21 marzo 2024

Iñaki Arechabaleta asumiera con carácter provisional las funciones del cargo de CEO de Vocento

El Consejo de Administración de Vocento destituye a Luis Enríquez Nistal como consejero delegado, su sustituto será Manuel Mirat

Hechos

El 21 de marzo de 2024 el Consejo de Administración de Vocento destituye a Luis Enríquez Nistal como consejero delegado.

Lecturas

El 21 de marzo de 2024 el Consejo de Administración de Vocento destituye a Luis Enríquez Nistal como consejero delegado. El cese se hará efectivo a partir de la Junta General de Accionistas del 23 de abril de 2024. El consejo no ha previsto la designación a corto plazo del sucesor, por lo que de momento las funciones quedan en manos de D. Iñaki Arechabaleta, consejero delegado adjunto, en calidad de ‘CEO provisional’.

El presidente del Grupo Vocento, D. Ignacio Ybarra Aznar, le dedicó unas palabras de elogio reproducidas en todos los periódicos de Vocento:

«Durante más de una década Luis ha sabido dirigir Vocento con brillantez y firmeza hacia la digitalización y el crecimiento en un perímetro cercano a la comunicación y complementario con los medios. Los resultados están ahí. Ahora empezamos un nuevo ciclo de consolidación de las áreas de diversificación y de integración de las nuevas oportunidades que la digitalización y la inteligencia artificial suponen para el grupo. Agradeceremos siempre a Luis su extraordinario trabajo».

UN NUEVO CEO PROCEDENTE DEL GRUPO PRISA:

El cargo de CEO del Grupo Vocento estará vacante hasta que en octubre de 2024 se hará público que el nuevo CEO será D. Manuel Mirat Santiago, que asumirá estas funciones el 1 de noviembre de 2024.

D. Manuel Mirat ya fue en el pasado CEO del Grupo PRISA hasta su ruptura con este grupo mediático en julio de 2021. 

21 Marzo 2024

Periodismo sin bridas

Ignacio Camacho

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En cuatro décadas largas de oficio he conocido a muchas clases de ejecutivos. Algunos entendían poco de periodismo, otros lo trataban con condescendía y hasta hubo quien se gastaba un cierto tono despectivo. Por fortuna también he visto editores comprometidos, personas nobles dispuestas a jugarse su patrimonio, su prestigio y a veces has el tipo: con los accionistas de Vocento, por ejemplo, se podría formar una asociación de víctimas del terrorismo. Los periodistas sólo pedimos a directivos y propietarios que nos dejen hacer nuestro trabajo, nos amparen ante las intrusiones de los poderes públicos y privados y, a ser posible, no se retrasen mucho en los pagos. Es verdad que no siempre somos comprensivos con su esfuerzo, pero en general lo que nos importa es contar con su respaldo cuando la información que publicados provoca conflictos en ciertos despachos.

Luis Enríquez llegó a esta casa hace trece años y muy mal no ha debido de hacerlo cuando ha durado tanto en el puesto de CEO, un sitio donde siempre hay algo ardiendo y es menester dedicar más tiempo de lo deseable a apagar fuegos. La primera vez que hablamos me planteó una idea algo estrambótica y lo mandé a esparragar, eso sí, con respeto. Luego fuimos forjando una amistad a prueba de (frecuentes) discusiones y desencuentros, y hoy es el día en que me toca decirle adiós con una cosquilla de desazón corriéndome por el cuerpo. A él sí le gusta el periodismo, para lo malo y para lo bueno y, aunque en ocasiones haya que levantarle barreras para que no te invada el terreno, sabe lo suficiente para ofrecer – y aceptar – consejos. En su gestión se ha empeñado, casi obsesionado, en atraer e incorporar talento, y hasta donde uno alcanza a saber jamás ha embridado una noticia o una investigación susceptible de hacer sonar su teléfono. Para un profesional, créanme, no hay nada más importante que eso.

No le ha tocado una buena época. Primero la crisis financiera, luego la de la pandemia, cuando el negocio de prensa comenzaba a levantar cabeza, y por último esta puñetera transición digital que a cada solución plantea un nuevo problema. En medio de ese vértigo los medios necesitan proteger su independencia ante la presión de la política, de las empresas y de un público cuya creciente polarización ideológica añade sobredosis de tensión externa. En esas circunstancias es esencial que cuando un periodista mira hacia arriba sepa que su libertad editorial y su autonomía intelectual tienen quien las defienda, y allí ha estado Luis para trasladar confianza, aliento, tranquilidad y firmeza. Prefiero las despedidas sin sentimentalismos, rápidas y escuetas, así que ahora que se marcha sólo quiero decirle, como en su día a Gistau, que se compre un impermeable y tenga cuidado ahí fuera. Y que cuando se relaje, misión imposible, me debe unas cervezas.

22 Marzo 2024

La ceremonia del adiós

Pedro García Cuartango

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Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza del oficio del periodismo prevalecerá. La frase es de Albert Campus y refleja algo que merece ser recordado en esta batalla política y mediática que estamos viviendo: que el periodismo es esencial en una sociedad libre y que no hay mejor salvaguarda de la democracia que el pluralismo informativo.

Empecé a trabajar en los años 70 cuando todavía los periódicos se imprimían con linotipia. Guardo en la memoria el olor a plomo de las redacciones, el ruido de las teclas de las máquinas de escribir, el humo de los cigarros flotando sobre las mesas y las botellas de ginebra en los cajones de los periodistas. Todos esos momentos se han perdido en el tiempo como las lágrimas en la lluvia, en palabras del replicante de ‘Blade Runner’.

Luis Enríquez no conoció aquella época, pero la soñó. Quiso ser periodista, pero se tuvo que conformar con ser editor. Anhelaba mancharse los dedos de tinta, pero le tocó cuadrar los números. Esa contradicción le ha marcado y, tal vez, haya sido una fuente de frustración. Pero para los que hemos tenido la suerte de ser sus amigos y de trabajar con él, ha sido una bendición. Como apuntaba ayer Ignacio Camacho, Luis paraba los golpes y sabía que no hay periodismo sin libertad ni amor por la verdad.

Llevo muchos años diciendo que la crisis de la prensa en España está vinculada a la falta de editores. En la mayoría de las empresas, los gestores que antaño bajaban a los talleres a la hora del cierre han sido reemplazado por tecnócratas que saben interpretar un balance, pero que no entienden la naturaleza compleja del periodismo, que es un negocio y, a la vez, mucho más que un negocio.

Luis Enríquez comprendió mejor que nadie la mística de este oficio y la importancia de un periodismo al servicio de los lectores. Y puso su empeño en hacer de ABC una referencia intelectual y ética, continuando el camino marcado por los fundadores de esta venerable casa. Su salida nos produce una cierta sensación de orfandad.

Como en toda obra humana, habrá habido aciertos y errores en su gestión. Pero tengo para mí que los primeros superan en mucho a los segundos. Luis se ha sabido rodear de talento y ha transmitido a la redacción su pasión por el periodismo. No es una casualidad que las acciones de Vocento subirán diez céntimos el día en el que trascendió su relevo. El futuro de la empresa es hoy mejor que cuando llegó.

No puedo evitar el sentimiento de que estas líneas son una despedida, llena de tristeza y nostalgia. Señala Cicerón que el primer precepto de la amistad es pedir a los amigos sólo lo justo y hacer por ellos sólo lo honesto. Enríquez ha sido justo y honesto. Vayan en estas líneas un adiós afectuoso y un testimonio de gratitud por haber soñado con un periodismo mejor.

27 Marzo 2024

Tinta entre los dedos

Luis Herrero

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Algunas noches, casi de madrugada, la alarma del móvil acusaba recibo de un mensaje de WhatsApp y yo, instintivamente me preguntaba antes de leerlo quién sería el insomne remitente que tocaba las narices a esas horas intempestivas. El primer nombre que me venía a la cabeza era el de Luis Enríquez, hasta hace pocos días consejero delegado de Vocento, la empresa editora de ABC. Enríquez es un romántico y por eso mismo, un amante de los desafíos. En el siglo XIX se hubiera batido a duelo, después de una noche sin dormir, para defender el honor de una causa digna. En el siglo XXI, a falta de pistolas, empuñaba el móvil y buscaba retos a primera sangre. “¿Has visto la portada de mañana?” preguntaba a bocajarro. La pregunta, nunca inofensiva, podía significar que estaba orgulloso o decepcionado con ella. Lo primero sucedía de forma invariable cuando resultaba incómoda para el poder político, en cualquiera de sus advocaciones ideológicas, y lo segundo cuando le parecía demasiado complaciente.

Su idea, que yo comparto, es que el periodismo tiene que ser una mosca cojonera para los poderosos. En mi caso, ese convencimiento no tiene mérito porque soy periodista y a los periodistas, al menos a los de mi época, nos educaban para ser incómodos. En el caso de Enríquez es distinto porque él no es periodista, sino editor, y a los editores les educaban para mantener a flote el negocio. Por eso es tan difícil que un periódico sea crítico con los políticos a los que votan sus lectores. A mí, desde luego, nada me gustaría más que hubiera muchos editores como él, capaces de crear espacios profesionales donde el imperio d la verdad y de la rectitud de intención prevaleciera sobre el de la cuenta de resultados, pero sospecho que a los accionistas les mueven prioridades distintas. Mi admiración por Luis Enríquez viene de ahí: de su tendencia a transgredir las reglas establecidas.

Durante muchas veladas inolvidables, en las tertulias de Duke, un pequeño restaurante que se hizo llamar así como homenaje a John Wayne, sus amigos le oíamos hacer planes de futuro para mejorar la calidad periodística del ABC. Quería fichar a los mejores, a los más combativos, desanudar viejas ataduras, conectar con las generaciones más jóvenes, buscar historias distintas, renovar el modo de contarlas y convertir la búsqueda de la verdad, cayera quien cayera, en el único mandato de obligado cumplimiento. Algunos, yo entre ellos, le mirábamos con el asombro fatalista con que hubiéramos mirado a David antes de vérsela con Goliat. “No lo conseguirás – le contestábamos – cambiar el rumbo de un portaaviones a la velocidad que tú quieres en una maniobra suicida”. “Pues moriré en el intento”, replicaba él. “Si llega el caso – le prometí – te dedicaré un bonito obituario”. Pero ni él ha muerto ni esta es la necrología que le debo. Hace 13 años no apostábamos porque fuera a durar demasiado. Pero nos equivocamos. Punco de tortilla y caña a que ahora dejará de cuadrar números y se manchará los dedos, que, como escribió el otro dí Pedro Cuartango, en lo que siempre quiso hacer cuando fuera mayor.

Luis Herrero

29 Abril 2024

Luis Enríquez

Juan Manuel de Prada

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Se marcha en estos días Luis Enríquez, después de trece años como primer ejecutivo de Vocento. Enríquez, apuesto y entusiasta, precipitado y seductor de mayores, tenía una aureola de Gran Gatsby que no duerme, o duerme a deshoras, con la barba siempre más crecida de los debido por coquetería y una mirada donde anidaban secretas turbulencias. Más que traerse – como decían -a la competencia al ABC, Enríquez quería hacer de ABC un periódico combativo e incómodo que desafiar a los poderosos y contara en sus filas con las mejores plumas. A mí no me contaba entre ellas (prueba evidente de que no me había leído); y además debía de caerle muy gordo, o muy carca, o muy algo, y pidió en seguida mi cabeza, que no se la entregaron de milagro, porque todavía quedaban hadas madrinas del ‘viejo ABC’ que me protegían.

Pero también había muchos mediocres, más falsorros que Judas, deseosos de lamerle el bálano. Y esta patulea le iba con dengues de meapilas o lord apócrifo, a quejarse de que Prada había escrito una procacidad o una intemperancia que podía molestar a los poderosos. Sus baboserías hicieron pensar a Enríquez que tal vez aquel gordo y carca a quien había querido decapitar mereciese la pena. Justo entonces, providencialmente, el dueño del Café Varela, Melquiades Álvarez, gallego de ley me hizo una cena de homenaje. Y, aunque ya estaba con pie y medio fuera de ABC, incluí en la lista de invitados a todos los viejos amigos de la casa y también a los mediocres que fingían escandalizarse de mis intemperancias. Ninguno se dignó contestar, pues para entonces yo era un carca y gordo amortizado. El mismo día del homenaje en el Varela resolví despedirme de más de veinte años de colaboración en ABC con un email bilioso que dirigí a Enríquez, por considerarlo responsable último de mi marcha del periódico amado, donde vomité todas las procacidades que me quedaban en el tintero: lo llamé miserable y cabrón con pintas; y le dije que le dieran por su puto culo de niño pijo. Y entonces para mi pasmo, Luis Enríquez contestó a este ‘email’ bilioso, diciéndome: “Tienes razón. Es miserable que no hayamos respondido a tu invitación; pues, a fin de cuentas, tú sigues siendo a día de hoy un colaborador de ABC. Así que te ruego que pidas al amable dueño del Café Varela que me haga un hueco en esa cena de homenaje, porque voy a cancelar mi agenda de esta tarde para asistir». «Le style c´est l´homme même», que djo el conde de Buffon.

Enríquez asistió al homenaje. Y al día siguiente pidió que se renovase mi contrato en ABC. Aunque sospecho que sigo pareciéndole un carca y un gordo, mantengo esta tribuna porque Enríquez lo quiso, con gesto de gran señor que comprendía la historia más noble de ABC. Conque, Luis, como escribió el poeta, «a tu lado en el campo victorioso/y junto a ti estaré cuando el fraaso». Siempre tendrás un amigo en este gordo y carca que sigue escribiendo en ABC porque tú así lo decidiste.