6 mayo 1992

El grupo francés alcanza una dimensión europea sólo superada por el Grupo Bertelsmann de Alemania

El grupo mediático Hachette Filipacchi de Jean-Luc Lagardere absorbe a la compañía electrónica armamentística Matra

Hechos

El 5.05.1992 se hizo pública la fusión entre Hachette Filipacchi y Matra.

Lecturas

El 5 de mayo de 1992, apenas tres semanas después del cierre de La Cinq, Jean-Luc Lagardère anuncia la fusión de los dos grandes pilares de su imperio: Matra y Hachette. No es precisamente una boda entre dos empresas en perfecto estado: Hachette termina 1991 con pérdidas de 1.793 millones de francos, una deuda de 8.300 millones y las heridas abiertas por los 3.550 millones consumidos por la aventura televisiva, por lo que antes de la operación será necesario recapitalizarla con 2.800 millones. Pero Matra continúa siendo rentable y mucho menos endeudada, permitiendo apuntalar a Hachette y reunir bajo una misma estructura un conglomerado de unos 50.000 trabajadores y 53.000 millones de francos de facturación, organizado en nueve grandes áreas que parecen un catálogo del capitalismo industrial francés: espacio, defensa, automóvil, transportes, telecomunicaciones, distribución, prensa, libros y audiovisual. Lagardère consigue además diseñar una estructura societaria que le permitirá conservar el mando del conjunto aun poseyendo personalmente una fracción relativamente pequeña del capital.

El fracaso de La Cinq puede haber demostrado que Lagardère no sabe necesariamente hacer televisión, pero nadie puede sostener que haya dejado de ser un magnate de la comunicación. Hachette aporta editoriales, distribución internacional, Elle, Paris Match, Télé 7 Jours, Le Journal du Dimanche y una enorme presencia en revistas; Filipacchi constituye otro brazo fundamental de ese poder, mientras el grupo se extiende mucho más allá de Francia. En España esa internacionalización resulta particularmente visible a través de su presencia editorial y en revistas —con cabeceras como TP, Fotogramas, Diez Minutos, Elle o Ragazza, además del ámbito del libro con Salvat—. La Cinq ha obligado a vender activos y reorganizar el imperio, pero no ha acabado con él. Más bien ha producido una extraña transformación: Lagardère pierde su televisión y, casi inmediatamente, aparece presidiendo un grupo todavía más grande, Matra-Hachette, capaz de fabricar simultáneamente revistas, libros, automóviles, satélites y armamento.

06 Mayo 1992

El creador de un gran imperio

La Vanguardia (Director: Joan Tapia)

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Jean-Luc Lagardere es un hombre controvertido. La política de expansión de Hachette no le ha hecho ganar muchos partidarios, y sus detractores no ven con buenos ojos la concentración en un solo grupo de actividades tan diversas como el sector audiovisual y la defensa. Lagardère inició su ascensión profesional en la compañía Dassault, y allí atrajo la atención de Sylvain Floirat, un empresario que había construido su imperio gracias a la creación de Matra y numerosas emisoras de radio, y que finalmente acabó nombrándolo como sucesor al frente de su grupo de empresas.

Ese fue el embrión con el que Lagardere inició la expansión que le llevó a formar un gran grupo de comunicaciones a partir de Hachette en los años ochenta, y que hizo que se lanzara a la adquisición de empresas en Estados Unidos y a la aventura de La Cinq. Ahora, pese a los consejos contrarios de sus colaboradores. Lagardere ha cumplido su sueño y ha formado un gran conglomerad industrial europeo con Matra y Hachette, compañía esta última a la que sus detractores llaman ‘el pulpo verde’.

El Análisis

La liga mundial de los magnates

JF Lamata

La operación Matra-Hachette confirma hasta qué punto la comunicación está dejando de ser un negocio de propietarios de periódicos para convertirse en una carrera entre conglomerados internacionales. Pero conviene no confundir tamaño empresarial con tamaño estrictamente mediático: si elaborásemos en 1992 un podio mundial de la comunicación, Lagardère estaría en la primera división europea, pero no sería el número uno del planeta. Ahí aparecen gigantes como Time Warner, con unos 13.070 millones de dólares de ingresos mediáticos en 1992, y el alemán Bertelsmann, con unos 11.006 millones; News Corporation, el imperio anglosajón de Rupert Murdoch, ronda los 7.811 millones y combina periódicos, revistas, televisión y cine, mientras Disney y Sony completan ese reducido club de corporaciones capaces de explotar contenidos a escala planetaria. Lagardère representa la gran respuesta francesa: Hachette le proporciona libros, revistas y distribución internacional y Matra una potencia industrial que convierte el conjunto en algo todavía más formidable, aunque una parte sustancial de sus 53.000 millones de francos proceda precisamente de actividades que nada tienen que ver con los medios.

Por debajo —o, mejor dicho, en otra categoría geográfica— aparecen imperios extraordinariamente poderosos dentro de sus respectivos mercados: Globo en Brasil, con una posición audiovisual excepcional; Clarín en Argentina, en pleno proceso de expansión multimedia, y en España PRISA, que ha construido alrededor de El País, la SER, Canal Plus y sus demás negocios el grupo mediático más influyente del país, pero cuya dimensión internacional todavía está muy lejos de Bertelsmann, Murdoch o Hachette. La tendencia parece inequívoca: el magnate de los noventa ya no quiere poseer un periódico, una editorial o una emisora; quiere controlar contenidos, publicidad y distribución a través de cuantos soportes y países sea posible. Y ahí reside la importancia de la operación de Lagardère: La Cinq acaba de demostrarle dolorosamente que poseer un gran imperio multimedia no garantiza el éxito en cada medio, pero el fracaso tampoco le ha quitado su asiento en la mesa de los grandes. Ha perdido una cadena de televisión; no ha perdido el imperio.

J. F.