28 octubre 1979

En el tiroteo entre el presidente y su jefe de seguridad murieron cinco personas

El dictador pro-occidental de Corea del Sur, Park Chung-hee, es asesinado por su propio jefe del Servicio Secreto, Kim Jae-Kyu

Hechos

El 26.10.1979 fue asesinado el presidente de la República de Corea, Park Chung-hee.

Lecturas

Según la versión oficial de los hechos, Chung-hee estaba criticando a Jae-gyu su supuesta laxitud para sofocar las manifestaciones contra su persona

El jefe de los servicios secretos de Corea del Sur, Kim Jae Kyu ha asesinado este 26 de octubre de 1979 a tiros al presidente de la república de Corea del Sur, Park Chung Hee.

El presidente, de 62 años, gobernaba Corea desde hace 18 años.

El régimen autoritario de Park, que gozaba del apoyo norteamericano se había visto conmovido durante las últimas semanas por el estallido de desórdenes provocados por estudiantes.

Los manifestantes protestaban por la carencia de libertades políticas y por la acción represiva de la policía.

La extensión de los desórdenes obligó a Park a pesar de los consejos de la embajada de Estados Unidos a implantar la Ley Marcial.

El incidente  durante el cual ha perdido la vida el presidente Park ha sido narrado por testigos presenciales.

Esta mañana, en el curso de una entrevista oficial, el presidente Park criticó duramente a Kim, a quien acusó de actuar con poca energía contra los agitadores estudiantiles.

En ese momento, el jefe de los servicios secretos sacó su pistola y disparó varias veces contra Park.

28 Octubre 1979

Ahora, Corea del Sur

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

Leer

EL GOLPE de Estado de Corea del Sur, con el asesinato del presidente de la República, Park, tiene un carácter técnico: muerto el dictador en lo que se presenta como un hecho accidental, le sucede el «delfín», su propio primer ministro, hacedor de su misma política, Choi Kyu Hali. Las medidas que se toman a continuación son también justificadas: la ley marcial y la movilización aparecen necesarias para evitar que el eterno hermano-enemigo, Corea del Norte, se aproveche de las circunstancias. Un culpable aparece inmediatamente detenido: el jefe de la CIA local, que disparó contra el presidente en una disputa durante una cena. Y se anuncia que el plazo constitucional de las elecciones presidenciales va a cumplirse: no más de tres meses después de declarado vacante el poder. Todo es legal, todo está en orden.Sin embargo, el Departamento de Estado de Estados Unidos se apresura a declarar que se trata de un golpe de Estado. La Unión Soviética -por la agencia Tass- da su opinión de que Estados Unidos ha sustituido «una marioneta por otra». Y se disparan una serie de preguntas. ¿Por qué llevaba un arma el jefe de la CIA cuando estaba cenando con el presidente? ¿Por qué los guardaespaldas no actuaron inmediatamente? ¿Por qué una disputa entre el presidente y el jefe de la agencia central de investigación pudo llevar a ese resultado?

Probablemente, el Departamento de Estado tiene mucho interés en esclarecer que se trata realmente de un golpe de Estado. Va teniendo continuamente interés en deshacerse de los gobernantes tiránicos y restablecer democracias: le interesa que se sepa. En Corea, la amplitud de la guarnición americana es la de un ejército y el riego de dólares equivale a la propiedad de un país. Los extremos de corrupción y de violación de toda clase de derechos a que había llegado Park eran embarazosos y molestos. Dentro de una serie de acontecimientos mundiales, que van todos en el mismo sentido, no es fácil aceptar la simple definición de accidente para este suceso en Corea del Sur, ni es fácil creer que todo vaya a continuar con la misma política. Todo tiende a hacer suponer que es una conspiración de fondo. Pero la deliberada escasez de informaciones, y la falta de credibilidad de las que se emiten, sólo permiten suposiciones, sospechas, conjeturas.

El Análisis

El final violento de Park Chung-hee

JF Lamata

El asesinato del presidente Park Chung-hee, ocurrido el 26 de octubre a manos de su propio jefe del Servicio de Inteligencia, Kim Jae-Kyu, ha sacudido a Corea del Sur y al conjunto del mundo. La paradoja es brutal: quien debía proteger al jefe del Estado se convirtió en su verdugo, en un episodio todavía rodeado de confusión. Las primeras versiones apuntan a un estallido de tensiones internas en el aparato de seguridad, entre la fidelidad ciega al presidente y la frustración por la deriva autoritaria y represiva que había caracterizado los últimos años de su régimen.

Park llegó al poder en 1961 mediante un golpe militar que derrocó al gobierno civil de Yun Bo-seon, en un país aún marcado por las cicatrices de la Guerra de Corea (1950–1953) y por la división permanente de la península. Durante casi dos décadas, Park gobernó con mano de hierro, instaurando un modelo de dictadura modernizadora: bajo su mandato, Corea del Sur experimentó un extraordinario despegue económico, industrializándose con rapidez y convirtiéndose en un aliado estratégico de Estados Unidos en Asia frente al comunismo de Kim Il Sung en el Norte. Pero ese avance material tuvo un precio: represión política, censura, persecución de la disidencia y un sistema que, bajo la Constitución Yushin de 1972, le otorgaba poderes casi absolutos.

El magnicidio abre ahora un futuro incierto. El poder ha pasado provisionalmente al primer ministro Choi Kyu-hah, figura de perfil bajo, mientras el ejército y los servicios de seguridad vigilan atentamente la transición. ¿Se abrirá el régimen a un proceso de liberalización política o se reafirmará en la senda autoritaria que Park había consolidado? Nadie lo sabe aún. Lo cierto es que Corea del Sur, que había construido su crecimiento económico a la sombra de un liderazgo férreo, debe ahora enfrentarse al dilema de su futuro político en un contexto de división nacional, amenaza permanente desde el Norte y una sociedad cada vez más impaciente con la falta de libertades. La muerte de Park, como la de tantos dictadores, deja tras de sí una herencia contradictoria: prosperidad material, sí, pero también un vacío democrático que sigue sin llenarse.

J. F. Lamata