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El debate sobre la relación del heredero a la Corona traspasa de las tertulias de cotilleos a las tertulias políticas

El diario ABC expresa su oposición a la relación entre el príncipe Felipe y la modelo Eva Sannum con una ‘Tercera’ de Seco Serrano

HECHOS

El 29.04.2001 en la tercera página del diario ABC se publicó el artículo ‘Privilegio y deber’ firmado por Don Carlos Seco Serrano.

29 Abril 2001

Privilegio y deber

Carlos Seco Serrano

En uno de mis últimos artículos —titulado «¿A dónde va la Humanidad?»— me referí a esa creciente disociación entre derechos y deberes que está acabando con el equilibrio y el buen orden moral de nuestra sociedad —la sociedad occidental, en la que los españoles nos integramos—; disociación especialmente notoria en sus estratos generacionales más jóvenes. Subrayaba yo que la libertad no puede ser efectiva si no va acompañada por las obligaciones que acarrea. Y añadía que cuando el derecho tiene carácter de privilegio, mayor es el deber. Mi artículo concluía así: «Es un fenómeno candente el progresivo hundimiento del prestigio y de la estabilidad de instituciones venerables, tan venerables que, de hecho, ellas constituyeron los ejes ancestrales en torno a los cuales se forjó Europa. Pues bien, su declive, su degradación, que estamos contemplando dolorosamente, es consecuencia de un imperdonable olvido atribuible a sus titulares: el olvido de que el deber resulta más exigente aún cuando sólo su riguroso ejercicio justifica una situación de excepcional privilegio».
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Con ocasión del centenario de la Reina Emperatriz Victoria, símbolo de toda una época, recordaba el historiador Preston, en un artículo también publicado en ABC, su extraordinario sentido del deber, atenido a unas rígidas normas morales que se hicieron proverbiales en la sociedad británica de finales del siglo XIX bajo el apelativo de «moral victoriana» —tachada luego de hipócrita: pienso yo que la hipocresía no dejaba de ser un tributo de respeto a las normas que ejemplificó, y a las que rígidamente se atuvo, la gran soberana—.
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Como por entonces señalaba W. Bagehot (The English Constitution, 1891), apoyándose en la realidad monárquica que vivía su país, el papel que en la estabilidad política británica jugaba la Monarquía radicaba en su capacidad para proyectar una imagen de poder inteligible «por la gracia de Dios»; el exacto sentido del deber asumido por el monarca respondía a la necesidad de que la realeza, una vez despojada de sus poderes legislativo y ejecutivo, convirtiese su comportamiento privado en un espectáculo social capaz de sublimar y reflejar los valores morales y familiares de la sociedad en su conjunto, y muy especialmente los de las clases medias. Una familia en el trono debía ser el espejo de moralidad nacional, garantizando —a través de ella— la eficacia política del principio monárquico.
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La respetabilidad de la Casa Real británica —pese a las aventuras privadas de Eduardo VII— se mantuvo en la prueba más difícil: cuando, ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial; el nieto de aquél, Eduardo VIII, se empeñó en contraer matrimonio, contra viento y marea, con una norteamericana dos veces divorciada, Wallis Simpson, contramodelo de lo que había sido la tradición victoriana. Eduardo VIII quería vivir su vida, olvidando que, dado cuanto era y representaba, su vida no era suya; desertar del deber, vinculado al privilegio que le exigía renunciar a un enlace incompatible con el carácter sagrado de la Monarquía por él encarnada en cuanto jefe de la Iglesia anglicana, y con lo que suponía el Trono que durante más de sesenta años había prestigiado la gran Victoria I, le obligaba simplemente a renunciar al privilegio para vivir la vida de los no privilegiados. Tal fue la tesis de un ministro inflexible, Baldwin, para quien la Casa Real —el Rey— debía ser siempre el espejo en el que los súbditos —los no privilegiados— pudieran mirarse en todo momento. Eduardo VIII asumió la alternativa: renunció al privilegio, y se casó con la Simpson.
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El modelo y la normase rompieron, desgraciadamente, en los días del sobrino-nieto de Eduardo VIII, el Príncipe Carlos, y su consorte, la famosa Diana Spencer. Dejando a un lado —por caridad— a aquella desdichada muchachita, bellísima, pero incapaz de atenerse a los deberes en los que no había reparado al ceñirse la corona de princesa de Gales, y estúpidamente deificada tras su desastrosa muerte, el caso del Príncipe Carlos repetía lo ocurrido con Eduardo VIII: sino que él pretendía «vivir su vida» sin renunciar al privilegio. En lugar de abdicar sus derechos en la persona de su hijo primogénito, los ha mantenido al paso que intenta acostumbrar a sus futuros (?) súbditos a la idea de ver un día en el Trono a la detestada Camila Parker. Desgraciadamente, ese menosprecio al deber y a la moral se ha repetido, corregido y aumentado, en otros miembros de la Casa Real británica. Ahora bien, la Monarquía británica es la más antigua y prestigiosa de Europa. Sus «desviaciones» se han convertido en un estímulo para los príncipes de la nueva generación, en el resto de las Monarquías del Viejo Mundo. Aparte el caso —verdaderamente escandaloso— de la Corte de Mónaco, con su «princesa rebelde» (!!) y su inmatrimoniable príncipe Alberto, lo ocurrido en Noruega no puede ser más triste —y más próximo a nosotros, por razones a las que no creo necesario aludir—.
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Un Príncipe heredero ha de atenerse a dos deberes esenciales: dar sucesión a la Corona —lo que supone la obligación de no retrasar indefinidamente su matrimonio— y elegir a la que ha de compartir con él el Trono de manera que esté a la altura moral de ese incomparable privilegio. No me refiero a la alcurnia. En la época anterior a la Primera Guerra Mundial —cuando la Reina Victoria era llamada «la abuela de Europa», y los enlaces dinásticos jugaban un papel muy importante para la alta política, identificable con lo que Areilza llamó «la internacional de los Reyes»— resultaban inconcebibles los enlaces regios fuera de las viejas dinastías. Actualmente no es esa la cuestión: doña Fabiola, Reina de Bélgica, no era una princesa de sangre real, pero dio en el Trono un máximo ejemplo de dignidad, y de una conducta atenida al deber; la actual princesa de Brabante, casada con el heredero del Trono belga, procede de la alta burguesía, y parece perfectamente adecuada a las funciones que la realeza le exigirá algún día. Como ha dicho nuestra Reina Sofía, refiriéndose a la posible consorte del Príncipe Felipe, «lo que sí me parece importante… es que tenga el mismo nivel de educación, los mismos valores». Sería inconcebible ver en el Trono que en el último siglo ocuparon, con dignidad perfecta, María Cristina de Austria, Victoria Eugenia de Battenberg —y hoy de manera verdaderamente ejemplar, Sofía de Grecia—, a una jovencita avalada por sus «medidas perfectas» —de maniquí—. Por supuesto, nunca he creído —dada la sensatez y el exacto sentido de la responsabilidad de nuestro Príncipe — que semejante disparate haya pasado por su mente. La novelería de una gran masa de población —sobre todo femenina— alimentada por las frivolidades de la llamada «prensa del corazón» no puede servir de pauta. En una de esas revistas que hoy invaden nuestros kioskos se publicaba recientemente una estadística: el 61 por ciento de los consultados se mostraban a favor del supuesto «enlace por amor» de Don Felipe. Yo deduje: he aquí el porcentaje de nuestros republicanos —los que nunca han sabido estimar o entender la Institución—: un 61 por ciento.
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La realeza encarnada por Don Juan Carlos y Doña Sofía ha venido siendo, durante el último cuarto de siglo, un ejemplo y un modelo respetado y admirado en todo el mundo. No me parece posible que ese modelo se torne en algo parecido a lo que todos los días nos escandaliza en la llamada «prensa del corazón».
01 Mayo 2001

Confianza en el Príncipe

Luis María Anson

Don Felipe de Borbón sabe mejor que nadie dos cosas: que el pueblo español quiere que se case por amor y que la mujer por él elegida debe reunir las cualidades necesarias para ser reina de España. El príncipe ha sido educado con extraordinaria dureza por su padre Juan Carlos I y, mientras vivió, por su abuelo Juan III. Don Felipe estudió el bachillerato en un colegio exigente, estuvo un año en Canadá, pasó por las tres Academias militares, cursó su carrera universitaria sin una sola concesión y aprobó un master en Estados Unidos. Ha cumplido en España y fuera de España con las obligaciones oficiales que le encomendaron el Rey o el Gobierno, y lo ha hecho de manera impecable. Su actuación en los Premios que llevan su nombre ha sido sobresaliente. Gracias a él y a Graciano García se han convertido en los más importantes del mundo después de los Nobel.

Con treinte y tres años, una educación especialmente severa y un sentido del deber indoblegable, aprendido de sus padres y sus abuelos, n ocabe esperar de Don Felipe la menor frivolidad. Yo me sumo anticipadamente a la decisión que tome. Lo hará con el corazón pero también con inteligencia y con sentido de la responsabilidad. Las ganas que tienen algunos de armar ruido se estrellarán con la serenidad de este P´rincipe que sabe muy bien, porque las tiene en casa, las cualidades que debe reunir la futura Reina de España. El pueblo español quiere que esa mujer (perteneza a la realiza o no, que los tiempos han cambiado para todas las monarquías) sea como Dña Sofía. Inteligencia, bondad, equilibrio, monderación, prudencia, sentido del humor, solidaridad con los menos favorecidos, amor a España, sentimiento religioso y permanente culto al deber son las cualidades que adornar a nuestra Reina y que Don Felipe conoce mejor que nadie

Mi voto de confianza es para el P´rincipe. No comparto ni los rebuznos ni los aspavientos de algunos cortesanos de dientes alicatados excluídos de nuestra Monarquía sin Corte, que nada tienen que ver con el noarquismo racional ni con los tiempos que vivimos, cuando han girado ya los portones del siglo XXI, y Don Felipe sabe muy bien que el Rey está para el pueblo, no el pueblo para el Rey. “Que el reinar – escribió Quevedo – es tarea, que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que son palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no macharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.

Luis María Anson

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