20 febrero 2024

EL PAÍS publica una tribuna de Ignacio Sánchez-Cuenca para seguir atacando a Fernando Savater (ahora columnista en THE OBJECTIVE) al cumplirse un mes de su despido

Hechos

El 20 de febrero de 2024 el diario EL PAÍS publica una tribuna de Sánchez Cuenca publicado por Fernando Savater en THE OBJECTIVE.

Lecturas

11 Febrero 2024

Aterroriza como puedas

Fernando Savater

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No creo ser el único que utiliza a ciertos críticos literarios o cinematográficos de forma negativa en vez de positiva: o sea que sigo al pie de la letra sus recomendaciones, pero con el signo cambiado. Si elogian un libro o una película huyo de ellos como de la peste, pero si censuran algo acerbamente corro a buscarlo. Pocas veces me fallan. También me pasa en el terreno político, aunque ahí es más difícil porque los palmeros del Gobierno le siguen en sus desvergonzadas piruetas y cambian de doctrina tres veces por semana. Ya no llevo la cuenta de los dóciles indocumentados que hoy aseguran con total aplomo que la amnistía es perfectamente constitucional y además resuelve el conflicto separatista en Cataluña cuando hace tres meses abominaban elocuentemente de ella (de la amnistía, no de Cataluña). Y eso a pesar de que el noventa y nueve por ciento de los expertos, es decir los que tienen estudios jurídicos serios y cuelgan en su despacho diplomas debidamente autentificados, coinciden en señalar que la señalada exculpación carece obviamente de las virtudes que se le atribuyen y en cambio rebosa de contraindicaciones que se ocultan.

Pero a pesar de que el orfeón de los legitimadores de lo indefendible, es decir de los publicistas del Gobierno Sánchez, oscilan tanto en el oportunismo de sus opiniones que a veces no las cambian a tiempo y aciertan, creo que aún se puede utilizar a algunos especialmente aguerridos como brújulas para señalar indefectiblemente el error más sectario. El héroe más destacado de este escuadrón de nulidades es y será, hasta que otro de la misma cuadra lo sustituya, Ignacio Sánchez Cuenca, que ahora escribe casualmente tribunas en El País. En general, creo que basta mantener sin vacilar la opinión política más opuesta a la de Sánchez Cuenca para aproximarse casi milagrosamente a la verdad. Pero en estos tiempos atribulados que vivimos, el sextante Cuenca es más fiable que nunca…

Por ejemplo, en la cuestión de si las actuaciones violentas de los separatistas catalanes como protesta por la sentencia del procés pueden ser consideradas terrorismo, como sostiene el juez García Castellón. La cuestión es litigiosa, pero no para Sánchez Cuenca, que en su último artículo (6-02-24) establece sin temblor: «Cualquiera que haya estudiado algo sobre terrorismo sabe que semejante acusación no tiene fundamento». ¡Ah, pues nada, asunto resuelto! Don Ignacio conoce personalmente o de oídas a todos los que han estudiado algo sobre terrorismo y sabe con certeza que todos opinan como él y sobre todo como Pedro Sánchez. ¡Menudo alivio! No perdamos más tiempo con falsos problemas que se disipan con solo preguntar a Sánchez Cuenca.

El juez García Castellón, los fiscales del Tribunal Supremo que mayoritariamente han opinado como él, los articulistas que les han dado -aunque sea cautelosamente- la razón, todos son chusma que nada saben sobre terrorismo porque no han estudiado el tema como sí ha hecho Sánchez Cuenca, que por su sapiencia debería llamarse Sánchez Oxford o por lo menos Sánchez Salamanca. Me tiemblan las piernas al asomarme al estrado del gran hombre y se me quiebra la voz, pero no voy a callarme, perdonen mi desfachatez: no es cierto que todos los que han estudiado algo sobre terrorismo sepan que esa acusación carece de fundamento. Hay al menos uno que estudiar no ha estudiado mucho el terrorismo, pero a cambio lo ha padecido (creo eso basta para que te convaliden varias asignaturas): y ese soy yo, ay mísero de mí, ay infelice. Y yo digo al sabio de Sánchez y de Cuenca que nanay, que llamar terrorismo a los disturbios separatistas en Cataluña voluntariosamente respaldados por Putin tiene más fundamento que muchas recetas de Arguiñano, y que lo que es terrorismo quien lo probó lo sabe aunque no haya hecho examen escrito sobre el tema. Vamos a ello y no te me distraigas.

El terrorismo es un instrumento político empleado por unos cuantos ciudadanos para imponer sus reglas a los demás por la vía de la intimidación. Lo que define a este instrumento es su método –producir miedo, convencer a los remisos de que no podrán vivir tranquilos si no ceden ante quienes les amenazan- y su propósito, imponer un cambio en el sistema político que no cuenta con la aprobación de la mayoría de los que van a padecerlo y que deroga de facto las leyes de la comunidad. Como a lo que más tememos los humanos es a la muerte, el terrorismo más contundente es el que líquida a los discrepantes.

Pero hay otras muchas formas de atemorizar sin llegar al asesinato: las amenazas constantes (incluyendo pintadas o pasquines), el hostigamiento callejero (sobre todo si afecta al entorno familiar), los estragos en negocios o servicios públicos, la violencia contra las fuerzas de seguridad, los cortes en el funcionamiento de los transportes, etc… Es la imposición ideológica por medio del perpetuo sobresalto: nessum dorma… En el País Vasco hemos conocido el repertorio completo y de vez en cuando nos ponen una dosis de recuerdo, como con las vacunas, pero en Cataluña también han tenido su factura extra large, y en ciertas ocasiones, como fue el miserable Tsunami anticívico o en episodios universitarios, a una escala aún mayor que la del País Vasco. Los embaucadores nos recuerdan que independentismo no es lo mismo que terrorismo, algo que mira por dónde ya sabíamos: tampoco la fe religiosa es lo mismo que las hogueras inquisitoriales… Pero no descuidemos la facilidad con que se pasa de lo uno a lo otro. El fanático es el que piensa que el mundo sería mejor si no hubiera herejes, es decir los que no piensan como él: siempre es un terrorista en potencia, aunque no ejerza. Y es que él también está asustado cuando comprueba que puede pensarse del modo que considera blasfematorio: su tranquilidad espiritual no respira más que en la unanimidad. 

Escuchemos a George Orwell: «En nuestro tiempo, los escritos y los discursos políticos consisten en gran medida en la defensa de lo indefendible. (…). Por lo tanto, el lenguaje político ha de consistir en gran medida en eufemismos, peticiones de principio y turbias vaguedades» (La política y la lengua inglesa). Así ocurre con las defensas sectarias de la amnistía, que conculcan el Estado de derecho y exigen la desigualdad entre ciudadanos. Así con tratar de banalizar el terrorismo de baja intensidad, que asusta pero menos que el más heavy. Aprendamos los nombres de aquellos que pueden servirnos de guías intelectuales aunque a contrario: al revés te lo digo para que me entiendas.

Acabado el 8 de febrero de 2024, vigésimo primer aniversario del asesinato en Andoain de nuestro compañero Joseba Pagazaurtundua.

20 Febrero 2024

El sexto sentido (de Fernando Savater)

Ignacio Sánchez Cuenca

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Cuatro años después y de repente, los nacionalistas españoles quieren convencernos a los demás de que lo que hizo Tsunami Democràtric es un caso palmario de terrorismo

¿Se creían que se habían librado de Fernando Savater? No tan rápido. Hace dos semanas publiqué en estas páginas un artículo en el que trataba de poner en perspectiva la acusación de terrorismo que ha lanzado el juez Manuel García-Castellón contra líderes independentistas catalanes. Argumenté que esta obsesión por asimilar el independentismo al terrorismo se entiende mejor a la luz de los excesos judiciales que se cometieron en la lucha contra ETA, sobre todo en su última fase (cierre de periódicos, doctrina Parot, condena a Otegi, etcétera). Imbuidos de ese mismo espíritu de resistencia y protección del Estado, algunos jueces y fiscales están aplicando ahora la plantilla antiterrorista a los sucesos del procés. El “problema” de esta estrategia es que en Cataluña no se recurrió a la violencia, por lo que hablar de terrorismo resulta un tanto forzado.

Yo pensé que era evidente que cuando no hay violencia o uso de la fuerza, no hay terrorismo, pero Fernando Savater piensa de otra forma. En un medio digital, ha escrito un artículo titulado “Aterroriza como puedas” en el que muestra su discrepancia. Bienvenido sea el desacuerdo. El problema es que en lugar de resolverlo mediante la argumentación, Savater, como de costumbre, pretende zanjar la diferencia descalificando a quien piensa distinto de él, presentando al discrepante, en este caso servidor de ustedes, como un zafio sectario y alguien muy por debajo de él. Lleva haciendo el mismo truco toda la vida.

Les ahorro el resumen de los sarcasmos varios, no tienen mayor interés ni merecen respuesta. El lector morboso siempre puede acudir al artículo original. Vayamos mejor al grano. La argumentación no puede ser más confusa. Se supone que quiere defender que hubo terrorismo durante los acontecimientos de otoño de 2017 y las protestas contra la sentencia del Tribunal Supremo en 2019. Sin embargo, no es capaz de señalar ni un solo hecho que él considere constitutivo de terrorismo. Se limita a hacer una referencia a los “disturbios separatistas”, así, sin más, sin precisar. ¿Desde cuándo los disturbios constituyen terrorismo? En otro momento del artículo se refiere al “miserable Tsunami anticívico” y a “episodios universitarios”. ¿Alguien en sus cabales puede pensar que el boicot a una conferencia, por censurable que resulte, sea terrorismo?

En realidad, ha habido violencia más intensa en las recientes protestas del campo: un tractor se cruzó en una carretera de Burgos para impedir que un coche que venía detrás pudiera adelantarle. El vehículo chocó con el tractor y el conductor (del vehículo) se encuentra herido de gravedad. Al tractorista se le ha detenido y se le ha acusado de conducción temeraria. ¿Piensa Savater que debería haber sido acusado de terrorismo?

En lugar de ir a los hechos, Savater prefiere perderse en generalidades. Según él, “el terrorismo es un instrumento político empleado por unos cuantos ciudadanos para imponer sus reglas a los demás por la vía de la intimidación”. Bueno, esto es cierto del terrorismo, quién lo puede negar, pero también lo es de otras muchas formas de violencia. La misma definición puede aplicarse, por ejemplo, a un golpe de Estado militar: los militares tratan de imponer sus reglas mediante la violencia o amenaza de la misma. Sin embargo, a los golpes militares no los llamamos “terrorismo”.

El problema no reside en la vaguedad con la que Savater habla del terrorismo, sino en la falacia que comete en el paso siguiente. Señala que el método mediante el cual el terrorismo trata de realizar sus objetivos consiste en producir miedo. Bien hasta aquí. Pero a continuación da un paso en falso igualando el terrorismo con toda otra forma de atemorizar a la ciudadanía. Y compara el asesinato terrorista con hacer una pintada, un escrache o cortes en el transporte. Las diferencias entre estos tipos de acciones serían, según él, solo de grado. El argumento es deliberadamente ambiguo, pues parece suponerse que una pintada pueda ser considerada terrorismo de baja intensidad. Esta conclusión, con todo, es inválida, se basa en la falacia de afirmación del consecuente: el terrorismo aterroriza mediante la intimidación; luego toda forma de intimidación es terrorismo. Una cosa es que el terrorismo funcione mediante intimidación y otra bien distinta que toda forma de intimidación sea terrorismo.

En un libro que he escrito con mi colega Luis de la Calle y que se publica esta primavera (Underground Violence. On the Nature of Terrorism, Oxford University Press), examinamos el uso que se ha hecho del término a lo largo de las últimas décadas y ofrecemos un intento de precisar todo lo posible los contornos del concepto, mostrando numerosos ejemplos en épocas y regiones del mundo muy variadas, incluyendo el terrorismo revolucionario, el nacionalista y el islamista. La razón por la que decimos que ETA, el GRAPO, el IRA, Al Qaeda, las Brigadas Rojas, Septiembre Negro, los Tupamaros o Irgun son organizaciones terroristas es porque actúan desde la clandestinidad, sin controlar un territorio propio. De ahí que sus ataques sean sorpresivos, duren poco en el tiempo y los lleven a cabo grupos reducidos de personas. Por su naturaleza clandestina, es posible que, en el límite, un individuo solo (un “lobo solitario”) pueda cometer un acto terrorista, como el ultraderechista noruego Anders Breivik, que acabó con la vida de 77 personas. En cambio, es muy dudoso que un acto masivo (una marcha, una revuelta, etcétera) sea terrorismo, pues el número de personas hace que necesariamente la acción se realice en espacio abierto. El tipo de violencia que se puede producir en una protesta de masas no guarda relación alguna con lo que se considera terrorismo. De hecho, en el movimiento obrero hubo un debate a principios del siglo XX sobre si los atentados individuales de los anarquistas (terrorismo) eran contraproducentes o no para el movimiento revolucionario basado en protestas masivas (y muchas veces violentas) en los centros de trabajo.

Por eso es tan absurdo empeñarse en calificar de terrorista un acto de protesta como el convocado por Tsunami Democràtic en 2019. En España, como en todos los países, ha habido innumerables manifestaciones, concentraciones, etcétera, en las que se han podido registrar disturbios y enfrentamientos. Esa violencia puede ser condenable y penable, pero no hay necesidad de retorcer las cosas llamándola “terrorismo”. Con el terrorismo sucede como con el golpe de Estado. Es un síntoma de nuestros tiempos utilizar esos términos con ligereza. Están tan cargados políticamente que se emplean con el único fin de deslegitimar.

Savater afirma que sabe bien lo que es el terrorismo porque lo ha padecido (como consecuencia de su admirable resistencia cívica ante ETA, añado yo). Ahora bien, ese conocimiento directo no es una buena razón para no estudiar el asunto y, sobre todo, cuidar un poco la argumentación. De hecho, sorprende que con ese sexto sentido que tiene haya tardado cuatro largos años en darse cuenta de que durante las protestas de 2019 hubo actos terroristas. Le ha pasado lo mismo al juez García-Castellón: cuatro años llevando la causa y solo ahora, cuando se anuncia la ley de amnistía, ve la luz. De repente, los nacionalistas españoles han abierto los ojos y quieren convencernos a los demás de que lo que no supieron reconocer durante cuatro años es un caso palmario de terrorismo. Vale ya.