19 mayo 2001

El nº2 de PRISA aseguró sentirse 'aliviado' del triunfo del PNV, destando una furibunda respuesta del periodista del Grupo Correro en La Tercera de ABC

El director de ABC, Zarzalejos califica de ‘buitre’ al CEO del Grupo PRISA, Juan Luis Cebrián por rechazar los pactos del PSOE vasco con el PP vasco

Hechos

El 19.05.2001 en la tercera página de ABC se publicó un artículo de página completa de D. José Antonio Zarzalejos, dedicado a D. Juan Luis Cebrián [Consejero Delegado del Grupo PRISA].

Lecturas

En mayo de 2001, se celebraron elecciones autonómicas vascas en las que se produjo una gran polarización mediática. Los principales medios de ámbito nacional respaldaron las candidaturas del Partido Popular vasco, que encabezaba Jaime Mayor Oreja y del Partido Socialista de Euskadi (PSE-EE-PSOE) que encabezaba Nicolás Redondo Terreros, con el objetivo de que juntos sumaran la mayoría en el Parlamento Vasco y desalojaran a un PNV que, con Juan José Ibarretxe como cabeza de cartel, era acusado por PP y PSE-EE de complicidad o permisividad hacia los crímenes de ETA y cuyo interlocutor político, Batasuna, había sido el apoyo parlamentario del PNV en la legislatura anterior.

Todo aquel apoyo mediático no sirvió de nada al PP y PSOE, puesto que el PNV fue el gran ganador de aquellos comicios, ya que gracias al hundimiento de Batasuna logró una mayoría suficiente para gobernar sin ellos, únicamente con EA y EB.

Los periódicos ABC, El Mundo y La Razón se volcaron en aquella campaña a favor de las candidaturas de Mayor Oreja y Redondo Terreros. También lo hicieron de manera contundente las principales tertulias radiofónicas políticas de las cadenas RNE, COPE y Onda Cero, es decir, “Buenos Días”, “24 Horas”, “La Mañana”, “La Linterna”, “Protagonistas” y “La Brújula2. En lo referido al Grupo PRISA y la Cadena SER, mantuvieron una postura más ambigua. Algunos de sus tertulianos se volcaron en la campaña antinacionalista con la misma energía que los antes citados, como José María Calleja, pero otros como Iñaki Gabilondo Pujol manifestaban su escepticismo ante la misma.

Ante ese resultado el CEO del Grupo PRISA, Juan Luis Cebrián Echarri, publicó su tribuna “El discurso del método”, en la que descalificaba la estrategia antinacionalista seguida por PP y PSOE, lamentaba que Nicolás Redondo Terreros hubiera alineado al socialismo vasco con los populares y consideraba que era urgente buscar entendimientos con el PNV, que no merecía ser clasificado en la misma categoría que Batasuna.

El artículo fue visto por los medios competidores como el inicio de una maniobra política que buscaba derribar a Nicolás Redondo Terreros como secretario general de los socialistas vascos.

El primero en responder a Cebrián Echarri fue José Antonio Zarzalejos Nieto, director de ABC y comprometido al máximo en la lucha antiterrorista, por haber sido también él una víctima de ETA con una “Tercera” titulada “El discurso del buitre”. El buitre era el adjetivo con el que identificaba a Cebrián Echarri, al que acusaba de haber actuado con glotonería resentida para sacarse la espina de la mayoría absoluta del PP en las elecciones generales del año 2000:

A Cebrián, en realidad, no le alivia que los nacionalistas hayan vencido […] Lo que le fascina es haber agarrado un argumento arrojadizo contra Aznar y el PP, político y partido que se permitieron el lujo de ganar unas elecciones generales en marzo del año pasado contra el criterio de sus agitadores mediáticos y contra los intereses del grupo que dirige.

El artículo de Zarzalejos Nieto no fue replicado ni genero ataque alguno desde El País, pero sí de otros métodos por motivos aparentemente diferentes.

En la revista El Siglo, Santiago Belloch Julbe publicó un artículo en defensa de Cebrián y descalificador contra Zarzalejos titulado “Panfleto predemocrático”. Belloch no era del todo objetivo si se tenía en cuenta que era comentarista en nómina de la Cadena SER, es decir, del Grupo PRISA, el grupo cuyo consejero delegado era Juan Luis Cebrián Echarri.

La otra crítica a Zarzalejos la lanzó el diario La Razón, que, aunque compartía la crítica de ABC a Cebrián, era el principal competidor de ABC y parecía interesado en presentarle como un medio menos leal hacia el PP de lo que había sido antaño. Por eso, el columnista Tomás Cuesta Franco hacia su propia interpretación del artículo de Zarzalejos para ver en él un ataque al PP:

Si Cebrián es un buitre redomado ¿está insinuando acaso que el pepé es ya carroña corrompida y cadaverina maloliente? Algo tendrá cuando la maldicen y muy enrevesada se habrá puesto la cosa para que los perrillos de Pradera no contesten…

Intentar presentar a ABC como un medio enemigo del PP era frecuente en La Razón. Una crítica firmada por Zarzalejos en ABC en julio sobre posibles errores del Gobierno de Aznar era rápidamente destacada por columnistas de La Razón, como Miguel Ángel Rodríguez Bajón, que lo presentaban como «El discurso más duro contra el Gobierno de Aznar en los últimos años»1.

EL ORIGEN DE LA POLÉMICA

PrintcebrianBuitre001   El artículo de D. Juan Luis Cebrián en el que el CEO del Grupo PRISA mostraba su ‘alivio’ del fracaso de D. Jaime Mayor Oreja (PP) y D. Nicolás Redondo (PSE-EE) ante D. Juan José Ibarretxe (PNV) en las elecciones autonómicas en Euskadi de ese año y culpaba a los políticos del PP y PSE-EE vasco de haberse dejado llevar por sus ‘agitadores mediáticos’, en aparente referencia a los tertulianos de RNE, COPE y Onda Cero, y los comentaristas de ABC y LA RAZÓN que tanto habían apoyado el frente común de PP y PSE-EE contra el PNV.

También el presidente de LA RAZÓN, D. Luis María Anson, defendió esa misma teoría desde los micrófonos de ONDA CERO. Lo malo es que el Sr. Anson lo hizo delante de otro tertuliano que estaba en la nómina del Sr. Cebrián, D. José María Calleja, que no sólo no se iba a quedar callado, sino que iba atacar a LA RAZÓN por la presencia de un columnista batasuno en sus columnas: D. Joaquín Navarro Estevan.

18 Mayo 2001

El discurso del método

Juan Luis Cebrián

Leer
Se demuestra el fracaso de la estrategia de la confrontación, que pretendían los agitadores al servicio de Mayor Oreja, Aznar y compañía. Tantas veces he escrito y me he pronunciado contra los nacionalismos que nunca pude suponer me sentiría aliviado por un triunfo tan sonoro como el del PNV en las pasadas elecciones.

Una de las muchas cosas admirables de la democracia -un hombre, un voto- es que sirve para demostrarnos, por un lado, que la política no es una ciencia, aunque se estudie como tal, y por el otro, que la propia democracia, el gobierno del pueblo, significa lo contrario a la aristocracia, es decir, el gobierno de los mejores, o de los que tal se creen, por cuna o inteligencia. El ejercicio reciente del voto en el País Vasco ha deshecho, así, algunos mitos y enfatizado no pocos errores. Un importante embeleco destruido por las urnas es la suposición de que profesores de sociología y columnistas de periódicos pueden emplearse, sin esfuerzo ni demora, como estrategas políticos, pues, además de analizar lo que acontece, serían capaces de predecirlo o de condicionarlo con sus juicios. Algunos los han expresado con tanta rotundidad, cuando anunciaban un cambio histórico en Euskadi de manos de la alternancia, y ha sido tan evidente la ofuscación con que confundieron deseos y realidades, que hoy prefieren no apearse del machito, afirmando que, antes o después, triunfarán sus tesis, pues sólo han errado en el tiempo. Actitud ésta que recuerda muy mucho aquella famosa frase de Alfonso Guerra, cuando determinó, a raíz de una derrota electoral del PSOE, que el pueblo español se había equivocado. Equivocado o no, el pueblo vasco ha puesto de relieve que, efectivamente, se ha producido un cambio profundo en la dialéctica política de Euskadi, pero de signo contrario al que pretendían los agitadores al servicio de Mayor Oreja, y ahora se abre una nueva etapa que demuestra el fracaso de la estrategia de la confrontación, desarrollada por Aznar y compañía.

Tantas veces he escrito y me he pronunciado contra los nacionalismos que nunca pude suponer me sentiría, en cierta medida, aliviado por un triunfo tan sonoro como el del PNV en las pasadas elecciones. Y esto, no porque concuerde con sus postulados, que no quiero ver progresar, sino porque, como tantos otros españoles, he contemplado con preocupación la batalla verbal -y no sólo verbal- que desde el nacionalismo español se había entablado contra el nacionalismo vasco, alimentando un espíritu casi de cruzada. Lo menos que puede decirse del resultado de las elecciones es que no es casual, sino fruto de una política, a todas luces errónea, diseñada e instrumentada directamente desde Moncloa y que contó no sólo con el beneplácito, sino con el aplauso ancilar del candidato socialista. Tan buen tino ha tenido éste que ha logrado perder para su partido un escaño, al tiempo que ha desdibujado su papel como eventual componedor del conflicto. Esa estrategia que hemos visto naufragar se inscribía en la configuración de un auténtico frente político que ha utilizado partidariamente a las víctimas del terrorismo -incluso a aquellas que, evidentemente, no endosaban para nada sus análisis- y en la satanización del PNV y sus principales dirigentes, a los que se ha llegado a acusar de cómplices de la escalada sangrienta de ETA. Muchos de los intelectuales, valiosos y honestos, arrastrados por la marea de esta campaña hacia las posiciones de Aznar, lo han hecho movidos por sólidas razones morales, preocupados por la discriminación que en la Universidad y otros sectores cívicos de Euskadi se produce contra los no nacionalistas, y por el clima de terror e inseguridad ciudadana creados por ETA y la kale borroka. La amenaza terrorista no se cierne sólo sobre ellos, sino sobre toda España, pero experimentan una sensación de desamparo y aislamiento social que no ha lugar en el resto de la Península. Sus sufrimientos demandan no únicamente solidaridad sino, más que nada, soluciones. Pero su razón moral no avala ni justifica su equivocación política, que comenzó por forzar, mediante todos los medios imaginables a su alcance, unas elecciones que los peneuvistas no querían. Aunque algunos busquen consuelo en el derrumbamiento de Euskal Herritarrok, el corolario de los votos ha sido bien opuesto al efecto buscado: más poder para los nacionalistas vascos, a los que prometían desalojar, y derrota de los partidos que, de manera abusiva, se habían presentado a los comicios como defensores exclusivos de la democracia, el Estatuto y la Constitución, para desgracia de muchos entusiastas de ésta que no concordaban con sus posiciones.

Semejante apropiación indebida de nuestra Carta Magna por parte del PP, que también ha querido adueñarse para él solo del espíritu de la Transición y hasta de la invención de la lengua castellana, nos habla muy mucho del verdadero talante de sus líderes. Acostumbrados al todo vale en la persecución del poder, no paran en barras, y terminaron por convertirse en el asombro de Occidente cuando declararon, con reiterada solemnidad, que PNV y ETA eran la misma cosa porque perseguían los mismos fines, cuando el más elemental manual de la democracia obliga a distinguir entre objetivos y medios. Según los arúspices de la segunda Transición, ensimismados en el recreamiento, a su modo, de las guerras entre carlistas y liberales, esa especie de alianza objetiva entre Arzalluz y los etarras respecto a las metas justificaba dejar fuera de la circulación democrática a los nacionalistas. Del dicho al hecho, el habitante de la Moncloa aplicó hasta el límite la política de acoso y derribo, que tan buenos resultados le diera con el PSOE, propiciando la expulsión del PNV de cualquier foro de diálogo, fueran la Internacional Democristiana o los despachos de sus líderes con el lehendakari, y practicando una especie de política de tierra quemada que ha dejado como un erial el campo que entre todos es preciso, ahora, cultivar. Sin embargo, es difícil admitir que la coincidencia en los fines de PNV y ETA -la independencia de Euskadi- permita por sí sola criminalizar al primero, entre otras cosas porque éste aboga por el separatismo desde prácticamente su fundación, hace más de cien años, y sus famosas dos almas -la autonomista y la soberanista- se resuelven en un solo impulso a la hora del voto. Pero, sobre todo, porque es en los métodos, y no en los fines, en lo que se distingue a un demócrata de otro que no lo es. Diferenciar entre métodos y fines pertenece al ideario básico de las democracias burguesas, por algo llamadas formales; cualquier olvido de tan simple regla esconde siempre una frustración autoritaria. Por lo demás, sería ridículo desconocer que las tendencias al separatismo de amplios sectores de la ciudadanía vasca constituyen un serio problema para toda la población, nacionalista o no, y es inadmisible sugerir que los españoles no vascos apenas tenemos nada que decir sobre eso. Pero hemos convivido con esta cuestión durante décadas, y es probable que lo sigamos haciendo antes de que la situación se decante por una solución no ambigua. Respecto al conflicto de fondo, probablemente lo mejor a que podemos aspirar unos y otros, en el corto plazo, es a ir tirando, clarificando, comprendiendo, conviviendo en medio de un panorama endiabladamente complejo, con lo que el famoso doble lenguaje peneuvista, del que a veces nos hemos quejado, quizá acabe convirtiéndose paradójicamente en una especie de bendición celestial. El fortalecimiento de las instituciones democráticas en Euskadi requiere flexibilidad en el diálogo, y rechaza cualquier numantinismo en los principios. Entretanto, el principal problema de la política española sigue siendo la delincuencia política de ETA y la destrucción del orden público por la kale borroka. Resolver ambas cosas compete, desde luego, al Gobierno de Vitoria pero también, y sobre todo, al de Madrid, por lo que parece urgente un cambio severo en la política antiterrorista inspirada por el PP, hábil en encabezar las lamentaciones de los que sufren y en divulgar culpas ajenas, pero menos en la prevención de los hechos y en la localización y detención decomandos. La instrumentación del caso GAL, y el de los fondos reservados, en su asalto al poder ha tenido indudables consecuencias en lo que se refiere al grado de eficacia de las diversas policías. Es urgente que los respectivos Gobiernos y los partidos políticos democráticos que los apoyan, entre los que todavía el PNV goza de mayor tradición y mejor pedigrí que los populares, lleguen a acuerdos concretos que permitan una más vigorosa actuación de jueces y fiscales, de las fuerzas de orden público y de los servicios de investigación. Al fin y al cabo, tras las elecciones del día 13, cualquiera sabe ya que la violencia política perjudica enormemente los sueños soberanistas del PNV, tanto como los benefició la tregua. El terrorismo es hoy una amenaza para todos los españoles sin distinción, al margen las ideologías de cada cual, y la primera asignatura de quienes nos gobiernan consiste en acabar con él. Para ello, es esencial recuperar la unidad entre los demócratas, cuya fractura en el pasado reciente constituyó un verdadero triunfo de ETA.

No es nada fácil la tarea que se avecina, ni la ha dejado cómoda el cúmulo de despropósitos, mentiras, acusaciones, insultos y arrogancias que, desde todo ámbito, se han vertido durante los días de la campaña. La ocasión merece un derroche de paciencia, de serenidad y de altura de miras, cualidades que no abundan hoy en la gobernación del Estado. De todas formas, Ibarretxe cuenta para emprenderla con un apoyo social impresionante, casi sin precedentes, en la Comunidad Autónoma vasca. Esperemos que administre su rotundo triunfo con mayor templanza que la mostrada por José María Aznar en sus iniciales reacciones después de la derrota. Pues, como dice Montaigne -en frase recordada, días pasados, por Carlos Fuentes- uno puede estar sentado todo lo alto que quiera o pueda imaginarse, pero nadie ha de sentarse nunca por encima de su propio culo.

Juan Luis Cebrián

19 Mayo 2001

El discurso del buitre

José Antonio Zarzalejos

Leer
A Cebrián lo que le fascina es haber agarrado un argumento arrojadizo contra Aznar y el PP, político y partido que se perimitieron el lujo de ganar unas elecciones generales en marzo del año pasado contra el criterio de sus 'agitadores mediáticos' y contra los intereses del grupo que dirige.

La venganza es plato a deglutir en frío y Juan Luis Cebrián, con glotonería resentida, lo ha degustado en caliente. Poca cosa es quien para sacarse la espina del fracaso de su apuesta en las elecciones generales del año 2000 – mayoría absoluta del PP de José María Aznar – utiliza las pinzas de la vicotira de los nacionalistas en las elecciones vascas del pasado domingo. El consejero delegado de PRISA, en un artículo misérrimo, incurre en lo mismo que critica aunque de forma más soez, porque él ha sido anfitrión – ya se ve que oportunista – de ‘agitadores al servicio de Mayor Oreja’, categoría en la que podrían incluirse por deducción muchas gentes que colaboran en su periódico y otras del a izquierda que han abdicado de su libertad personal para que ahora us patrón les reproche que su razón moral ‘no avala su equivocación política’ afirmación que vuelve a testimoniar el carácter embaucador y contingente que para algunos tienen los más sublimes conceptos de la vida pública.

El cuadro de miserables invectivas se completa con la denominación de ‘ancilar’ dedicada al candidato del PSE-PSOE, al que se le imputa la pérdida de un escaños pero no su sufrimiento y su gallardía, que Redondo resume en su persona y trayectoria representativa de la de otros ‘ancilares’ como Rosa Dïez, Javier Rojo, Ana Urchueguía y tantos otros que amanecen y se acuestan con el nudo en el estómago de la ansiedad y el miedo por su vida y su integridad. Castigo que, para Cebrián, no merece demasiado reproche porque aquellos que han pactado con ETA y recibido sus garantías de inmunidad disponen de mejor ‘pedigree’ democrático que aquellos que militan en partidos que llevan años poniendo las víctimas.

Pero al que fue director de EL PAÍS el discurso y la estrategia de confrontación con los nacionalistas le parece poco saludable porque el PNV es metodológicamente distinto a ETA. Vaya descubrimiento. La convergencia de fines y la diferencia en los métodos hace angelicales a los nacionalistas. Tanto, que Cebrián es un bucle melancólico que no mejora Arzallus aspira a retrotaer la historia a los tiempos de la ambigüedad, del doble lenguaje, del ‘ir tirando’ y ese estado de cosas le parece una ‘especia de bendición celestial’. Torpe, muy torpe, porque Cebrián, tan ‘aliviado’ por la victoria nacionalista, confunde los deseos con realidad. Lo que él pretende propugnar es el regreso a los tiempos en los que él y algunos de los suyos mandaban en ese enmarasmado terreno político en el que fue posible la peor de las corrupciones y el terrorismo de Estado.

Para la reacción resentida, la de Cebrián – mejor ejemplo, imposible – como lo demuestra su contento por una victoria de aquellos con los que se dice no ocincidir. La vieja tendencia humana a que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, la lleva el articulista a su extremo más transparente y por lo tanto más grotesco.

Pero seamos claros. A Cebrián, en realidad, no le alivia que los nacionalistas hayan vencido; tampoco las esperanzas que le suscita el Gobierno de Ibarretxe. A Cebrián lo que le fascina es haber agarrado un argumento arrojadizo contra Aznar y el PP, político y partido que se permitieron el lujo de ganar unas elecciones generales en marzo del año pasado contra el criterio de sus ‘agitadores mediáticos y contra los intereses del grupo que dirige. Cebrián, y no Redondo, es  la expresión ancilar de un resentimiento y lo ha vomitado desde las páginas de su periódico con tanto estruendo y tan poco matiz que ha puesto perdidos a buena parte de aquellos que creían tener en él a un hombre inteligente y, probablemente, amigo.

Un texto repleto de contradicciones y que exuda rencor puede convertirse en una pesadísima losa para quien lo firma si, como es el caso, más allá de las afinidades median realidades que justificarían hasta para el más obtuso de los analistas una mínima grandeza de espíritu. El ajuste de cuentas de Cebrián obvia el dramatismo de la muerte, del miedo y de la angustia y juega con apuestas vitales de gente de bien que son reconocidos como auténticos héroes cívicos. Tamaño desafuero es el reflejo de una frustración y de una impotencia sin límites y de una peligrosa nostalgia de un poder que se esgrimió arrebatado de soberbia y que acaso tendrá que humillarse cuando alguno de los vapuleados en ese texto se encuentre inerte bajo una sábana ensangrentada y rodeado del homenaje de los que tienen más ‘pedigree’ democrático que la propia víctima.

Carlos Fuentes ha escrito una novela fantástica y fantasiosa que titula ‘Instituto de Inez’ de donde Cebrián toma una cita del autor mexicano cedida por Montaigne: “Nadie puede estar sentado por encima de su culo”. Cebrián le lanza la cita Aznar, sin reparar que su artículo es precisamente la aplicación práctica de que nadie – y menos que nadie  el articulista – puede estar por encima de su trasero. Si la biológica es inevitable, no lo es la elegancia espiritual, la fineza intelectual y la sensibilidad humana que permiten volar como águilas imperiales. Cebrián, si embargo, ha optado por un vuelo circular y amenazador como el de los buitres.

José Antonio Zarzalejos

24 Mayo 2001

El Buitre

Tomás Cuesta

Leer
Zarzalejos no da puntada sin hilo, como el sastrecillo valiente. Si Cebrián es un buitre redomado ¿está insinuando acaso que el PP es ya carroña corrompida?

Ha bastado con que Juan Luis Cebrián volviese a levantar la cresta para que se nos revolucione todo el gallinero. España es un país de pluma facilona en el que las gallinejas de corral cacarean hasta quedarse afónicas cuando aciertan a poner un huevo. A uno, la verdad, le importaría un ídem esta riña de gallos y gallitos, plumillas de vuelo gallináceo y serpientes emplumadas a las que se les ve el plumero. Pero la cosa está en que hacen tanto ruido que parecen a sueldo del Ayuntamiento mentándose la madre los unos a los otros como si fuera un santo y seña. Cebrián, bancario, ex periodista, acreditado narrador, académico de la Española y pensador cuando bosteza, ha publicado un papelito de los suyos, tan ayuno de discurso y huérfano de método que Descartes, de haber resucitado, se suicidaría inmediatamente. Y José Antonio Zarzlaejos que es, sin duda alguna, el director del ABC, porque lo espeficifa debajo de su firmacuando escribe una ‘tercera’ se nos ha puesto el hombre, hecho un basilisco, que digo un basilisco, una pantera.

Entre las múltiples variantes del arte de insultar, el señor Zarzalejos – que es un euskaldun civilizado por la parte que le toca de castellano viejo – ha elegido la del zoomorfismo, cual un Lafontanine en negativo con influjos doctísimos del divino Lafuente. Cebrián, ha escrito el mandarín abecedario sacando bola delante del espejo, es un buitre común que acude presuroso cuando olisquea la carnaza  de carnaza del muerto. Eso, que es una obviedad (a ver si ahora esperaban que fuese una paloma después de colocarle al borde del talego), ha de teneru na lectura más compleja. Zarzalejos no da puntada sin hilo, como el sastrecillo valiente. Si Cebrián es un buitre redomado ¿está insinuando acaso que el pepé es ya carroña corrompida y cadaverina maloliente? Algo tendrá el agua cuando la maldicen y muy enrevesada se habrá puesto la cosa para que los perrillos de Pradera no contesten: “¡Tate, tate, folloncicos!”, como diría el prudentísimo CIde Hamete. Hablaba con su pluma, justamente.

Tomás Cuesta

25 Mayo 2001

Viva el perder

Fernando Savater

Leer

No me refiero, claro está, al Alavés. Creo que hay otros subcampeones que también merecen elogio por el modo en que llegaron a serlo y, sin embargo, sólo han recibido pésames o reproches. De modo que vamos a hablar por fin de los resultados de las elecciones vascas del 13 de mayo.

Ahora nos dicen, incluso los que más callaron cuando hablar aún comportaba riesgo de equivocarse o comprometerse, que ya estábamos advertidos. ¿De qué nos advirtieron? De que la forma más segura de no perder es renunciar de antemano a ganar. ‘Si no os hubierais hecho tantas ilusiones’… Claro, no cabe duda: el que se resigna a llegar segundo cuando sólo corren dos, nunca tiene sensación de haber quedado el último. El gran pecado de los partidos constitucionales fue creerse capaces de vencer; su intolerable arrogancia, su prepotencia, consistió en no aceptar por primera vez su papel de comparsas y segundones, intentar efectivamente ser también vascos optimo iure pese a no ser nacionalistas, constituir una alternativa válida a quienes llevan más de dos décadas gobernando un país aterrorizado y ensangrentado…, al menos al 50%. ¡Qué osadía! No pretendían cambiar de gobierno, sino cambiar de régimen. Pero al régimen nacionalista, convertido ya tras dos décadas de información y educación por él controladas en ‘lo natural’ para el País Vasco, radicalizado progresivamente durante su omnipotencia indiscutida e institucionalmente privilegiada, cimentado en un clientelazgo con pánico a la cesantía, no se le podía desplazar ni corregir tan fácilmente. Como mucho, podían dejar de convencer; que dejasen de vencer ya era otro cantar. Una esperanza excesiva. Como dice la milonga, ‘muchas veces la esperanza / son ganas de descansar’. Quienes están ya cansados de luchar por lo obvio, por lo que es obvio para la ciudadanía en otro lugares, estaban -estábamos- demasiado esperanzados. Y no han sido el PSOE ni el PP los derrotados en los comicios vascos, sino la frágil esperanza.

Porque se equivocan o mienten los agoreros a toro pasado que hablan de enorme derrota de los partidos firmantes del pacto antiterrorista. ¿De dónde sacan semejante sandez? Con doscientos votos más en Vizcaya, los constitucionalistas hubieran superado en escaños a la coalición de PNV y EA. Tanto el PP como el PSOE lograron aumentar considerablemente su número de votantes respecto a las anteriores elecciones autonómicas y de nuevo se ha acortado la siempre mínima diferencia entre nacionalistas y no nacionalistas. Si nadie hubiera confiado en la posibilidad de un cambio de régimen, ahora podríamos estar celebrando lo obtenido el 13 de mayo a pesar de todos los pesares. ¿O es que ya nadie se acuerda del contexto en que se ha realizado la campaña electoral y la misma votación? ¿Acaso cree de veras alguien que es lo mismo poder ir libremente casa por casa -y funcionario por funcionario, como ha hecho el PNV- que arriesgarse a la pena de muerte por sólo requerir, acorazado entre fuerzas de seguridad, el voto de los amedrentados insumisos? ¿Qué les ocurrió cuando fueron a votar a los candidatos constitucionales, al presidente del Foro de Ermua o quizá a otros menos notorios? Pocos días antes de las elecciones, un catedrático de sociología experto en tales lides me comentó que si se hubieran aplicado a esos comicios los baremos de calidad democrática que los observadores de la ONU aplican en otras ocasiones, difícilmente éstas hubieran cubierto mínimos. Nos responderán: ‘Y si eso ya lo sabíais de antemano, ¿por qué pedir elecciones anticipadas?’.

Respuesta: porque así no podemos seguir y no podíamos pedir otra cosa. ¿Acaso íbamos a pedir la guerra civil, como nos reprochaba el propio Ibarretxe?

A algunos escritores y profesores que nos comprometimos dentro de organizaciones cívicas en el apoyo a los partidos firmantes del pacto antiterrorista nos han llovido durante toda la campaña las peores descalificaciones desde el campo nacionalista; ahora, en el día después, se nos zurra también desde otras posiciones, digamos que más… resguardadas. Que hagamos moral, pase, porque es pasatiempo inocuo y edificante, pero ¿quién nos manda meternos en política? En este pintoresco país nuestro, o se lamenta el culpable y cómplice silencio político de los intelectuales o se denuncia a los intelectuales culpables y cómplices que no guardan silencio en política. No es fácil dar gusto a quien lo tiene estragado: si te callas es porque te han dado una sinecura, si hablas es para que te den una sinecura. Y, además, metes la pata, porque eso de la política es cosa demasiado seria para tarambanas como nosotros. De modo que lo mejor es dedicarse a empresario o banquero: así lo que se pierde en claridad de ideas se gana en nitidez de intereses. Seguro que después hacemos política con mayor acierto…

Por equivocados que estuviésemos, sin embargo, los ilusos de Basta Ya, logramos algunas cosillas. No olvidemos que hace menos de un año tuvimos que batallar lo indecible -¡y no sólo contra los nacionalistas!- para movilizar a la gente tras una pancarta que hablase de Estatuto y Constitución. Meses después, los dos partidos mayoritarios de nuestro Estado de derecho firmaron el pacto por las libertades y contra el terrorismo, que refrendaba el Estatuto y la Constitución como el punto de partida institucional contra la violencia. Y así se configuró la posibilidad de una alternativa política en el País Vasco, lo suficientemente creíble como para que ochenta mil votos de EH se pasaran al PNV-EA y le diesen la victoria electoral, debilitando seriamente al brazo político de ETA. ¿Fue un error criticar abiertamente al Gobierno nacionalista, denunciar con abundancia de pruebas sus tergiversaciones informativas y educativas, explicar que ETA no recluta a los jóvenes en la estratosfera, sino en una juventud maleada en el culto impune a la violencia fanática, señalar la insuficiente respuesta policial de la Ertzaintza de acuerdo con testimonios de miembros sindicales de esa policía autónoma, protestar por el secuestro del euskera para fines partidistas próximos a los violentos, documentar el clima totalitario de coacción reinante en muchísimas localidades y el desamparo de cargos públicos o ciudadanos desafectos al régimen nacionalista que sólo recibían de éste la condolencia tras el tiro en la nuca o el coche bomba, pero nunca la mínima comprensión antes? Pues bendita equivocación, porque gracias a ella ya ciertas cosas nunca podrán volver a ser vistas del mismo modo por ninguna persona honrada, incluyendo a los nacionalistas menos cerriles.

De todas formas, hay que reconocer que el nacionalismo tiene bastante suerte. Si se le hacen reproches, por fundados que estén, de inmediato forman parte de una ‘cruzada antinacionalista’. Quien denuncia sus abusos no puede ser más que un nostálgico de Ramiro de Maeztu y Queipo de Llano, que cobra de fondos reservados por agitar a favor de Mayor Oreja. La izquierda, esa izquierda arterioesclerótica que ve la falta de sentido de Estado en el ojo ajeno pero no el sectarismo revanchista en el propio, denuncia enseguida el afán uniformador y el atentado contra la diversidad. Habría que recordarles a esos atontados que ciertas ‘uniformidades’ son logros del progresismo democrático -como la seguridad social o la educación general-, mientras que muchas ‘diversidades’ no hacen sino enmascarar el privilegio y la discriminación. No me extraña que los nacionalistas vascos, caiga quien caiga y cuantos caigan, sigan votando nacionalista porque nada pierden con ello y temen perder algo cambiando el paso. Es mejor seguir como hasta ahora: lo nuestro es nuestro y lo demás a medias. Mayor madurez no puede darse sin riesgo de putrefacción. Y ETA, que también es muy madura, ha entendido perfectamente el mensaje: hay que seguir arreando, porque los vascos nacionalistas están contra la violencia, pero mucho más contra los que pretenden deslegitimar del todo a los violentos y combatirles sin más contemplaciones que las propias de la legalidad. Tras la bomba a Gorka Landaburu y otro par de intentos fallidos vino ayer mismo el asesinato a tiros del director financiero de El Diario Vasco: ¡y decían que si Mayor Oreja ganaba las elecciones ETA se sentiría más legitimada para proseguir con la violencia! Ahora sí que se sienten llamados a matar a mansalva, porque ya vislumbran que se acerca la mesa definitiva, que no será la de Ajuria Enea, ni siquiera la de Lizarra, sino una mesa petitoria…

Sentirse animado o desanimado ahora es ya cuestión de carácter. Comprendo muy bien a los que, ante el olor y el color de lo que han sacado a flote estas elecciones, sienten la tentación de tirar de la cadena y marcharse dignamente. Pero yo prefiero acordarme de aquel ácrata, ‘tipógrafo que fue de La Moderna’ en el bello poema de Félix de Azúa, que gritó ante el pelotón de fusilamiento: ‘¡Viva el perder!’. Y permanezco junto a los que siguen jugando, aun sabiendo que hay tantas cartas marcadas. A los acomodaticios, a los resignados, a los amonestadores que todo lo adivinaron antes que nadie pero procuraron decirlo después, a quienes nos preguntan: ‘¿Habéis aprendido la lección? ¿Os arrepentís?…’, les responderemos la palabra sagrada con la que empieza la libertad: ‘¡No! Claro que no’.

04 Junio 2001

LA DEMOCRACIA DE LA DUDA

Santiago Belloch

Leer

Juan Luis Cebrián ha cometido el grave pecado de hablar y decir algo. Todos le hubiesen perdonado su silencio o un discurso distante, vacío y elitista. El poderoso directivo de PRISA y director fundacional de EL PAÍS se ha atrevido a expresar el alivio que no pocos sentimos en la intensa madrugada electoral de Euskadi. El sobrio e inteligente artículo de Cebrián – publicado en EL PAÍS – fue contestado por José Antonio Zarzalejos, director de ABC, con un panfleto predemocrático bajo el expresivo título “El discurso del buitre”. Glotonería resentida, artículo misérrimo, soez, carácter embaucador y contingente, miserables invectivas, bucle melancólico que no mejora Arzalluz…. Zarzalejos afirma que Cebrián pretende “propugnar el regreso a los tiempos en los que él y algunos de los suyos mandaban en ese enmascarado terreno político en el que fue posible la peor de las corrupciones y el terrorismo de Estado”. Y sigue Zarzalejos: reacción resentida, grotesco, “Cebrián es la expresión ancilar de un resentimiento y lo ha vomitado”, ajuste de cuentas, desafuero, frustración, impotencia sin límites, peligrosa nostalgia de un poder que se esgrimió arrebatado de soberbia… José Antonio Zarzalejos culmina su abrumadora sinfonía con un rotundo “Cebrián ha optado por un vuelo circular y amenazador como el de los buitres”, mientras acuna a Aznar al atribuirle “la elegancia espiritual, la fineza intelectual y la sensibilidad humana que permiten volar como águilas imperiales”. Ni el peor botafumeiro de la dictadura lo había hecho mejor.

No se acabó ahí la reacción contra Cebrián. Fernando Savater, el filósofo que perdió los papeles que perdió los papeles ante el acoso de ETA, le dedicó un artículo descalificador y demagógico muy en línea, por otra parte, con la simpleza que preside su pensamiento en los últimos meses. Es cierto que ETA mata. Es cierto que una buena parte de la ciudadanía vasca se sintió, y con razón, desamparada por el Gobierno de Ibarretxe. Es cierto que la violencia ha hecho y hace casi imposible vivir a una buena parte de los vascos. Es cierto que exsitió Lizarra. Es cierto que Savater, y varios miles de personas, periodistas, políticos, profesores, empresarios y tantos otros viven, o vivimos, bajo la amenaza del tiro en la nunca y el conche bomba. Todo eso, con ser verdad, no convierte en dogma de fe los fundamentalismos y tonterías del filósofo Savater en el Kursaal, su ‘constitucionalismo o guerra civil’, su primitivismo, su descontrol, son un mal recuerdo de los desmanes que se cometieron en la campaña electoral. Peor recuerdo merece su listado de ‘tontos útiles’, entre las que se cuentan muchas de las personas que mejor se acercaron a la realidad vasca y que, en algunos casos, pagaron con la vida su pasión por el diálogo y su búsqueda de puentes de convivencia. Sobre la carta de Azurmendi, mejor no hablar.

Días después, Cebrián reflexionó en el foro del Club Siglo XXI. Definió la etapa de la transición como una democracia de la duda, el período socialista como la democracia arrogante y cerró el ciclo afirmando que ‘la alianza entre determinados periodistas, un sector de la Justicia y una clase política en la persecución del poder, consagraron el fundamentalismo democrático”. Para Cebrián, vivimos una etapa de ‘fundamentalismo democrático’.

Santiago Belloh