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El nuevo cargo quedará vacante hasta la próxima legislatura

El Congreso veta a Joaquín Ruiz-Giménez Cortés como ‘Defensor del Pueblo’ por negativa de UCD y AP a respaldar al candidato del PSOE

HECHOS

El 28 de junio de 1982  el Congreso rechazó la candidatura de D. Joaquín Ruiz-Giménez Cortés para el nuevo cargo de Defensor del Pueblo.

El 28 de junio de 1982 el Congreso de los Diputados votó la propuesta del PSOE de crear el cargo de ‘Defensor del Pueblo’ y que el puesto fuera ocupado por D. Joaquín Ruiz Giménez-Cortes. La propuesta es rechazada por no alcanzar los 208 votos necesarios para la elección, para lo que era necesario que UCD y PSOE hubieran estado de acuerdo y los diputados de la UCD rechazaron respaldar al Sr. Ruiz Giménez-Cortes por no considerale idóneo para el cargo.

23 Junio 1982

Boicoteo al 'defensor del pueblo'

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

Los JUSTIFICADOS temores de que la figura del defensor del pueblo quede en sede vacante por esta legislatura pueden, desgraciadamente, confirmarse. Pese a la retirada de Carlos Ollero y Antonio Hernández Gil, que dejaba la puerta abierta, como único candidato, a Joaquín Ruiz Giménez, la decisión de parte de UCD de abstenerse en la votación supone un boicoteo de hecho de la posibilidad de que esta designación salga adelante. La postura de UCD en este terreno es equiparable a la que mantuvo el PSOE durante meses obstaculizando el nombramiento de director general de RTVE después de la aprobación del estatuto. La experiencia demuestra hasta qué punto estos filibusterismos parlamentarios perjudican el interés público, desgastan y entorpecen la gestión de los finalmente nombrados y desacreditan las instituciones del régimen y el buen funcionamiento de la Constitución.UCD es hoy día un partido casi inexistente, plagado de contradicciones y de virulentas guerras intestinas, pero sus diputados deberían recapacitar sobre la gravedad de seguir aparcando figuras y papeles previstos en una Constitución contestada desde el involucionismo y cuyo abanico de posibilidades aún no ha podido ser desplegado. Por lo demás, no va ser fácil, ni con el candil de Diógenes, encontrar en este país persona de las cualidades que rodean a don Joaquín, como popular y cariñosamente se le llama, para desempeñar tan difícil y primigenio rol. Ante el panorama político español carecen de valor los ataques que se le hacen en función de haber sido ministro del anterior régimen; su confesionalidad -sería una ofensa para él negarsela- no es, por lo demás, sectaria ni dogmática, y afinca en cambio en el mandato cristiano de la caridad, que, lejos de invalidarle para defensor del pueblo, multiplica sus méritos por lo que puedan tener de magisterio de costumbres.

Ruiz-Giménez, al que cabría tildar del «más elegante perdedor de las elecciones del 77% realizó su particular «travesía del desierto» desde la autocracia a la democracia en un periplo más prolongado y sincero que la mayoría de las transiciones que se expenden en nuestros despachos políticos. Por lo demás, son de reconocer sus cualidades humanas, su alto entendimiento de la justicia y hasta su bondad de corazón. Acaso por estas virtudes sea tenido desde algunos escaños de UCD y de Coalición Democrática por hombre peligroso, y de ahí la consigna de abstención. Pero la más elemental meditación sobre el caso debería sonrojar a algunos de los discípulos académicos y políticos de Ruiz-Giménez que se sientan hoy en los escaños de la UCD. Ver a Iñigo Cavero, a Rafael Arias-Salgado, a Fernando Alvarez de Miranda, a Ignacio Camuñas, a Javier Rupérez, a Luis Gámir, por no hacer más que una apresurada nómina de nombres que nos vienen a la cabeza, responsabilizarse lo mismo de que la Constitución siga inacabada en su desarrollo, debilitándola ante quienes la amenazan, que de que Ruiz-Giménez continúe en el ostracismo político en un país donde la clase política no está precisamente sobrada de figuras, es de las cosas más lamentables que podrían suceder. Contemplar que eso se haga desde la obediencia al Gobierno de¡ señor Calvo Sotelo resulta casi chusco. La democracia ha sido ingrata con algunos de sus principales artífices. Ruiz-Giménez, sin duda, es uno de los casos evidentes. Su parte de reponsabilidad lleva, toda vez que se empeñó, honestamente, en acudir en solitario y sin el apoyo de la Iglesia, con el estandarte de la Democracia Cristiana, a las elecciones de 1977 y cosechó un espectacular fracaso. Algunos de quienes le acompañaron en la aventura acudieron luego al paraguas de UC’.D. Pero éstos, lo mismo que quienes antes se desengancharon de su carro, no serán capaces de negar ni el papel esencial que Ruiz-Giménez ha jugado en la democratización de este país y en la lucha por las libertades, ni el papel primordial que ha desempeñado en la defensa y procura de alguna de las biografias políticas que hoy pretenden cerrarle el acceso -por razones cuya verdadera raigambre se desconoce- a su nombramiento como defensor del pueblo.

La designación del defensor del pueblo, por lo demás, resulta doblemente importante, en la medida en que pueda devolver a los ciudadanos confianza en un sistema democrático torpe por su juventud y zarandeado por ser quien es. Una de las más burdas líneas de combate de esa ínfima pero chirriante minoría anticonstitucional reside en que las libertades democráticas se despegan del pueblo y que éste, a la postre, queda indefenso ante la parafernalia parlamentaria de un país que aún no tiene costumbre de quejarse individualmente ante su diputado y de recibir contestación y atención. El defensor del pueblo nunca podrá ser la panacea de las dejaciones parlamentarias o administrativas ni, como se estimó en un principio en el Reino Unido, un Ministerio de Estupideces. Pero en España y ahora, la institución puede resultar más útil y regeneradora que en ninguna parte: puede aumentar credibilidad a los primeros pasos de la democracia, restaurar esa difícil relación personal entre gobernantes y gobernados, corregir defectos de posible inconstitucionalidad en leyes elaboradas por consenso… No será piedra sillar de nuestra democracia, pero puede arrimar notablemente el hombro para que no se derrumben algunos ánimos y contribuciones precisos.

La votación final por la candidatura de Ruiz-Giménez no debe, por tanto, penetrar en la mezquindad de la actual correlación de fuerzas del Parlamento, destruida y desvirtuada por las crisis internas de los partidos y la defensa de vanidades personales y corporativas. Y estaría bien que sirviera para demostrar que en UCD, y concretamente en aquellos de sus hombres que proceden de la oposición democrática a la dictadura y no del aparato político de ésta, las lealtades personales -si son puras, si no buscan un beneficio individual y partidista- son apreciadas como un acto moral de la política, y no entendidas como una debilidad inoportuna. Los electores no son insensibles a estas cosas.

29 Junio 1982

Los ofensores del pueblo

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

CUANDO EN el otoño de 1963 el profesor Ruiz-Giménez decidió dar a la luz una revista política, un numeroso grupo de universitarios se reunió en tomo suyo para empujar una de las experiencias más positivas de aperturismo real y de tensión democratizadora que contempló este país durante el régimen franquista. Puede decirse que el Partido Comunista, en la clandestinidad y desde la izquierda, y el equipo de Cuadernos para el Diálogo, en el difícil equilibrio de la legalidad siempre contestada y desde los sectores moderados de la derecha primero y del socialismo después, nuclearon dos hechos decisivos que prepararon la transformación del franquismo, en monarquía parlamentaria. La figura de Dionisio Ridruejo de cuyo fallecimiento se cumple en estos días el séptimo aniversario, sin que las fuerzas políticas democráticas se tomen la molestia de recordarlo- debe ser incorporada también a esa exigua lista como incómodo testimonio de quienes no aguardaron a la agonía de Franco para luchar por los derechos humanos y los valores democráticos. Los comunistas, por su parte, fueron capaces de levantar una organización sindical, Comisiones Obreras, que vertebró el mundo del trabajo en la primera etapa de la transición. Ruiz-Giniénez y sus democristianos de izquierda -si puede haber de eso en el espectro político, pero al menos se llamaban así-, propulsaron y facilitaron un modelo de recambio democrático no revolucionario, que es lo que encarna el actual régimen.Determinados avatares personales y una no pequeña testarudez política respecto a sus principios, alejaron a Ruiz-Giménez del protagonismo del poder después de inaugurada la democracia. No quiso, como se le ofreció, ni comparecer electoralmente con las listas de una UCD que representaba la herencia del poder franquista en muchos aspectos -y en la que concurrían por lo demás no pocos de sus discípulos políticos-, ni con las del PSOE, en las que se encontraba definitivamente incómodo. Llegó a las urnas con la etiqueta del cristianismo progresista y fracasó. Asumió su fracaso con enorme dignidad, y ni aun después de producido renegó de su tentativa. Cuantos esfuerzos hicieron los partidos por incorporarle a sus filas fueron inútiles. La democracia parlamentaria perdió así a un hombre honesto y capaz, cuya característica más proverbial había sido la defensa del diálogo y el entendimiento (le los españoles.

Nuestra viola pública lo ha vuelto a perder, gracias al cerrilismo de un partido en descomposición que se ha empeñado en mantener la disciplina del voto en una maniobra que da Con la puerta en las narices a las esperanzas de completar la Constitución en un punto esencial antes del fin de la legislatura. Entre las miserias que el Gobierno Calvo Sotelo llevará a las próximas elecciones generales, habrá que contabilizar esta de bloquear el nombramiento de un cargo tan indudablemente democrático y tan atractivo para los electores como es el Defensor del Pueblo. La actitud de UCD resulta todavía más inadmisible si se tiene en cuenta que Ruiz-Giménez era el único candidato institucional, que el patrocinio de su nombre por los socialistas no implica su compromiso con el PSOE y que asuntos como la colza, los escándalos de la Administración, la gestión televisiva y otras lindezas de ese género habrían podido ser enfocados con mayor acierto y limpieza por parte del Ejecutivo si una figura independiente en el puesto independiente de Defensor del Pueblo le hubiera servido de acicate. La intención de UCD, y de la derecha a su derecha, de que esto no suceda, es harto evidente. La triste hazaña es tanto más ridícula si se tiene en cuenta que el actual secretario general del partido -Iñigo Cavero-, uno de sus predecesores en el cargo -Rafael Arias Salgado- y el presidente honorario de UCD -Adolfo Suárez- han roto la disciplina de voto en este tema. Merecería la pena completar la nómina de los que no la rompieron y, sobre todo, la lista de los que no se atrevieron a entrar en el hemiciclo para no verle obligados a tomar una decisión. La democracia paga sus facturas y esta es una de ellas: que unas docenas de avisados que lograron su puesto en una lista electoral boicoteen ahora el desarrollo de la Constitución y la presencia de un hombre como Joaquín Ruiz-Giménez en la política española. Pero no hay factura a pagar tan segura como la que se extiende antes de unas elecciones generales. Y tanto disciplinado ucedista en esta votación va a tener una oportunidad mejor, y más vistosa, de exhibir su fidelidad al partido dentro de pocos meses. Será hermoso contemplar cómo lo hacen.

La historia enseña otras lecciones. Las huestes de Calvo Sotelo consideran, según puede verse, que el sistema constitucional es un régimen adecuado para poner y mantener a Carlos Robles Piquer al frente de la televisión pública y no para nombrar Defensor del Pueblo a Joaquín Ruiz-Giménez. A lo mejor es una anécdota. A nosotros nos parece un símbolo. Y esperamos que el PSOE no sienta de nuevo más la tentación de hacer de salvavidas de un Gobierno que, al parecer, sólo sabe meter en cintura a sus indisciplinados diputados en ocasiones como esta. Al sonoro pateo que engalanó ayer nuestras Cortes Generales unimos por eso el nuestro. Calvo Sotelo ha conseguido deslizar el centro moderado y reformista hacia el piélago de la reacción, donde va a encontrarse sumergido junto a Fraga. En el pecado llevará la penitencia, porque el líder de Alianza Popular es mejor nadador, tiene más fondo y posee Mejor sentido de la orientación. El inquilino de la Moncloa amenaza con destruir cuanto de moderado y reformador tenía la derecha española amparada bajo las siglas de UCD y con entregarse en una especie de abrazo del oso a los heraldos del pasado. Su imagen, de torero asustado en el ruedo, empieza a inspirar conmiseración y ternura. Nada peor le podía suceder a un político. La actitud de algunos de los diputados ucedistas que han contribuido con su ausencia o con su abstención al veto de Ruiz-Giménez es por lo demás esclarecedora de la condición humana. La Biblia cuenta historias de primogenituras vendidas por platos de lentejas, pero también exhorta a corregir esa fea costumbre. La condición de algunos ucedistas comienza a ser materia de parábola como ejemplo a no seguir.

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