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EL PAÍS Semanal publica una portada y un reportaje a la figura de Belén Esteban Menéndez, del programa ‘Sálvame’ de TELECINCO, desatando las quejas de algunos lectores

HECHOS

El 19 de diciembre de 2009 EL PAÍS Semanal publicó un reportaje sobre la figura de Dña. Belén Esteban Menéndez.

19 Diciembre 2010

Belén la arma

Jesús Rodríguez

Belén Esteban no recuerda cuándo perdió la inocencia. No sabría decir cuándo torció el gesto en esa mueca dolorida, apostó por desnudar su intimidad en público y se convirtió en una estrella de la televisión. De la que sabemos todo. De la que todos hablan. En cuya intimidad nos chapuzamos. Que ha creado escuela y lenguaje. Cuyas proclamas, aventuras y desventuras a través del programa Sálvame son una adicción diaria para más de dos millones de espectadores. Con puntas de tres y cuatro millones. Depende de la carne que eche al asador. Andanzas que nutren otros programas rosasamarillos y negros de su cadena y la competencia. Captan millones en publicidad. Alimentan revistas. Rebosan la Red. Y han logrado que su protagonista se convierta, según Paolo Vasile (Roma, 1953), poderoso consejero delegado de Telecinco, el primer grupo audiovisual de nuestro país; su padrino, guardián de los secretos de su contrato y proveedor de gominolas de colores espolvoreadas de azúcar, «en un fenómeno social; en un personaje muy rico e inteligente que ha proporcionado este año una rentabilidad muy importante a esta cadena. Nos gusta que esté en nuestras vidas y diga lo que quiera. Tiene total libertad. Y pueden ocurrir muchas más cosas en torno a ella».

-¿No teme que se convierta en un juguete roto?

-Lo que mata no es el éxito, es el fracaso. De éxito no ha muerto nadie. Al menos, yo no lo conozco.

Belén Esteban no recuerda cuándo empezó a cambiar. «Hace 10 años no era como ahora. Era vergonzosa; me callaba; me aguantaba. Era la niña pequeña, la hermana pequeña, la hija pequeña; mi padre me adoraba. No crecí. Hasta que todo cambió. Hay una evolución que yo creo que es normal: Cuando te dan palos y hacen daño es cuando te espabilas y aprendes a pensar mal de la gente; te haces mala; si no, te comen. Ahora soy fuerte.

-¿Cómo pensaba que iba a ser su vida?

-Nunca supe qué iba a hacer. A qué me iba a dedicar. No me lo planteaba. Era regular en los estudios, pero terminé la EGB. Pensé en un momento en ser monja. No sé… pensaba tener una familia; ser ama de casa, salir con mi marido los domingos…

-¿No se siente manejada?

-Nunca he sido manejada, y menos en mi trabajo. La televisión te ofrece y tú decides. Nadie se mete en mi vida. No le doy explicaciones a nadie; ni a mi madre. Y mi marido, el pobre… Tomo mis decisiones. Sin consultar. Solo en cuestión de dinero, con mi representante. En esto, tienes que tener las ideas claras. El problema es que soy muy sentida y lo paso mal. Los que están criticándome todo el santo día no aguantarían tanta injusticia. Lo que dicen de mí… que soy lo peor. Y van donde la tumba de mi padre y echan arena para decir que la tengo abandonada. Es difícil relativizar cuando te atacan. El otro día le solté a otro colaborador en un pasillo que era un pedazo de hijoputa porque había dicho que soy una mala madre. ¡Cómo me voy a callar!

-Ya no es aquella persona que fue…

-Es que tengo delante de mi casa un coche con fotógrafos de día y de noche. Me meten las cámaras en la cara. Nunca me ha llamado un periodista para contrastar. ¡Nunca! Yo vendo lo que quiero. Es mi vida. Y hago con ella lo que se me pone. Mi carácter se ha endurecido. Pero no me arrepiento. Me he adaptado. He sido arriesgada. Me la he jugado. He nacido con estrella. Me he visto en medio de esto y soy necesaria para sacar adelante a mi gente, y me enorgullece ganar para ellos. Yo mantengo a mi familia y a la otra. Tengo dos hermanos, mi abuela, mi madre… dependen de mí. Estoy orgullosa. Y gracias a ellos no me he vuelto loca. Sino, loca perdida.

-¿Sufre su hija con ese circo televisivo?

-Mi hija es muy lista. Le he dicho que tenemos que aprender a vivir con esto. Y no ve nada de nada de esto. No la dejo. Y cuando voy con ella por la calle no me paro a las fotos. En el cole le dicen cosas. Y se agobia. Pero no sabe nada de esto. Su madre está con ella. No le falta nada.

La primera imagen en movimiento de Belén Esteban perdida en el archivo del corazón es de 1998. Era una veinteañera silenciosa, dulce y modosa; sin estilismo, maquillaje ni peluquería; ataviada con una blusita rosácea con el apresto de recién estrenada. En ese primer vídeo aparece un metro detrás de su pareja de aquel momento, el padre de su hija, el catódico torero Jesús Janeiro Bazán (Jesulín de Ubrique); Belén tiene la cabeza gacha, los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de incomodidad, mientras musita hecha un ovillo: «A mí no me pregunten nada; no, de verdad; no me pregunten nada». Delante, el matador sonríe y responde con gracejo y ceceo gaditano. Belén permanece atrás. No hay contacto entre ambos. Durante aquella primera historia de amor retransmitida en directo, las únicas fotografías en que se contempla a la pareja tibiamente enlazada pertenecen a un reportaje que vendieron a la revista Hola en enero de 1999. Anunciaban que iban a ser padres: «Es un hijo muy querido y será, por tanto, muy bien recibido», decían. Sesentaiún números más tarde (y solo cuatro después de la exclusiva del bautismo), en marzo de 2000, Hola anunciaba en portada: «Crisis en la relación de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban». Un Gran Hermano con ella de protagonista.

Aquellas imágenes de Belén temerosa ante las cámaras de televisión en 1998 iban a ser las primeras. Su bautismo de fuego. Vendrían miles más. Sin embargo, las que conserva con más nitidez no están grabadas. Son las de aquel 18 de marzo de 2000 en que rompió con Jesulín de Ubrique y abandonó como una heroína romántica con su hija en los brazos la casa palacio del torero en Ambiciones, una finca de 300 hectáreas cercana a la localidad de El Bosque (Cádiz) a la que da nombre el toro con el que debutó con caballos y al que cortó ambas orejas en Ronda. Ambiciones. Muchos guionistas de telenovela latina hubieran matado por acuñar un nombre tan dramático. Belén tenía 26 años. Con el gesto de abandonar esa casa iniciaba una nueva vida; que con el tiempo se iba a convertir en una mezcla de folletín y reality show manufacturado por los programas del corazón. Con capítulos bien producidos. Y su correspondiente dosis de intriga en directo para comprometer al cliente a consumir una nueva entrega del show de Belén. Es lo que los americanos denominan cliffhanger: dejar al protagonista colgado al borde del precipicio para ver qué ocurre en el siguiente capítulo. Si se despeña o, por el contrario, sobrevive para seguir dando días de gloria a la televisión. Hay espectadores que sueñan con que Belén se caiga por el barranco y otros desean que se salve. Quieren ver su ascensión o su derrumbe en directo. Es uno de los secretos de su éxito.

Su vida, empaquetada y lista para el consumo. En horario de tarde y noche. Y con repeticiones en los canales temáticos. Ocho horas al día. Y con público en directo que jalea y abuchea sus andanzas como en una comedia de situación. «Belén tiene una importante capacidad narrativa. Lleva una década contando la misma historia y la sabe dosificar; siempre descubres un detalle nuevo que te deja pegado al televisor. Es una gran narradora», explica Jorge Javier Vázquez, su álter ego, socio, consejero y presentador de Sálvame, el programa en el que ambos trabajan, ideado por La Fábrica de la Tele (una de las jóvenes y brillantes productoras de confianza de Paolo Vasile). Vázquez, de 40 años, licenciado en Filología Hispánica, amante de la literatura del XIX y muy influido por el medio dramático, es la persona que mejor mueve los hilos de Belén Esteban. Su profesor Higgins: «Belén sabe cómo y cuándo contar su historia. Lo hace a la perfección. Y en el último año se ha profesionalizado; ha dado un registro más amplio a su personaje. Ya no es solo alguien del corazón. Se la puede llevar a un programa. Da espectáculo. Es una esponja; integra su discurso en la trama, sabe cuándo y cómo mirar a la cámara; le está dando muchas vueltas para mejorar. Y es mucho más divertida. La cuestión es que también tiene más presión. Se ha profesionalizado. Está obligada a generar audiencia. Ya no es un florero del corazón. Y es heroico que todo el mundo la conozca, sepa sus intimidades y, encima, aguante esto cuatro días a la semana. Tienes que valer.

«Salí de Ambiciones a los siete meses de mi hija Andrea», recuerda Belén Esteban. «Pensé: ‘Me separo’. Estaba hasta el coño. No era feliz. Quería ser feliz. Podía seguir allí; vivir como una señora, pero no aguantaba. Tuve una discusión y me fui. Con lo puesto. No me llevé nada. Lo que me dio tiempo a echar en la maleta y mi hija en brazos. Estaba destrozada. Alguien nos llevó a la estación. No paraba de llorar. Me fui a Córdoba, a casa de unos amigos que son como mis padres, y de allí, a Madrid. Volví a casa de mis padres con mi hija. Llego y pienso: ‘¿Ahora qué hago?’. Desde jovencita, antes de irme con Jesús al campo, había trabajado limpiando, haciendo enchufes, en un burger, cuidando niños. Los hijos le dábamos a mi padre todo lo que ganábamos. No nos sobraba. Mi madre fregaba y mi padre era pintor de brocha gorda. Pero ya no era tan fácil volver a trabajar en esas cosas. Ahora me conocía la gente. Hice una exclusiva con el Hola que me pagaron muy bien para ir tirando y me salió lo de la televisión con María Teresa Campos. Al principio me acompañaba mi tía a los estudios y yo tenía miedo de soltar palabrotas. Me cortaba. Pero aprendí y no me fue mal. Llevo 10 en la televisión. Es mi trabajo. No tendré la carrera de periodista ni un master, pero tengo el cariño de la gente».

La vida televisada de Belén Esteban (y sus compañeros de oficio) es un producto ambiguo donde conviven realidad y ficción. Sálvame rompe intencionadamente los límites entre lo real y lo imaginario; tiene los ingredientes de un informativo televisivo, con su redacción, documentación, testigos y conexiones en directo; la descarada inmersión en la intimidad de la telerrealidad. La trama, el suspense y los personajes maniqueos de un folletín; los debates elevados de tono de un talk show; la intensidad de un docudrama; la desfachatez de un programa de hora golfa; el cruel cotilleo de un espacio rosa. Y la modernidad neotelevisiva de crear una interacción continua con el televidente. Todo bien cocinado. Hasta convertirlo en un compacto potaje. Bien producido, iluminado, decorado y dirigido, y donde es difícil saber si lo que contemplas está pasando, está guionizado o es fruto de la teatralización de los personajes que participan en él. Todo con la anuencia del televidente. Un público mayoritariamente femenino, adulto y de estatus medio y bajo. Incapaz de asegurar si lo que está ocurriendo en el plató es verdad o mentira. Pero que se divierte. Y le hace compañía. «Y que haga compañía es el papel más importante de la televisión», sentencia Paolo Vasile. «En ese momento la televisión cumple su papel. Iremos al infierno (en el cielo no me encontraría a nadie conocido), pero lo mejor y más humano que hacemos en este negocio es hacer compañía a la gente. Belén lo logra».

Es el nuevo corazón. La evolución de las especies. La realidad dramatizada de los famosos de la crónica rosa. No hay guión, pero sí autosugestión. Cada personaje dice lo que quiere… y lo que debe. Actúa como supone que debe actuar respecto a su cliché televisivo: ya sea el galán, la prostituta, la periodista en decadencia, el malvado o la justiciera. Cada uno es consciente de sus registros. Tiene la inspiración de su presente y su pasado. Y los puede reescribir tantas veces como quiera. Añadiendo nuevos elementos al relato. Hasta el infinito.

Son ellos, pero no son ellos. Es una extraña suerte de desdoblamiento de personalidad. Cada uno de estos fenómenos televisivos aguanta sobre la chepa el peso de su personaje. Y le resulta complicado librarse de él. Algunos llegan a creérselo. Para un ejecutivo de la televisión: «Un personaje del corazón es diferente a un actor. El actor renuncia a su personalidad para meterse en un papel durante un tiempo determinado. Y recupera su personalidad cuando gritan ¡corten! El personaje de televisión no puede anular el personaje que ha creado. Tiene su nombre y apellido. Y sigue siendo ese personaje cuando se apagan los focos. El personaje nunca se desprende de su personaje. Vive un continuo combate. Es como Superman: imagine que Clark Kent está en su periódico y hace un día de perros y tiene mucho trabajo, pero ve que un niño se va a caer por la ventana y, aunque no le apetece, le sale el Superman que lleva dentro. Y se pone el traje. Actúa como Superman. Y salva al niño. No interpreta. Es él. En la televisión es lo mismo. Los protagonistas nunca se desprenden de su personaje; hablan como él e insultan como él. Y si va mal el programa en que trabajan, su responsabilidad es superior a la de un actor, que se limita a interpretar un guion. En un programa como Sálvame, el personaje entra en una dimensión paralela a su vida. Dice lo que cree que alguien como él debería decir. Hay que estar dentro».

Se trata de dar espectáculo. La televisión es un show. Donde siempre hay que dar un paso adelante. Si no, pierdes tu empleo. Es el primer mandamiento de los colaboradores del teatro del corazón. Si no das juego, a la calle. Y llega otro. Una espada de Damocles diaria que les provoca una enorme ansiedad. «Cuando Belén ve que alguien destaca más que ella en el plató se mosquea y reacciona con más fuerza», me dice un directivo del programa. En ese sentido, las productoras se afanan en descubrir nuevos/viejos valores para alimentar sus realities rosas. La caducidad de sus protagonistas la marca la audiencia. Sus expulsiones, como las de un Reality show, son decididas por los espectadores. Cada mañana, los profesionales de la televisión reciben el veredicto del público junto con el café. Saben cómo han reaccionado los espectadores minuto a minuto ante sus programas. Qué funciona. Y obran en consecuencia. «La televisión es durísima», explica Mikel Lejarza, que a lo largo de su carrera ha dirigido Antena 3, Telecinco y Euskaltelebista y ahora preside Antena 3 Films: «Cada día a las ocho te encuentras con las notas. Es como si cuando escribieras un artículo supieras unas horas después que en el primer párrafo se han desenganchado los niños; en el segundo, los viejos; en el tercero, los universitarios, y en el cuarto, los habitantes de ciudades de menos de 50.000. Es posible que escribieras diferente. Tal vez escribieras lo que quiere la audiencia que escribas». Paolo Vasile reconoce la enorme presión de la industria televisiva sobre sus moradores. Él afirma que se alimenta de «estrés». «La televisión no es una adicción, pero hay que estar enfermo para trabajar en ella. El estrés en televisión es como la uva para hacer un buen vino. Imprescindible. Hay que ser muy resistente. Yo existo porque resisto. El estrés es mi pan de cada día. En Telecinco te alimentas de estrés. Hay que llegar más lejos. Ser los mejores. Sin estrés me quedo con hambre».

El show de Belén funciona. No tiene visos de concluir. En su laboratorio de ideas los productores ejecutivos (Óscar Cornejo y Adrián Madrid, dos tipos listos e irreverentes, en torno a los 40) preparan futuros episodios de su personaje. La metamorfosis no es fácil. Belén trabaja sin guion. Dice lo que le sale. Y, por ahora, funciona. «Nunca voy a las reuniones de escaleta con los directores, donde dicen qué temas vamos a tratar. Prefiero no saberlos. Sobre todo si tienen que ver conmigo. Prefiero enterarme en el plató y saltar como me lo pida el cuerpo. A veces, cuando me entero, me tengo que morder la lengua hasta sangrar para no saltar como una fiera».

Es un estilo muy rentable. El 20 de diciembre de 2009 logró alcanzar una cuota de pantalla del 26% (en un momento en que la media diaria de la cadena nacional que lidere el día está en torno al 16%) gracias a las 3.147.000 personas que sintonizaron el programa para contemplar la profusa cirugía estética que se había practicado en el rostro. «A la gente le gustan los culebrones y tenían la expectativa de la operación», explica Carlota Corredera, codirectora de Sálvame junto a Raúl Prieto. «A los espectadores les gusta verla sufrir, pero también les engancha que luche por ser feliz. Y esa noche las preguntas eran: ¿habrá quedado bien? ¿Estará guapa? ¿Logrará por fin cenicienta ser princesa? Belén levanta audiencia. Eso es innegable. Las cosas que le pasan y cómo las cuenta interesan a la gente».

Lo curioso de ese fenómeno televisivo es que un año después su éxito no ha remitido. Un milagro en un medio donde un 80% de los estrenos no supera las expectativas de cuota de pantalla y pasan en horas al olvido. Por el contrario, en las ediciones de Sálvame de la noche del 8 y del 15 de octubre de este año, los índices de audiencia se elevaron 10 puntos sobre la media del programa en torno al relato de las infidelidades del marido de Belén Esteban, Francisco Álvarez Gómez (simplemente, Fran, para la industria). Un relato que colocó a Telecinco como líder de audiencia en la noche de los dos viernes. Y, además, en la preciada franja de prime time; 3.031.000 contemplaron esa noche cómo Fran confesaba sus amoríos. Y 2.863.000, cómo Belén le perdonaba siete días más tarde. Para cerrar el triángulo, 1.826.000 espectadores ya habían presenciado cómo la amante de Fran levantaba la liebre en DEC, un programa del corazón de Antena 3. Las réplicas del seísmo Belén habían llegado a su competencia. Negocio para todos. De hecho, en la misma cadena de Belén Esteban, otros programas del ramo, creados por otra de las productoras de confianza de Vasile (Mandarina), se retroalimentan y exprimen el filón dando cobijo al sector duro de la oposición a Belén Esteban. «Esto es como la Coca y la Pepsi; no es una guerra artificial. Cada productora va a lo suyo, a lograr audiencia», explica un ejecutivo de la cadena. Más espectáculo. Más madera. Y ella, de los nervios.

¿Por qué engancha Belén Esteban a la audiencia? Es la pregunta del millón. «En televisión nunca sabes lo que va a funcionar. Es una apuesta imprevisible. Una moneda que tiras al aire», razona Adrián Cornejo, productor ejecutivo de La Fábrica de la Tele. Tres respuestas desde polos distintos. La primera, de uno de los compañeros de plató de Esteban, Kiko Matamoros, de 54 años; ex modelo, ex director comercial de una fábrica de zapatos, ex representante de artistas y, desde hace una década, un personaje televisivo cuyo papel es representar al individuo fronterizo: «En un mundo que se mide por lo que tienes, por lo que cobras, somos los listos, los triunfadores; dónde te van a pagar 3.000 euros por estar unas horas sentado en un plató, con la que está cayendo. Nos admiran. El problema es que te metes en esto y no sales. Es peligroso, porque no es lo mismo estar jugando en el césped que estar sentadito en el anfiteatro gritándole a Guti cómo debe jugar. Abajo tienes que meter goles. Para eso te pagan. El segundo análisis es del propio Paolo Vasile: «El fenómeno de Belén es como la película Forrest Gump, que demuestra que las personas corrientes pueden llegar a ser protagonistas de la historia. Ella tiene una demagogia sin maldad. Es una peronista espontánea. No es que tenga grandes conocimientos; pero es inteligente; observa el mundo y lo interpreta. Todo lo que ve lo relaciona con su familia y su entorno. Habla de cosas reales desde su experiencia. Si habla de la sanidad o del paro está pensando en sus hermanos; y si habla de vivienda, habla de su amiga Mariví, que lleva años pagando su casa y la cooperativa no ha puesto un ladrillo. La gente se reconoce en Belén. Así de sencillo».

El catedrático de Derecho Audiovisual Gerard Imbert, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y prolífico analista del medio, es muy crítico con el modelo Esteban: «Por la violencia verbal y gestual que exhiben ese tipo de personajes para imponerse al resto. Belén Esteban no es un fenómeno aislado, es la quintaesencia de la degradación del discurso televisivo, de la trivialización del discurso público, y, como tal, está dentro de la lógica de un medio que tiende a espectacularizarse cada día más, pasando de la espectacularización de los objetos al manejo descarado de los sujetos para conseguir audiencia. En televisión no triunfa el tímido, el que razona, sino el que se impone. Eso es fascismo». ¿Por qué triunfa Belén Esteban? Para Imbert, la Esteban fascina al espectador «porque se permite hablar de lo que quiere y como quiere. Sin límites. No tiene reglas. Echa todo fuera como una vomitona. Tiene un discurso excesivo que se basa en la descalificación del otro. Y lo hace con un estilo machista. Esa vieja idea española de tener cojones. Con Belén Esteban, la televisión ha creado un personaje que es ambivalente; que tiene rasgos muy femeninos (la madre coraje) y también muy masculinos (el uso de la fuerza). Belén es una madre capaz de matar por su hija. Y en ese discurso descolocado, la violencia se convierte en legítima. Un discurso que hacen suyo otros personajes de esos programas. Todos matarían por sus seres queridos. ¿Y la ley dónde se queda? El fin justifica los medios. Ese es el mensaje de Belén Esteban. Y fascina a la audiencia».

En 1965, el periodista estadounidense Gay Talese publicó un perfil en la revista Squire con el título Sinatra está resfriado que se ha convertido en uno de los referentes del periodismo contemporáneo y relata los cambios de humor del caprichoso ídolo de masas Frank Sinatra, alabado por su entorno hasta la náusea. De Belén Esteban se podría escribir algo similar. De su ánimo cambiante y la adulación que la rodea. Se podría titular Belén tiene anginas (porque no para de hablar y de fumar). Belén tiene dolor de tripa (porque se ha puesto ciega a fabada). Belén está mareada (porque tiene la tensión baja). O, simplemente, Belén no tiene ganas. Conseguir unos minutos de su tiempo es complicado. Consigues frases al vuelo; palabras sueltas; pedazos de conversación. Concretar es otro cantar. Puedes tener una cita y otra y otra y que no aparezca. Si algo no le apetece, no lo hace.

A Vasile le gusta repetir: «La verdad no existe; nada de lo que se ve en televisión lo es. En todo caso, buscamos la verdad». En el estudio de Telecinco donde se fabrica Sálvame la afirmación del patrón se cumple. A corta distancia, todo es más cutre, feo, vulgar y ficticio que en pantalla. Quizá sean los focos, ese mediodía perpetuo que tensa la piel como la de un tambor. Los cambios de temperatura. O las cuatro horas de infinito directo en las que hay que sostener la tensión escénica. A los 30 minutos, uno experimenta un curioso jet lag. Es difícil saber cómo aguanta el presentador. «Hago un Hamlet diario», presume. Se alimenta de estrés.

Sálvame nació en marzo de 2009 como un programa surgido de la crisis económica y televisiva. Condicionado por la vertiginosa caída de la inversión publicitaria en los dos últimos años y la fragmentación de la audiencia entre 40 canales en abierto. «En 2005, una cadena conseguía el liderazgo anual con un 22,4% de cuota de pantalla, y hoy, apenas el 15%», explica el investigador Eduardo García Matilla. Sálvame, el show de Belén, se demostraría un buen invento. Un programa barato que arrastra audiencia a lo largo de la tarde y la deposita a las puertas del valioso prime time. Un contenedor fabricado a partir de otros formatos y que es líder en su franja horaria, por un precio 15 veces menor que una serie de ficción como Hispania o Águila Roja. Y da que hablar.

En torno al plató, una fría galería, gris, desastrada y mal iluminada, es el otro escenario donde las estrellas del nuevo corazón (o la nueva telerrealidad) sofocan su ansiedad en los descansos publicitarios aspirando nicotina con la desesperación de un reo. Y consumiendo comida basura. Esteban no para de fumar. Camina con chulería. Abrazada a su bolso de Loewe. Oscila sobre sus altísimos tacones. Es un manojo de nervios. No sonríe. Tiene los ojos entornados. Habla alto. Está muy delgada, tiene unas caderas escurridas, el pecho prominente y el rostro del que ha vivido demasiado deprisa. Cada arruga, apenas camuflada por la cirugía, resume un capítulo de su trayectoria.

Ha comido potaje de espinacas, un filete de lomo y un café solo. Se acaricia el vientre satisfecha. El lugar elegido para nuestra conversación es la peluquería. Ocupo una silla baja de manicura a su lado. La maquillan. Primero, un espeso engrudo color ladrillo. Luego, el retoque fino. El mentón, las mejillas, las ojeras. Tiene un gesto de profundo cansancio. Posiblemente producto de una diabetes a la que parece no prestar especial atención: «Esto es una paliza; aunque la gente piense que no lo es. Física y mental. Y luego los disgustos. ¿Por qué hablan de mi vida? Mi vida es mía».

-¿Qué cosas buenas tiene su trabajo?

-El dinero; y lo malo, estar todo el día en boca de la gente. Mienten sobre ti y lo denuncias a la justicia y no pasa nada, y siguen mintiendo. Es acojonante.

-¿Su familia no le dice que lo deje?

-Mi familia sabe lo que es la tele, pero no sabe lo que es esta vida. Las zancadillas y las injusticias. Solo conoce una parte. No es un mundo bueno. Y yo llevo en esto 10 años… Pero está muy bien pagado.

-Usted desnuda su vida por dinero…

-Yo vendo mi vida cuando quiero, porque es mi vida.

-¿Nunca hace autocrítica?

-¡Nunca! Ni de coña. Al que no le guste, que cambie de canal.

-¿Piensa en dejarlo?

-Aunque me quite de en medio voy a estar siempre perseguida. Haga lo que haga se van a meter conmigo. Soy polémica, no me callo; digo lo que pienso. Cuando lo crea oportuno me iré. Pero quiero tener mi vida estabilizada. Ahora no puedo.

-¿A qué se dedicará?

-Quiero ser ama de casa. Que trabaje mi marido en un negocio que montemos. Una cadena de bares. Y yo, echándole una mano, poniendo botellines y barriendo la terraza. Yo soy muy normal, aquí donde me ves.

-¿No teme que el público se aburra?

-Yo misma me aburro de mí. El tiempo que voy a estar aquí no pasa de cuatro ni de tres años. Y como me quede embarazada lo dejo mañana mismo.

A lo largo de nuestra conversación, Belén Esteban repite que es una persona normal. Lo remacha mil veces. No lo es. Y es difícil que llegue a serlo. Sabemos demasiado de ella. Una fuente anónima de su cadena explica: «Diga lo que diga, a Belén le afecta todo. Está muy pendiente de lo que se dice de ella. Es una hemorragia interna. Sufre mucho. No sabe ser feliz. Tiene miedo de lo que digan. Tiene miedo de defraudar y de empalagar. Le falta un punto de madurez. No acepta no ser querida. Y si estás todo el día en televisión y no aceptas las críticas, tienes un problema grave. Porque los complejos se agudizan cuando te ven tres millones de personas. El problema es que si te enganchas a esto, si pruebas el veneno de la vanidad que da la televisión (y la pasta), es difícil dejarlo. Los personajes de la tele solo escuchan lo que quieren escuchar. Se acostumbran al aplauso. Ella es nuestra niña consentida… mientras dé juego».

Belén Esteban comienza a cansarse de la televisión podría ser el título. «Pero tiene difícil dejarla», analiza un ejecutivo televisivo de la competencia. «La tele es el negocio donde más rápido te puedes hacer rico y famoso. Es una fábrica de vanidades. Produce en los que trabajamos en ella la dependencia de una droga. Y cuando dejas de salir te vuelves loco. Se desploma tu autoestima. Aunque te hagas rico, lo que quieres es seguir saliendo en pantalla. Hay que ser muy sólido para aguantar la caída porque es emocionalmente brutal».

¿Cuando llegue la fecha de su caducidad, cómo reaccionará Belén Esteban? Es difícil hacer pronósticos. Ella repite machaconamente: «Soy muy normal». «Soy muy fuerte». Lo segundo está demostrado. Lo primero está por ver. Ha logrado sobrevivir una década a la picadora de carne rosa. Y ha salido indemne. Para una persona cercana a ella: «Belén es la protagonista del Show de Truman (esa película sobre un tipo cuya vida es emitida en directo por televisión). Y lo sabe. Truman no lo sabía. Y cuando se entera, intenta huir. Pero no lo logra. Está atrapado. Belén sabe que es Truman. Y que todo el mundo conoce las infidelidades de su marido. Y es terrible que todo el mundo sepa esas cosas de ti. Y opine. No es un chollo ser Truman. No es un chollo ser Belén».

19 Diciembre 2010

Sorpresas te da la vida

Antonio Muñoz Molina

He leído El País desde que empezó a publicarse: me acuerdo de leer el primer número un día de mayo de 1976, tomando el sol, en los jardines del Triunfo, en Granada, cerca del Hospital Real, donde estaban entonces los primeros cursos de la facultad de Letras. Que apareciera un periódico así era un síntoma de que tal vez estaba de verdad comenzando otra vida, otra época. Llevo escribiendo en él veinte años(de todo empieza a hacer ya mucho tiempo). Nunca, nunca, habría imaginado que en la portada de El País Semanal pudiera aparecer una foto de Belén Esteban. ¿De verdad ya da todo lo mismo?

Me consuelo leyendo a Elvira, a Santos Juliá, ese artículo de Vargas Llosa sobre una escuela sueca que, como bien apunta Manuel, no sería posible bajo un sistema económico como el que él mismo preconiza. O encontrando en la columna de William Chislett algunas reflexiones en paralelo sobre España y Finlandia, que pueden ser muy aleccionadoras.

02 Enero 2011

Un nuevo triunfo para Belén Esteban

Milagros Pérez Oliva

Algunos lectores se muestran perplejos por el hecho de que 'El País Semanal' dedicara su portada a la estrella de la 'telerrealidad'

Eva Dorado Cuesta, de Móstoles, expresa de forma gráfica los motivos de su queja ante la Defensora: «Estimada señora, con sorpresa he visto este domingo 19 de diciembre la portada de El País Semanal: Belén Esteban. Mi sorpresa se ha convertido en indignación al ver que tenía un reportaje en las páginas centrales. Entonces he hecho lo mismo que cuando enciendo la televisión y únicamente encuentro tertulias de corazón o programas de telerrealidad: cambio de canal o apago la televisión, con más frecuencia esto último. En este caso, y por primera vez en mi vida, he cerrado el suplemento sin leerlo. Sinceramente, ¿no hay nada más importante en este país o en el mundo que merezca la portada del suplemento del domingo?».

Es frecuente que los lectores expresen su opinión discrepante sobre determinadas decisiones editoriales, y en este caso lo han hecho en relación con esa portada. Forma parte de la libertad de crítica a la que tienen derecho. Aun cuando propiamente no planteen ninguna vulneración del Libro de Estilo, la Defensora acoge con respeto estas críticas, pues casi siempre están orientadas a defender la calidad del diario y en todo caso son la expresión de un deseo de participación que lo enriquece.

Entre las cartas recibidas, la de Augusto Klappenbach resume bien los argumentos más repetidos: «Obligarnos a ver en la portada la cara tuneada de Belén Esteban y un largo reportaje sobre este personaje es demasiado. Hacerle publicidad a una mujer que representa lo más mediocre y zafio de la cultura de este país hace pensar que ese periódico ha tomado partido por la telebasura», escribe. «Puedo anticipar la respuesta de quienes escribieron el artículo: se trata de un personaje público que es capaz de conseguir una gran audiencia televisiva y en ese sentido ‘es noticia’. Y además el reportaje tiene un tono crítico. Pero bien saben los periodistas que personas como Belén Esteban solo viven de la atención que les otorgan los medios, y ese reportaje contribuye a crear ese modelo vacío. No sugiero, por supuesto, que estos fenómenos deban ocultarse. Pero de ahí a ocupar la portada y unas 12 páginas del periódico más importante de España hay un trecho».

Félix Moral, de Madrid, asegura que EL PAÍS ha sido su referencia informativa durante muchos años y que ha sentido «la absorción de Cuatro por Telecinco y la desaparición de CNN+ como una pérdida personal». Por eso le ha disgustado especialmente el tratamiento dado a Belén Esteban, que considera un «publirreportaje indigno al servicio de Telecinco». También el periodista Curro Cañete ha apelado a la Defensora. En la carta remite al artículo publicado en su blog, en el que argumenta su rechazo.Otros lectores, como Mercedes Tejeira o Juan Torres Blasco, relacionan este tratamiento con el nuevo vínculo empresarial entre PRISA, editora de EL PAÍS, y Telecinco. En general, las cartas plantean tres tipos de objeciones. En primer lugar, que dedicar una portada y el reportaje central de la revista a las peripecias de esta controvertida figura supone legitimar el modelo de televisión que la ha creado; que EL PAÍS no puede ignorar que lo que buscan quienes se lucran con este tipo de fenómenos es que se hable de ellos, aunque sea mal; finalmente, algunos lectores apuntan un posible conflicto de intereses al relacionar el reportaje con los acuerdos empresariales entre PRISA y Telecinco.

He trasladado estas críticas e inquietudes a Goyo Rodríguez Ramos, subdirector del periódico y responsable de El País Semanal. Esta es su respuesta: «Entendemos la sorpresa de algunos lectores al ver a Belén Esteban en la portada de la revista. Nosotros somos notarios de la realidad. Y este país (también) es así. Nos guste más o nos guste menos, existe Belén Esteban y millones de personas presencian cada semana su exhibicionismo mediático. El País Semanal cuenta unas 500 historias cada año. En 2010, solo una de ellas ha estado dedicada a Belén Esteban y al fenómeno de la neotelevisión (programas que, basados en estudios de audiencia, responden a las supuestas demandas del espectador a base de mezclar todos los formatos existentes)».

«Belén Esteban y lo que representa es un fenómeno único en España», prosigue. «Reúne audiencias millonarias en su cadena; retroalimenta programas con audiencias también millonarias en otros canales; ocupa portadas en las revistas de la llamada prensa rosa; copa la Red (el artículo que le dedicamos fue el más visto durante dos días en la web de El PAÍS y sumó casi 200.000 visitas); capta publicidad con notable éxito; inspira libros y tesis doctorales y es objeto de debate y análisis».

«Pero todavía hay más», añade. «Según diferentes encuestas, se trata de uno de los personajes más conocidos y populares de España. Nosotros ni legitimamos ni condenamos; no decimos si Belén Esteban es buena o mala; no vendemos su personaje como un ejemplo social a imitar ni tampoco como alguien digno de rechazo social. Nosotros, simplemente, construimos un relato. Nos limitamos a poner todas las cartas sobre la mesa, las buenas y las malas. Damos los elementos de juicio y el lector saca sus conclusiones».

Respecto al posible conflicto de intereses, el subdirector responde: «Este reportaje no es una historia promocional de Belén Esteban, y menos aún de la cadena donde trabaja. Este reportaje intenta responder a las preguntas que todos (incluidas las personas que han escrito a la Defensora) tenemos en mente: ¿Por qué una persona sin preparación ha alcanzado unos índices de popularidad sin precedentes en este país? ¿Por qué triunfa este modelo de televisión? Nuestro trabajo es ofrecer respuestas. Y ese domingo intentamos darlas».

Aun cuando las intenciones del diario hayan sido las que relata Goyo Rodríguez Ramos, es preocupante que una parte de los lectores haya podido considerar que se trata de una concesión al sensacionalismo y, lo que es peor, de una portada promocional. Y no solo los lectores han mostrado su perplejidad. También la ha expresado, por ejemplo, el escritor Antonio Muñoz Molina, colaborador del diario, en su blog.

Algunas de las más ilustres figuras de la literatura, el pensamiento o la creación tienen a gala haber aparecido en la portada de El País Semanal. Lo consideran un reconocimiento a sus méritos y es mérito de EL PAÍS haber sabido mantener durante muchos años la línea de exigencia y rigor que ha permitido darle ese valor. Un valor comparable al que los lectores de la prestigiosa revista Time dan a su portada. El hecho de que Belén Esteban consiga audiencias millonarias en programas de telebasura, ¿es mérito suficiente para justificar esa preeminencia informativa? ¿Se resentirá el valor de la portada de El País Semanal por esta concesión?

Ciertamente, Belén Esteban es parte de la realidad. Pero lo que distingue a un medio sensacionalista de uno riguroso es que este nunca pondría en portada las vísceras de los muertos, por muy reales que estas sean. La realidad es la coartada del sensacionalismo, y por eso al televisivo se le denomina telerrealidad. A caballo de artificiosas e interminables polémicas, este sensacionalismo tiende a extenderse como una mancha de aceite que pringa todo lo que alcanza. Por eso es importante, para un medio como EL PAÍS, establecer diques de contención y fronteras nítidas.

Es evidente que el diario puede y debe tratar el fenómeno de la neotelevisión. Pero conviene reflexionar sobre la forma de hacerlo. En el tratamiento sensacionalista, no importa tanto lo que se dice como la forma, pues el objetivo es llamar la atención. La forma es determinante. Por eso no es lo mismo un debate político como los que emitía CNN+ (y sirva este comentario como mi particular homenaje a quienes lo hacían) que uno de esos debates de teletaberna en los que la política es solo la gran coartada para construir un espectáculo. Por eso mismo Gran Hermano no deja de ser un burdo espectáculo, por mucho que se disfrace de experimento sociológico. Las formas son las que marcan la diferencia.

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