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El Cardenal Agostino Casaroli comunica a todas las carmelitas descalzas del mundo que será El Vaticano quien redactará las nuevas constituciones de la orden.

HECHOS

Fue noticia el 27 de enero de 1985.

27 Enero 1985

La clausura como prisión

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

EL CARDENAL Casaroli ha comunicado a todas las carmelitas descalzas del mundo que el Papa ha decidido reservarse la redacción de las nuevas constituciones de la orden. Los obispos de quienes dependen directamente los monasterios fundados en cada diócesis no han sido consultados. Desde el punto de vista del funcionamiento interno de la Iglesia católica, la decisión papal constituye un desaire al general de los carmelitas descalzos y a la misma Congregación Vaticana de Religiosos.Éstos, durante el pontificado de Pablo VI, recogieron la opinión de todos los carmelos y sometieron a la aprobación del papa Montini unas declaraciones que seguían las normas conciliares y se promulgaron con carácter de ley en 1977. El 80% de las carmelitas acogieron dicha norma, que estimaban reflejaba el espíritu de Teresa de Jesús, adaptado a los nuevos tiempos. Se introdujo así cierta flexibilidad en las medidas de clausura (llaves, rejas, velos y salidas del monasterio), más parecidas al Irán de Jomeini que otra cosa. Sólo un 20% de los monasterios conocidos por la Asociación de Santa Teresa, iniciativa de la monja española madre Maravillas, se mostró reacio a dicha reforma conciliar y reafirmó su posición contrarreformista. La reciente carta del cardenal Casaroli ha suscitado la protesta mayoritaria de las monjas, que guardan el temor fundado de que el Papa quiera ahora dar razón a las contrarreformistas en la cuestión de la barrera de la clausura.

Las rejas, los muros, los tornos misteriosos de porterías y sacristías, la prevención contra teólogos y confesores, así como el recorte de competencias al obispo diocesano, devuelven la familia teresiana a aquella Iglesia del siglo XVI, en la que la santa andariega vivió también las dificultades de la reforma tridentina y lanzó aquel amargo reproche contra los representantes papales: «¡No hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa!». El Vaticano demuestra así su decisión de caminar por las sendas del reaccionarismo teológico, base del político.

La batalla de las carmelitas contra el Vaticano reinventa así la de su fundadora. Fue precisamente la interpretación de la clausura una de las principales dificultades de sometimiento de Teresa de Jesús a la obediencia de los nuncios papales en Madrid, Ormaneto y Saga. Este último la tuvo por «fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de clausura, contra el orden del concilio tridentino y prelados, enseñando como maestra contra lo que san Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen».

Para la santa, las rejas y los muros son la pobreza. «De éstos y de humildad quería cercar los monasterios; y a buen seguro, si se guarda de verdad, que esté la honestidad y todo lo demás fortalecido mucho mejor que con suntuosos edificios» (Camino, 2,8). En Valladolid traslada el monasterio al centro urbano: «A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables con sus hermanas» (Camino, 41,7). «Mi opinión ha sido siempre y será que cualquier cristiano procure tratar con quien las tenga (buenas letras), si puede, y cuantas más mejor; y las que vayan por camino de oración tienen de esto mayor necesidad» (Vida, 13,17).

Desde la infancia, Teresa asiste de cerca al cruce de corrientes y caminos religiosos: moros (África), infieles (América), herejes (Europa) y judíos. Vive los conflictos internos de la Iglesia de su tiempo. Sus conventos son oasis dentro de la ciudad y no la soledad del desierto. «Procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os traten, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir» (Camino 41,7). No había para ella peor clausura que la ignorancia y la incomunicación. El autoritarismo, el secretismo, los informes no verdaderos que llegaban al Papa, fueron la cruz de su obediencia.

En las estancias lujosas de la Secretaría de Estado tapizadas de secreto y nimiedad protocolaria difícilmente puede percibirse la libertad de espíritu y la tradición del Carmelo. El movimiento de esa minoría de monasterios, agrupados por las seguidoras de la madre Maravillas, antigua priora del convento de Aldehuela (Madrid), reverdece el atávico oscurantismo contrarreformista español que ahora amenaza con revestirse de disciplina y rigor vaticanista.

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