23 agosto 1984

La única justificación que se dio del cese fue 'motivos de salud', argumento habitual usado para explicar los ceses en los regímenes pro-soviéticos

Destituido el dictador comunista de Mongolia, Yumjaguine Tsedenbal, por el politburo, que lo reemplaza por Zhambyn Batmunk

Hechos

  • El 23.08.1984 un pleno extraordinario del Buró Político del Partido Comunista de Mongolia decidió ‘liberar de sus funciones’ a Yumjaguine Tsendembal tanto como secretario general del Partido Comunista como miembro del citado buró.

El Análisis

Tsedenbal: el último virrey de Moscú en Ulan Bator

JF Lamata

La retirada de Yumjaagiin Tsedenbal, oficialmente motivada por razones de salud, pone fin a uno de los mandatos más largos del mundo contemporáneo. Desde 1940, cuando aún gobernaba Iósif Stalin, hasta este verano de 1984, Tsedenbal ha sido la figura dominante de Mongolia. Pocos dirigentes comunistas han sobrevivido políticamente a tantos cambios en Moscú: convivió con Stalin, sobrevivió a la desestalinización de Nikita Jrushchov y consolidó su posición durante la larga era de Leonid Brézhnev. Su trayectoria conoció una aparente interrupción entre 1954 y 1958, cuando cedió la dirección del partido a Dashiin Damba. Pero aquella pausa fue más formal que real. Conservó la jefatura del Gobierno, mantuvo intacta su influencia y acabó desplazando a su rival para recuperar la totalidad del poder. Aquella capacidad para resistir las luchas internas reveló una de sus principales virtudes como dirigente comunista: la supervivencia política. Mientras otros líderes caían en desgracia y desaparecían de la escena pública, Tsedenbal siempre encontraba la forma de permanecer.

Durante sus más de cuatro décadas de predominio, Mongolia experimentó profundas transformaciones. Un país tradicionalmente nómada y escasamente desarrollado fue sometido a un proceso de industrialización, urbanización y colectivización inspirado por el modelo soviético. Se ampliaron la educación, la sanidad y las infraestructuras, pero al precio de un férreo monopolio político del Partido Revolucionario del Pueblo Mongol. La vida pública quedó completamente subordinada al Estado y la oposición fue sencillamente imposible. Si las grandes purgas que ensangrentaron Mongolia en los años treinta se produjeron antes de su ascenso al poder absoluto, Tsedenbal gobernó sobre el aparato heredado de aquel sistema y nunca mostró interés alguno por democratizarlo. Su identificación con Moscú llegó a ser tan intensa que durante años circuló la impresión de que Mongolia funcionaba casi como una república soviética más. No era una exageración. El país dependía económica, militar y diplomáticamente de la Unión Soviética hasta extremos desconocidos en otras naciones socialistas. En plena ruptura entre Moscú y Pekín, Mongolia se convirtió en una pieza estratégica de la frontera soviética frente a China.

Su caída plantea inevitablemente interrogantes. La explicación oficial de la enfermedad resulta creíble sólo en parte. Tsedenbal, que supera los sesenta años y arrastra problemas de salud desde hace tiempo, mostraba signos evidentes de deterioro físico. Pero en los sistemas comunistas la enfermedad suele ser también una fórmula política. Es difícil ignorar que la desaparición de Brézhnev, el breve mandato de Andrópov y la llegada de nuevas generaciones al Kremlin han debilitado a numerosos dirigentes veteranos del bloque socialista. Tsedenbal representaba una época que comenzaba con Stalin y terminaba en la era nuclear. Su sustituto, Jambyn Batmönkh, pertenece igualmente al aparato comunista, por lo que no cabe esperar cambios revolucionarios. Sin embargo, el relevo simboliza el final de una generación de gobernantes cuya legitimidad descansaba en la Segunda Guerra Mundial y en la tutela soviética. Tsedenbal deja tras de sí un país más moderno que el que encontró, pero también más dependiente de Moscú que nunca. Su legado será juzgado entre quienes le consideren el arquitecto de la Mongolia contemporánea y quienes le recuerden como el hombre que convirtió la independencia formal de su país en una prolongada subordinación a los intereses de la Unión Soviética.

J. F.