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El concejal asesinado había suplicado a los concejales de Batasuna en un pleno "que pidan que dejen de matar y ni eso hacen"

El ‘comando Nafarroa’ de ETA asesina al portavoz de UPN en Pamplona, Tomás Caballero, firme enemigo del terrorismo

HECHOS

El 6 de mayo de 1998 fue asesinado en Pamplona el portavoz de UPN en el ayuntamiento de Pamplona, D. Tomás Caballero.

LOS ASESINOS:

El comando que asesinó a D. Tomás Caballero, portavoz de Unión del Pueblo Navarro en el ayuntamiento de Pamplona estaba formado por los miembros de ETA Francisco Javier Ruiz Romero, Alberto Viedma Morillas y Miguel Javier Ayensa Laborda, que serían condenados por el crimen en 2003.

La sentencia consideró probado que los tres etarras decidieron matar al edil de Pamplona, para lo que le esperaron aquella mañana a la salida de su domicilio, cuando D. Tomás Caballero subió a su vehículo, Francisco Javier Ruiz se acercó a la ventanilla y efectuó dos disparos con una pistola FN Browning de 9 milímetros que le produjeron la muerte. El etarra salió corriendo y se unió a Alberto Viedma, quien le esperaba en las inmediaciones con una motocicleta, mientras vigilaba la zona armado con otra pistola. Ambos se encontraron con Miguel Javier Ayensa, a quien entregaron las armas para que las ocultara.

IÑAKI DE JUANA QUIERE CELEBRARLO

98_cartaDeJuana_31_1_98 El asesino de ETA Iñaki de Juana, encarcelado desde 1987 tras conocer la noticia del asesinato del concejal de UPN pidió al Jefe de su prisión que le enviara a su celda una botella de vino y langostinos para poder celebrarlo.

07 Mayo 1998

Mensaje de ETA

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Los jefes de ETA han querido recordarnos su existencia, y lo han hecho matando a un concejal de Pamplona, Tomás Caballero, del partido navarrista UPN. Se estaba hablando de propuestas de diálogo, de «espacio común entre nacionalistas», de «iniciativas compartidas» de pacificación, y los jefes de ETA no querían que nadie se olvidara de que ellos son los que deciden. No los miembros de HB que están hablando con los del PNV y EA, y tampoco los firmantes de manifiestos a favor de la negociación, sino ellos: esas tres o cuatro personas que deciden quién puede vivir y quién debe morir. Mensaje recibido: ETA no quiere dejar de existir; es decir, de matar.El atentado se ha producido en Navarra, territorio cuya incorporación a Euskadi es una de las condiciones de ETA para dejar de matar. En los primeros tiempos de la transición, buena parte de la población de ese territorio consideraba compatible su identidad navarra con la vasca, lo que abría paso a la hipótesis de una incorporación pacífica en el futuro, expresamente prevista en la Constitución. El efecto de la acción de ETA ha sido alejar esa posibilidad. Los partidos nacionalistas, que llegaron a agrupar cerca del 21% de los votos, no sumaron más del 12% en las últimas elecciones, y los 11 escaños con que contaron en el Parlamento foral se han reducido a 7.

No es asesinando concejales como ETA va a invertir esa dinámica. Pero para sus jefes, el fin no es lo más importante, lo que cuenta es el medio: demostrar que cuanto ocurre es consecuencia de su violencia y que, por tanto, hay que contar con ellos. Por eso matan, y ya van seis concejales asesinados. No saben hasta qué punto tienen razón quienes afirman que en Euskal Herria hay un «déficit democrático». Sólo que no el que ellos alegan para justificar la negociación con ETA de un nuevo marco político. El déficit existente es el que hace que para ser candidato a concejal por determinados partidos, y no por otros, sea preciso arriesgar la vida. La denuncia y la lucha contra esa situación debería ser la primera de todas las formaciones democráticas. Lamentablemente, no es así.

Si ETA quisiera dejar de matar ya nos habríamos enterado. Todas esas declaraciones de que si el PNV no habla con ETA «es porque no puede» (Arzalluz), o de que «hay que hablar de todo y con todos» (Ibarre txe), han convencido a los jefes de la banda de que la negociación política que pretenden es terreno conquistado: que por mucho que maten y secuestren, siempre tendrán un lugar en la mesa, y que contarán en ella con aliados poderosos dispuestos a negociar «sin límites». Cuando lo que habría que hacer es justamente lo contrario: dirigir a ETA el mensaje de que no podrá haber diálogo -en busca de salidas para los presos y demás personas enganchadas en la noria de la violencia- mientras no den garantías de que renuncian a matar; y que en una sociedad que cuenta con instituciones legitimadas por el voto popular no puede haber negociaciones políticas «sin límites», como si el mundo se inaugurara hoy.

Si había alguna duda sobre el significado del último comunicado de ETA, ayer la despejaron: no piensan dejar de matar. La respuesta también debe ser clara: mientras HB no exija a ETA la renuncia a las armas, ni diálogo, ni «espacio común», ni «acuerdo previo entre nacionalistas». Y ello, con el respaldo de la mayoría. Como en julio, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

07 Mayo 1998

Una pistola en la «mano tendida»

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Dos disparos a bocajarro y una vida menos: la de Tomás Caballero, portavoz de Unión del Pueblo Navarro (UPN) en el Ayuntamiento de Pamplona. Era poco antes de las 10 de la mañana de ayer. ETA volvía a matar a un concejal, esta vez de un partido regionalista aliado al PP. Lo ha hecho en Navarra, que no sufría el asesinato de un político local desde 1979. Ha matado a un hombre popular, que fue alcalde de Pamplona en los difíciles años de la transición y que incluso presidió una de las peñas sanfermineras más célebres: Oberena («La Mejor», en euskara).

Ignacio Aracama, Macario, había declarado un día antes ante el tribunal que lo juzgaba en la Audiencia Nacional que «ETA está dispuesta a tender la mano para conseguir una solución» a eso que él y los suyos llaman, con inimitable cursilería, el contencioso vasco. Pero Macario no precisó qué sostiene la mano que tienden. La realidad se ha encargado de aclararlo en pocas horas: empuña una pistola.

Así que se conoció el terrible asesinato, los partidos políticos vascos se enzarzaron en la eterna discusión: si cabe o no cabe hablar, dialogar, parlamentar o negociar con HB y cuantos se sitúan en los aledaños de ETA. Se trata de una discusión tan recurrente como improcedente en las actuales circunstancias. Valdría tal vez la pena polemizar sobre el sentido, la oportunidad o la conveniencia de hablar con HB sobre el problema de la violencia si previamente alguien demostrara que de tales conversaciones cabe obtener algo concreto. Algún resultado, algún avance. Pero ETA viene encargándose una y otra vez de demostrar que está totalmente al margen de esos juegos florales. No es que en el conglomerado de HB no haya quienes opinen que convendría poner fin a la violencia a través del diálogo; es que su opinión no pesa ni poco ni mucho en los cenáculos en los que se decide sobre la vida y la muerte de los oponentes políticos. Se diría incluso que, cuando esa opinión divergente pesa algo, lo hace en el platillo opuesto: tanto más algunos abertzales radicales dan muestras concretas de querer negociar, tanta más urgencia siente ETA por matar.

No es el Gobierno de Aznar el que ha cerrado la vía negociadora. El propio presidente del Gobierno lo señaló bien claramente hace poco, con motivo de la visita a España del premier británico, Tony Blair. Dijo: «Les lancé un mensaje: sabré ser generoso si abandonan las armas. Y lo que recibí a cambio fue una nueva amenaza: «Os vamos a aniquilar»». Así están las cosas. No cabe dialogar con quien desdeña por entero el diálogo y no conoce más lenguaje que el de la agresión. Es falso que dos no se peguen si uno no quiere: la prueba es más que evidente, y ayer mismo la tuvimos una vez más ante nosotros, vestida de luto. A cambio, es un hecho irrefutable que dos no dialogan si uno no quiere.

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