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Utilizaban rosquillas y otros elementos no autorizados para celebrar el rito de la comunión

El obispo madrileño Rouco cierra la ‘Iglesia roja’ de Vallecas por realizar misas contrarias a la liturgia

HECHOS

  • El 1.04.2007 el Arzobispado de Madrid que dirigía el cardenal arzobispo monseñor Antonio María Rouco Varela anuló como parroquia a la de San Carlos Borromeo (Vallecas, Madrid), puesto que sus sacerdotes D. Javier Baeza y D. Enrique de Castro, celebraban misas sin respetar la liturgia.

La Parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías, podrá funcionar como centro de acogida, pero no como Iglesia oficial del arzobispado de Madrid.

Iglesia_Roja_2 Los medios del Grupo PRISA: el diario EL PAÍS, la Cadena SER y los canales CUATRO y CNN+ publicaron y emitieron reportajes elogiosos hacia la parroquia de San Carlos Borromeo a la que apodaron como ‘Iglesia Roja’ y a la que defendían como una Iglesia que de verdad ‘ayudaba a los pobres’, frente a las autoridades eclesiales.

09 Abril 2007

La parroquia roja

Juan Manuel de Prada

Los enemigos de la Iglesia han encontrado un motivo de placer orgiástico en la clausura al culto de la parroquia de San Carlos Borromeo, decretada por el Arzobispado de Madrid. Por supuesto, a los enemigos de la Iglesia les importa un bledo el destino de la susodicha parroquia; pero, convirtiéndola en estandarte de un escándalo mediático, han considerado que colaboran en la causa que verdaderamente les importa, una causa tan ímproba como estéril, que no es otra sino hacer daño a la Iglesia. Muchas veces la Iglesia ha sido arrojada a los perros, con la intención de que pereciese; pero siempre fueron los perros los que perecieron al tratar de hincarle el diente. Algún día -digamos, parafraseando a Chesterton- los perros aprenderán instintivamente a esperar antes el oscurecimiento de las estrellas que la muerte de la Iglesia; pero, entretanto, ladran y se revuelven furiosos y lo pringan todo con los espumarajos de su rabia.
Pero para que su rabia pase inadvertida a las gentes incautas a quienes pretenden engañar es preciso entretenerlas con alguna coartada de tipo altruista o compasivo, un huesecillo que se les lanza como cebo envenenado. Aquí el cebo son los servicios sociales que en dicha parroquia se vienen prestando; servicios que, por cierto, el Arzobispado de Madrid se dispone a potenciar. El servicio de la caridad es, en efecto, el núcleo de la fe cristiana; pero dicho servicio nace del conocimiento del amor que Dios nos tiene. El cristiano sólo puede llegar a amar plenamente a sus hermanos cuando dirige su mirada al costado sangrante de Cristo. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica Deus Charitas Est «es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».
El amor cristiano es unión con Cristo y con todos aquellos por los que Cristo se entrega. En la comunión eucarística el cristiano reafirma que se siente amado por Dios y que ama a su prójimo hasta el extremo, como Dios lo ama. Y, puesto que el amor cristiano es una experiencia comunitaria, la Iglesia se ha preocupado de que esa comunión de voluntades que exige el amor se funde sobre una comunión de culto, sobre una comunión universal de la Palabra y los Sacramentos; sólo así se logra plenamente el amor cristiano, que es el que reconoce en el prójimo una imagen de Dios. La mera filantropía no es amor cristiano; pues no hay verdadera fraternidad sin reconocimiento de una paternidad común. Y una parroquia donde se fomentan las actividades de servicio social pero se descuidan o escarnecen los sacramentos y la liturgia no es una verdadera comunidad cristiana. Los cristianos muestran su comunión poniéndolo todo en común: no sólo sus posesiones o bienes materiales, también su oración, también su adhesión a la enseñanza de los Apóstoles, también el servicio de los Sacramentos y de la Palabra. No son estas tareas que se puedan separar una de otra, sino que se implican mutuamente. Una caridad desligada de la celebración de los Sacramentos o del anuncio de la Palabra es una caridad muerta, una caridad desnaturalizada que ha renunciado a su propia esencia. No puede existir en una parroquia comunión de amor cristiano cuando se dejan de administrar los Sacramentos o se administran de modo grotesco, cuando se pisotea la liturgia o se reinventa de modo arbitrario. La liturgia católica es un edificio de palabras y acciones que supera a las individualidades y a las generaciones, para expresar la fe comunitaria de la Iglesia a través de los siglos; cuando ese edificio se reforma caprichosamente se está quebrando la comunión eclesial, se está quebrando también la comunión del amor.
Esto lo saben los sacerdotes de la parroquia de San Carlos Borromeo. También saben que su desafío no es al Arzobispado, sino a la naturaleza misma de la Iglesia, cuya comunión han roto. Y saben, en fin, que quienes los apoyan y jalean son los mismos que quisieran ver muerta a la Iglesia. Pero la Iglesia cuenta con un Dios que sabe cómo salir del sepulcro.
04 Abril 2007

Cierre de iglesia

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

El cierre por orden del cardenal Rouco Varela de la parroquia de San Carlos Borromeo, en el madrileño barrio de Entrevías, en la misma zona en la que durante los años del franquismo ejerció su labor pastoral y asistencial en un amplio sentido el jesuita José María de Llanos, es una muestra más del horizonte cerrado en que se mueve la actual jerarquía católica española; como si añorara tiempos pasados.

No hacía falta que Benedicto XVI defendiera en sus últimos documentos, entre ellos su primera encíclica Deus est cáritas (Dios es amor), una Iglesia replegada sobre sí misma e intransigente con el mundo exterior. La jerarquía que en los últimos años dirige la Iglesia española se comporta como su alumna aventajada, sin importarle incluso adoptar públicamente posicionamientos partidarios en asuntos que están en las antípodas de su tarea doctrinal y moral. Por ejemplo, el apoyo a la teoría de la conspiración sobre el 11-M.

El pretexto tomado para cerrar una parroquia -que durante casi 30 años ha sido al mismo tiempo centro religioso y social de una zona marginada- ha sido que los tres sacerdotes que la sirven ofician la misa con ropa de calle y dan de comulgar a los niños rosquillas que llevan sus madres, como si fueran hostias consagradas. La liturgia es algo importante pero cambiante, como demuestra la propia historia de la Iglesia católica. El Concilio Vaticano II supuso en este terreno un cambio radical, aunque algún sector de la Iglesia pugne ahora por volver no ya al anterior de este nombre, sino al de Trento.

En todo caso, el pretexto litúrgico es demasiado baladí como para justificar que se eche por la borda la labor acumulada por una parroquia que, en sus casi 30 años de existencia, ha tenido el mérito de saber identificarse con su entorno social. Y que unos niños comulguen con rosquillas no debería ser tomado tan a pecho, pues al menos están hechas con la harina de trigo de la que se hace el pan ácimo que las palabras rituales del sacerdote convierten en el cuerpo de Cristo, según enseña la Iglesia. No son «mejillones», como pretendió con la suficiencia burlona de los burócratas uno de los curiales del arzobispado de Madrid que comunicaron, sin posibilidad de réplica, la orden de cierre.

Con menos autoritarismo y más apertura mental y social a lo que ocurre extramuros de la Iglesia, la parroquia de San Carlos Borromeo seguiría abierta. Pero quizás sea demasiado pedir a la actual jerarquía española. Además, no parece que a Rouco Varela le importe disponer de una parroquia menos, si ello sirve para marcar las directrices de la Iglesia oficial.

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