En el escenario público de la España contemporánea esos personajes son residuales
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UNA serie inglesa, «Life On Mars», contaba la historia de un policía de Manchester que al salir del coma descubría que había viajado hasta los años setenta. Ayer, al desayunar con la prensa, tuve una sensación parecida. Necesité abrir la ventana para comprobar que los coches aparcados abajo no eran Seiscientos ni Supermirafioris con adorno de conchas marinas en la palanca de cambios, como el que tenía mi padre. Mi confusión se debió a que, con los sentidos todavía abotargados, vi la portada de la Insomne Garita que va a salvar más civilizaciones que el pelotón de Spengler. En ella aparecían unos fachas tremendos, enhiesto el brazo como en el cliché de los turbulentos años setenta en los que temí estar amaneciendo como si la víspera un tiesto caído desde una ventana me hubiera dejado comatoso. Comencé a tranquilizarme cuando aprecié el enorme «zoom» de la fotografía, que no podía permitirse una imagen panorámica que hubiera confirmado que en el escenario público de la España contemporánea esos personajes son residuales.
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Tratándose la Insomne Garita de una experiencia periodística ajena a militancias, no cabe creer que hubiera intención alguna en la elevación a noticia vertebral de dos sujetos que no representan ninguna corriente política vigente, que son más bien reminiscencias de un folclore castizo como las botellas de vino etiquetadas con el rostro de Franco. De lo contrario, habría llegado a creer que la portada pretendía inocular en la opinión pública la idea de que recelar de la noble fusión de las izquierdas todas bajo la dirección providencial y sanadora de Podemos lo convierte a uno en un facha rancio como aquellos de cuando entonces, que diría Umbral. Más aún. Podríamos llegar a inferir, así, medio dormidos y sin el acelerador mental del café, que en efecto estamos inmersos en la Segunda Transición. Y que, al igual que durante la Primera, tripulada también por un joven rey Borbón, existen fuerzas regresivas que ansían sabotear la aventura evolutiva para mantener España cautiva de las tinieblas totalitarias. Fíjense que, disparadas ya en la ducha las asociaciones de ideas el que recela del pacto es facha, el PP recela del pacto, luego el PP es facha y tiene el brazo enhiesto, podríamos llegar a justificar el plan general de evacuación del PP de las instituciones el nuevo cordón sanitario que en realidad es el único elemento común de cohesión de todas esas izquierdas de naturaleza distinta, más o menos extremista, en cuestiones fundamentales. Asentado en la cabeza este relato de las cosas, uno por fin comprendería que Pablo Iglesias no se arrimó a Felipe VI por traición a los principios, sino por encarnar el personaje conciliar que en la otra Transición correspondió a Carrillo.
Ya de paso, la misma portada arreaba un manotazo a Rivera para que salga del escenario y, como dicen en Argentina, se deje de joder con sus escañitos que en determinados lugares pueden librar al PP del aislamiento perfecto que le tienen urdido.