27 febrero 2001
El líder del PSC, Paqüal Maragall, publica la Tribuna: «Madrid se va» para justificar el inicio de su viraje hacia el ‘soberanismo’
Hechos
El 27 de febrero de 2001 D. Pasqüal Maragall publica en EL PAÍS el artículo ‘Madrid se va’.
27 Febrero 2001
Madrid se va
Se tiene desde la periferia la sensación de que Madrid se va de España. Que juega otra liga, la liga mundial de ciudades. Una especie de síndrome Figo, muy acusado, cómo no, en Barcelona. (¿Cómo dejamos escapar a este tipo?: esa es otra).
Tenemos la impresión de que Madrid se mide con Miami, con Buenos Aires, con São Paulo. Que ya no le interesamos. Que España, para Madrid, es ahora tan sólo el lugar donde ir a buscar pequeñas y medianas empresas en venta para mejorar posiciones, sector por sector, antes de dar el salto al otro lado del charco.
Eso en el terreno económico, que ha pasado a ser no ya el decisivo, sino el único que cuenta. En el subordinado terreno político, se nos dice, se hace sólo desde Madrid un modesto acompañamiento del proceso económico dominante.
Antes Madrid era la capital política, y Barcelona y Bilbao, y luego Valencia, las capitales industriales y económicas. Ahora figura que es al revés. Ahora Madrid es ante todo la capital económica, la capital de la innovación y de la nueva economía, mientras que el poder político se ha descentralizado: Cataluña tiene su Generalitat, Euskadi sus fueros y sus conciertos, y la Comunidad Valencia su Zaplana, con su IVAM y con sus rápidos trenes y carreteras a Madrid (¿qué más quieren?).
El gasto público, sin contar pensiones ni amortizaciones de la deuda, ha pasado de ser central en un 85% y local en un 15% (1980) a ser central en un 51% y descentralizado en el otro 49%, aproximadamente repartido en un 32% y un 17% entre autonomías y entes locales (1998). Y aún falta por repartir la competencia y los recursos de Sanidad y Educación a la totalidad de las autonomías de la vía lenta. Eso va a terminar pronto en un 40% / 60% entre centro y periferia. Realmente, ¿qué más quieren estos chicos?, deben de pensar en Madrid.
La definición, no sé si decir madrileña o popular de España, es la siguiente: España está formada por un conjunto de puntos a distancias diversas de Madrid. Y la definición del objetivo de la política territorial es, como sabemos, acortar esas distancias. Todas las capitales de provincia a menos de X horas de Madrid en un plazo máximo de Y años.
Madrid es el aeropuerto transoceánico de España y el mercado español no da para otro más. Ésa es la tesis del Ministerio de Fomento, que está al frente de algo mucho más importante que los destinos de España. Está al frente de sus redes de infraestructuras, al frente de sus webs. Tiene el lápiz de España en la mano.
La tesis Cascos de que el mercado no da para más es interesante, tan interesante que debería ser contrastada. Los catalanes le estamos diciendo a Cascos que para estar seguros de que el mercado no da para un segundo aeropuerto transoceánico le dejemos decidir a él, al mercado. Que no sea Cascos, sino el mercado, quien decida si el mercado quiere o no otro aeropuerto transoceánico. ¿No sería más seguro?
Los catalanes (excepto el desorientado Pujol, a quien esos temas no han interesado nunca mucho, y el enternecedor Trías, que amenaza al PP con no votarle ¡a partir del 2004!), los catalanes normales y corrientes, de derechas y de izquierdas, preferirían que el mercado decidiera esas cosas y entonces veríamos si es verdad o no que quien decide es la economía y no el Estado (es decir, AENA, el amo público de los aeropuertos).
Cuando Narcís Andreu, recién nombrado presidente de Iberia, viajó a Barcelona por primera vez, llegaba convencido por los aenitas de entonces de que los catalanes no volaban. Le demostramos que los catalanes sí iban a Nueva York pero pasando por Madrid, como los extremeños, los gallegos y los aragoneses, y se dio cuenta en seguida del lío en que se había metido.
Gracias a Narcís Andreu y sus sucesores Iberia proyectó un hub o centro transoceánico de redistribución de vuelos en Barcelona. No sirvió de nada porque AENA se opuso, como ahora hace Cascos siguiendo sus indicaciones.
Hay que terminar con esa visión torpe de la España uniforme, frente a la España diversa que defendía Bono hace poco en el Club Siglo XXI de Madrid. Por el bien de España. Por el bien de Cataluña. Por el de todos. La sorpresa que se van a llevar los uniformistas el día que España les diga a golpe de urna que no es como ellos querrían que fuese, que es libre y diversa, que está hecha de singularidades potentes y sensatas, capaces de entenderse y de respetar un proyecto común. Común, no impuesto.
Preferimos, como dice Pedro Nueno, que la capital de Hispanolandia sea Madrid a que lo sea cualquier gran capital americana. En serio. Por muchas razones. También por interés propio. Nos pasa con Madrid lo que a los bilbaínos en el 92 con Barcelona. ‘¿Sabes dónde se hacen los Juegos Olímpicos?’, te preguntaban. ‘A 500 kilómetros de Bilbao’, te respondían ellos mismos antes de que pudieras reaccionar.
Hoy sabemos que los JJ OO del 92 y el formidable salto adelante de Barcelona han sido un acicate importante para que Madrid se haya catapultado en el espacio global. Madrid se ha superado a sí mismo, y es bueno que sea así. Los catalanes, y creo que todos los demás, queremos un Madrid vivo, no un Madrid receloso o acomplejado. Un Madrid optimista.
Ahora bien, que nadie se lleve a engaño. El éxito de Madrid se está constituyendo en móvil de un formidable segundo salto de Barcelona hacia el 2004, con Cascos o sin él, a pesar de Pujol o con su ayuda, y en todo caso, gracias a Clos y a su equipo. Pero también, y sobre todo, gracias a los empresarios, medios de comunicación y ciudadanos individuales y asociados que construyen con ambición, y con una creciente seguridad en sí mismos, los proyectos de la ciudad del siglo XXI. Que incluyen una Barcelona capital del diálogo entre las culturas. La Barcelona de Lluch.
Seguramente habrá que arriesgar más, aceptar más publicidad y transparencia de las empresas, admitir que la empresa familiar sólo crece si en alguna medida se abre hacia otros horizontes, tener proyectos mediáticos y culturales muy sólidos y aceptar que los países y comunidades de pequeño tamaño deben desarrollar una teoría y una práctica de la sinergia público-privada, si quieren ser alguien en el mundo. Lo que el sociólogo Manuel Castells llama modelo Finlandia. Pero eso es tema para otro día y tiene muchas otras facetas.
De momento, podríamos sustituir el síndrome Figo por el síndrome Aimar e irnos a Valencia de vez en cuando a ver jugar a uno de los grandes del fútbol mundial, suponiendo que Cascos nos ponga el AVE Valencia-Barcelona, saltándose la consigna del gran jefe: todo a dos horas máximo de Madrid. Y si no ponen el AVE, iremos en Euromed. Si Madrid se va solo por ahí, puede ser que un día se encuentre que los demás vamos todos juntos por otro lado. El Madrid del Gobierno, claro. Porque el Madrid de Tierno no creo que esté metido en ese viaje.
Pasqual Maragall es presidente del Partit dels Socialistes de Catalunya.
06 Marzo 2001
Madrid se queda
Estos días, hay quien se sorprende de la vitalidad de Madrid. Algunos descubren de repente una región próspera e inquieta que no aciertan a explicarse. Cuando no le asignaban más protagonismo que el puramente administrativo, el asombro que produce la mayor obra de infraestructura civil de Europa, la ampliación del Metro, y la publicación de una radiografía económica espectacular han demostrado la pujanza de una sociedad civil de cuya existencia no habían sospechado. Es natural. Se trata de una vieja incomprensión. De una pereza intelectual en la que a menudo incurren precisamente quienes más claman por una visión realista y generosa de la variedad regional de España.
En los días en que se afirmaba que ‘Sólo Madrid es Corte’, los ingenios ociosos se apresuraban a añadir que ‘Madrid sólo es Corte’. Luego, su constitución tardía como Comunidad Autónoma fue recibida por muchos como una secuela más o menos gratuita del proceso autonómico. Azaña, de cuya clara percepción de la España diversa es difícil dudar, ya había considerado ‘flores de estufa’ a las posibles autonomías sin una conciencia histórica arraigada. Confeso o no, aquel fue el juicio general que mereció la de Madrid en 1983, y no faltaron quienes explicaran la vacuidad de unas instituciones que encontraban superfluas bajo la sombra siempre alargada del Estado. Juan Pablo Fusi recuerda aquel clima de opinión en España. La evolución de la identidad nacional: ‘Desde un punto de vista histórico eran muy discutibles (y así se argumentó) decisiones como la creación de Madrid como comunidad autónoma’.
De manera que, según la sensibilidad tópica de quienes nunca supieron ver en Madrid más que un mentidero, el desenlace lógico de esta región, al descentralizarse el Estado, hubiera sido diluirse o retroceder. Replegarse a esa condición de poblachón manchego que parece ser la única que le reconocen. Pero resulta que, justo cuando España empieza a culminar el mayor proceso descentralizador de Europa, Madrid permanece no sólo bien presente en el conjunto de las autonomías, sino a la cabeza del impulso modernizador del país. De pronto, ya no se puede dudar de su fortaleza social, económica e institucional. Tremenda sorpresa y subsiguiente recelo. ¿No será otra treta centralista?
La explicación es más sencilla. Aunque de paso, o tal vez por eso, ésta fue siempre una tierra laboriosa e imaginativa, y mientras otros se aplicaban en sacar lustre a los emblemas de la identidad y ensayaban la pose vindicativa, Madrid progresaba callada pero tenazmente. No teníamos un único hecho diferencial que celebrar, sino todos los del país a un tiempo, y gracias a esa carencia/riqueza hemos podido ser punto de encuentro de unos y otros. Porque Madrid, que no tenía cuentas que saldar con la Historia, accedió a la Autonomía a través del artículo 144 de la Constitución, reservado a las comunidades creadas por ‘motivos de interés nacional’. Interés en cuyo provecho trabaja esta Comunidad, sin desentenderse de la responsabilidad que supone convivir con las instituciones propias de la capitalidad, pero sin recibir de ellas más de lo que corresponde a su aportación al conjunto del país. Bastante menos, de hecho, aunque no nos duela esa solidaridad. Porque eso es exactamente lo que supone contribuir a las arcas públicas con cuatro billones de pesetas cuando se gestiona un presupuesto propio de uno y medio. Bien es verdad que yo nunca he hecho un discurso de balanzas fiscales, y no lo voy a hacer ahora, entre otras cosas porque así lo he aprendido de mi antecesor Joaquín Leguina, pero esta negativa a escudarme en un discurso reivindicativo no puede hacer olvidar tampoco que ésta es, por delante de Cataluña, la Autonomía que en mayor medida contribuye al desarrollo de España, aunque no lo recuerde tan sonoramente como otras comunidades.
Entre los sorprendidos por la existencia inesperada de esta región asoma mi buen amigo Pasqual Maragall, quien asegura que ‘Madrid se va’ (EL PAÍS, 27 de febrero), tal vez porque, simplemente, Madrid no se está quieta y había quien la creía inválida sin la muleta del Estado. No creo, sinceramente, que el discurso de Maragall esté inspirado por la mala fe, porque conozco bien su talante. Es víctima, más bien, de ese prejuicio pertinaz que se niega a ver una realidad sustantiva en la Comunidad de Madrid. Así lo demuestra la hipérbole de que ‘se tiene desde la periferia la sensación de que Madrid se va de España’, como si cualquier progreso de esta Comunidad entrañara una merma para el país, del que precisamente se reclama su animador principal, no por creerse con más derecho, sino con más obligación. Llama la atención que un político de su relieve haga suya una visión que resulta vetusta hasta en el lenguaje. Porque, en el actual proceso de globalización, los esquemas centro/periferia han sido reemplazados por los esquemas en red, tal y como los ha definido su admirado Manuel Castells. En este nuevo orden, la periferia se convierte en centro si exhibe la capacidad de crear nuevas conexiones, nuevas vías de acceso a los mercados productivos, financieros y culturales, y los centros tradicionales declinan en favor de otros emergentes si no justifican su preeminencia con grandes dosis de agilidad.
La centralidad de Madrid no puede ser ya, por tanto, el axioma que todo lo explica, porque las tecnologías de la información privilegian lo local y nos ponen a unos y otros en igualdad de condiciones. La posición geográfica de Madrid, físicamente alejada de ámbitos cargados de posibilidades, como el mediterráneo o el europeo -cuya proximidad sí disfrutan otras regiones, y dentro de los cuales Cataluña o País Vasco sí podrían ser centrales-, no es, a priori, ni ventajosa ni desfavorable. Si en el 2000 la Comunidad de Madrid creció por encima de la media del país, si genera el 18% del PIB nacional y aporta más del 12% del Valor Añadido Bruto industrial de España, no se debe a que vaya por libre, sino a su vocación de aunar recursos y voluntades y a su habilidad para conectar con los procedimientos de la nueva economía. Que, como sabe Maragall, se rige por protocolos de cooperación más que de competencia, y premia a quienes concitan en torno suyo a elementos diferentes y sin embargo dispuestos al diálogo y la colaboración. ¿Cómo, en este contexto, no iba a prosperar Madrid, que no tiene otra razón de ser que intermediar entre los diferentes matices y capacidades del ser español? ¿Cómo no iba a ser ésta la Comunidad más atractiva para la inversión internacional, que busca cohesión social, concertación laboral y una plataforma desde la cual acceder al resto del país sin soportar fenómenos de crispación lingüística o cultural que no se corresponden con el verdadero ánimo de sus gentes?
Por otra parte, el avance espectacular de Madrid obedece más a su apego al futuro que a su veneración por el pasado, es decir, a un espíritu de cambio y renovación que acaba por tener su recompensa. Me refiero al esfuerzo continuo -de empresarios, trabajadores, universitarios, y, por qué no decirlo, de instituciones autonómicas- por mantenerse sobre la ola de la innovación y la productividad, que son -Castells de nuevo- los dos motores del nuevo modelo socioeconómico. Nada de eso sería posible si Madrid no fuera la Comunidad Autónoma que más dinero invierte en I + D en relación con su PIB regional: un 1,64% en 1999, frente al 1,06% catalán y el 0,93% vasco. Pero el argumento definitivo, en fin, lo brinda el propio Maragall, al observar que ‘el gasto público (…) ha pasado de ser central en un 85% y local en un 15% (1980), a ser central en un 51% y descentralizado en el 49%’. ¿Qué más hace falta para probar que la prosperidad de una región se debe al acierto o el error de los planteamientos propios, y no a un trato de favor estatal que, en todo caso, Madrid no reclama?
Liberada, también Madrid, del corsé centralista, esta Comunidad ha empezado a brillar con una fuerza que no puede despacharse con un par de estereotipos, y que devuelve su verdadero sentido a la noción de capitalidad. Ésta no procede de ningún privilegio, sino que se funda en una capacidad probada de aglutinar los esfuerzos de un país o un área -en este caso, la española y la iberoamericana- en torno suyo, pero en provecho de todos. Los proyectos tecnológicos más audaces, la creación cultural más fecunda, los programas sociales más solidarios, se están gestando en Madrid. Y los que no, miran al mundo desde aquí. Basta con darse una vuelta por Fitur, por Arco, por la Pasarela Cibeles, por todas las muestras que desbordan unos recintos feriales que tienen que ampliarse para dar cabida a tanta actividad. En aras de una comprensión verdadera entre comunidades, esa concentración cierta de recursos, talento y trabajo debería servir de motivo de reflexión acerca de cómo una región puede llegar a constituir un polo de desarrollo, en lugar de ser excusa para cargar en cuenta ajena los errores estratégicos propios. Especialmente cuando ese desarrollo alcanza a las otras regiones (250.000 empleos generados en Madrid son ocupados por personas que residen en otras comunidades), sin cuya compañía y protagonismo compartido Madrid no podría, ni querría, seguir impulsando el país, porque no creemos que en la Europa del siglo XXI sean viables islas de riqueza rodeadas de pobreza.
Así que Madrid no se va. Se queda. Al lado de unas autonomías ante las que ha asumido la responsabilidad de la capitalidad. Responsabilidad que institucionalmente se ejerce por la vía de la solidaridad con el Estado, para que éste haga efectivo el reequilibrio territorial, y socialmente abriendo las puertas a todo el mundo. Madrid es una región atractiva para inversores, artistas, científicos, pensadores y toda clase de creadores. No lo ha conseguido con lamentos ni barreras, sino aceptando que la aportación de todo el que llegaba encerraba una riqueza que no era inteligente desdeñar. Madrid, escribió Gómez de la Serna, es una ‘ciudad sin metecos’, es decir, sin extranjeros, lo cual acarrea grandes ventajas. Por eso, no se va sola a ninguna parte, y desde luego no juega ‘la liga mundial de ciudades’ -otro arcaísmo: el futuro se jugará en una liga global de regiones- porque nunca ha apostado a esa carta en la que tal vez otros sí creyeron.
Ve Maragall una muerte de lo político en favor de una hegemonía de la economía. Pero nada hay más político que esta voluntad de apertura y cooperación. Porque no es una estrategia que abunde. No surge naturalmente. Lo espontáneo suele ser la hostilidad al forastero. El pluralismo de Madrid procede de su Historia, pero es también una elección meditada. Una opción política. Igual que la ejecutoria de un Gobierno autonómico que no ha descansado a la hora de ofrecerle infraestructuras a la sociedad (no sólo a la madrileña, sino también a la de otras autonomías, aceptando, por ejemplo, un trazado del AVE a Levante solidario con las regiones del interior) y que ha promovido la simbiosis entre el comercio y la industria, la tradición y la tecnología, lo público y lo privado. Lo regional y lo nacional.
Recordarle a Madrid la existencia de una España plural es un gesto innecesario y revela un contrasentido. Un gesto innecesario porque de ese pluralismo obtenemos ya nuestro vigor. Un contrasentido, porque para reclamar lo plural es preciso estar dispuesto a superar antes la propia singularidad. Un gran historiador catalán, Jaume Vicens Vives, definía así la genealogía política de su tierra: ‘En lo más hondo de nuestra alma continuamos adscritos a la ley del pacto que es por encima de todo una ley moral’. Pues bien: ésa es la práctica, tanto como la prédica, de la Comunidad de Madrid. De una Comunidad que se asoma al mundo sin complejos y con audacia, pero que se queda para trabajar en favor del bienestar de toda España e invita a las demás autonomías a hacer lo mismo con idéntico entusiasmo.
Alberto Ruiz-Gallardón es presidente de la Comunidad de Madrid.
07 Marzo 2001
Madrid a pie de obra
Una ciudad que ya no me pertenece, /
aunque no sé precisar cuándo la perdí’
Juan García Hortelano
Pascual Maragall, en su artículo Madrid se va (EL PAÍS 27-2-2001), agita, una vez más, las aguas, aparentemente dormidas, de la política española, suscitando un debate necesario sobre la articulación (física, económica, social…) de España, pero deja bien claro al final de su escrito que se refiere al ‘Madrid del Gobierno’. Según Maragall, las infraestructuras del transporte (AVE, aeropuertos, carreteras), que el actual Gobierno de España está poniendo en marcha, conforman un sistema interno radial en el cual todo pasa por Madrid, además de una plataforma transoceánica también madrileña, respondiendo, ese conjunto, a una concepción que bien podría denominarse neo-centralista. Sin embargo, a este propósito cabe hacerse algunas preguntas. ¿En verdad tiene el Gobierno un proyecto global? ¿Tiene algún proyecto nacional que merezca tal nombre? ¿Lo es, por ejemplo, el Plan Hidrológico?
Es posible que Maragall tenga buena parte de razón, aunque las inversiones acometidas por el Gobierno no sean para tirar cohetes, ni en Madrid ni en cualquier otro sitio. En los últimos tiempos, aquí, en España, se inauguran veinte veces los planos y maquetas y pasan lustros antes de poder comenzar a usar lo que tantas veces se anunció. Sea como sea, ese Madrid gubernamental, que ‘se va’, poco tiene que ver con el Madrid que se queda, en donde viven los tres millones de madrileños capitalinos. Madrid, por ejemplo, no ha dispuesto de una ocasión para encajar un proyecto propio en una operación nacional, como sí tuvieron en el pasado cercano Barcelona y Sevilla, que, por cierto, los aprovecharon con buen sentido, fuerza intelectual y gran voluntad política.
¿Vive Madrid a la sombra del Estado? Más bien Madrid no existiría como tal si Carlos de Gante y su hijo Felipe II no hubieran decidido instalarse encima de la muralla árabe que enmarcaba el viejo Magerit, el castillo famoso que, según el poeta ilustrado, aliviaba el miedo de un innominado rey moro. Ello es así, como también es cierto que durante el franquismo, una vez más mediante decisión administrativa, se incluyeron en Madrid seis de los municipios colindantes ‘para que siempre tuviera más habitantes que Barcelona’. Pero Madrid, la ciudad, y también su área metropolitana, son hoy muchas más cosas y, desde luego, no ‘un poblachón manchego habitado por subsecretarios’, sino una conurbación viva con grandes posibilidades y no menos problemas. Pero sigue pesando sobre ella esa sombra del Estado, que tan a menudo oculta y entorpece la visión de sus propias opciones, atorando la palabra acerca de su ser y su futuro. Contaré una anécdota significativa.
Hace algunos años, los Reyes de España hicieron una visita oficial a Madrid. No al centro de la capital, sino al Madrid oculto de los barrios, al Madrid metropolitano de Getafe, Fuenlabrada, etcétera. Los periodistas nacionales, encargados de informar sobre el evento, me confesaron en privado que desconocían lo que, por primera vez, estaban viendo. Ocupados en los grandes problemas de Estado, ignoraban la vida que sus conciudadanos llevaban más allá de la Gran Vía y del Barrio de Salamanca. En estas condiciones, el debate sobre la cosa pública en Madrid nunca trata de los problemas madrileños. La vida municipal de la capital se ha reducido y, a la vez, se ha vuelto tan opaca como espesa. No en vano, un conocido escritor madrileño, pocos días antes de las últimas elecciones municipales, publicó un artículo en el que pedía que fuera Alcalde de Madrid el candidato que perdiera en Barcelona.
No se trata de atribuir a la derecha una incapacidad congénita para hacer una política urbana decente, pues tal generalización sería injusta. Existen ciudades europeas, gobernadas por la derecha, en Francia, Alemania, Austria, el Reino Unido y también en España, sobre las cuales no ha caído una plaga de incultura y desgobierno. Madrid, sin embargo, padece de un mal edilicio que no es el mal de la piedra, sino el de la incuria y la especulación.
La especulación del suelo y el abuso del coche son dos depredadores que acosan a cualquier ciudad. Pues bien, en Madrid el automóvil es tratado con la obsecuencia que reserva el criado hacia su amo. Así lo ilustran los aparcamientos en doble y triple fila, la invasión sistemática de los carriles -sólo en teoría, reservados al transporte colectivo-, la plaga de furgones, furgonetas camiones y camionetas, llamados de ‘reparto’, que se han apoderado de cualquier espacio público mañana, tarde y noche. En fin, sólo se beneficia a los automovilistas inciviles, que hacen mangas y capirotes de cualquier orden u ordenanza, y a todos aquellos que cotidiana y machaconamente expropian el espacio público ante el silencio general.
Las inversiones multimillonarias que la Comunidad de Madrid ha hecho en Metro, sin duda beneficiosas y, según parece, electoralmente rentables, no han sido aprovechadas por el municipio para poner un poco de orden y evitar así que la ciudad se contamine hasta la náusea, transformándose en un enorme y desdichado aparcamiento.
En lo tocante a la especulación inmobiliaria, Madrid es hoy el paraíso neo-liberal. Este sedicente pensamiento sirve, en este caso, para justificar lo injustificable. El argumento que se esgrime tiene la simpleza de un cubo: ‘Puesto que el suelo urbano es caro, recalifiquemos todo lo posible y el aumento de la oferta hará bajar los precios’. Pero el suelo, si ha de servir para plantar casas en lugar de trigo o patatas, aparte de calificado, ha de estar urbanizado (viales, servicios, etcétera) y edificado. Y eso, normalmente, no lo hacen los propietarios originales, sino los constructores, y, en medio, entre los propietarios originales y los constructores, están los llamados ‘operadores del suelo’, es decir, los especuladores, que se las arreglan para controlar la oferta de suelo. Puestas así las cosas, si, como en el caso de Madrid, las administraciones públicas lo fían casi todo a la iniciativa privada, resulta lo que resulta. A saber:
1. El Ayuntamiento ha recalificado prácticamente todo el término municipal sin retener el necesario suelo público.
2. El ritmo del desarrollo urbano y, por lo tanto, la evolución de los precios vienen marcados por los ‘operadores de suelo’ que, mediante mecanismos, tan conocidos como prolijos, trabajan en régimen de oligopolio.
3. La vivienda pública se ha convertido en una oferta cuantitativamente marginal, y lo mismo ha ocurrido con las cooperativas.
Como resultado, los precios de la vivienda siguen creciendo, y hasta se disparan, pese a la supuestamente acrecentada oferta de suelo, y la población con recursos limitados (jóvenes de capas medias y bajas, por ejemplo) se ven forzados a buscar vivienda fuera de la capital. En municipios menos ‘liberales’.
Otro gran reto que ha de abordar una gran ciudad es el de la integración, y más ante los inmigrantes, que constituyen ya un número apreciable y con notables expectativas de crecimiento, pero no se trata tan sólo del fenómeno migratorio, la marginación, la exclusión social, el desarraigo con todas las consecuencias de inseguridad social y ciudadana, con inmigración o sin ella, son asuntos tan urbanos hoy que ninguna ciudad puede obviarlos. Pues bien, tengo para mí que el PP en Madrid, y no sólo aquí, ha tomado como axioma la vieja ley de Say según la cual ‘la oferta crea la demanda’ y así, a sensu contrario, si se reduce la oferta de servicios sociales al mínimo, también caerá la demanda. Es curioso, pero en apariencia (¿y qué importa en la hora política actual sino las apariencias?) tienen razón. Las manifestaciones demandando más y mejores servicios, las exigencias sindicales y ciudadanas dirigidas a obtener mejoras sociales y vivienda, servicios asistenciales, mecanismos de integración, etcétera, etcétera, tan abundantes antaño, se han evaporado hogaño. Ante la nula probabilidad de obtener algo útil, los peticionarios, al parecer, han decidido renunciar. Dante imaginó que en la entrada del infierno alguien, quizá Luzbel, había colocado un cartel anunciador en el que se advertía: ‘Quien entre aquí, pierda toda esperanza’, pues eso. Al menos, por ahora.
Joaquín Leguina ha sido presidente de la Comunidad de Madrid.
14 Mayo 2001
Pasqual Maragall puntualiza
En relación con el agradable intercambio que ustedes organizaron entre Alberto Ruiz Gallardón y yo, publicado ayer en las páginas de Domingo, debo aclarar lo que sigue.
Decir que el Estado invierte más en Cataluña que en Madrid no solo es equivocado: es lo contrario a la verdad (12,6% en Cataluña, 20% en Madrid, según ustedes mismos). Ponerlo en titular, entrecomillado y sin autor, no sólo es equívoco, es contrario a las normas de estilo y a la deontología periodística a las que ustedes nos tienen acostumbrados. Poner en mi boca, en subtítulo, que Barcelona ganó a Madrid en 1992 y luego que Madrid nos da sopas con honda -ocultando la última parte de mi razonamiento, que es advertir que Madrid toca techo y Barcelona está identificando ya sus proyectos de futuro- puede gratificar a los lectores de Madrid pero ofende profundamente a los de Barcelona. A mí me decepciona. Es una lástima que un debate (‘Madrid se va’- ‘Madrid se queda’) que tantos seguidores de Internet ha tenido y que ha dado lugar a una iniciativa editorial tan interesante y tan bien transcrita como la de la conversación con Alberto Ruiz Gallardón se haya frustrado por unos titulares tan torpes. Una lástima. Ya lo arreglaremos y les recuerdo que la verdad está en los detalles. Por cierto, la foto gaudiniana no es en el parque Güell sino en la casa Milà del paseo de Gràcia llamada La Pedrera, cosa que veo ustedes han rectificado en la edición del sábado. Con todos estos errores damos razón a quienes pretenden que nunca nos entenderemos y se la quitamos a Alberto cuando contesta que la culpa la tiene el ensimismamiento catalán. La culpa es de la distancia y hay que vencerla andando cada parte un trecho.
07 Julio 2003
Madrid se ha ido
Hace un par de años escribí un artículo en este diario indicando que Madrid parecía estar olvidándose de España. Parecía embarcada, Madrid, en una aventura americana (que por ende empezaba a flaquear); en un vuelo hacia la globalización. ¿España? España era tan sólo el lago donde ir a pescar empresas para consolidarlas en otras de mayor tamaño y para proyectar el resultado en el mercado global, que era el importante. España pasaba a ser un conjunto de puntos más o menos cercanos al centro, a la capital: «Todo a tres horas de Madrid, como máximo», era la consigna del Gobierno.
El magnífico paisaje pintado por la Constitución, una España plural, con idiomas, pueblos y nacionalidades unidas en un proyecto común, se iba como destiñendo para permitir la aparición de la auténtica, inmarcesible e incombustible pintura de fondo, la de la España radial, díscola, difícil y necesitada de una mano firme en el centro para dominar sus demonios; si bien ahora una mano tan económica como política, tan «liberal» como antes dictatorial, tan obvia e inocente de todo pecado como nunca antes lo había sido. Ya ni se necesitaba repetir la frase del XVIII, en aquella pragmática sanción que procuraba la desaparición del catalán «sin que se notara el empeño»: las cosas irían en este sentido, en efecto, casi sin percibirse.
«¡Es el mercado, estúpidos!», nos decían desde Madrid a los catalanes y otros periféricos que cuestionábamos la actitud del Estado.
Pues bien, las cosas han ido evolucionando a peor. Primero porque la economía y la política globales se han complicado. Y segundo porque el Gobierno español, y en concreto su presidente, soñando ya en su retiro, se desabrocharon el cinturón antes de tiempo, y se les cayó el firmamento encima a partir de la primavera de 2002: cumbre europea sin gloria, decretazo, huelga general, cambio de Gobierno para echar a los culpables, más cambios para aprovechar la ocasión (ministros, presidentes autonómicos, alcaldes, presidente del Senado -lo nunca visto, al menos en Europa y Norteamérica), Perejil, chapapote y guerra de Irak. De todo.
Pero Aznar reaccionó, hay que reconocerlo. Aplicando la vieja máxima: a lo hecho, pecho. Más de lo mismo. Más antiterrorismo, más antitodo. A la guerra si hacía falta. Fuimos a la guerra y la gente se echó a la calle. La mayoría silenciosa, por definición, se quedó en casa. Se «ganó» la guerra, y aunque siguieron los desastres, los periodistas muertos en combate, los soldados muertos en accidente aéreo, los trenes chocando una y otra vez… llegaron las elecciones y el partido del Gobierno no se hundió. Sólo pasó de primer a segundo partido en España, de segundo a tercero en Euskadi y de tercero a cuarto en Catalunya. Menos desastre que el que los desastres anteriores anunciaban.
Y en eso llegó Tamayo. Madrid volvió a ser tema. En Alcorcón se prevé doblar la población -son 160.000 personas y se proyectan 30.000 nuevas viviendas en una sola operación urbanística-. Parece que existe otro proyecto semejante en Chamartín. Cada uno de esos proyectos mueve un billón de pesetas. Lo que se gastó en Barcelona en diez años en torno a los Juegos Olímpicos, incluyendo las obras públicas y privadas, estadios, transportes, tendidos de red de fibra óptica, museos, rondas de circunvalación, hoteles, alojamiento de 10.000 atletas y 15.000 acompañantes, etcétera, era algo menos de un billón de pesetas del año 1992. En Madrid se podría emplear el doble en ampliar dos barrios.
Calculen ustedes cuánto pueden gastar en comprar voluntades y torcer procedimientos los que quieran llevar a cabo esos proyectos. Cueste lo que cueste, siempre será ridículo en comparación con lo que se espera ganar.
Es cierto que Ruiz-Gallardón mantuvo esos proyectos en suspenso. Pero también lo es que Simancas propuso algo más concreto: sustituirlos por otros totalmente distintos, basados en vivienda pública.
Es cierto también que la Federación Socialista Madrileña no tiene fama de ser la más perfecta de las federaciones del PSOE. Tarradellas volvió de Francia recordándonos los problemas de esa federación durante la República. Tierno fue un paréntesis. Madrid fue una fiesta de democracia y libertad. Pero Tierno no cambió el partido. Leguina lo intentó. Le toca a Zapatero hacerlo.
Pero volvamos a la política. La hazaña de Aznar al meter a la derecha en la Constitución no le ha salido gratis a España. Su empecinamiento nacionalista -la otra cara de la moneda- amenaza con dar al traste con unos equilibrios que han funcionado bien durante 25 años. Su insistencia en la Unidad con mayúsculas, en vez de la unión con minúsculas, desde abajo, y su terquedad en hacer la bandera más grande y de plantarla en un islote perdido, que es un poco símbolo de lo mismo, de un deseo mal expresado de jugar en la liga de las grandes potencias, han alentado al independentismo y han devuelto la bandera republicana a las calles.
Recapitulemos: Madrid fue una pieza esencial del cambio a la derecha de 1996. El PP ganó entonces por tan sólo 300.000 votos sobre 30 millones. Pero en Madrid comunidad ganó por 600.000. Por decirlo así, España no había abandonado a los socialistas, pero Madrid sí.
El resultado fue recibido con alivio por muchos, incluso por sectores liberales de la derecha que temían, con nosotros, que la agresividad de Aznar («¡Váyase, señor González!») iba a llevar las cosas adonde ahora finalmente han llegado. Recuerdo, y los invitados recordarán también, que un mes antes de las elecciones nos reunimos informalmente en el Palacete Albéniz de Barcelona representantes de varios partidos políticos españoles, de izquierda, derecha y nacionalistas, y llegamos al acuerdo de reclamar el necesario respeto a las instituciones y al diálogo, ganase quien ganase. Se publicaron incluso dos artículos en este sentido, uno en Madrid y otro en Barcelona.
En el año 2000, ETA decidió por nosotros, y no ingenuamente. Terminó la tregua un mes y medio antes de las elecciones. Y tres semanas antes asesinó a Fernando Buesa. España entera -salvo Catalunya y el País Vasco- abonó entonces la dureza antiterrorista de Aznar.
El ciclo se cierra. El día 1 de julio de 2003, Aznar se ha casi despedido del Parlamento. Asistí un día antes al debate con Zapatero, durísimo, a cara de perro. Aznar se retira fiel a su principio. Sólo faltaba el «¡Váyase, señor Zapatero!».Madrid, el Madrid político, no está en su mejor momento. Y ahora me pregunto: ¿cómo es el PP madrileño? No lo sé con precisión, pero intuyo que no debe ser una cofradía piadosa. En todo caso, tal como van las cosas, es probable que tengamos antes de dos meses alguna respuesta a esos interrogantes.
Es preciso que los ciudadanos de toda España tengan una idea clara de lo que pasa en Madrid. Porque si no hay una reacción en toda España frente a la deriva de la política en la capital, podemos pagarlo muy caro.
En Catalunya el efecto de todo lo que está pasando en Madrid va a ser menor que en otras comunidades. Aquí estamos a las puertas de un cambio que se masca en todos los ámbitos. Tras las elecciones municipales, el 71% de los ciudadanos catalanes tienen alcaldes socialistas, el 17% alcaldes nacionalistas y el 5% alcaldes republicanos.
Pujol, aliado de Aznar, conviene recordarlo, desde que le apoyó en julio de 1995 pidiendo, y consiguiendo, la dimisión del vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra, se ha despedido también del Parlamento y también con malos modos. Con su abogado personal, su juez preferido y su empresario modélico en la cárcel o pagando fianza para evitarlo, considera desagradecidos e inútiles a todos los demás, lógicamente.
Si Pujol no lo ha hecho antes, el día 22 de septiembre se autoconvocan las elecciones para el 16 de noviembre. Pujol puede especular con que el PP le inflija al PSOE y a la izquierda un correctivo severo en Madrid a finales de octubre. Pero no cuenta con que, aparte de que no está claro cómo el resultado madrileño vaya a influir aquí, ese resultado puede no ser en octubre el que ahora se predice. Veremos qué ocurre en verano. El verano es la noche de la política.
Yo confío en que la sociedad civil madrileña reaccione y se plantee seriamente cuál ha de ser el papel de esa comunidad en la política española; y para empezar, cómo debe Madrid regenerarse políticamente.
Cuatro años más de deriva como la de los dos últimos y España perdería el norte. Y nunca tan bien dicho.
Pasqual Maragall es presidente del Partit dels Socialistes de Catalunya.