11 junio 2026

Ángels Barceló abandona ‘Hoy por Hoy’ de la Cadena SER por negarse a modificar su línea editorial, le reemplaza Aimar Bretos

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El 11 de junio de 2026 Angels Barceló presenta por última vez el programa ‘Hoy por Hoy’ de la Cadena SER.

12 Junio 2026

Cuando la izquierda es solo un relato: el caso Barceló

Máximo Pradera

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Entre editoriales contra la ultraderecha y la protección de un colaborador sentenciado, la ya exdirectora de Hoy por Hoy exhibe más culto a sí misma que compromiso con el oficio

Àngels Barceló y el olfato infalible de la “izquierda” de la SER

 

Àngels Barceló lleva años vendiéndose como la voz moderada y progresista de la SER, un raro equilibrio entre rigor informativo, sensibilidad social y firmeza democrática. En la entrevista laudatoria que le dedicó EL PAÍS en 2022, la periodista se retrata como una profesional forjada “desde el rigor, la decencia y la honestidad”, hipercompetitiva, hiperambiciosa y orgullosa de no mantener amistad con ningún político, como si bastara esa declaración para blindarse contra la connivencia con el poder.

El problema no es lo que Barceló dice de sí misma, sino lo que ha hecho con ese poder que tanto dice despreciar cuando lo ejerce la ultraderecha, pero que administra sin el menor pudor cuando se trata de su propia secta de barceloners.

De la papelera de Otero al sofá de Hora 25

 

En 2014, cuando Julia Otero decide prescindir de Antonio Naranjo en Julia en la Onda, hay dos formas de leer el movimiento: como un ajuste higiénico de la tertulia o como una inexplicable renuncia a un talento desaprovechado. En esa encrucijada, Barceló opta por la interpretación más complaciente para su ego de jefa infalible: donde otra ve un problema, ella decide ver un diamante en bruto.

El fichaje de Naranjo para la tertulia de Hora 25 tiene algo de gesto de desagravio, casi de desquite corporativo: si Otero lo tira, será porque no ha sabido verlo; ya vendré yo, Àngels, a rescatar a este “gran opinador” y a demostrar que mi olfato periodístico está un escalón por encima. El resultado fue menos heroico y más prosaico: noche tras noche, periodistas de primera fila se veían obligados a compartir mesa con un polemista de tercera, convertido en fijo de la casa por una decisión de casting que decía mucho más de la directora que del colaborador.

Ese desequilibrio entre la reputación de algunos tertulianos y la estridencia de su invitado estrella no fue un accidente, sino una opción editorial sostenida en el tiempo: Barceló apostó por el ruido y se encariñó con el generador de ruido hasta el punto de blindarlo frente a advertencias documentadas sobre su trayectoria.

La “secta” de los barceloners

 

La entrevista de EL PAÍS a Àngels Barceló debería ser leída en las facultades de Periodismo, pero no como modelo, sino como ficha clínica de un determinado tipo de liderazgo mediático. En ella, la directora de Hoy por Hoy se describe como “hipercompetitiva e hiperambiciosa” y reconoce que un jefe le dijo que su equipo no era un equipo, sino una “secta”; lejos de incomodarle, ella responde: “Lo compro”.

La definición no es un chiste inocente: revela una estructura de poder en la que el colaborador ideal no es quien discrepa, sino quien “da la vida por mí”, en expresión de la propia Barceló. Su proyecto no consiste en dirigir un equipo plural de periodistas, sino en moldear barceloners que trabajen “como a mí me gusta”, con una lealtad que funciona más como culto interno a la persona que como compromiso con la audiencia o con el oficio.

En ese ecosistema sectario, la crítica externa se percibe automáticamente como agresión, y la disidencia interna como traición. Nadie con una cultura de trabajo mínimamente democrática podría aceptar como halago que su gente sea definida como “secta”; Barceló sí, porque en su modelo la secta no es una patología, sino una virtud.

La advertencia, el desprecio y la obsesión

 

En ese contexto se entiende mejor su reacción cuando le escribí, al comprobar que Antonio Naranjo había recalado en su tertulia de Hora 25. No le pedía un favor ni una venganza, sino algo muy sencillo: la oportunidad de mostrarle documentos que acreditaban un patrón de comportamiento profesional donde se mezclaban matonismo político, operaciones mediáticas concertadas y una forma de periodismo incompatible con la autoproclamada decencia de la casa.

La contestación de Barceló fue tan rápida como reveladora. En lugar de interesarse por el contenido de la documentación, optó por descalificar al mensajero: me tildó de enfermo mental obsesionado con un “periodista respetable” y me exigió, por mensaje directo en X, que dejara de acosarla con mis delirios. La materialidad de esa conversación está a salvo: todos los mensajes están conservados y podrían ser exhibidos si fuera necesario.

El mecanismo es clásico: cuando tu modelo de liderazgo se basa en la infalibilidad de tu criterio y en la obediencia de tu secta, cualquier información que apunte a un error grave en la elección de colaboradores amenaza el principio fundacional del culto. Admitir la posibilidad de haberse equivocado con Naranjo habría obligado a Barceló a revisar el relato que había construido sobre sí misma; resultaba más cómodo patologizar al interlocutor, convertir la advertencia en obsesión y seguir adelante, invocando la propia autoridad moral como única prueba necesaria.

Periodismo “desde el rigor” y realidad judicial

 

Años más tarde, lo que Barceló había despejado del tablero como manía personal terminó consolidándose en el ámbito que ella no controla: los tribunales. El colaborador cuyo historial me había llevado a escribirle fue encadenando resoluciones condenatorias –Audiencia Provincial, Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional– que daban forma jurídica a un patrón de conducta que ella había preferido no mirar.

Aquí la contradicción es demasiado brutal como para disimularla con un par de editoriales indignados contra la ultraderecha. La misma directora que se vanagloria ante EL PAÍS de ejercer el periodismo “desde el rigor, la decencia y la honestidad” había recibido una advertencia documentada sobre las prácticas de uno de sus tertulianos de referencia, la había descalificado como obsesión enfermiza y terminó viendo cómo la justicia confirmaba, con sentencias, aquello que ella no quiso ni molestarse en contrastar.

La historia no es la de una periodista engañada por un colaborador particularmente hábil, sino la de una jefa que eligió creer en su propio mito, blindarse contra la crítica y reducir a delirio cualquier dato que pusiera en cuestión su olfato infalible. Cuando la realidad judicial se impone, ya no estamos ante un simple error de casting, sino ante una forma de irresponsabilidad profesional difícil de compatibilizar con el relato heroico que Barceló vende de sí misma.

Feminismo de antena y ceguera de redacción

 

Hay un punto especialmente doloroso en este recorrido: la gestión del caso “manada” y la posición de Naranjo ante la víctima. Barceló lleva años editorializando contra el retroceso en los derechos de las mujeres, alertando desde el micrófono sobre el auge de la ultraderecha y la necesidad de no dar por conquistado ningún derecho. Ese discurso, legítimo y necesario, exigiría como mínimo una coherencia básica a la hora de elegir y sostener a tus voces de referencia.

Sin embargo, la propia cronología del caso muestra otra cosa: durante los meses en que Barceló tuvo a Naranjo en nómina, no detectó –o no quiso detectar– el machismo estructural que impregnaba sus intervenciones. No fue la sensibilidad feminista de la directora ni el “rigor” del equipo los que reaccionaron a tiempo, sino la presión de un escándalo público cuando se conoció que el tertuliano había puesto en cuestión a la víctima de la manada. Solo entonces, arrollada por los acontecimientos, Barceló se vio obligada a soltar lastre y prescindir de su colaborador, en una maniobra que olía más a contención de daños que a rectificación convencida.

Para cualquiera que conozca mínimamente los mecanismos de la radio generalista, el despido tardío solo puede interpretarse como un reconocimiento implícito del error inicial. Y para quien haya leído su entrevista con un mínimo de distancia crítica, resulta difícil no ver también la dimensión narcisista del golpe: echar a Naranjo significaba admitir que el olfato había fallado, que la secta no era tan infalible y que el rigor proclamado era, en este caso, pura retórica de autoafirmación.

El ego, el error y la imposibilidad de la autocrítica

 

En un momento especialmente significativo de la entrevista de EL PAÍS, Luz Sánchez-Mellado le pide a Barceló que reconozca un error. La respuesta es una risa y un “soy tan buena…”, seguida de una vaga alusión a su obsesión con el trabajo como única imperfección digna de mención. La escena, presentada como un guiño simpático, funciona en realidad como síntesis de todo lo anterior: una profesional que ha hecho de la propia biografía un relato heroico en el que el error solo aparece en forma de sacrificio personal, nunca como fallo profesional concreto.

El caso Naranjo es, precisamente, el tipo de error que ese relato no tolera: no se trata de haber trabajado demasiado o de haber descuidado la vida personal, sino de algo mucho más incómodo para una periodista que se reivindica como referente ético de la izquierda mediática: haber sostenido, protegido y legitimado en antena a un tertuliano cuyas prácticas fueron después reprochadas por los tribunales, pese a haber recibido advertencias claras y documentadas.

Resulta inquietante comprobar cómo la misma persona que se declara obsesivamente preocupada por “no hacer nunca nada malo” fue capaz de desoír alertas fundadas, desacreditar a quien se las hacía llegar y seguir adelante hasta que las circunstancias la obligaron a rectificar a la fuerza. No es un simple desajuste entre discurso y práctica: es la constatación de que, bajo la retórica de la honestidad, opera un ego profesional impermeable a la autocrítica.

Epílogo: la izquierda imaginaria

Que Barceló domine el género de la autoentrevista complaciente no debería sorprender a nadie: lleva casi cuarenta años en los medios, sabe cómo funcionan los perfiles hagiográficos y cómo se construye una épica personal a base de madrugones, canas y coberturas de guerra. El problema aparece cuando esa épica se pretende convertir en certificado de buena conducta mientras los hechos –elección de colaboradores, desprecio de advertencias, gestión de crisis– cuentan otra historia.

La “izquierda” de la SER que encarna Barceló no se mide solo por sus editoriales contra Vox o por la frecuencia con la que pronuncia la palabra “derechos” al micrófono, sino por la forma en que ejerce el poder dentro de su propia redacción, por cómo construye y protege su secta, por a quién sienta en la mesa y a quién calla, bloquea o patologiza cuando le lleva la contraria. Una izquierda que necesita blindarse detrás de un culto a la personalidad y que solo rectifica cuando la realidad judicial la atropella quizá no sea la izquierda que necesita el periodismo, sino la que mejor se adapta a su propia mitología de jefa infalible.

La historia de Àngels Barceló y Antonio Naranjo no es, al final, una anécdota personal entre una directora y un oyente “obseso”, sino un caso de estudio sobre cómo se construye y se defiende una reputación mediática a costa de la verdad incómoda. Que cada cual decida si eso es rigor, decencia y honestidad, o simplemente un buen relato para consumo interno de la secta.