23 enero 2020
‘Delcy-Gate’: El ministro español José Luis Ábalos se reúne en Barajas con la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez Gómez, que tenía prohibida la entrada a Europa
Hechos
El 23 de enero de 2020 VozPopuli desvela una reunión de D. José Luis Ábalos y Dña. Delcy Rodríguez.
Lecturas
El digital VozPópuli cuya redacción está dirigida por D. Álvaro Nieto publica el 23 de enero de 2020 la información que desvela que la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, que tiene prohibido pisar la Unión Europea, había estado en Barajas, el aeropuerto principal de España, donde tuvo una reunión con el ministro y secretario de Organización del PSOE, D. José Luis Ábalos, el asesor de este D. Koldo García y el empresario D. Víctor de Aldama, presunto organizador del ‘encuentro’. El ‘encuentro’ será criticado por la oposición política, el PP, Vox y Ciudadanos, que piden la dimisión del ministro.
23 Enero 2020
Ábalos se reúne de madrugada y dentro de un avión con la vicepresidenta de Venezuela
El ministro de Transportes y número dos del PSOE, José Luis Ábalos, no sólo mantuvo el pasado lunes un encuentro en su despacho con el ministro de Turismo venezolano, Félix Plasencia, sino que unas horas antes, en plena madrugada, se reunió con la todopoderosa vicepresidenta ejecutiva de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, en el aeropuerto de Barajas, según ha confirmado este periódico de tres fuentes distintas.
El encuentro entre Ábalos y Rodríguez, que ha sido negado por el primero al ser preguntado por Vozpópuli, se desarrolló en el interior de la aeronave que llevó a esta última de Caracas a Madrid. Este periódico ha tenido acceso a los detalles del registro de vuelo y la escala técnica que protagonizó la vicepresidenta venezolana en Barajas a partir de fuentes policiales y de Fomento.
La ‘delfín’ de Maduro voló a España la noche del pasado domingo al lunes en un avión privado de la compañía Sky Valet, al término de la visita a Venezuela de su homólogo cubano, Ricardo Cabrisas. Su llegada a Madrid estaba prevista para las 00:12 horas pero se retrasó unos minutos. Cuando la aeronave aterrizó y se dirigió a la terminal de vuelos privados del aeropuerto de Barajas, José Luis Ábalos ya estaba allí esperándola, según las fuentes consultadas.
El plan se complicó cuando en los archivos policiales saltó la alerta que avisaba de que Delcy Eloína Rodríguez Gomes cuenta con una resolución de la UE que le prohíbe su acceso al espacio Schengen fruto de las sanciones europeas. Debido a esta situación, un comisario de la Policía Nacional se desplazó hasta la terminal junto al ministro de Transportes.
Ábalos era la persona más indicada para esta gestión diplomática de carácter secreto ya que es el máximo responsable de la gestión de los aeropuertos españoles. Las fuentes consultadas por este periódico aseguran que el ministro subió la escalerilla del avión y accedió al interior del mismo, donde se encontraba la vicepresidenta venezolana.
El aparato estaba situado junto a una de las pistas de aterrizaje de Barajas, en un momento en el que la actividad aérea del principal aeropuerto español se encontraba al mínimo. El ministro permaneció allí alrededor de una hora y media.
Después de esa reunión, Delcy Rodríguez bajó del aparato y accedió a la sala Vip de la terminal de autoridades. Lo hizo en compañía de su jefe de gabinete y otras cinco personas más de su equipo. La vicepresidenta venezolana no llegó a pasar la noche en Madrid. Otra fuente consultada precisa que se marchó a las 02:42 horas en otro vuelo con dirección a Estambul. La matrícula del avión era TC-AKE.
Visita a Turquía
La ‘delfín’ de Maduro no dio señales de vida hasta el pasado miércoles cuando se reunió en Ankara con su homólogo turco para preparar el 70 aniversario de las relaciones diplomáticas entre ambos países, tal y como indicó en su cuenta personal de Twitter.
13 Febrero 2020
Sin posición
La primera sesión de control al Ejecutivo en esta legislatura tuvo como asunto destacado el encuentro mantenido por el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, y la vicepresidenta del Gobierno de Venezuela, Delcy Rodríguez, sobre la que pesan sanciones acordadas por la Unión Europea. El ministro Ábalos no consiguió despejar las dudas acerca de cómo pudo llegar a España la dirigente venezolana, pese a tener prohibida la entrada en el territorio comunitario, y también el sobrevuelo. Tampoco aclaró el contenido del encuentro. Con lo que sí contó en todo momento fue con el respaldo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien reiteró el argumento de que Ábalos acudió al aeropuerto para resolver una crisis diplomática. Más allá de que el Gobierno siguiese sin ofrecer detalles sobre en qué consiste esa crisis, tantas veces alegada, resulta difícil comprender por qué el encargado de resolverla fue el ministro de Transportes y no la titular de Exteriores, Arancha González Laya, o un alto responsable de ese ministerio.
La primera sesión de control al Ejecutivo en esta legislatura tuvo como asunto destacado el encuentro mantenido por el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, y la vicepresidenta del Gobierno de Venezuela, Delcy Rodríguez, sobre la que pesan sanciones acordadas por la Unión Europea. El ministro Ábalos no consiguió despejar las dudas acerca de cómo pudo llegar a España la dirigente venezolana, pese a tener prohibida la entrada en el territorio comunitario, y también el sobrevuelo. Tampoco aclaró el contenido del encuentro. Con lo que sí contó en todo momento fue con el respaldo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien reiteró el argumento de que Ábalos acudió al aeropuerto para resolver una crisis diplomática. Más allá de que el Gobierno siguiese sin ofrecer detalles sobre en qué consiste esa crisis, tantas veces alegada, resulta difícil comprender por qué el encargado de resolverla fue el ministro de Transportes y no la titular de Exteriores, Arancha González Laya, o un alto responsable de ese ministerio.
21 Febrero 2020
De Copito a Luisón
La Guinea Española se dividía en dos provincias. La insular –Fernando Póo–, y la continental –Rio Muni–. Abandonado en plena selva de Río Muni, un científico catalán se pasmó ante la visión de un pequeño gorila albino, blanco como un lirio, y abandonado por su rareza cromática por sus mayores. Lo rescató y se lo trajo a España. Todavía no se había inaugurado el Zoo de la Casa de Campo, y agonizaba la Casa de Fieras de El Retiro. En cambio, Barcelona contaba con un maravilloso parque zoológico enclavado en la Ciudadela, y Copito de Nieve, que así fue bautizado el pequeño gorila, se instaló en el Zoo de Barcelona, convirtiéndose en un símbolo de la Ciudad Condal. Al cabo de pocos años, Copito de Nieve se convirtió en Copazo de Nieve, en un alud de nieve, porque su desarrollo físico espectacular dejaba en humillante situación de inferioridad a sus compañeros de habitáculo, los gorilas negros.
Mientras vivió, en todas mis visitas a Barcelona, que fueron numerosas, acudí al Zoo a rendir pleitesía al grandioso gorila blanco, que se zampaba treinta kilos de plátanos cada día. O fue ilusión soñada por mi parte, o fue fantasía o fue realidad, pero creo que entre el gorila blanco y el que firma este texto se estableció una corriente de mutua simpatía, rayana con la amistad. Su fallecimiento, dejó deshabitado mi corazón de amor hacia los gorilas. Quiero decir con esto, que nada hay de intención peyorativa cuando estimo que algún ser humano –somos parientes–, alcanza un parecido notable con los gorilas. Un último dato de Copito de Nieve. Su cortesía. De cuando en cuando, mientras comía sus plátanos, miraba a sus admiradores humanos, elevaba el brazo derecho, y les ofrecía el plátano a los visitantes como si les preguntara: –¿Ustedes gustan?–. Los visitantes renunciaban al ofrecimiento con un movimiento negativo de la cabeza, y le respondían: –No, gracias, Copito, que aproveche–.
Al fin, el hueco que dejó Copito lo ha habitado Luisito, pero en plena libertad. Se trata de un individuo próximo a la total extrañeza, de fulgurante carrera política. Koldo es el apodo cariñoso de Koldobika, Luis en vascuence. Se trata, por lo tanto, de Luisito, o Luisete, o Luisón, ésta última opción, la más adecuada. Luisón o Koldo, ha sido durante años chófer y guardaespaldas de Ábalos, y destaca por su frondosa militancia sanchista. Como muestra de gratitud por su encomiable trabajo, Ábalos, ministro de Transportes, lo ha colocado como miembro del Consejo de Administración de RENFE.
No obstante, cuando precisa de sus servicios, el consejero de RENFE, con capacidad ilimitada para confundir un Talgo con un AVE o un Mercancías, le acompaña a Ábalos si así lo demanda el señor ministro. Y Luisón, el gorila particular de Ábalos, le acompañó a Barajas para protegerlo de Delcy Rodríguez, la de las maletas que no fueron revisadas. Cuando uno de los vigilantes de Seguridad le rogó a Koldo que se identificara, Koldo, amablemente, se encaró con él: –No tengo por qué identificarme–. Y no se identificó, porque Koldo impone una barbaridad. Si en alguna noche, cuando paseo y estiro las piernas, mi humilde ser se cruzara con Koldo, no tengo reparos en reconocer que del susto me incorporaría de inmediato al primer contenedor de basuras ubicado en la acera, y me lanzaría a su interior aunque fuera un contenedor de «Solo Vidrios». Porque Koldo se las trae, si bien parece que no actúa ni reacciona con la misma cordialidad y cortesía que el difunto Copito de Nieve.
22 Febrero 2020
El ‘caso Ábalos’
¿Tanto ha bajado sus estándares éticos el Gobierno que hizo dimitir a Màxim Huerta o Carmen Montón como para sostener a Ábalos? La pregunta no decae incluso si el ministro realmente acudió a Barajas a evitar “una crisis diplomática”, como dijo el presidente, que todavía no ha explicado la crisis. Nadie ignora que hay trabajos sucios en el Estado, pero la convención es hacer rodar cabezas si se desvelan. En todo caso, si para servir al Estado hay que mentir insistentemente a la sociedad y hay que ocultarse actuando en los límites de la legalidad, existe algún problema que afecta a esa democracia. No es una nadería bobalicona, como sugieren las risas de Carmen Calvo, sino un asunto turbio. Y un hueso que la oposición, a cara de perro, no va a soltar. El absurdamente llamado Delcygate —con esa manía en mimetizar el Watergate no sólo en EE UU— es el caso Ábalos y parece más inflamable que Zaldibar.
Incluso si todo lo demás fuese irrelevante, resulta insoportable la secuencia de versiones. Desde lo del ministro Soria con los papeles de Panamá no se veía nada igual a la secuencia de Ábalos desde el jueves 23, cuando iba a recoger a su amigo ministro venezolano, al viernes 24, ya con un “saludo forzado por las circunstancias” en un contacto fortuito, y de ahí, un día después, a la llamada de Marlaska con el “ya que vas, procura que no baje del avión”; 24 horas más tarde, en La Sexta, la cosa subía a “me la presentaron, le dije que era una situación un poco violenta” y “no abordé con ella absolutamente ningún tema”, aunque elevaba la cosa a 25 minutos; todo eso antes de aceptar que estuvo con ella en la sala VIP de la terminal ejecutiva de Barajas… La sensación final es que todos esos giros de guion demuestran que el Gobierno no puede permitirse que se sepa la verdad. A partir de ahí todo empeora.
Lo sucedido en Barajas, que después de tantas versiones resulta cada vez más oscuro, trasciende a una mera secuencia de patrañas por supervivencia personal. Aún faltan claves para entender un episodio inevitablemente unido al cambio de política hacia Venezuela, algo que, como editorializaba este periódico, requiere explicaciones también escamoteadas. Entretanto, se abonan las especulaciones. ¿Chantaje a España? ¿Hubo maletas y con qué contenido? ¿Documentación de la valija? ¿No deberían verse las cintas? Ya acudiese Ábalos en calidad de pirómano o de bombero, está achicharrado y contagia a un Gobierno que, hasta donde se sabe, ha violado el Derecho de la UE. La falacia del territorio español —en el aire ya estaban en territorio español— y la zona de tránsito como si aquello fuese un encuentro en tierra de nadie, como Bogart y Bergman en el aeropuerto de Casablanca, solo empeora la inconsistencia. Moncloa, con señales crecientes de que Sánchez tenía razones para temer el insomnio, debería asumir que la percepción colectiva inevitable es que si el Gobierno pone tanto empeño en ocultar lo sucedido solo puede ser algo realmente inconfesable.
23 Febrero 2020
Ábalos o cómo fusilar al suplente del suplente
Cuando investigué la historia humana de los últimos fusilados del franquismo, me impresionó especialmente el caso de Ángel Otaegui Echevarría, un mecánico de Azpeitia, conocido como «Caraquemada», por el color oscuro de su tez. A Otaegui se le acusaba de suministrar información sobre el cabo de la guardia civil, Posadas Zurrón, asesinado por ETA. Un consejo de guerra le condenó a muerte, como cooperador necesario, por el procedimiento sumarísimo, implantado durante el último verano de la vida del dictador para hacer frente a la escalada terrorista.
En el último Consejo de Ministros celebrado antes de las ejecuciones, Franco indultó a cinco miembros del FRAP y al etarra Garmendia, condenado como autor material del asesinato del cabo. En cambio se dio por «enterado» –terrible eufemismo- de las penas capitales impuestas a otros tres miembros del FRAP, al etarra Paredes Manot «Txiki» y al propio Otaegui. Los cinco fueron fusilados al día siguiente, al alba, al alba.
Más allá de la arbitraria capacidad del dictador para trazar una línea divisoria entre la vida y la muerte, la inclusión de «Caraquemada» en la lista de los enviados al paredón causó general sorpresa y una gran consternación en sus abogados, los históricos letrados Juan Mari Bandrés y Pedro Ruiz Balerdi. Era el único de los cinco que no había sido condenado como autor material y, en cambio, Garmendia estaba entre los indultados.
La explicación con la que me topé diez años después no podía ser más tremenda. Resultaba que José Antonio Garmendia, alias «Tupa», había sido detenido en el transcurso de un tiroteo con la policía y tenía una bala alojada en el cerebro.
Cuando la atención mundial estaba puesta en la crueldad de aquellos últimos estertores del régimen, cuando hasta las peticiones de clemencia del papa Pablo VI habían sido desoídas, Franco y su gobierno no podían permitirse ejecutar a una persona en esas condiciones de daño cerebral grave. Pero como su política de ojo por ojo requería que alguien pagara por la muerte de Posadas Zurrón, «Caraquemada» fue fusilado en el patio del penal de Villalón de Burgos, gritando «¡Revolución vasca o muerte!».
Ya que no podían matar al condenado por apretar el gatillo, mataron al condenado por vigilar en la calle. Su suerte fue tan negra como su apodo. Por eso, en mi libro El Año que Murió Franco, bauticé a Otaegui como el «cadáver suplente».
***
Desde hace días no puedo dejar de pensar en ese antecedente, cada vez que escucho nuevas ráfagas de epítetos terribles contra José Luis Ábalos, a propósito de su papel en el confuso episodio del paso por Barajas de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. Naturalmente, no porque en Ábalos haya la menor reminiscencia de quien probablemente practicó el terrorismo, en un grado u otro, ni porque en los portavoces políticos y mediáticos que lo acribillan con adjetivos e inferencias se perciba el menor atisbo de sintonía con el franquismo, sino por el efecto sustitutorio que emana de la frustración de no poder proceder contra aquel a quien de verdad se desea castigar.
Me refiero, en primer lugar, al propio Maduro y su régimen opresor. Su trayectoria de brutalidad y represión, plagada de violaciones de los derechos humanos y de manipulación de los procesos electorales es tal, que resulta imposible anidar sentimientos genuinamente democráticos y no desear su caída.
Con tanta o más razón podría decirse eso de muchas otras dictaduras, empezando por la castrista o, desde luego, por la de Guinea Ecuatorial y, ya picando alto, por la de la China continental. Pero Venezuela nos llega más directamente al corazón porque todos nuestros líderes políticos, sea en ejercicio o en situación de reserva activa, se han implicado, de una manera u otra, en el debate y porque una gran parte de los exiliados ha hecho de España su tierra de acogida.
Además, la autoproclamación del joven y animoso Juan Guaidó como «presidente legítimo» de Venezuela, con el respaldo de la administración Trump, y su reconocimiento por la Unión Europea y los principales países americanos, con el extraño título de «presidente encargado», abrieron hace un año las expectativas de un desenlace inminente. El obituario de Maduro y su régimen detestable parecía ya escrito y sin embargo, no terminamos de poder publicarlo.
Parecía que iba a ser cuestión de dos semanas y ya va para catorce meses. Es evidente que el destituido Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, erró de plano cuando, dando nombres y apellidos, pronosticó que las grietas en la cúpula del chavismo iban a generar un inminente corrimiento de tierras que alteraría la correlación de fuerzas en favor de la oposición. Todos vimos cómo los llamamientos del propio Guaidó a las Fuerzas Armadas, incluso durante la crisis por el cierre de la frontera a la ayuda humanitaria, cayeron en saco roto y cómo su capacidad de movilización popular se fue diluyendo en la impotencia y el cansancio.
¿De qué está «encargado» Guaidó? Teóricamente de convocar elecciones libres en Venezuela. Pero todos los resortes para hacerlo siguen en las férreas manos de Maduro que es quien mantiene el reconocimiento formal de la comunidad internacional, a través de su representación en la ONU.
Tan razonable es alegar que el régimen de Maduro no será tan feroz, cuando consiente que se consolide dentro de su propio territorio un núcleo opositor que en cualquier otra dictadura estaría abocado -en el mejor de los casos- a convertirse en gobierno en el exilio, como responder que eso solamente sucede porque los chavistas saben que Guaidó sigue gozando de la protección de Washington y actuar contra él supondría un casus belli.
Pero este segundo razonamiento nos aboca a que el gobierno de Maduro debe contar con más apoyo popular del que habitualmente se le atribuye, pues ni esa cuña institucional que representa la Asamblea Nacional, en manos de la oposición, ni la promoción de Guaidó a escala planetaria, ni las sanciones internacionales, han logrado tumbarle.
En todo caso, como dijo Lincoln, «a house divided against itself, cannot stand». Una casa no puede mantenerse dividida siempre. Este aparente empate entre un gobierno virtual y otro real no puede prorrogarse ad eternum. Sólo unas elecciones pactadas entre ambos bandos servirían para desatascar la situación y eso sólo puede ser fruto de una negociación, como la que con tanta tenacidad y tan agresiva incomprensión viene impulsando Zapatero. Y, atención, que el bloque opositor es mucho más plural de lo que el protagonismo mediático de Guaidó y el propio Leopoldo López podría sugerir.
Esto no significa que España deba cambiar ni de posición ni de preferencias, por mucho que Podemos haya entrado en el Gobierno. Es una gran incongruencia que Sánchez se haya distinguido por ser el único de los grandes líderes europeos que no ha recibido a Guaidó durante su reciente periplo, después de haber sido uno de los primeros en reconocerle; y eso amplifica, sin duda, la trascendencia del misterioso paso de Delcy Rodríguez por España. Hablemos de ello.
***
Las dos claves del enigma son si alguien invitó a la vicepresidenta de Maduro a venir a Madrid y si su escala obedecía a algún propósito concreto. O sea, las circunstancias de su entrada en nuestro espacio aéreo y aterrizaje en Barajas. Me parece no ya conveniente, sino muy necesario que la oposición exprima todas sus posibilidades de averiguar estos extremos -incluidas las judiciales-, por si acaso resultara que hubo una maquinación para burlar las sanciones de la Unión Europea que impedían esa visita o por si acaso la historia de las cuarenta maletas, cargadas de oro, fuera algo más que una fantasía periodística.
Pero claro, si alguno de esos dos supuestos se materializara, toda la responsabilidad recaería en Pedro Sánchez, pues estaríamos hablando de algo que ningún ministro podría autorizar o decidir. Ni siquiera la recién llegada titular de Exteriores, que es quien formalmente sería la responsable de no haber, como mínimo, advertido de la impertinencia de la visita.
Lo absurdo o, al menos desmesurado, es que, ya que no cae Maduro y no tenemos pruebas para acusar de nada concreto a Sánchez, se haya desatado la competición por disparar política y mediáticamente contra Ábalos que, en todo caso, fue quien consiguió que Delcy Rodríguez saliera de Barajas, tan pronto como fue posible en términos logísticos. A lo mejor Sánchez pensó que le correspondía sacarla de ahí, digamos como ministro de Movilidad, pero en la práctica ejerció más bien de gestor de agencia de viajes, buscando la combinación de salida más rápida, fuera en vuelo regular o privado.
Cambiaré por completo de criterio -y bien saben hasta mis peores detractores que no me dolerían prendas- si alguien demuestra que el papel de Ábalos fue otro. Pero, según mis noticias, hasta esa noche no es que no hubiera visto en su vida a Delcy Rodríguez, es que ni siquiera le ponía cara. Y todo su empeño fue transmitirle el mensaje del Gobierno de que debía abandonar el aeropuerto, y el propio espacio aéreo, sin pasar la aduana ni desarrollar actividad alguna en España.
Que en sentido estricto pisara o no el suelo español y entrara por lo tanto en territorio Schengen es, con todos mis respetos por los gárrulos gorjeos de algunas opiniones exaltadas, una technicality, de la que, por lo que sabemos, no se derivó daño alguno para nadie.
Ábalos tenía la misión de que la visita que no tocó el timbre girara sobre sus talones y emprendiera otro rumbo. Que, para llevar a efecto ese cometido con éxito, mediara la cortesía de un trato digno, durante las horas imprescindibles, en una sala de espera, sólo probaría el tacto del ministro con la representante de un país en el que España sigue teniendo importantes intereses materiales y una significativa colonia.
Que luego Ábalos se metiera en un jardín, pretendiendo que lo que mantuvo fue un «encuentro» pero no una «entrevista», o dejando en la penumbra muchos aspectos formales de esa gestión nocturna, es harina de otro costal. Ana Pastor le puso en aprietos con su incisiva entrevista, hasta hacerle sudar tinta; pero, por mucho que lo pareciera, no escuchábamos a Gabilondo interrogar a González sobre los GAL porque los cadáveres -que en Venezuela desde luego los hay- no eran suyos. Ni en sentido estricto, por supuesto; ni tan siquiera en sentido político.
De la misma manera que hace dos años, a propósito de la polémica sobre el máster de Pablo Casado, tan zafia y abusivamente explotada por el PSOE, mantuve contra viento y marea, incluido el criterio desviado de la jueza instructora, que «un enchufado no es un delincuente», ahora sostengo que un bombero que tropieza en su manguera no suele ser un pirómano.
Dudo mucho de que, si no aparecen nuevos elementos, hoy desconocidos, este escándalo hipertrofiado tenga recorrido penal. La orden de conservar los vídeos de Barajas no es en sí misma sino otro por si acaso. Pero incluso si se instruyera una causa por prevaricación, el presunto delincuente sería quien permitió aterrizar a Delcy Rodríguez, no quien la obligó a despegar cuanto antes, a costa de un traslado a otro avión, cosa que difícilmente podría haberse hecho sin pisar la tierra.
***
Que nadie dude de cuál es mi perspectiva: entre el Gobierno y la oposición liberal, me quedo con la oposición liberal. Tanto en la dictatorial Venezuela como en la democrática España. Pero, precisamente porque me parece esencial que la alternativa que hoy por hoy representan Casado y Arrimadas gane en consistencia y credibilidad, esta sobrerreacción política, contra uno de los ministros más competentes y menos sectarios del PSOE, me parece un grave error.
De momento, la única consecuencia visible es que Ábalos haya tenido que afrontar algunas escaramuzas parlamentarias y un par de lances desagradables en sendos restaurantes -uno de ellos el Día de San Valentín con su familia-, con esas anchas espaldas y amplias hechuras que cada día le asemejan más al Indalecio Prieto que le antecedió en el entonces Ministerio de Obras Públicas y en el apego a la escritura.
Por dentro queda la decepción de que quienes le pidieron ayuda en el pasado reciente, para amortiguar conflictos y cerrar heridas, no hayan puesto coto ni siquiera a la escalada de los más truculentos adjetivos. Sería una pena que ese puente estuviera roto y esa puerta de atrás quedará cerrada para siempre.
La cuestión de fondo es, en todo caso, si en una legislatura que comienza bajo dos amenazas tan graves, como las que Casado denunció en la última sesión de control –la negociación con el separatismo y el conformismo con el paro-, la oposición debe empeñar tanto brío en el fusilamiento, y encima, de momento, con balas de fogueo, de un suplente del suplente.
Pedro J. Ramírez
25 Febrero 2020
Venezuela
El extraño viaje de la número dos de Maduro vino a turbar la paz en la política de imagen del Gobierno. Desde su formación, el tándem formado por Iván Redondo y Pablo Iglesias venía administrando sin dificultades su hegemonía en el espacio de la comunicación política, con el viento a favor de las reiteradas exhibiciones de torpeza de sus adversarios. Tanto Pablo Casado como Inés Arrimadas se entregaban con entusiasmo a plantear exigencias y a pronunciar diagnósticos catastrofistas, de modo que sofocaban lo que pudieran haber sido críticas eficaces. Muchos españoles, entre ellos dirigentes socialistas, podían mirar con desconfianza una política catalana cuya apariencia es que Pedro Sánchez está dispuesto a hacer concesiones de todo tipo, por ahora procesales y económicas, a un independentismo muy dividido en tácticas pero convergente en fines. Sin que en el plano político ofrezca otra cosa que signos de inseguridad, tales como la consulta no vinculante —el brexit también lo— o la «soberanía compartida». Pero en cualquier caso, una vez convertido el «diálogo» en un mantra de general aceptación, y sobre todo ante el callejón sin salida que supondrían los sucedáneos del 155, sería útil que Cs y PP imaginasen alternativas a un choque de trenes electoral que va a resultarles desastroso, a ellos y a los catalanes constitucionalistas. Vía libre así para el dominio total sobre el mercado político para el Gobierno UP-PSOE.
Una situación muy ventajosa que hacía aconsejable aflojar la presión sobre la opinión pública, ya que de otro modo el «todo va hacia lo mejor en el mejor de los mundos» coloca al Gobierno en situación difícil apenas surge algo incontrolado. Nuestro sistema de manipulación de la opinión no se aproxima a la Bestia de Salvini en Italia, un montaje informático que digiere masivamente opiniones, guía la acción del líder y aplasta a los adversarios políticos, pero sí incluye un control estricto de mensajes en los medios y en las situaciones —Álvarez de Toledo increpa a Ábalos y el telediario emite la réplica, no la crítica; Sánchez protagonista solitario en la UE—, hasta montar combinatorias imaginativas, como la clausura de un necesario debate público sobre las ofertas a Cataluña, apenas realizadas, cubriendo los informativos con el espectáculo familiar del Gobierno en excursión a Toledo. Hubiera sido estupendo discutir allí las diferencias: inmigración, igualdad, presión de Trabajo sobre Educación en formación profesional.
Y en esto llegaron el indeseado Guaidó en visita cuasi-presidencial, Delcy Rodríguez en vuelo de no-se-sabe-qué por Barajas, y para cerrar la fiesta, el mediador desautorizado Zapatero en visita a su amigo Maduro. Esto último ha pasado indebidamente al olvido, pero los otros dos acontecimientos estropeaban el guión panglossiano. Así empezaron las dudas y las falsas explicaciones traídas por los pelos, si bien Pablo Iglesias en el caos se maneja bien y fue el primero en dar la clave: Guaidó es el jefe de la oposición. El pequeño problema era que los comportamientos simultáneos del Gobierno, rebajando a Guaidó y hablando con Delcy, más la posterior degradación del primero por Sánchez, iban en contra de las decisiones de la UE. Solo que para Europa, Venezuela nada significa. Y como nuestra derecha y Trump se alinean con Guaidó, todo resuelto.
En popularidad del Gobierno, el coste ha sido escaso. Ahora resulta más progre que antes. La factura es pagada por Venezuela en primer plano, por la democracia española en segundo. Pocas posibilidades había de derrocar al tirano con el Ejército y la policía organizados según el modelo cubano, más los grupos paramilitares que tuvimos el honor de contemplar gracias al desembarco de Guaidó. Pero si la presidencia se había convertido en algo imposible, guardaba su valor simbólico, y en todo caso Guaidó es «jefe de la oposición democrática», no de la oposición, calificación que sugiere un régimen democrático inexistente en Caracas. Luego estamos ante un siniestro viraje hacia la nada, y se entiende la alegría de Maduro. A lo mejor nos baja el precio del petróleo, como prometía Chávez
Fue peor querer arreglarlo. Carece de sentido hablar de diálogo y de impulsar la democracia, como hacen las ministras (Calvo y González Laya), cuando tenemos delante un régimen que ha aplastado la victoria electoral de la oposición mediante una violación sistemática de los derechos civiles, sin excluir algún crimen. Hasta el sarcasmo en la detención del tío de Guaidó. La única salida democrática son elecciones libres bajo control internacional, evitando previamente toda tutela sobre ellas de Maduro. ¿Está Sánchez dispuesto a exigir eso ? La miseria forzosa de los venezolanos descalifica el cinismo. El mercado reinante de las imágenes, sí.
En cuanto a nuestros viejos discípulos de Chávez, nunca rectificarán su añeja pasión chavista, lo cual sería útil cuando increíblemente Iglesias pasa a poder controlar el CNI, tras sus contactos pasados con el chavismo y con el Irán de los ayatolás. Ejerce vetos e impone decisiones y nombramientos de cara a Cataluña. ¿Adónde vamos?