30 marzo 1980

El horrible crimen de ETA apenas conmociona a la sociedad

El comando de Zabarte ‘el Carnicero’ de ETA asesina al niño de 3 años, José María Piris (Peiró) y hiere a otro, Fernando García López

Hechos

El 29.03.1980 el niño José María Piris (Peiró) Carballo fue asesinado por los terroristas.

Lecturas

El 29 de marzo de 1980 una bomba colocada por un comando de ETA Militar asesina a un niño, D. José María Peiró Carballo, de 13 años y deja herido a otro, D. Fernando García López.

La bomba fue colocada por el comando liderado por D. Jesús María Zabarte Arregui, apodado ‘el carnicero’ y del que también formaban parte Francisco Fernando Martín Robles, Jon Aguirre Aguiriano y José Gabriel Urizar Murgoitio. Todos ellos fueron condenados a 23 años de prisión.

 

 

El Análisis

La barbarie sin coartadas: un niño muerto y un Parlamento recién nacido

JF Lamata

El 29 de marzo de 1980, en Azkoitia, el terrorismo de ETA alcanzó uno de sus rostros más insoportables: José María Piris Carballo, un niño, murió al estallar una bomba colocada para asesinar a guardias civiles. El artefacto, preparado por miembros de ETA Militar, entre ellos Zabarte Arregui, “el carnicero”, no distinguió entre objetivos armados y víctimas inocentes. Nunca lo hizo. La muerte de un niño no fue un “error”, sino la consecuencia lógica de una estrategia que asumía como aceptable la muerte de civiles para imponer un proyecto político por el terror.

El crimen se produjo en un momento particularmente revelador. Ese mismo mes de marzo se habían celebrado las primeras elecciones al Parlamento Vasco, un hito histórico de autogobierno largamente reclamado. A ellas pudo concurrir el brazo político de ETA, Herri Batasuna, que obtuvo un segundo puesto tras el PNV, reflejo de un respaldo social nada desdeñable. Sin embargo, ni la apertura institucional ni la expresión democrática de una parte significativa del electorado moderaron la violencia. Al contrario: ETA continuó su escalada de sangre y sus diputados electos rehusaron ocupar sus escaños, despreciando el propio marco democrático que decían instrumentalizar.

Lo más perturbador no es solo el crimen, sino el clima moral que lo rodeó. Que una parte de la sociedad vasca —la representada por los votantes de Herri Batasuna— siguiera otorgando legitimidad política a un entorno que amparaba asesinatos como este revela la profundidad de la fractura ética. La muerte de José María Piris Carballo simboliza el fracaso de cualquier coartada ideológica: no hay “conflicto”, “lucha” o “causa” que pueda explicar la explosión que mata a un niño. Frente a ello, la democracia naciente estaba obligada a algo más que a resistir: debía nombrar el horror, aislar a los verdugos y negar toda legitimidad al terror, sin ambigüedades ni silencios cómplices.

J. F. Lamata