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EL PAÍS de Juan Luis Cebrián critica que los miembros de la Real Academia Española de la Lengua sean ancianos octogenarios y pide la entrada de académicos más jóvenes

HECHOS

En el editorial de EL PAÍS del 30 de mayo de 1981.

30 Mayo 1981

La vieja Academia

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

LA EDAD es siempre venerable, y acaso más aún en materia de letras. Con excepción de la poesía -arte en el que la juventud suele deslumbrar-, el dominio de la prosa y del idioma se corresponde con la madurez del individuo. No obstante, el respeto por los saberes que proporciona la edad avanzada no debe llevarse hasta los extremos imperantes en la Real Academia Española de la Lengua: ese templo de la gerontocracia que cuenta entre sus miembros a ocho octogenarios, catorce septuagenaríos y otros ocho académicos mayores de sesenta años.Parte de los problemas de la Academia por excelencia -la de la Lengua- podrían achacarse a su provecta composición. El definitivo diccionario usual lleva diez años en el telar (parece que está a punto de concluirse), y no se han logrado las necesarias subvenciones estatales para edificar el diccionario histórico, que sería la más importante obra de la Academia. La rémora de la vejez, el escaso trabajo exigible,a la mayoría de los académicos, pesa indefectiblemente sobre el venerable caserón.

El académico más joven, Manuel Seco -quien obviamente es de los más activos-, cuenta 51 años, y sólo Camilo José Cela ingresó con menos años en la nómina de los inmortales. Los propios académicos, con todo el buen sentido que acumulan los años y la experiencia, deberían plantar algunas lindes a la edad y funciones de sus candidatos o miembros: no ser elegible a partir de los setenta años, no otorgar cargos dentro de la Academia a partir de los 75, cubrir la silla de los mayores de ochenta años (creando la categoría de académico de honor, con todos los derechos, menos el de voto) y, esencialmente, abrir las puertas de la Academia con mayor generosidad hacia los escritores, hacia los trabajadores del idioma, obviando su edad o su carácter de técnicos de la lengua. Gerontocracia más tecnocracia son malas andaderas para la frescura del lenguaje.

No es este el caso de un canto wagneriano a la juventud por la juventud; se trata de meditar sobre la condición recelosa de una Academia envejecida, a la que parece que tienen vedado el acceso muchos escritores notables, que influyen sobre la sociedad más intensamente que muchos académicos, y que, por tener cuarenta años, pagan el precio de limpiar, fijar y dar esplendora su lengua al margen del sancta santórum de la Real Academia.

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