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El director de EL PAÍS, Juan Luis Cebrián, denuncia que la Real Academia Española de la Lengua ‘vive en la indigencia’ y pide más recursos económicos para ella

HECHOS

En su editorial publicado el 28 de noviembre de 1980.

28 Noviembre 1980

Pobre Academia

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

LA REAL ACADEMIA Española de la Lengua es una de las instituciones más pobres del país. Es más: vive en la indigencia. El año pasado tuvo que suprimir su tradicional comida anual: no tenía dinero para pagarla. Es sólo un detalle, pero es ese detalle que se cita cuando se habla de quien ha llegado a su última pobreza: «No tiene ni para comer». Las dietas de los académicos -una prima por asistencia a las reuniones: es lo único que cobran- son grotescas, los premios que otorgan son económicamente ridículos, y sus grandes trabajos lingüísticos están prácticamente detenidos porque hay personal. Los diccionarios están paralizados. Sólo un esfuerzo personal, con carácter de sacrificio, permite que algunos trabajos salgan adelante.Esta penuria está directamente relacionada -aparte de por la incuria de los poderes en materia cultural- con un nuevo desdén por el idioma que esta entidad está llamada a cuidar. Le ha pasado al castellano la peor desgracia que le puede pasar a un idioma: estar confundido con una determinada política. Torpe, erróneamente confundido. Este instrumento de comunicación de cientos de millones de hombres en el mundo, este idioma de trabajo en la mayor parte de las grandes conferencias mundiales, está siendo velozmente devaluado en el país en que se inventó.

No es una devaluación solamente de incultura y de política, sino también de uso. El vocabulario se empobrece de día en día, la semántica de las intenciones disimuladas o de las carencias inconfesables, la propaganda, la agresión continua de otras lenguas de países donde la técnica, la ciencia y el pensamiento se trabajan con más intensidad que en España, las distorsiones de las distintas formas de propaganda, el mandarinismo, el argot de las jergas, los partidos y las instituciones lo están parcelando, fragmentando, haciéndolo irreconocible.

No es necesario creer en la Academia como rito y liturgia del idioma, ni ignorar sus defectos básicos -la cooptación de los académicos, la selección de personajes en razón de sus poder más que en el de su ciencia, el conservadurismo-, para considerar que su súbsistencia en un nivel de decencia económica es imprescindible. Es precisamente su independencia económica lo que la haría evitar una fosilización paralela a la del idioma, y podría convertirla en el instrumento que cada vez se hace más necesario para la limpieza, fijación y esplendor -como dice su lema- de un idioma que deberia estar por encima de todas las querellas de otra índole, donde las necesarias reclamaciones de justicia no han de herir a esta gran riqueza que se desperdicia.

La sesión pública del pasado domingo en la Academia, donde un profundo estudioso del idioma como Manuel Seco era recibido por otro gran maestro, el profesor Lapesa, tuvo su inevitable episodio de lamentaciones. Se vienen produciendo desde hace años. No encuentran eco. No parece que las autoridades que disponen de los presupuestos, incluyendo, lógicamente, al Parlamento -cuyo nombre genérico está intrínsecamente relacionado con el habla, y donde diariamente se cometen tropelías contra el idioma-, tengan ninguna sensibilidad para esta auténtica riqueza que se despilfarra cada día.

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