2 abril 1992

Su dimisión se produce un año después de que el partido comunista rompiera el monopolio de partido único y aceptara realizar elecciones democráticas a la que pudieran presentarse partidos de derechas

Dimite el último dictador comunista de Europa del Este: el presidente de Albania, Ramiz Alia

Hechos

El 3.04.1992 dimitió Ramiz Alia como presidente de Albania.

Lecturas

Cuando Enver Hoxha murió el 11 de abril de 1985, Albania era probablemente el régimen comunista más cerrado de Europa. Después de haber roto sucesivamente con Yugoslavia, la URSS y finalmente China, Hoxha había construido una dictadura estalinista prácticamente autárquica, sin libertad religiosa, oposición política ni apenas contacto con Occidente. Su sucesor designado, Ramiz Alia, no era un reformista llegado desde fuera: llevaba décadas en la dirección del Partido del Trabajo de Albania (PTA), había sido responsable de propaganda e ideología y pertenecía al círculo dirigente del régimen. Como primer secretario del partido heredaba, en la práctica, la máxima autoridad política del país.

1989-1990 — «Albania no es Polonia». Mientras caían uno tras otro los regímenes comunistas de Polonia, Hungría, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Bulgaria y finalmente Rumanía, Alia insistió inicialmente en que Albania no seguiría aquel camino. El recuerdo de Nicolae Ceaușescu, sin embargo, resultaba difícil de ignorar: en diciembre de 1989 otro dirigente comunista balcánico que había rechazado cualquier reforma acababa derrocado y fusilado. Alia comenzó entonces una liberalización cuidadosamente controlada: relajó restricciones religiosas y de viajes, introdujo algunas reformas económicas y habló de democratización, aunque todavía en mayo de 1990 insistía en que Albania seguiría siendo socialista.

Diciembre de 1990 — el partido único se termina. Las manifestaciones estudiantiles de Tirana obligaron finalmente a Alia a aceptar lo que pocos meses antes parecía imposible. El 11 de diciembre el régimen autorizó el pluralismo político y al día siguiente nació el Partido Democrático de Albania, encabezado entre otros por el cardiólogo Sali Berisha. La apertura dejó de ser una reforma del comunismo para convertirse en una transición hacia otro sistema.

20 de febrero de 1991 — Hoxha cae por segunda vez. Decenas de miles de manifestantes derribaron en la plaza Skanderbeg de Tirana la gigantesca estatua de bronce de Enver Hoxha. La imagen tenía una fuerza extraordinaria: Alia seguía gobernando el país, pero ya no podía proteger ni siquiera la representación física del hombre cuyo régimen había heredado. El presidente intentó todavía defender públicamente la figura histórica de Hoxha, mientras aceptaba las reivindicaciones de los estudiantes y trataba de evitar que la protesta degenerara en una revolución violenta.

31 de marzo de 1991 — los comunistas ganan las primeras elecciones plurales. Contra lo ocurrido en buena parte de Europa oriental, el PTA consiguió sobrevivir electoralmente, apoyándose especialmente en las zonas rurales, mientras el Partido Democrático dominaba las grandes ciudades. Alia sufrió incluso la humillación de perder en su propia circunscripción, pero la mayoría parlamentaria comunista permitió que el 30 de abril fuese elegido presidente de la República. Era ya, sin embargo, un cargo muy distinto del que había heredado de Hoxha: Albania había reconocido separación de poderes y derechos fundamentales y el presidente debía convivir con Parlamento, oposición y Gobierno dentro de un sistema en transición.

Junio-diciembre de 1991 — el régimen gana las elecciones pero pierde el país. La victoria comunista no resolvió nada. Albania se encontraba económicamente hundida; las huelgas paralizaron el país, centenares de miles de personas intentaban marcharse y las espectaculares imágenes de barcos atestados de albaneses llegando a Italia mostraban hasta qué punto el Estado se estaba descomponiendo. El Gobierno socialista de Fatos Nano cayó en junio y fue sustituido por un Gobierno de estabilidad nacional con participación opositora. El propio Partido del Trabajo abandonó su nombre y se transformó en Partido Socialista de Albania. En diciembre también cayó aquella coalición y Alia encargó al independiente Vilson Ahmeti formar un Gobierno provisional hasta nuevas elecciones.

22 de marzo de 1992 — Albania cambia de bando. Esta vez el resultado fue demoledor. El Partido Democrático de Sali Berisha consiguió 92 de los 140 diputados, frente a sólo 38 del Partido Socialista; socialdemócratas, republicanos y representantes de minorías completaron la Cámara. Apenas un año después de ganar las primeras elecciones plurales, los antiguos comunistas habían sido barridos.

3 de abril de 1992 — Alia dimite. El presidente podía intentar permanecer formalmente en el cargo —su mandato todavía tenía años por delante—, pero políticamente se había quedado sin base. El Gobierno de Ahmeti presentó su dimisión y el nuevo Parlamento, dominado abrumadoramente por los anticomunistas, iba a reunirse al día siguiente. Antes de exponerse a ser destituido, Alia anunció por radio su marcha: «Acepté este cargo hace un año por el bien de la patria, la unidad de la nación y la consolidación de la democracia; hoy abandono el cargo por las mismas razones». Antes de retirarse encargó al Partido Democrático formar Gobierno.

El antiguo ideólogo del estalinismo albanés había terminado haciendo algo que Enver Hoxha seguramente habría considerado inconcebible: aceptar que sus adversarios políticos podían ganar unas elecciones y entregarles pacíficamente el Estado. Sali Berisha sería elegido poco después presidente y Aleksandër Meksi encabezaría el nuevo Gobierno. Albania, el último país de Europa oriental que había aceptado el pluralismo, era también el último en completar la salida de un jefe de Estado procedente directamente del poder comunista.

04 Abril 1992

Dimite el albanés Alia, último jefe de Estado comunista de Europa

Hamdi Deca

Leer

El presidente de Albania, Ramiz Alia, de 67 años, último jefe de Estado comunista en Europa, dimitió ayer. «Acepté este cargo hace un año por el bien de la patria, la unidad de la nación y la consolidación de la democracia; hoy abandono el cargo por las mismas razones», afirmó al anunciar su decisión en una emisión especial de la radio alabanesa.

La dimisión de Alia, que fue durante décadas el ideólogo del comunismo albanés, se produce después de la gravísima derrota electoral del que fuera su partido, el Partido del Trabajo (PTA), renombrado Partido Socialista, y de la victoria de las fuerzas anticomunistas del Partido Democrático del cardiólogo Sali Berisha.El Gobierno de Ahmeti -el tercero en los últimos 12 meses-, formado en diciembre pasado, había ofrecido horas antes su dimisión a Ramiz Alia. Hoy se celebrará la primera sesión del nuevo Parlamento democrático albanés elegido en las recientes elecciones generales, que aprobará oficialmente la dimisión de Alia y designará a su sucesor. El candidato mejor situado es el propio Berisha.

El presidente Alia pidió de hecho al Partido Democrático, antes de renunciar, que forme el nuevo Gobierno, el primero verdaderamente democrático en la historia de Albania. Todo hace pensar que será un Gabinete de coalición entre el Partido Democrático, que tiene 92 de los 140 escaños en el nuevo Parlamento, el Partido Socialdemócrata (7 escaños) y el Partido Republicano (uno).

Ayer se reunió en Tirana el consejo directivo del principal partido de la oposición, que discutió sobre la composición del nuevo Gobierno y su programa político.

La implantación de la economía de mercado y la orientación hacia Occidente en la política exterior, «de puertas abiertas», como la definió Berisha, son puntos indiscutidos. «Como país europeo, Albania dará prioridad a sus relaciones con la Comunidad Europea y con Estados Unidos», reza el programa.

El nuevo Gobierno hereda un país virtualmente en ruinas, con una inflación de más del 1.000% y más del 70% de la población activa en paro.

10 Julio 1990

La liebre y la tortuga

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Leer

LO IMPOSIBLE está ocurriendo: se tambalea el último bastión del estalinismo europeo, el reducto final de un sistema ideológico que asoló el continente durante más de 40 años. Por una misteriosa combinación de elementos, los ciudadanos de Albania se están contagiando del aire de libertad que recorre los países del llamado socialismo real. Ningún cordón sanitario funciona indefinidamente y Albania no es la excepción de la regla. La historia muestra que en el interior de un país, más pronto o más tarde, parte de su adormecida rebelión, de su desesperación y pesimismo acaban siendo catalizados por el éxito de los cambios exteriores. El desmoronamiento de la dictadura es imparable. Ocurrió en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y, en cierta medida, Rumania. Está empezando a suceder en Albania: ayer su Gobierno decretó el cese de cuatro ministros del área económica, inequívoca señal de su intento de adecuación con las reivindicaciones populares, con un devenir político que sus dirigentes han procurado, y procuran, entorpecer.La estructura del poder en Albania -como fue típico de todos los regímenes estalinistas- estuvo ligada durante décadas a un solo hombre. Enver Hoxha fue, hasta su muerte en 1985, el líder indiscutido. Le sucedió el actual primer secretario del Partido Albanés del Trabajo (comunista), Ramiz Alia, que tomó las riendas con la promesa de que nada cambiaría. Poco podía querer cambiar en un país que practicaba una política de autarquía basada exclusivamente en la xenofobia, nacida, a su vez, del miedo a la hegemonía de la gran potencia que le es vecina, Yugoslavia, un país que ha sido y es su gran amenaza. Hasta tal punto que las alianzas del Gobierno de Tirana se establecían y rompían en función de Belgrado. Ésa es la razón de las borrascosas relaciones de Albania con Moscú e, indirectamente, con China, sobre todo después de la muerte de Mao en 1976.

La llegada al poder de Ramiz Alia en 1985 produjo una mínima relajación del aislamiento y tímidos intentos de establecer algún contacto con el exterior, manteniendo, eso sí, la especial insensibilidad respecto a los derechos humanos de los albaneses y la brutal voluntad de que nada traspasara, hacia fuera o hacia dentro, el umbral de sus fronteras. Poco a poco, sin embargo, a Tirana le resultó indispensable hablar con Atenas para reabrir las fronteras; con Belgrado, para restablecer contactos económicos que ayudaran al desarrollo de la primitiva economía albanesa, y con algunos países occidentales -como la República Federal de Alemania, Francia, Italia y España-, para abrirse a un mundo más rico. Incluso, lo nunca visto, Albania acudió en 1988 a la Conferencia de Ministros de Exteriores Balcánicos y en mayo del presente año anunció que levantaría el boicoteo, unilateralmente impuesto, a la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa y se integraría en ella.

Estos intentos de apaciguar a los enemigos en el exterior sin cambiar nada en el interior han abierto la brecha que acabará haciendo caer al régimen de Tirana. Es, en definitiva, una consecuencia directa del desmoronamiento de los regímenes comunistas en Europa. El hecho que probablemente más ha contribuido a las dificultades actuales del Gobierno de Tirana ha sido, paradójicamente, la intolerancia nacionalista de la vecina provincia yugoslava de Kosovo. Poblada en su 90% por albaneses, Kosovo ha sido un quebradero de cabeza para Beigrado desde 1981; y si para Tirana la intolerancia del Estado yugoslavo federal de Serbia a la hora de respetar las ansias autonómicas de Kosovo equivale a sospechosas ambiciones expansionistas yugoslavas, para la ciudadanía albanesa la lucha de sus hermanos en Yugoslavia es un ejemplo de comportamiento de un pueblo decidido a reivindicar su libertad. De ahí el creciente número de albaneses que, refugiados en las embajadas de Tirana, reclaman documentación para salir del país y buscarse la vida en otros climas más saludables. De ahí también que la violenta represión del movimiento de protesta haya potenciado la rebeldía más que el silencio. Tanto que es dudoso que Alia pueda proseguir las reformas iniciadas a ritmo de tortuga -un poco más de propiedad privada, mejores servicios públicos, eliminación de los miembros más dogmáticos del comité central del partido, realizada parcialmente- cuando su pueblo empieza a correr como una liebre.

El Análisis

El último comunista de Europa

JF Lamata

Hay algo casi cinematográfico en comparar dos imágenes separadas por apenas trece meses. El 20 de febrero de 1991, una multitud derriba en el centro de Tirana la enorme estatua de Enver Hoxha y la arrastra ante una población eufórica. El 3 de abril de 1992, el hombre escogido por Hoxha para perpetuar su régimen anuncia tranquilamente por radio que se marcha. Entre ambas escenas cabe prácticamente toda la transición albanesa. Y existe una diferencia que debe reconocerse a Ramiz Alia: tardó muchísimo en comprender hacia dónde caminaba Europa, intentó inicialmente preservar el socialismo y había formado parte durante décadas de una dictadura extraordinariamente represiva, pero cuando finalmente comprendió que la alternativa podía ser reforma o explosión, escogió la reforma. La sombra de Ceaușescu estaba demasiado cerca para no verla.

Su salida tiene además un valor europeo. En 1989 habían desaparecido Honecker, Zhivkov, Husák y Ceaușescu; Jaruzelski había abandonado la presidencia polaca en 1990; el comunismo yugoslavo se había desintegrado entre nacionalismos y guerras; y en diciembre de 1991 habían desaparecido tanto Mijaíl Gorbachov como la propia Unión Soviética. Quedaba aquel pequeño país del Adriático que durante décadas había presumido de ser más estalinista que Moscú y más revolucionario que Pekín. Ahora también él elegía presidente a un anticomunista. Si la caída de la estatua de Hoxha había enterrado simbólicamente al dictador, la dimisión de Alia enterraba políticamente aquella Europa oriental roja surgida de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la democracia albanesa iba a descubrir enseguida un problema más complicado: cómo juzgar cuarenta años de dictadura sin convertir la Justicia en una revancha de los vencedores. Los principales personajes del viejo régimen terminaron ante los tribunales. Nexhmije Hoxha, viuda del dictador y durante décadas una figura extraordinariamente influyente, fue condenada en enero de 1993 a nueve años por apropiación indebida de fondos públicos; una apelación elevó después la pena a once años. Las acusaciones iniciales habían sido mucho más graves —incluían responsabilidades relacionadas con la represión—, pero el proceso terminó centrándose fundamentalmente en el uso privado de recursos estatales.

El propio Ramiz Alia tampoco quedó al margen. Fue puesto bajo arresto domiciliario en 1992, encarcelado posteriormente y en julio de 1994 condenado a nueve años de prisión por abuso de poder y delitos relacionados con fondos estatales; las instancias superiores redujeron la pena y salió de prisión en 1995. En 1996 volvió a ser detenido, esta vez acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad relacionados con la represión comunista; aquel nuevo proceso quedó desbaratado por el colapso del Estado albanés durante la crisis de 1997, cuando Alia abandonó la prisión en medio del caos.

Y resulta especialmente significativo el caso de Fatos Nano, porque demuestra que la depuración pronto se mezcló con la lucha política de la nueva democracia. El antiguo primer ministro comunista se había transformado en líder del nuevo Partido Socialista y, por tanto, en principal adversario de Berisha. Fue detenido en 1993 y condenado en abril de 1994 a doce años de prisión por apropiación indebida, abuso de poder y falsificación en relación con ayuda humanitaria italiana. Los socialistas denunciaron siempre un proceso políticamente motivado. Nano recuperó la libertad durante la crisis de 1997 y, después de la caída política de Berisha, regresaría nada menos que como primer ministro de Albania.

Esa trayectoria obliga a una conclusión menos sencilla que la fotografía de la estatua derribada. Era relativamente fácil destruir los símbolos del comunismo; mucho más difícil construir un Estado de derecho sobre sus ruinas. Albania consiguió algo nada menor: Alia no terminó como Ceaușescu, ni intentó desencadenar una guerra para conservar el poder; acabó aceptando partidos, elecciones, derrota y finalmente su propia salida. Pero la etapa siguiente demostraría que sustituir una dictadura por unas urnas no produce automáticamente una democracia liberal. El 3 de abril de 1992 moría definitivamente la Albania política de Hoxha. La Albania democrática apenas acababa de nacer.

JF