sudán, Hasan al-Turabi, en El Islam, porvenir del mundo: el marco de libertades debe servir para una implantación progresiva de la umma o comunidad de los creyentes de inspiración unitaria. También en este punto la orientación que pudiera tomar el Gobierno inspirado por Erdogan sería de primera importancia. La integración de los musulmanes activos políticamente en una democracia laica convertiría a Turquía en un punto de referencia esencial para la otra integración, la de los musulmanes europeos en la política democrática del continente. Por el contrario, la articulación en Europa de una umma de fondo integrista, con casi setenta millones de turcos que hicieran de sus minaretes bayonetas del islamismo, atendiendo al famoso poema, es una perspectiva preocupante. Y no porque Europa deba reducirse, en los términos que censura nuestra ministra de Exteriores, a ser ‘un club cristiano’, sino porque hasta ahora ha sido, y debe seguir siéndolo, un orden laico, sin hiyab ni mantillas, con el Corán o el Opus Dei en su lugar de las creencias individuales, y no como rectores de los comportamientos colectivos.

Si el Ejército lo permite, Turquía puede así convertirse en un campo de experimentación decisivo en cuanto a las relaciones entre islam y democracia, que hasta ahora solamente contaban con el complejo antecedente iraní, cuyo balance a estas alturas resulta tan favorable como insatisfactorio. Favorable, ya que desde la llegada de Jatamí a la presidencia se ha abierto el espacio para la entrada en juego de una sociedad civil que utiliza hasta los menores resquicios para avanzar hacia el pluralismo y la democracia. A pesar de todas las cortapisas que Jomeini y los suyos pusieron en la Constitución de la República Islámica, subordinando las instituciones representativas al control de los hombres de religión y garantizando el acatamiento por medio de la violación sistemática de los derechos humanos, la propia dinámica de las elecciones y de la movilización de la opinión pública, ha generado el proceso del que Jatamí fue a la vez protagonista e instrumento. En sentido contrario, justamente porque la apertura reformista con Jatamí ha evidenciado que el componente democrático puede manifestarse, pero no lograr un equilibrio de fuerzas con la cúpula teocrática, dispuesta hasta ahora a todo, represión de masas y crimen político incluidos, para defender el sistema de poder cuando éste es seriamente amenazado (revuelta estudiantil de 1999, elecciones parlamentarias de 2000). En el excelente libro que acaba de publicar Azadeh Kian-Thiébaut sobre el ascenso bloqueado de las mujeres en la sociedad iraní actual, se consigna un diagnóstico difícilmente discutible: ‘Veintidós años después de su establecimiento, la República Islámica de Irán ha de afrontar una sociedad, compuesta mayoritariamente de jóvenes, que no se identifica con el proyecto de sociedad de los partidarios del islam político’. La islamización generalizada que buscaron los ayatolás tropieza, como prueban las elecciones, con una voluntad mayoritaria de vivir sin una represión permanente y de acuerdo con el principio de separación de Iglesia y Estado. Se trata de una aspiración que cada acto represivo del Guía de la Revolución y de sus Guardianes viene a reforzar, demostrando que el añadido de ‘islámica’ simplemente destruye el fundamento de la democracia, sepultada además en este caso por un poder hierocrático, el de una casta sacerdotal estrechamente vinculada al poder económico y dispuesta a todo para mantener su preeminencia, como prueba la condena a muerte del escritor que se ha atrevido a ponerla en cuestión. Cualquiera que sea el desarrollo ulterior de los acontecimientos en Irán, los términos del problema resultan inequívocos. La ‘revolución bajo el velo’ tuvo lugar a fuerza de latigazos y prisiones de las infractoras, y basta con seguir las publicaciones feministas o la producción cinematográfica iraní para apreciar que la sociedad civil lo tiene bien presente y es ya post-islámicaen su mentalidad, aun cuando nuestras islamólogas prefieran ignorarlo.

Ahora bien, si el triunfo de los ayatolás sirvió de referente esencial para el auge del islamismo político en las dos últimas décadas, no parece que el anquilosamiento del sistema iraní pueda servir de antídoto. Los últimos éxitos electorales del islamismo, en Turquía, en Pakistán o en Marruecos, ponen de manifiesto que la imagen que de sí mismos dan estos partidos, como reductos de honradez, espíritu de justicia, vocación asistencial y solidaridad con los desposeídos, está llamada a encontrar un eco cada vez más amplio en sociedades durísimamente golpeadas por la crisis económica, la desigualdad y la corrupción de los equipos de gobierno. No es el islamismo el que ha progresado en Turquía, sino la izquierda democrática la que se desplomó en su intento de fiarlo todo a un ‘enriqueceos’ propiciado por las relaciones con Europa y el FMI. Y en último término, no cabe olvidar el papel desempeñado por la política de Bush después del 11-S. Los primeros vaticinios aludían a una respuesta de masas a lo Peshawar, que no alcanzó las dimensiones esperadas. Pero la ola de fondo es innegable. Los acontecimientos en Palestina y la acción exterior de los Estados Unidos han reforzado el sentimiento identitario en unas sociedades musulmanas que tienen ante sí sobrados ejemplos de que la distancia con Occidente ha crecido, sin que por el momento se adivinen puentes, y sí abismos, como la invasión prevista de Irak. Claro, que para Bush, con tener bases militares disponibles, todo lo demás sobra.

Antonio Elorza