8 abril 2003
Los cámaras de TELECINCO protagonizaron un acto de protesta contra el presidente del Gobierno español, José María Aznar, al que responsabilizaron de aquella muerte
El cámara José Couso, corresponsal de TELECINCO en la Guerra de Irak, muere de un disparo de soldados norteamericanos
Hechos
El 8 de abril de 2003 murió asesinado en Irak D. José Couso por un disparo.
Lecturas
LOS PRESIDENTES DE ESPAÑA Y ESTADOS UNIDOS SOBRE EL ‘CASO COUSO’
En una rueda de prensa conjunta los presidentes de España, D. José María Aznar y Estados Unidos, Mr. George Bush, fueron preguntados por la muerte de D. José Couso durante una rueda de prensa conjunta.
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LA FAMILIA COUSO PROTESTA CONTRA LA MINISTRA PALACIO
09 Abril 2003
LA DELGADA LINEA ROJA
Casi todas las guerras van íntimamente unidas al recuerdo de un compañero muerto, sobre todo en la memoria de ese sector de la tribu conocido como el club Te Acuerdas Cuando. Sus socios se distinguen por cinco cosas. Una de ellas es que suelen ser más viejos que la mayoría. Otra, que siempre aparentan saber lo que se cuece. La tercera es que, aunque estén muertos de miedo, no consideran elegante manifestarlo. La cuarta, sobre todo hasta que se popularizaron los teléfonos por satélite, era que pasaban las horas maquinando cómo transmitir cuando empezaran a zumbar los bombazos. La última y más importante es su proclividad a malgastar las horas de espera relatándose unos a otros chascarrillos terroríficos e incidentes escalofriantes, que han contado mil veces y siempre arrancan con la muletilla: «Te acuerdas cuando…».
En esos círculos, he oído en alguna ocasión divagar sobre los orígenes de esta profesión, tan plena y tan desventurada. Cada corresponsal desarrolla su propia teoría.
En la catedral de San Pablo hay una tumba sobre cuya losa de mármol aparece grabado a cincel que allí yace William Howard Russell «el primero y el más grande de los corresponsales de guerra». Russell trabajó para el londinense The Times a mediados del siglo pasado, destacó por sus despachos desde Crimea y es aclamado como el pionero en casi todos los libros de historia.
A pesar de eso, de su magistral descripción de la suicida carga de la Brigada Ligera en Balaclava y de lo que proclama su epitafio, cada vez son más los miembros de la tribu convencidos de que el modelo, el paradigma, lo encarna Ernie Pyle.
En el reportaje de guerra no es el valor lo que cuenta, aunque cierto coraje es imprescindible. Tampoco la nitidez de las lentes fotográficas, la elegancia verbal o los conocimientos enciclopédicos, aunque todo ello sea necesario. La clave estriba en la sensibilidad y en la capacidad de contar. Nadie puede discutir que muchos corresponsales derrocharon enormes dosis de bravura durante la II Guerra Mundial. Hubo algunos, como Hemingway o Steinbeck, que incluso descendieron del Olimpo literario para zambullirse en los sudores de la crónica cotidiana, pero nadie atrajo una audiencia tan ardiente y compacta como la que captó Pyle.
Había nacido en 1900 en una aldea del Medio Oeste norteamericano.Comenzó editando el periódico estudiantil en la Universidad, dejó las clases antes de licenciarse, se enroló en el Daily News de Washington y hasta 1942 no dejó entrever su destreza. Ese año, se divorció y, desolado por el fracaso matrimonial, partió a la guerra. A los 42 años era el más viejo de los setenta reporteros destacados en el norte de Africa. Le sobraba uniforme por los cuatro costados. Pesaba 55 kilos y muchos pensaron que era frágil, pero estaba modelado en acero.
La diferencia entre el diminuto Pyle y sus colegas fue que jamás se preocupó de construir un primer párrafo sobre el que los editores montaran un titular sensacional. No prestaba atención a los comunicados de los cuarteles generales. Lo suyo era la historia individual, el drama del infante bajo los obuses y las cargas a la bayoneta en primera línea. Para Pyle la guerra no era una aventura, una cruzada o un entretenimiento. Ni siquiera la oportunidad de convertirse en prima donna y zafarse del aburrido trabajo de mesa. Para Pyle la guerra era una desgracia sin paliativos. De un extremo a otro de Norteamérica, los diarios comenzaron a publicar su columna -muchos arrancando en portada- y millones de lectores que nunca habían oído hablar de él se convirtieron en compulsivos seguidores de sus historias de interés humano.
El 17 de abril de 1945, en la isla de Ie Shima, cuando sólo restaban cuatro meses de contienda, Pyle cometió el descuido de levantar la cabeza para comprobar si los soldados de la División 77 seguían intactos y un francotirador japonés le metió una bala por el parietal derecho. Murió instantáneamente.
La frase favorita de Robert Capa, el fotógrafo por excelencia de la Guerra Cilvil española, era «if it isn’t close it isn’t true». En otras palabras y en castellano, algo así como que la clave de la veracidad periodística estriba en la cercanía al objeto. La Historia del periodismo da reiteradamente la razón a Capa.
Una vez formulado el principio general y aceptado como válido, el problema es llevarlo a la práctica. El perenne dilema es que demasiado lejos no consigues la imagen y demasiado cerca no queda salud para contarlo. Julio Anguita quiso estar cerca y se las arregló para conseguir un sitio entre los periodistas empotrados con las unidades de combate norteamericanas.
No hablé con él antes de que partiera al frente, pero estoy seguro de que jamás pensó que podría tocarle. Para poder trabajar, el reportero necesita moverse autoconvencido de que circula por el mundo envuelto en un aura de inmortalidad. Es algo irracional, que no soporta la mínima prueba estadística y que se viene al suelo cuando se observa lo ocurrido en Bagdad en las últimas 48 horas, pero todos los que se dedican a esto lo dan por supuesto o lo han dado en algún momento de su existencia. Tras la visita a la morgue donde reposa el cadáver destrozado de un amigo o un compañero siempre se siente una mezcla de angustia, satisfacción y remordimiento, unido todo ello a la sospecha de que uno, aunque se guarde el carné de periodista en el bolsillo superior del chaleco, también es perecedero, pero eso dura poco.
Hay dos formas tradicionales de morir en la guerra. Una es cuando se lleva poco tiempo y todavía uno no sabe moverse bien. A la mitad de los que fallecen los matan en el estreno, sin darles tiempo a aprender trucos útiles como distinguir un disparo de salida de otro de llegada, moverse por una calle donde hay francotiradores, no recostarse en las puertas y ventanas, o saber que cuando hay muchos tiros a la gente le importa un comino que seas periodista.Otra posibilidad, la más frecuente, es caer víctima de la ley de probabilidades. Julio Anguita nunca había cubierto una guerra, a diferencia de Julio Fuentes que tenía el pecho negro del humo de mil batallas, pero ambos cayeron víctimas de la mala suerte.De la ley injusta de probabilidades. Hay 600 periodistas -la mayoría norteamericanos, pero también europeos como Julio, asiáticos e incluso árabes- empotrados en las tropas aliadas. Otros 300, entre los que estaba José Couso, el cámara de Telecinco a quien destrozó ayer un obús disparado contra su hotel, permanecen en el Bagdad controlado por Sadam Husein y otros 1.500 andamos desparramados por la región, en el en Kurdistán, en Kuwait, en Qatar o en Jordania.Basta hacer un cálculo, sacar un siniestro porcentaje como hacen los expertos en tráfico antes de la Operación Salida, para concluir que todavía pueden desaparecer unos cuantos.
He realizado este largo circunloquio porque Julio Anguita, que era como le llamábamos nosotros aunque en las crónicas firmara como Julio A. Parrado, me recuerda a Ernie Pyle. Y no solo porque ambos cayeran al final, cuando daba la impresión de que la matanza concluía y había pasado lo peor. Julio y Pyle se parecen en lo esencial: en el alma. A pesar de la enorme diferencia de edad, de los contrastes físicos, de sus opuestos orígenes, de sus estaturas y hasta de sus motivaciones. A pesar de que el americano partió tras un devastador divorcio y el otro, el español que nunca había cubierto un conflicto armado, lo hizo desde la ilusión, la curiosidad y la alegría.
Durante estas tres semanas, no he tenido oportunidad de leer los artículos de Julio, pero ayer, haciendo de tripas corazón, pasé la mañana en un descalabrado Internet-café que hay en esta zona del norte de Irak, intentando rescatar alguna de sus crónicas.La pantalla apenas funcionaba y solo pude descargar un puñado de archivos, pero ha sido suficiente. La nota de los pepinos, que debió ser la última que mandó, me ha puesto un nudo en la garganta, como lo tuve en Afganistán el día que acribillaron a Julio Fuentes. Y eso que Anguita, a quien tuve cerca en el periódico cuando era un niño y comenzaba y con quien coexistí dos años en Nueva York, no era amigo mío en el sentido en que lo fue Fuentes.
A todos nos gusta arropar en palabras rimbombantes este trabajo, aunque trabajo no sea precisamente la palabra más apropiada para describir esta actividad. Somos cronistas de conflictos -gente que se dedica a ir de espanto en espanto, recalando en toda revuelta, disturbio, insurrección y cualquier muestra de locura humana que se cruce en el camino- y no lo hacemos por un sueldo o para alimentar a una familia, sino porque es divertido. Caminar por el filo de la navaja, cruzar la delgada línea roja, escapar a la rutina y colocarse periódicamente en situaciones extremas puede convertirse en un deseo insoportable.
Los periodistas anglosajones, que son unos maestros en el arte de acuñar términos impactantes, se suelen referir a los periodistas consumidos por este vicio como los action junkies: los adictos a la acción. Como los drogadictos, hay algunos que necesitan incrementar continuamente la dosis para obtener satisfacción y eso puede tener consecuencias catastróficas: te matan o te quemas.
Julio Anguita no pertenecía a ese clan desquiciado. El, como Pyle, odiaba la guerra, pereció en ella y hubiera apreciado ser el último corresponsal de guerra de la Historia.
09 Abril 2003
La seriedad de Aznar
«España no puede conformarse con ser un país simpático; tiene que ser un país serio, capaz de asumir responsabilidades».
Oí esta afirmación de Aznar a última hora de la tarde del lunes, cuando todavía me encontraba tratando de digerir la noticia de la muerte de Julio Anguita Parrado. Llegué a pensar que había entendido mal, por culpa de mi propio desconcierto. Pero no: ayer la leí en varios periódicos. Y, por mucho que me afectara la muerte de José Couso, no me cupo ya duda: había dicho eso.
¿A cuento de qué esta contraposición entre seriedad y simpatía? Al repasar el conjunto de su perorata, comprendí su intención: estaba reprochando a la oposición, y con ella a millones de ciudadanos, su actitud «simpática» frente a la guerra. Él, en cambio, se gana «la consideración y el respeto internacionales» mostrándose «capaz de asumir responsabilidades». O sea, no siendo simpático, sino implacable. Él se parapeta tras la norma que Bush ha tomado -sin saberlo, por supuesto- del Calígula de sus peores años: Oderint dum metuant. «Que me odien, pero que me teman». Aznar aspira a ser temido -ya que no respetado- por delegación.
Eso es para él lo serio.
Pero es serio tan sólo por las materias con las que juega: vidas, destinos, derechos, libertades. No por el rigor de sus planteamientos.
No tiene nada de serio dar luz verde a una guerra crudelísima anunciando que el objetivo es llevar la democracia a Irak y luego declarar con total tranquilidad que habrán de pasar bastantes años antes de que los iraquíes puedan elegir a sus representantes, porque «no hay condiciones».
Es una broma del peor gusto afirmar que la ONU tendrá «un papel crucial en la reconstrucción de Irak» y aclarar a continuación -Washington dixit- que será crucial… «porque las tareas humanitarias son cruciales».
Tampoco puede considerarse un rasgo de seriedad negarse a pronunciar la palabra «guerra» -¿alguien ha oído al jefe del Gobierno español hablar de algo que no sea «el conflicto»?-, como si la pudibundez de la semántica pudiera ocultar la naturaleza aplastantemente bélica del hecho.
A cambio, sí que es serio, y mucho, que camine al paso que marca del mando supremo de un Ejército que, cansado ya por lo visto de matar civiles iraquíes, la emprende ahora contra los centros de Prensa, con la obvia intención de provocar el desalojo de los corresponsales extranjeros, para que no sean testigos de la limpieza de opositores a la que va a proceder en cuanto termine la guerra.
Aznar quiere «un país serio, capaz de asumir responsabilidades».Por lo de serio pierda cuidado: ya lo está, y mucho. Incluso triste, a fuerza de ver y sentir a diario el dolor y la muerte.
En cuanto a las responsabilidades, mejor haría en no pedir a otros que las asuman. Empiece por hacerlo él, que las ha contraído, y muy graves.
09 Abril 2003
La vida frágil
En pocos trabajos como el periodístico se advierte de una manera más clara la fragilidad de la vida, lo contingente y volandero de nuestro paso por este valle de lágrimas, que también lo es de alegrías y, por supuesto, de noticias. En realidad, la noticia acaba siendo la metáfora más adecuada de la célebre fugacidad de la vida. Aún no te la han contado o no la has terminado de contar y ya ha pasado. Hoy das una noticia, mañana la noticia eres tú y pasado mañana ya no eres sino pasado a toda prisa, camino de ser una gota más en el océano turbio del olvido. Los periodistas somos a la vez el continente y el contenido; el pescado, el envoltorio y el notario de la recogida de basuras, cuando ya la noticia de ayer es sólo una mancha borrosa en la oscuridad de la acera.
Viendo la cara joven, seria, de emplazado de verdad de Julio A. Parrado, la acerada y atenta de José Couso, la de todos los periodistas que van cayendo en la guerra-espectáculo, que no por ser más espectáculo que nunca deja de ser guerra como siempre, piensas obligatoriamente en el sentido de lo que haces, de lo que hacen por ti y de lo que tú haces por los demás. Pero el memento homo ya no es la calavera de Menéndez Valdés, ni la rosa del jardín modernista, ni las nieves de antaño.
Los infantes de Aragón, qué se hicieron, escribía Jorge Manrique, qué fue de tanto galán, qué fue de tanta invención que trajeron.Qué ha sido, qué es ya de tantos jóvenes periodistas, nuestros julios, nuestros cousos, qué se hicieron, qué nos hicimos, qué nos hacemos.
Un recuerdo apresurado, un obituario de alcance, una lágrima de cierre y a otra cosa, mariposa, camino de la llama, camino de la nada. Camino de la mar, que es el morir, va la poca y fresca agua nuestra, mirando a su ribera que es la compañía de sus lectores, para los que siempre sobran escritores.
Vivir deprisa, morir joven, pervivir en la memoria de las gentes es la condición del héroe, que involuntaria pero remeditadamente alcanzan los periodistas muertos. Los héroes no envejecen, de ahí que el periodismo de guerra sea una ambición juvenil que esconde una desesperación metafísica. Pero la noticia envejece por el héroe. Apenas contada su vida, apenas apagado el último flash del entierro, apenas sustituida la imagen que colgaba de la Red o la foto en color de la portada del periódico, la vida y su memoria empiezan a deslizarse en la cómoda nada de los archivos.Ya nada nunca será como el primer día póstumo, el primer aniversario tendrá el doble de espacio que el segundo, varias páginas más atrás, y milagro será llegar al tercero. La vida es frágil y más en el periodismo. Para nosotros, el periódico siempre es el de ayer.
10 Abril 2003
Hotel Palestina
La ocultación y la mentira son la continuación de la guerra por otros medios. En 21 días de guerra han caído en Irak 11 periodistas (más dos desaparecidos), cifra que dobla ya la de la guerra del Golfo. Esas muertes se han producido en las más diversas circunstancias, bajo fuego iraquí o norteamericano. Quienes han presentado esta guerra como la de la civilización contra la barbarie están obligados a esclarecer las causadas por sus tropas; en particular, a explicar por qué un tanque disparó contra el hotel en que se hospedaba la mayoría de los corresponsales extranjeros, matando a dos, uno de ellos español.
Esta circunstancia obliga al Gobierno español a exigir responsabilidades, sin limitarse a convalidar las explicaciones del mando militar estadounidense. De entrada, porque ya han sido desautorizadas por los testimonios coincidentes de los otros periodistas presentes en el lugar: nadie disparaba desde el hotel; pero aunque hubiera habido un francotirador, eso no justifica responder lanzando un proyectil contra las habitaciones. El segundo argumento, que el edificio había sido declarado objetivo militar, no sólo es inverosímil (nadie parece haber sido informado de tal cosa), sino bárbaro: ¿bastaría declarar objetivo militar a un hospital para lavarse las manos de las consecuencias de bombardearlo? Lejos de aceptar tan absurdas explicaciones, el ministro Trillo está obligado a exigir a las autoridades norteamericanas una investigación independiente, sin conformarse con la versión que dé el Pentágono.
La hipótesis de una orden expresa de disparar contra los periodistas no es verosímil ni se corresponde con la credibilidad que merece el alto mando militar de un país respetuoso con la libertad de información. Pero el hecho de que el mismo día se bombardeasen las oficinas en Bagdad de Al Yazira y de otra cadena árabe impide considerar lo ocurrido como un simple error humano individual.
La Federación Internacional de Periodistas ha hablado de «crímenes de guerra», invocando la Convención de Ginebra, en cuyos Protocolos Adicionales -no suscritos por EE UU-se incluye una mención específica a la protección de la vida y el trabajo de los periodistas en el frente. Estos 21 días de guerra ilustran por qué: no sólo por tratarse de civiles desarmados, sino de testigos imprescindibles para evitar la banalización de la guerra y la ocultación de sus efectos más terribles, que ninguna estadística podrá nunca reflejar. De ahí la vieja desconfianza de los guerreros hacia los cronistas, y de ahí también los intentos contemporáneos de condicionar el trabajo de los periodistas.
En la primera guerra de Irak, en 1991, apenas hubo imágenes reales: algunas fueron falsificadas por motivos propagandísticos, y otras sustituidas por destellos fosforescentes. El acceso a imágenes reales del horror incide en el centro del debate sobre la legitimidad de esta guerra, sobre la proporción entre el mal que se pretendía evitar y los sufrimientos ocasionados. Por eso fue bombardeada Al Yazira y por eso alguien se atrevió a mentir sobre lo ocurrido el martes en el hotel Palestina.
19 Agosto 2003
Respuesta a Ana Palacio
Leo con indignación, estupor y ¿por qué no decirlo? pena, la entrevista a la ministra Ana Palacio en EL PAÍS del domingo 17 de agosto, donde se reafirma en la línea de sumisión absoluta a las tesis que el Ejército norteamericano viene barajando sobre el asesinato de mi hermano.
Acepta a pies juntillas, al contrario que el Gobierno ucranio, un «seudo informe» patético que pretende ser el resultado de una investigación seria, no siendo más que una sarta de vaguedades, inexactitudes y mentiras que no resisten ni el más mínimo contraste con los testimonios de las decenas de periodistas internacionales testigos directos de este crimen.
El desprecio y la desatención hacia un ciudadano de su país es inmoral y propio de una república bananera que acepta la autoridad militar de una potencia extranjera frente al principio básico del Estado de derecho: la ausencia de impunidad.
Pero, además, la ministra da una vuelta más a su incapacidad para defender los intereses de los ciudadanos españoles faltando a la verdad. Porque usted, señora ministra, está mintiendo cuando dice textualmente, refiriéndose al informe del Centcom: «(…) lo hemos hecho llegar, por supuesto, a la familia del señor Couso tan pronto como lo recibimos. Y lo tradujimos (…)».
Quiero pensar que no le inspira la técnica «goebbeliana» de repetir una mentira hasta que ésta, por repetición, se convierte en verdad.
Sé que las fotocopias que me remitieron las tenían en su poder desde un día antes (lunes 11), y la primera información sobre su existencia la recibo de un redactor del diario EL PAÍS el martes 12 a las 17.00. No siendo hasta las 21.30 del martes 12 cuando recibo un sobre de su ministerio -que no contenía una carta personal de usted, como se ha dicho, sino una breve nota que firma Mª Isabel Vicandi- donde se manifiesta que, por instrucciones suyas, se nos hace llegar el resultado del informe norteamericano, siendo nuestra sorpresa mayúscula al ver que dicho informe consta de una página y media de fotocopias sin ningún membrete o sello que lo identifique y que además viene en su idioma original, inglés.
Siendo ciudadanos españoles, lo mínimo por parte de su ministerio sería incluir una traducción al castellano. ¿Presupone su ministerio que los ciudadanos españoles deben conocer la lengua inglesa?
La única traducción fue hecha por nosotros mismos con ayuda de amigos que dominan este idioma. ¿Nos hubiese remitido el informe en chino, ruso o árabe si ése hubiese sido su idioma original?
Señora ministra, deje de faltar a la verdad y asuma la obligación de defender a uno de sus compatriotas asesinado mientras realizaba su trabajo en un país extranjero y facilite a su familia los medios de que dispone un Gobierno soberano para defender el honor, la dignidad y la justicia de sus ciudadanos.
Le repito, como hermano de José Couso, las preguntas que usted no quiso responder a los periodistas que asistieron a su última comparecencia: ¿está el Gobierno español satisfecho con la versión de los hechos que mantiene el Gobierno estadounidense? ¿Va el Gobierno español a impulsar una investigación independiente? José Couso y su familia esperamos una respuesta.