24 mayo 2026

Jose Serralvo (JOTDOWN) amenaza con demandar a Alberto Olmos (EL CONFIDENCIAL) por la reseña que hizo de su libro sobre Roberto Bolaño

24 Mayo 2026

Roberto Bolaño y la invención de las pasiones

Alberto Olmos

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Dos libros proponen primeras biografías del autor de 'Los detectives salvajes', sin demasiadas consecuencias

Las biografías de los escritores tienen que hablar de dinero y de direcciones postales, revelar alguna falsedad, nombrar novias, exponer cifras de ejemplares vendidos, detallar la causa de la muerte, mostrar imágenes (en todo sentido) domésticas o íntimas o ridículas del autor, atender al trance, siempre fascinante, según el cual un don nadie se hizo famoso con sus libros y, si es el caso, descubrir ese gran secreto transformador, escondido durante toda una vida.

Los escritores en su celebridad son superficiales, porque la celebridad es un juego de máscaras. Muerto el mito, queremos vulgaridad, una vida en provincias, un criado que no cobra, saunas o prostíbulos, plagios o puñaladas, mucha cifra y desacralización. La fiesta ha terminado, y queremos saber quién no se divirtió en ella.

Nada de esto puede esperarse de Notas para una autobiografía (Alfaguara), compendio amplio de numerosas entrevistas concedidas por Roberto Bolaño entre 1975 y 2003. La propuesta es arriesgada, porque el entrevistador de escritores, por definición, no ha leído sus libros, y le hará siempre la mismas preguntas que otro entrevistador de escritores. Entonces todas las entrevistas juntas suponen cuarenta preguntas idénticas repitiéndose hasta la extenuación. A Bolaño le preguntaban mucho por Chile, por México, por Blanes (donde vivía) y por el asunto del que fuera su nuevo libro (pregunta obligada cuando no se ha leído). Luego Bolaño insultaba a algún escritor famoso y ese era el titular.

Con todo, el volumen se lee con agrado y algunos saltos (cuando habla de Chile), y deja de Bolaño una estampa simpática, muy vivaz y hasta humilde. Diría uno que la fama no se le subió a la cabeza porque nada podía igualar lo que se le subió a la cabeza con veinte años: la pose del héroe.

La clave de su vida, para lo que nos interesa (ser un escritor de éxito), la encontramos en esta introducción a una de las entrevistas que le hacen: “Luego de salir de Chile tras el golpe pinochetista, exiliarse en México e instalarse definitivamente en España, Roberto Bolaño ya es un ciudadano euro.”

No sé a ustedes, pero a mí esta forma frívola de hablar de la experiencia en prisión no me parece singularmente política o combativa

Ese ser-expulsado-de-Chile-por-Pinochet es lo que se nos quedó grabado a todos en 1998, cuando el autor alcanzó fama definitiva con Los detectives salvajes (premio Herralde). La condición de represaliado, perseguido, expatriado a las malas era, amén de mítica, comercial. Sin embargo, los matices destrozan este martirologio.

El propio Bolaño aclara en muchas entrevistas que su familia se trasladó a México cuando él contaba quince años. En 1973, con veinte, decide volver de visita a Chile, atraído por los acontecimientos políticos. Allí es detenido y pasa algunos días en un calabozo. Vuelve a México. Eso es todo: un selfie revolucionario, en modo alguno una revolución.

Para hacer revoluciones, lo mejor es que alguien las empiece y luego sumarse. Entonces podrás decir que participaste en una revolución, aunque en rigor sólo te acercaste para hacer bulto.

Este coqueto, juvenil, caprichoso y quién sabe qué tan calculado viaje a Chile constituye la columna vertebral del personaje público Bolaño. “Estuve detenido ocho días”, afirma. Y él mismo reconoce cómo ese encarcelamiento se sale de madre: “Hace poco estuve en Italia, donde me preguntan: ‘¿Qué le pasó a usted? ¿Nos puede contar algo de su medio año en prisión?’ Y eso se debe al malentendido de un libro en alemán donde me pusieron medio año en prisión. Al principio me ponían menos tiempo. (…) En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; el tercer libro, a cuatro meses; el cuarto libro, a cinco meses, y, como siga, voy a estar preso todavía”.

No sé a ustedes, pero mí esta forma frívola de hablar de la experiencia en prisión no me parece singularmente política o combativa, sino que más bien la rebaja algo pueril y anecdótico.

Por lo demás, siguiendo la tradición publicitaria latinoamericana, Bolaño afirma que escribió Los detectives salvajes (su mejor libro) “a lo largo de veinte años”. Lo cierto es que a mí en persona, en la cena de presentación del libro en 1998 (en la que yo comparecía como autor finalista de esa edición del premio Herralde), me dijo cuando le pregunté por eso mismo: “Tardé un año. Escribo muy rápido”.

Biografía muy autorizada

En estas bolañeces andaba cuando me llegó a casa otro libro sobre Bolaño. Esta segunda taza se titula La sombra de los perros románticos (Navona), y la firma José Serralvo (Palos de la Frontera, 1984) con intenciones ya sí biográficas al uso, de asentar un vida y traernos los hechos ciertos e iluminadores.

Cuando llego a lo que más me intriga (Pinochet, la cárcel, el exilio), la cosa para el autor de 2666 empeora. Serralvo nos habla de un periodista americano, Larry Rohter, que en el The New York Times “llega al extremo de dudar que Bolaño visitase Chile en 1973, justo antes del golpe de estado de Pinochet”. Por tanto, tampoco habría estado en la cárcel.

Nuestro biógrafo contrasta esta sospecha y, midiendo versiones y testimonios, acaba concluyendo que Bolaño sí hizo esa visita a Chile, aunque el itinerario y las fechas bailan y muchas veces no encajan. De hecho, “para cuando se produjo el golpe de estado, [Roberto Bolaño] se había marchado al sur del país”. Sin embargo, siempre contó que estuvo en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 1973, aprovechando para su relato anécdotas de amigos que sí vivieron esos días desastrosos.

Con todo, lo llamativo es el propio testimonio de Bolaño sobre su detención. Sucedió en un autobús. Uno imagina que cuando te enfrentas al mal militar lo haces desde una manifestación, una protesta o una célula contestataria, no que estás tú a tus cosas en un autobús y te detiene la policía por las pintas que llevas. Ese es exactamente el caso: Bolaño aseguró que, en un control policial, le bajaron del autobús por sus trazas de mendigo. Además, no llevaba pasaporte.

No sé si esto es a lo que consideramos militancia política y revolucionaria, la verdad. Más parece aquello que dijera Stendhal: “Me invento pasiones para ejercitarme”. Me invento, incluso, revoluciones. “¿Dónde están las armas, que yo voy a luchar?”, vendía Bolaño sobre todos estos sucesos.

Serralvo sigue al pie de la letra la leyenda creada por Bolaño, y sólo apunta las contradicciones en notas a pie de página con letra diminuta, y siempre concluye que es mejor fiarse del autor. Su biografía, por tanto, estaría plenamente autorizada por Roberto Bolaño, ya que compra todos y cada uno de sus mitos, mentiras y exageraciones. Dice Serralvo que Bolaño tendía a confundir “realidad y ficción”, que es lo que comúnmente llamamos mentir. Afirmó que su abuelo era coronel, cuando sólo era escribano militar (“mentirijilla”, absuelve el biógrafo); que aprendió a leer a los tres años (chorrada inaudita para cualquiera que tenga hijos) o que conoció a su futura esposa en medio de la calle, la invitó a comer y ella aceptó y se inició el romance. Por favor.

Si Bolaño hubiera dicho que se acostó con cinco mil mujeres a lo largo de su vida, Jose Serralvo hubiera consentido el dato

Pienso que si Bolaño hubiera dicho que se acostó con cinco mil mujeres a lo largo de su vida, Jose Serralvo, tras algunas dudas matemáticas, hubiera consentido el dato. La sombra de los perros románticos, siendo de grata lectura y de prosa bonita y a veces, inspirada, resulta a mi juicio demasiado coincidente con la imagen que el biografiado tenía de sí mismo, algo que quizá define con toda exactitud lo contrario de lo que debe ser una biografía. Por ello, según va uno leyendo, acaba por no creerse nada, como si se tratara de una obra de ficción.

Curiosamente, el momento culminante de la vida de Bolaño es el que menos páginas acapara en su biografía. Desde 1998 y el premio Herralde, el libro tiene poco que decir, con la cantidad de testimonios (por ejemplo, el mío) que podrían recabarse de aquellos años. Conferencias, charlas, dineros, enemistades, éxito internacional… La biografía se desinfla de pronto y, mientras a los primeros veinticuatro años de vida de Bolaño les ha dedicado doscientas páginas, a los últimos veinte (los más interesantes) les dedica noventa.

08 Junio 2026

¿Por qué estoy pensando en denunciar a Alberto Olmos?

Jose Serralvo

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El periodista Alberto Olmos acaba de regalarnos una reseña poco elogiosa de La sombra de los perros románticos, mi biografía de Roberto Bolaño, publicada recientemente por la editorial Navona. Como biógrafo de Bolaño, es difícil no recordar las palabras de mi personaje, quien en una ocasión afirmó que las malas críticas fueron «sus medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado». Roberto Bolaño, como todos nosotros, tenía muchos defectos, pero era un tipo dispuesto a dejarse la piel en cada página. No resulta exagerado afirmar que el chileno entendía la literatura como un campo de batalla. Por supuesto, yo no soy ni tan valiente ni tan temerario, pero, en la medida de lo posible, intento seguir el ejemplo de los escritores a quienes admiro. De modo que si estoy pensando en denunciar a Alberto Olmos —y me lo estoy pensando muy en serio— no es por sus opiniones sobre mi libro, a las cuales tiene todo el derecho del mundo, ni por cometer el comprensible y nimio pecado del narcisismo testimonial, al considerar que uno de los defectos de mi biografía es ni más ni menos que no haber hablado antes con él («con la cantidad de testimonios (por ejemplo, el mío) que podrían recabarse de aquellos años»), ni siquiera por faltar al código deontológico de lo que cabría esperar de un crítico literario. Nada de esto sería motivo de denuncia. Pero, como abogado que soy —porque la literatura no me da para pagar la hipoteca—, permítanme que, antes de ahondar en mi súbito e indomeñable animus denunciandi, dedique unas líneas a esbozar eso que los leguleyos solemos llamar «Antecedentes de Hecho».

Por supuesto, hemos de empezar por lo más evidente, a saber: Roberto Bolaño tuvo una vida absolutamente extraordinaria. Su familia se mudó de Chile a México a la par que se produjo la matanza de Tlatelolco, casi en el meridiano de la guerra fría. El futuro autor de Los detectives salvajes abandonó la escuela en plena adolescencia mexicana y se arrojó en brazos de una educación autodidacta que incluía robar libros compulsivamente, acudir de vez en cuando a «cines triple X» y dejarse ver por divertidísimas tertulias literarias, a menudo en compañía del poeta Jaime Quezada. Poco después, a los veinte años, se lanzó a los caminos, como sus adorados Arthur Rimbaud y Jack Kerouac, y vivió una miríada de aventuras a caballo entre un delirio beatnik y una película de Werner Herzog, entre ellas recorrer Centroamérica haciendo autoestop, o codearse con algunos de los guerrilleros/poetas que protagonizaron la guerra civil salvadoreña, o arribar a Chile poco antes del golpe de Estado de Pinochet, o, como le ocurrió a la sazón a tantos otros izquierdosos greñudos y mal afeitados, verse encerrado en los calabozos de la recién inaugurada dictadura. Todo esto no es, en puridad, más que un pedazo de su maravillosa vida breve, que luego alcanzó nuevas cotas de caos, romanticismo y épica bohemia con los desmanes de la vanguardia infrarrealista que fundó en el México de los años 70 junto a su amigo Mario Santiago, autoproclamado «terrorista cultural», y con los vaivenes de su vida cuasi marginal como migrante económico en la España de la transición, donde estrenó la moderna era de la precariedad siendo camarero y vendimiador y lavaplatos y peón de carga en Mercabarna y vendedor de bisutería y estibador de barcos franceses y mayordomo y vigilante de camping y tantísimas otras cosas. Sorprende que, ante una existencia tan plagada de desmesuras, Olmos crea que lo que le falta a mi biografía es una descripción del «jersey con bolitas» que lucía el autor de 2666 una de las veces en que el propio Olmos se cruzó con él, hecho fundamental en la vida de Bolaño, sin duda, pero que por suerte ya quedó debidamente reflejado en otro fantástico artículo de mi estimado reseñista, esta vez titulado Bolaño y yo: la historia jamás contada. (Juro que pensé en contactar a Olmos para preguntarle de qué color era el susodicho jersey con bolitas, porque creo que eso no lo menciona en su texto y se trata, sin lugar a dudas, de un dato clave para cualquier biógrafo, pero al final me dejé llevar por los siempre maltrechos vericuetos de la economía narrativa y opté por no escribirle. Además, tampoco tenía su e-mail a mano).

En fin, esto de no dedicar demasiado espacio a «los años de Olmos», que son también, por cierto, los años de mucha otra gente igual de importante que Olmos, fue una decisión plenamente consciente y meditada, y que, dicho sea de paso, se explica en el propio libro. Yo quería que mi biografía se leyese como un gran relato de aventuras, porque la vida de Roberto Bolaño fue una inmensa aventura, así que dar cuenta minuciosa de esos encuentros intra-mundillo-literario habría dado al traste con el ritmo narrativo que ansiaba imprimir a la obra y, a mi modo de ver, habría resultado anticlimático, por más que hubiese podido granjearle la estima de ciertas personas influyentes al tipo que ahora escribe, contrito, estas líneas. Supongo que es la misma razón por la cual Melville se demoró tanto en las obsesiones del capitán Ahab, y en los arpones, las jarcias y los manuales balleneros, y hasta en la consistencia y los usos inopinados del esperma de ballena, pero, hasta donde recuerdo, no interrumpió las peripecias en pos de Moby Dick para relatarnos menudencias acerca de quién limpiaba cada mañana la cubierta del Pequod.

Ahora bien, aclaremos enseguida que no es por esto por lo que estoy pensando en denunciar a Alberto Olmos y, en realidad, ni siquiera es el motivo por el cual creo que su artículo viola el código deontológico de la crítica literaria, si lo hubiera, que no lo hay. Lo que sí existe es un consenso ético, según el cual un crítico debe declarar posibles conflictos de intereses, justificar sus juicios de valor, renunciar al plagio y, sobre todo, leer completa la obra de la que va a hablar (por aquello que llamamos «honestidad intelectual»). Empecemos por esto último, pues es, a fin de cuentas, lo más insólito. Resulta que, a juzgar por su texto, parece que Olmos reseñó mi biografía sin leérsela, o leyéndosela en diagonal, o, la peor opción de todas las que se me ocurren, usando la inteligencia artificial para redactar la «crítica» [sic] por la que, supongo, le pagaron en El Confidencial. Déjenme darles un par de ejemplos. En el segundo párrafo que amablemente me dedica, Olmos escribe estas líneas:

«Cuando llego a lo que más me intriga (Pinochet, la cárcel, el exilio), la cosa para el autor de 2666 empeora. Serralvo nos habla de un periodista americano, Larry Rohter, que en el The New York Times “llega al extremo de dudar que Bolaño visitase Chile en 1973, justo antes del golpe de estado de Pinochet”. Por tanto, tampoco habría estado en la cárcel».

Por mi parte, en la página 110 de mi biografía sobre Roberto Bolaño escribo lo siguiente:

«En un artículo publicado en The New York Times, Larry Rohter llega al extremo de dudar que Bolaño visitase Chile en 1973, justo antes del golpe de Estado de Pinochet. Sin embargo, tanto las declaraciones de Jaime Quezada como las cartas que envió a su familia desde Santiago demuestran lo contrario.»

Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que resulta bien extraño que la biografía aluda a los testimonios y pruebas materiales que demuestran que Bolaño sí estuvo en Santiago de Chile durante el alzamiento militar, pero que el texto de Olmos —torpezas sintácticas al margen— solo cite la primera frase y concluya que, «Por tanto, tampoco habría estado en la cárcel». Este remate es aún más inexplicable si tenemos en cuenta que, más adelante, a lo largo de diez prolijas páginas (134–143), se describe in extenso la estancia de Bolaño en prisión.

Déjenme darles otro ejemplo. El ilustre autor de Bolaño y yo: la historia jamás contada, escribió lo siguiente en el artículo que en gran parte me dedica:

«Nuestro biógrafo contrasta esta sospecha y, midiendo versiones y testimonios, acaba concluyendo que Bolaño sí hizo esa visita a Chile, aunque el itinerario y las fechas bailan y muchas veces no encajan. De hecho, “para cuando se produjo el golpe de estado, [Roberto Bolaño] se había marchado al sur del país”. Sin embargo, siempre contó que estuvo en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 1973, aprovechando para su relato anécdotas de amigos que sí vivieron esos días desastrosos».

En efecto, mi biografía de Roberto Bolaño recuerda cómo algunos de sus amigos, y en particular el poeta Jaime Quezada, cuestionaron que Bolaño se encontrase en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 1973, fecha en la que el general Pinochet se alzó contra el gobierno de Salvador Allende. No obstante, en la misma página en la que se incluye dicho dato (p. 123), se explica también, apenas cinco líneas más abajo, que el propio Quezada acabó refrendando lo dicho por Bolaño y atribuyendo su desmentido inicial, que había consignado en El año de la ira, «a un error de redacción». (Ey, no le juzguen: estas cosas no le ocurren solo a Olmos).

Sea como fuere, ni la poca estima que Alberto Olmos parece tenerle a mi trabajo ni el hecho de haberse leído a trompicones el libro serían motivo de denuncia. A lo sumo, si España fuese un país serio como Suiza, lugar en el que vivo, tal vez le echarían del periódico, algo que por otra parte ni me va ni me viene, porque, si me permiten la confidencia, yo no suelo leer El Confidencial. La parte jurídicamente cuestionable, y que posiblemente constituya un delito de injuria, de conformidad con el artículo 208 del Código Penal español, es este párrafo:

«Serralvo sigue al pie de la letra la leyenda creada por Bolaño … y siempre concluye que es mejor fiarse del autor … compra[ndo] todos y cada uno de sus mitos, mentiras y exageraciones».

Cualquiera que lea La sombra de los perros románticos podrá comprobar que esta frase, que desacredita mis labores como investigador y pone en tela de juicio la seriedad de varios años de escritura, es completamente falsa. Y si bien mi biografía, como yo mismo reconozco en los agradecimientos, se toma ciertas licencias y puede incluso adolecer de errores factuales, riesgo inherente a cualquier trabajo construido sobre los cimientos de cientos de testimonios y fuentes secundarias (algunas de las cuales, bien mirado, tal vez sean tan poco fiables como los artículos del señor Olmos), si bien eso es cierto, digo, algo que la biografía no hace en absoluto es «seguir al pie de la letra la leyenda creada por Bolaño» ni «comprar todos y cada uno de sus mitos, mentiras y exageraciones». Podría aportar innumerables pruebas sobre lo infundada e injusta que resulta esta afirmación. (Pruebas que, lógicamente, saltan a la vista para cualquier lector, siempre y cuando el lector lea, pero de Olmos no se puede esperar tal cosa: es más, hace un par de semanas publicó una crítica negativa contra el último libro de Javier Cercas, a la que tituló, de forma entre performativa y profética, El día que dejé de leer ‘El País’ (y los libros enteros)). Por ejemplo, Bolaño solía repetir que su abuelo había sido coronel, cuando en realidad, como descubrí gracias al periodista chileno Juvenal Rivera, no pasó de burócrata castrense, cosa debidamente consignada en mi texto (es el único ejemplo que Olmos cita, lo cual es comprensible, pues aparece al comienzo del primer capítulo). Bolaño también aseguró haber pagado el billete de avión con que emigró de la Ciudad de México a Cataluña con el dinero que había ahorrado gracias a sus contribuciones periodísticas, algo que no casa con la versión de don León, su padre, quien aseguró haber costeado él mismo dicho viaje, tal y como yo mismo recuerdo. Otro ejemplo, este más literario, lo hallamos en los orígenes de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, novela coescrita con A. G. Porta. Según Bolaño, él redactó su parte mientras vivía en la trastienda de un negocio de bisutería familiar. Gracias a las investigaciones de Valerie Miles en las inmensidades de su archivo, sabemos que Consejos se escribió entre 1981 y 1983, mientras se hallaba aún en el piso de su hermana María Salomé en Girona y, por ende, no puede ser cierto que se escribiese mientras vivía en una trastienda, cosa que sucedió tras la mudanza a Blanes en 1985.

De hecho, de las muchas y muy variopintas tergiversaciones biográficas en que incurrió el propio Roberto Bolaño, quizás la más extendida es aquella manía suya por proclamar a los cuatro vientos que durante años se ganó la vida gracias a los certámenes literarios de provincia, mito que inspiró Sensini, uno de sus relatos más notables, y cuya veracidad fue dada por buena por el mismísimo Jorge Herralde, exeditor de Anagrama. En lo que a mí se refiere, en La sombra de los perros románticos doy cuenta del puñado de premios que ganó antes de alcanzar las mieles del éxito, así como de sus cuantías, aunque, en últimas, contradigo a Bolaño y le doy la razón a su viuda, Carolina López, quien, en una de sus escasísimas entrevistas, negó esta mentirijilla de letraherido y aclaró que «[l]a mayoría [de aquellos premios] tenían dotaciones miserables, apenas le daban dinero». De hecho, a menudo no tuve más remedio que burlarme de mi pobre personaje, porque sus relatos coincidían sospechosamente con ficciones de moda en la época en que alcanzó la fama, como cuando aseguró que mientras atravesaba un pedazo del océano Pacífico en las entrañas del Donizetti, trasatlántico que antaño cubría la ruta entre Génova (Italia) y Valparaíso (Chile), trató de colarse en los camarotes de la primera clase para asistir a una fiesta, hecho que recuerda a las peripecias del joven Jack Dawson a bordo del Titanic. Claro que, por desgracia, y pese a mis múltiples esfuerzos y noches en vela, no logré encontrar al vigilante del Donizetti que presuntamente le prohibió la entrada a Bolaño a dicho convite en el invierno chileno de 1973, de modo que me limité a consignar que la fuente de aquel supuesto hecho resulta ser el testimonio (autocomplaciente y falible) de mi propio personaje.

Vender públicamente el trabajo de varios años como un texto acrítico y mal investigado, y hacerlo, además, con temerario desprecio a la verdad, menoscabando así mi carrera, se me antoja, como digo, un supuesto de hecho bastante cercano a —por no decir indistinguible de— la definición de injuria en nuestro Código Penal. Es también un demérito hacia la importancia de la crítica literaria.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Por lo pronto, me cuesta imaginarme una historia más felizmente bolañesca que la que aquí acabo de contarles. Así que, mientras me cuelgo en el pecho esta primera medalla, voy a recitar en voz baja otra de las citas más famosas de Roberto Bolaño, quien dijo en una ocasión que la literatura «se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo». Pues eso.