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Polémica por palabras del Rey Juan Carlos a favor del castellano: «Nunca fue una lengua de imposición, sino de encuentro»

HECHOS

El 23 de abril de 2001 el Rey D. Juan Carlos I pronunció un discurso en favor del castellano.

  REY D. JUAN CARLOS I: «El Premio Cervantes rinde tributo a la lengua universal en que aquél dejó cifrada su genialidad, y a la tradición literaria de la que forma parte, lengua madre, lengua que suena con los más variados acentos en los territorios más diversos y alejados, pero lengua que es una por voluntad de sus hablantes, que la mantienen prodigiosamente cohesionada. Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyos por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes».

D. JORDI PUJOL (CiU): «Las palabras del Rey Juan Carlos son lamentables porque no responden a la realidad histórica: la imposición del castellano en Cataluña y otras partes».

 D. PASQÜAL MARAGALL (PSC): «La imposición del castellano en Cataluña, al igual que en otros lugares, fue una realidad que se hizo con esmero y sin que se notara el empeño. Basta con leer los edictos del Rey Carlos III».

 D. JOSEP LLUÍS CAROD ROVIRA (ERC): «Una vez más se ha demostrado que estamos ante una monarquía ignorante, lejos de los republicanos ilustrados y plurilingües que defendemos en ERC».

 D. RAFAEL RIBÓ (ICV): «Tras todo poder colonizador ha ido siempre una imposición lingüística; durante la todavía reciente etapa del franquismo hubo una ‘brutal imposición del castellano’.

 D. LUIS DE GRANDES (PP): «El Rey hizo un juicio sereno y acertado sobre el idioma español en España y América».

 D. JESÚS CALDERA (PSOE): «El castellano ha sido siempre una lengua de riqueza, no de imposición».

 

 

24 Abril 2001

El idioma de Cervantes nunca fue una lengua de imposición, sino de encuentro

Rey Juan Carlos I

Transcripción íntegra del discurso en el Premio Cervantes

El nombre de Miguel de Cervantes se ha convertido en la mejor insignia de la lengua castellana. El autor del Quijote la utilizó con sencillez y profundidad regulando su uso para varios siglos, a la vez que creaba un nuevo género literario, la novela moderna, que hoy rige en buena medida los destinos de la literatura.

Nadie discute hoy este papel fundador de Cervantes, autor de la primera gran novela de la historia universal, que es el primer combate importante de la interioridad del espíritu contra la bajeza prosaica de la vida exterior. El texto cervantino abría las puertas de la modernidad al situar con precisión el lugar del hombre en el mundo, un lugar alto y difícil, y sin parangón en el universo de lo creado.

Genio magnánimo, poderoso, con la sonrisa a flor de labios y la mirada honda pero bondadosa, entregó Cervantes a las futuras generaciones un insuperable mensaje de cordialidad, de inteligencia, de fraternidad. Por eso se le ha llamado el más sabio de los hombres, porque pocos como él supieron transitar los círculos y laberintos del alma humana.

El Premio Cervantes rinde homenaje al genio que lleva su nombre, pero también rinde tributo a la lengua universal en que aquél dejó cifrada su genialidad, y a la tradición literaria de la que forma parte principalísima don Miguel. Lengua universal, lengua madre, lengua que suena con los más variados acentos en los territorios más diversos y alejados, pero lengua que es una por voluntad de sus hablantes, que la mantienen prodigiosamente cohesionada.

Los expertos se asombran ante esta unidad de la vieja lengua de Castilla, que permite a un campesino del altiplano de los Andes expresarse con palabras justas y certeras donde resuenan los viejos modos de la Edad de Oro de España.

Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyos por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes.

Se sabe hoy que es a partir del siglo XIX cuando el castellano comienza verdaderamente su extraordinaria expansión, que no ha cesado de crecer. Y es la tradición literaria, al fijar los usos y embellecerlos, la que ha dado origen a su prodigiosa unidad.

Una tradición renovada siglo a siglo, que cantó con voz de bronce en «El Poema del Mío Cid», se hizo son de letanía en las «Coplas» de Jorge Manrique, se volvió música melancólica en Garcilaso, habló con Dios ardiendo en la llama viva de Juan de la Cruz, se volvió piedra preciosa en Góngora, se hizo pasión de vida en Lope de Vega, desplegó su caudal de furia y sarcasmo en Quevedo, se convirtió en imagen del mundo en Galdós, por sólo citar algunos nombres, y ha sonado y resonado en el esplendor literario del siglo XX y ya también del XXI, a ambas orillas del Atlántico. La muy ilustre estirpe de los Premios Cervantes así lo corrobora. Recorrer la lista de sus premiados es recorrer una parte muy sustancial de la historia literaria del siglo XX en España y en América.

Hoy honramos a la literatura y a la lengua española en la persona de uno de sus más brillantes cultivadores contemporáneos, Francisco Umbral, que ha enriquecido nuestro idioma con acento personalísimo, transfundiendo al lenguaje literario el lenguaje de la calle, acercando los registros culto y popular, haciendo de su ritmo y construcción andaduras de seda por las que discurren sus imágenes y sus intuiciones del mundo.

Umbral levanta cada día, desde hace ya cuarenta años, un periodismo de calidad, por el que circulan la ambición y las intuiciones de la mejor literatura, y a la vez alumbra libros perdurables —novelas, memorias y ensayos— como «Mortal y rosa», «El hijo de Greta Garbo», «Trilogía de Madrid», «Leyenda del César Visionario», «Larra, anatomía de un dandy», además de muchos otros, más de cien, tan hermosos como a veces inclasificables.

Umbral es, él sólo, toda una biblioteca, todo un universo, al gran modo español, que sabe ser generoso y dadivoso. Es siempre escritor, a todas horas y en todo lugar. La literatura ha sido para él una vocación y una pasión. Nadie más lejos que Umbral del escritor accidental, ocasional. Toda su vida está presidida por el fervor de la literatura, por la voluntad de cifrar en palabras la compleja realidad del mundo.

El mundo se diría que está para ser escrito, y Francisco Umbral lleva escribiéndolo, descifrándolo, desde que era adolescente en su adoptiva ciudad de Valladolid y en su juventud y madurez madrileñas.

Por la extraordinaria riqueza de su escritura, por su condición de gran creador del lenguaje, por la tensa belleza con que nos ha conquistado a través de su palabra, Francisco Umbral se merece nuestra gratitud.

Esperamos, y aún diría que necesitamos, que nos siga enseñando y deleitando. Por muchos años.

25 Abril 2001

Las palabras del Rey

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Un párrafo del discurso del Rey el lunes en la Universidad de Alcalá de Henares, durante la entrega del Premio Cervantes a Francisco Umbral, ha suscitado agrias críticas, especialmente por parte de nacionalistas vascos y catalanes (aunque no sólo). Las palabras del Monarca, referidas a la lengua castellana, fueron las siguientes: ‘Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo, por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes’. La Casa del Rey se ha apresurado a aclarar que dichas palabras se referían a la implantación del castellano en América a partir del siglo XV y no a las diversas lenguas y culturas que configuran la realidad española, por las que la Corona reitera su máximo respeto, al tiempo que recuerda su costumbre de ‘no intervenir en debates públicos’. Así ha sido tradicionalmente, y por ello esa parte del discurso, que se prestaba a confusión, ha molestado a muchos ciudadanos y suscitado protestas públicas.

Basta recordar documentos como la Real Cédula de Aranjuez, de 1768, que sancionaba la obligatoriedad del castellano en el estudio de las humanidades ‘dondequiera que no se practique’; a la ley Moyano, de 1857, anunciando que ‘la gramática y ortografía de la Academia Española serán texto obligatorio y único para estas materias en la enseñanza pública’, o al cambio de patronímicos decretado por las autoridades franquistas, para evidenciar que en España sí ha habido imposición lingüística, etapa que hoy puede darse por felizmente superada. Tampoco en América las cosas procedieron con mayor tolerancia, según recordó ayer mismo en la Casa de las Américas el poeta chileno Raúl Zurita, para quien el idioma castellano ‘es el único que poseemos, pero en cuyo origen está la muerte de tantos’. Sin embargo, sí es cierto que nuestra lengua actuó, y sigue actuando, como una koiné: lengua franca de todos los pueblos de América y de España, que es a lo que se refería el Rey.

Sorprende que con la sensibilidad que ha mostrado Juan Carlos I en esta materia se haya producido este error. Con las elecciones vascas de trasfondo, y precisamente para no alentar la demagogia de quienes advierten de que un cambio de Gobierno daría paso a agresiones al euskera, es preciso ser muy claros respecto a las agresiones efectivas del pasado. Mal servicio han prestado al Monarca quienes elaboran los borradores de sus discursos (el Ministerio de Cultura, en el caso del Premio Cervantes) y cuya responsabilidad política última recae en el Gobierno.

27 Abril 2001

Los cursis

Jaime Campmany

Esa reacción de algunos nacionalistas catalanes y vascos a las palabras del Rey en la entrega del Premio Cervantes a Francisco Umbral son en el mejor de los casos una cursilería. También podría decir que son una sansirolada. O una chocholada, por decirlo en un vascuence castellanizado. Cuando el Rey dijo que el castellano no ha sido una lengua de imposición sino de encuentro, expresó una verdad tan evidente que es ridículo intentar convertirla en una opinión polémica. En esa lengua nos fuimos encontrando y entendiendo todos los españoles desde hace diez siglos y más de la mitad de América desde hace cinco. En ninguna otra lengua habían logrado entenderse los múltiples y diversos pueblos de la América precolombina.

Sólo el pintoresco componente de cursilería que adorna ahora a algunos nacionalismos puede imaginar que este idioma en el que nos hablamos y nos escribimos inteligiblemente todos los españoles puede ser producto de una imposición. Yo no creo que nadie, aquí, fuese por las parameras y las serpentinas del litoral hispánico dando golpes en la cabeza a todos sus habitantes con los versos del «Cantar del Mío Cid» hasta que aprendieran a recitarlo. Para bien de todos los que nos entendemos en castellano, a una y otra orilla del Atlántico, ese idioma no necesitó que nadie lo impusiera por la fuerza, sino que se impuso aquí y allí por su propia fuerza expresiva. Otras hijas del latín que también nacieron por aquellas fechas, y también bellas y expresivas, no alcanzaron esa fortuna.

Casi no merecería la pena hablar de este asunto, tan claro, tan evidente y tan sin vuelta de hoja. He escrito muchas veces que a mí me gusta decir «idioma castellano» y no «idioma español» cuando hablo para nosotros españoles, de fronteras para adentro. Y eso porque estimo que el gallego, el catalán o el euskera son idiomas tan españoles como el castellano, y no se trata de pretender que el idioma común protagonice además la exclusión de todos los demás idiomas de España. En cambio, si algún extranjero me pregunta en qué lengua hablo, responde que hablo en español. Y estoy seguro que eso mismo responden gallegos, catalanes y vascos. No van a responder a un danés, un ruso o un turco que ellos hablan gallego, catalán o vascuence.

Digo que casi no merecería la pena recordar estas obviedades si no fuese porque debajo de ellas late o alienta una ridícula vindicación política, que en definitiva es solamente un exasperado aldeanismo. ¿Pero que querrían esos sansirolés y esos chocholos que dijera Juan Carlos I en la entrega del Premio Cervantes, padre de uno de los idiomas más extendidos por todo el mundo y con una de las literaturas más excelsas entre todas las que ha creado el hombre? ¿Querían que el Rey dijera que estábamos allí hablando un castellano enseñado a mandobles y a garrotazos? ¿Querían que los diez siglos de existencia viva y creciente del idioma se redujeran a los dos o tres imbéciles que durante dos o tres minutos de Historia decían aquello de «hable usted la lengua del Imperio»?

Cervantes, Miguel de Cervantes, esa es la imposición de que se valió el castellano. El castellano se impuso gracias a Berceo, al Arcipreste, al rabino Dom Sem Tob, al marqués de Santillana, a Garcilaso, a Quevedo, a Góngora, a Lope. ¿Sigo? Y luego, pasados los siglos desde Nebrija a nuestros días, gracias también a los gallegos Ramón María del Valle-Inclán y a Camilo José Cela, y a los vascos Pío Baroja, nacido en San Sebastián, y Miguel de Unamuno, nacido en Bilbao, y al catalán Antonio de Capmany, que escribía en su tiempo un castellano tan bueno como el mejor, y a Josep Plá, y a todos los que desde cualquier rincón de España han cultivado este castellano que ha ido creciendo hasta estar en boca de cuatrocientos millones de habitantes del globo.

10 Mayo 2001

La ministra y la frase del Rey

Jordi Sole Tura

La entrevista de Arcadi Espada a la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, publicada en el suplemento Domingo de este periódico el pasado 6 de mayo, me ha dejado entre perplejo e indignado. Conozco a Pilar del Castillo desde hace años, he compartido con ella aventuras políticas en Bandera Roja y el Partido Comunista y, aunque ahora estemos en posiciones políticas radicalmente diferentes, la aprecio como una persona sensata e inteligente. Pero sus respuestas a dos interrogantes muy serios sobre el Gobierno del PP, o sea, el lío en que metieron al Rey sobre la historia y el poderío de la lengua castellana y los miserables plagios del nuevo director de la Biblioteca Nacional, Luis Racionero, son un ejemplo demasiado fácil de echar balones fuera. Y, por encima de todo, está esa tremenda frase de ‘habría que ver cuándo se ha prohibido una lengua en España’. Y esta otra: ‘El debate originado en torno a la frase del Rey (…) tiene que ver con las aspiraciones políticas de las élites nacionalistas’.

En cuanto a la primera frase le puedo dar algunas pistas que me conciernen personalmente,como a tantos millones de personas. En mi pueblo, Mollet del Vallés, en un frío día de enero de 1939, entraron unas tropas españolas, italianas y marroquíes, después de unos duros bombardeos protagonizados por aviones alemanes, y aquella misma tarde se llamó a toda la gente superviviente a asistir a una reunión en la plaza Mayor. En el balcón aparecieron unos señores, todos ellos catalanohablantes, que nos dijeron en castellano que ahora mandaban ellos y que por orden del mando militar el uso público de la lengua catalana quedaba totalmente prohibido. A los pocos días se publicó en Barcelona un bando en el que se advertía a los funcionarios públicos de que todos los que fuesen sorprendidos hablando o escribiendo en catalán serían inmediamente expulsados de sus cargos. Unas semanas después se reabrieron los colegios y lo primero que se nos dijo, en castellano, fue que el catalán estaba totalmente prohibido dentro de las aulas y que los que fuesen sorprendidos hablando en catalán serían castigados. Y en seguida empezamos a oír aquello de ‘háblame en cristiano’ cuando se nos escapaba una frase o una palabra en catalán ante un funcionario, un policía o un maestro inflexible. A mí, como a tantos otros, me tocó hablar en cristiano muchas veces, y todavía no se me han olvidado las humillaciones que recibí.

Esto no ocurría sólo en mi pueblo, sino en toda Cataluña, como ya había ocurrido en las Baleares, como ocurriría poco después en Valencia y como también había ocurrido en Vizcaya y Guipúzcoa con la lengua vasca. Claro que luego nos rebelamos y hubo mucha gente que batalló en la clandestinidad o en su mesa de trabajo para mantener las raíces de la lengua condenada. Claro que hablábamos en catalán en privado y, poco a poco, en público. Claro que, a trancas y barrancas, se editaron algunas revistas y bastantes libros. Claro que la aparición o la reaparición de grandes poetas y escritores o el surgimiento de nuevos cantantes dieron un fuerte impulso a la literatura y a la canción en catalán. Pero todo esto ocurría en una semiclandestinidad en la que nunca se sabía si seguiríamos adelante o nos cortarían el paso. Un ejemplo bien claro es que en la Universidad y en las escuelas, los profesores y maestros, yo entre ellos, no conseguimos dar una clase oficial en catalán hasta 1976, unos meses después de la muerte de Franco.

En cuanto a la segunda frase de la ministra, creo que no tiene respuesta sin una seria reflexión sobre el papel de la Corona en la política actual. Uno de los cambios fundamentales aportados por la Constitución de 1978 fue la creación de una monarquía que rompía con las anteriores y se convertía en una monarquía parlamentaria moderna, próxima a las monarquías escandinavas, o sea, con un monarca que reina pero no gobierna. Precisamente por esto, a nuestra monarquía no se la debe llevar a terrenos que no son los suyos, y menos en nombre de programas políticos del partido que ejerce el gobierno. Creo sinceramente que, desde la primera victoria electoral del PP, este equilibrio vacila y corre el riesgo de romperse. Recuerdo como un primer paso en esta línea aquella frase de Aznar sobre un posible viaje del Rey a Cuba: ‘El Rey irá cuando corresponda’, es decir, cuando yo lo diga. Creo que desde entonces ha habido demasiados desplantes, en los que se mezclaron y se mezclan el estilo despectivo del propio Aznar y un afán de éste para dejar claro que quien manda es él y su Gobierno, y no la Corona.

Me gustaría que el episodio de la referencia al idioma español en el discurso del Rey no fuese más que un desliz, pero la frase de la ministra de Cultura me demuestra que no es así, desgraciadamente. Decir, como dice, que la dura reacción contra el discurso real se debe a ‘… las aspiraciones políticas de las élites nacionalistas’ no sólo es falsa, sino también provocadora. Es falsa porque contra el discurso se ha movilizado mucha gente que no tiene nada de nacionalista. Pero, sobre todo, es provocadora y peligrosísima porque hace entrar al Rey en la querella electoral de Euskadi como si fuese un valedor del Partido Popular.

En una monarquía moderna, introducir al monarca en la confrontación política es nefasto para la estabilidad del sistema, porque no sólo es rebajar la dignidad de la Corona, sino también quebrar su estabilidad como institución. Cuando en 1982 el PSOE ganó las elecciones generales por mayoría absoluta, se produjo una situación inédita en la historia de nuestro país: era la primera vez que un partido de izquierda gobernaba en una monarquía. Pero el experimento funcionó y con él aumentó la estabilidad política del país. Y sería trágico que con un Gobierno de derecha esa estabilidad se debilitara por maniobras de bajo techo.

Dicho todo esto, el lector entenderá que no me detenga ni un segundo más a discutir el último de los temas, a saber: la dignidad o la indignidad de Racionero como director de la Biblioteca Nacional. Sólo me preocupan dos cosas. La primera es que el nuevo director tenga a su disposición tantos libros para plagiar que no pueda ocuparse de hacer funcionar la institución. La segunda es que la ministra pueda avalar sin pestañear un asunto tan cutre.

Jordi Solé Tura

18 Mayo 2001

La crítica y la Monarquía

Javier Tusell

Parece como si el cumplimiento de un cuarto de siglo de la restauración de la Monarquía haya coincidido con la apertura de un género de debate acerca de quienes la personifican que se sitúa de forma decidida en un plano distinto al habitual hasta el momento presente. Hasta hoy había funcionado una especie de restricción de la crítica que era voluntaria y de la que se puede pensar que nacía de una constatación muy respetable. En el proceso de la transición hubo, en efecto, un poderoso y subyacente deseo de consenso colectivo que poco a poco se fue identificando con la Corona, pues ésta era el símbolo mismo del tránsito pacífico de una dictadura a una democracia.

De este modo en el pasado la crítica a la persona del monarca, siempre con sordina, se ha visto reducida a cuatro actitudes más bien marginales. Ha habido, en primer lugar, la enmienda a la totalidad de quienes considerarían que el hecho de no haber plebiscitado el régimen -como si eso hubiera sido, siquiera, posible- era razón bastante para vilipendiarlo. Han hecho también acto de presencia las críticas vagorosas e incomprobables sobre comportamientos privados que poco tienen que ver con el ejercicio de la función política por el jefe del Estado. Los más pintorescos entre los críticos han sido los prodigiosos fabuladores que pretenden descubrir tras el 23-F maquiavélicos propósitos legitimadores de una institución que para nada los necesitaba. Claro está que ellos compiten en extravagancia con los hipermonárquicos profesionales que se atribuyen una potestad exclusiva para administrar la institución y suelen tener la utilidad comprobada de acabar demostrando que en España los monarcas suelen ser más listos que ellos.

En España se ha reinventado la Monarquía democrática y, sobre todo, un estilo de ejercerla muy peculiar y oportuno para los tiempos que nos ha tocado vivir. Del oficio de Rey ha dicho quien lo desempeña que debe ganarse día a día y una afirmación como ésa ha obtenido la aprobación inequívoca de los españoles, también en el modo de llevarlo a cabo. Como parece que así se ha demostrado la funcionalidad de la institución monárquica ha tenido lugar un lento trasvase del juancarlismo al monarquismo. Hoy los españoles se definirían mucho más con el primer término que con el segundo, pero es muy posible que puedan ser adscribibles a éste.

Así las cosas, dos cuestiones sobrevenidas parecen habernos instalado en una nueva etapa de la que debiera ser necesario sacar el mejor partido posible. Sin duda debe estar presidida por la crítica razonable y constructiva, con el deseo de que este instrumento de convivencia siga funcionando como hasta ahora.

Las palabras del Rey en la entrega del Premio Cervantes fueron, ante todo, literalmente incomprensibles. Cualquiera que haya vivido la etapa de la transición recuerda lo que significó aquel viaje a Barcelona en que don Juan Carlos empleó una lengua que todavía tardaría en ser cooficial. Hay funciones que afortunadamente la Monarquía perderá con el transcurso del tiempo: resulta evidente que don Felipe no tendrá que parar golpes de Estado. En cambio, no cabe la menor duda de que deberá continuar la tarea de su progenitor en lo que respecta a ser símbolo de la unidad pero también de la pluralidad españolas. Ésta ha resultado tan excelente que eso mismo convierte la afirmación sobre la no imposición del castellano en incoherente con ese tan laudable pasado.

La declaración en esos términos resultaba innecesaria, históricamente falsa, incitadora de polémica y ofensiva para una parte de la sociedad. El castellano en absoluto necesita de pretendidas adhesiones angélicas en el pasado; todos sabemos lo que significa en el mundo y el porvenir que le espera a medio y largo plazo y estamos orgullosos de ello. La alusión supone, por el contrario, olvidar que en todo el mundo en tiempos lejanos, de forma quizá inevitable, se produjeron procesos de aculturación que fueron auténticos ‘genocidios culturales’ -en expresión del historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie-, los cuales hicieron desaparecer realidades que hoy consideraríamos inatacables. Por supuesto, ese hecho no supone que los españoles hayan sido diferentes del resto de los humanos en la Historia, ni la afirmación que nadie se solidarice con ese pasado. En nuestro caso lo grave es que hay españoles vivos que han pasado por una trágica experiencia. Si el resto de sus compatriotas tras la guerra civil perdieron la libertad, ellos, además, se vieron privados de la posibilidad de emplear su lengua y su cultura. En cuanto a la polémica despertada con esas frases, basta con recordar lo que se ha escrito en Cataluña y el País Vasco sobre esta cuestión y tomar nota de la atribución a ‘cursilería’ que en medios de extrema derecha madrileña se ha atribuido a la protesta.

¿Basta con hacer las afirmaciones que anteceden? A mi modo de ver, no. Hubiera sido lógica una más neta petición de disculpas o una dimisión de quien tuvo esa infausta idea (y la plasmó por escrito) en algún recoveco del Ministerio de Cultura. Sorprende tanto la desatención en materia tan sensible que más mueve a la perplejidad que a la condena. Nada parecido debiera repetirse en el futuro y hay que tomar las medidas preventivas para que así suceda.

Otra cuestión que la actualidad ha situado sobre el tapete se refiere al supuesto compromiso matrimonial del Príncipe de Asturias. Quien la quiera abordar de entrada quedará en la inconfortable situación de tratar de temas frívolos en apariencia, de entrometerse en cuestiones privadas o de especular sobre materias sobre las que se carece de información. Pero si tomamos medianamente en serio una institución que hasta la actualidad ha funcionado muy bien y tiene un grado de aprobación popular francamente satisfactorio, inencontrable en el resto del Viejo Continente, habremos de llegar a la conclusión de que lo superficial es eludir una cuestión como la mencionada.

Pocos poderes políticos tiene la Monarquía española, lo que a fin de cuentas subraya su condición simbólica o de magistratura moral. Las circunstancias que le han dado características muy especiales y la han configurado como una pieza cardinal del sistema político son irrepetibles. El paso del tiempo -un cuarto de siglo- ha acabado por quitar razón al sentido reverencial que pudo tener; la crítica sobre aspectos concretos y precisos de su actuación resulta aceptable e incluso debida siempre que esté presidida por el mismo respeto que merece la voluntad de consenso de los españoles. La fragilidad de la Monarquía, por otro lado, es mayor de lo que pueda parecer a primera vista. Se ha dicho en términos generales que los Reyes, que han conseguido resistir bien el inexorable paso del tiempo, en cambio se han demostrado muy vulnerables ante la sobrexposición mediática. En el caso de España parece que la repetición de casos como los que se han dado en otras latitudes tendría unos efectos mucho más devastadores. A fin de cuentas nuestra discontinuidad en la tradición monárquica durante la época contemporánea es mucho más acentuada. Eso fue lo que hizo sorprendente la restauración de 1975.

Esa pieza fundamental del sistema político español no puede malbaratarse, permitirse el lujo de funcionar a medio gas o, menos aún, crear problemas adicionales en un panorama político siempre complicado. El matrimonio de un futuro Rey de España está sujeto a previsiones constitucionales, pero también a reglas de prudencia elemental. Ni el origen familiar ni la dedicación de una persona pueden ser considerados como factores determinantes de una decisión sobre el particular. Sería un absurdo y la antítesis misma de lo exigible que todo ello importara más que el vínculo afectivo. Pero, al mismo tiempo, la idea de que el amor puede sobreponerse a cualquier exigencia de idoneidad, preparación y dedicación resulta más propia de un lector de fotonovelas o de un comentarista que, por gusto de ofrecer una posición original, no midiera las consecuencias finales de lo que defiende. Muy acertado parece, en esta cuestión, poner en estrecha y directa relación privilegios y deberes. Y esto debiera ser tenido muy en cuenta por unas pocas personas, sobre todo por dos muy concretas. Una de ellas debiera pensárselo cuanto es exigible y otra, además de ello, tendría que demostrar unas capacidades y cualidades que de momento no son patentes. Pero, además, ésta no es cuestión que pueda ni deba permanecer en los estrechos márgenes de lo privado. Nos afecta a todos no sólo como contribuyentes, sino como beneficiarios del funcionamiento de una institución que, por fortuna, ha servido hasta ahora muy razonablemente los intereses de todos.

Javier Tusell

01 Junio 2001

Cómo fue la expansión del castellano

Francisco Rodríguez Adrados

LAS grandes lenguas que, nacidas quizá en un rincón, llegaron a hablarse, como oficiales o no, en amplísimas comunidades, se expandieron, fundamentalmente, por su prestigio y su utilidad. Pudo haber, en algunos casos, imposiciones legales: pero no es esto lo que trajo su aceptación general. Este es el caso del castellano (hecho luego español), del griego antiguo de época helenística, romana y bizantina (que vino de Atenas), del italiano (que vino de Florencia), del francés (que vino de la Isla de Francia). De otras grandes lenguas más.

Digo esto a propósito de las palabras del Rey en el acto de la concesión del Premio Cervantes: lo de que nadie fue obligado nunca a hablar español. Creo que, sustancialmente y con algunas matizaciones, es la verdad. Después de todo, se trataba de un discurso panegírico, no de una disertación erudita.

Algunos intelectuales catalanes, sobre todo, han recordado preceptos legales de varias fechas contrarios a su lengua (no mencionan los actuales, de Cataluña y otros lugares, hostiles al castellano). Hasta han sacado a relucir la Real Cédula de Carlos III que trataba de imponer, como lengua única, el castellano en Indias. Tratemos de ver las cosas con objetividad.

El hecho es que, desde fines de la Edad Media, en España, y desde comienzos de la Moderna, en América, el castellano estaba en proceso de expansión. Cierto que los sucesivos gobiernos veían esto como una ventaja: una lengua común resulta útil a un espacio político, cultural y económico común, aunque no tiene por qué ser exclusiva. Cierto también que a veces alguien olvidaba esto y se sentía impaciente y buscaba acelerar el proceso mediante imposiciones legislativas.

Pero creo que fueron un factor secundario, en definitiva fracasado, en la expansión del castellano.

Eran leyes y decretos que a muchos no gustaban y con la mayor frecuencia eran desatendidos. Carlos III legisló contra el Consejo de Indias, contra la resolución de Felipe II («no parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural»), contra lo que hacían tantos y tantos frailes españoles a los que se debe, precisamente, la difusión del nahua, del quechua y del guaraní como instrumentos de evangelización. El castellano se expandió, evidentemente, pero las lenguas indígenas no fueron borradas de raíz. Ni el catalán y otras lenguas de España.

Los mismos autores de las legislaciones exclusivistas se cansaban de la futilidad de su empeño. «Dejadlos, que estoy cansado», decía ya el Comendador en «Fuenteovejuna». Franco mismo fue aflojando, en sus últimos tiempos se publicaba cada vez más en catalán.

Varias lenguas españolas fueron desapareciendo desde la Edad Media, otras en la Moderna en América, pero ni el catalán, ni el gallego ni el vasco, ni otras lenguas de España ni muchas indígenas de América desaparecieron por esos intentos legislativos a favor del castellano como lengua única. Son desde el siglo XVIII (¡no antes!) y fueron imitados de nuestros vecinos los franceses. Se consideraban, en su tiempo, progresistas. Fueron intentos asistemáticos y, al final, fracasados. La tiranía legislativa, como tantas veces, era atenuada por su incumplimiento cuando pasaba el momento peligroso. Provocaron, más bien, a posteriori, reacciones adversas: ahora las padece el castellano, que cuenta hoy, en Cataluña y otros lugares, con una legislación inamistosa.

Está destinada, como aquella otra, al fracaso. En las Ramblas sigue oyéndose tanto castellano como catalán y hay terrenos en que el primero se defiende bien. Y en el País Vasco los niños obligados a hablar eúsquera en clase, hablan castellano en el recreo.

No se pueden poner puertas al campo ni puede confiarse tan ingenuamente en el éxito de las legislaciones represivas. Y menos en un terreno tan personal y tan atado, al tiempo, a realidades sociales como es la lengua. Lo demás es pintar como querer. Aunque la lengua minusvalorada sufra por un tiempo.

Cuando una lengua se expande, es por algo, es como un río que crece. Puede anegarlo todo o dejar zonas libres; en todo caso, no puede ser detenido.

El castellano, originario de «un pequeño rincón», fue vaciando por dentro y marginando al leonés y aragonés, sustituyendo al mozárabe, introduciéndose desde el siglo XIV (¡no es de ayer!) en Cataluña. El catalán dejó de ser una lengua literaria, pasó a ser, fundamentalmente, una lengua para el uso familiar, rural, local, de trabajo. En mayor medida el vasco, el gallego y el valenciano. Sí, ya sé que luego hubo, desde el novecientos, una reacción por parte de grupos intelectuales sensibles a su tierra.

¿Por qué esa expansión del castellano? En lo esencial no fue un hecho forzado (como tampoco la del griego de Platón, el italiano del Dante, el alemán de Lutero y las demás grandes lenguas comunes). Venían a buscarlo, en España y América, los que pretendían un ascenso social y cultural, la integración en una comunidad más amplia. Subir en la vida. Política, administrativamente, para toda clase de relaciones, era útil para todos. Como hoy el inglés. Su prestigio literario, su papel de lengua común de tantos y tantos en España y fuera, hacía inimaginable cualquier competencia. Hoy mismo, ¿en qué hablan entre sí los autonomistas y más que autonomistas sino en español?

El castellano, ya español de España y América, tendía a hacerse común a todos: las demás lenguas o bien se perdían o bien quedaban situadas en otros niveles diferentes.

¿La lengua del imperio? Si Vds. quieren. Pero, en lo esencial, no por la espada ni el Boletín Oficial. La base está en un fenómeno general, conocido en la Historia Lingüística, con imperio y sin él: la difusión en vastos espacios de lenguas que se convierten en comunes de los mismos, conviviendo o no, en ellos, con otras. Por su prestigio y su utilidad, en definitiva.

Atenas, que perdió la guerra contra Esparta y Macedonia, vio así difundida su lengua, por obra hasta de sus enemigos. Castilla igual; y cuando decayó en el XVIII, con toda España, no por ello perdió prestigio su lengua. Se difundió por sí misma, más que por ramalazos legales intermitentes. Venían, vienen y vendrán a buscarla, pese a dificultades transitorias.

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