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El ministro de Cultura, Javier Solana (PSOE) asistió a su toma de posesión

El expañol Federico Mayor Zaragoza (eurodiputado del CDS) elegido Director General de la UNESCO

HECHOS

El 16.11.1987 D. Federico Mayor Zaragoza tomó posesión como Director General de la Unesco.

08 Noviembre 1987

Una oportunidad para la Unesco

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

LA ELECCIÓN, por una mayoría próxima a la unanimidad, de Federico Mayor Zaragoza como director general de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) abre un paréntesis de esperanza en la historia de esta organización, en crisis latente desde hace más de 20 años, aunque sus contradicciones no se hicieron explícitas hasta la reciente retirada de Estados Unidos y el Reino Unido. Significa también el acceso, por primera vez en la historia contemporánea, de un español a la dirección de un organismo internacional de relieve.La Unesco fue ideada como un instrumento capaz de evitar la repetición de desastres como el de la II Guerra Mundial, no actuando sobre los conflictos sino sobre las causas sociales que los originaban. En el impulso fundacional resultó determinante la convicción de que, junto a iniciativas políticas que correspondían a otros organismos, era imprescindible contar con una organización que favoreciera la comunicación entre los hombres y las naciones a través de la cultura y la ciencia, y que difundiera los valores de la racionalidad y la tolerancia -es decir, de la democracia- mediante la generalización de la educación.

Las vicisitudes de la guerra fría, a partir de finales de los años cuarenta, y el proceso descolonizador de África y Asia incidieron en ese proyecto inicial, cuestionándolo abiertamente. El control de la ONU por las grandes potencias, que mantienen su derecho al veto, desvió hacia el foro de la Unesco las querellas políticas e ideológicas en el escenario internacional. Con el apoyo del bloque del Este, los países que acababan de emanciparse, empeñados en afirmar frente al exterior su vacilante identidad, convirtieron a la Unesco en altavoz de sus quejas y demandas, dirigidas contra las antiguas potencias colonizadoras.

Éstas eran, sin embargo, las únicas democracias asentadas existentes en el globo. Y los países nacientes, especialmente los africanos, dedujeron de ello que los valores y pautas de comportamiento inherentes al régimen democrático eran mera ideología destinada a enmascarar la antigua explotación. Muchas nuevas elites dominantes de Asia y África utilizaron a su vez esa coartada para justificar la evolución autocrática de sus regímenes, la implantación de dictaduras de opereta -aunque no por eso menos sangrientas-, la extensión de la corrupción entre sus burocracias. Con la complicidad tácita de sectores de la intelectualidad occidental, se admitió como un dogina que la democracia y los valores que le son propios sólo podían ser el resultado del desarrollo económico, invirtiéndose así el principio fundacional de la Unesco. A saber: que la democracia es condición para el desarrollo económico, y que aquélla es el resultado de la educación y aculturación de las poblaciones.

Las contradicciones que determinaron la crisis de la Unesco tienen, así, bases objetivas que van más allá de la personalidad de M’Bow. Pero su sustitución era, en la práctica, una precondición para cualquier intento de recuperar el impulso que justificó la creación de ese organismo. Mayor Zaragoza, que ha tenido que pactar su elección con los países árabes y africanos, se enfrenta a una tarea muy complicada, agravada, además, por el hecho de que el presupuesto actual, que apenas cubre los ingentes y dispendiosos gastos burocráticos de la organización, no permite abordar planes sobre el terreno de cierta entidad.

Junto al deterioro administrativo y al gusto por la opulencia, M’Bow se había empeñado además, casi como unico programa en sus últimos tiempos, en la creación de un Nuevo Orden de la Información, que con motivo -o bajo el pretexto- de la desigualdad existente en el flujo informativo entre países desarrofiados y pobres, acabó en la práctica justificando el control gubernamental de los medios y la conversión de éstos en sistemas de propaganda. La sensibilidad internacionalista y un poco filantrópica de la Prensa liberal americana, que siempre se había opuesto a la reticente actitud de su Administración frente al sistema de Naciones Unidas, dio paso a un descontento activo ante lo que se interpretaba, justamente como una política de la Unesco destinada a acabar con los principios tradicionales de la libertad de prensa.

Es en estos dos frentes citados -deterioro y corrupción interna y política informativa- en los que tiene que trabajar Federico Mayor para restaurar la confianza de las naciones occidentales y propiciar el regreso de Estados Unidos. Es poco probable que la Administración Reagan vaya a dar marcha atrás, pero nada tendría de particular que el nuevo presidente estuviera por el retorno, a condición de que se hayan recompuesto los platos rotos por M’Bow.

Las perspectivas de distensión internacional y la evolución interna de la URSS pueden hacer albergar esperanzas de una potenciación de la Unesco como foro de entendimiento. Por otro lado, la influencia de los países latinoamericanos en el desenlace de la elección confirma el creciente papel de la comunidad hispanohablante. La pertenencia al Tercer Mundo de muchos de esos países, que mantienen regímenes democráticos, puede servir para un verdadero diálogo Norte-Sur que no esté instrumentaaado por las idelogías dominantes en los bloques militares. Federico Mayor tiene, así, una gran oportunidad de restablecer la confianza. Y merece todo el apoyo.

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