7 enero 1959

El Papa Juan XIII convoca el Concilio Vaticano II para modernizar la Iglesia al Siglo XX

Hechos

El 25 de enero de 1959 el Papa Juan XXIII anunció la celebración del Concilio Vaticano II.

Lecturas

El 11 de octubre de 1962 con una misa solemne celebrada en la basílica de San Pedro, en Roma, el Papa Juan XXIII acaba de inaugurar el concilio ecuménico Vaticano II. Es Papa desde el año 1958.

El concilio anterior data de 1870; de ahí que el actual haya despertado enorme expectación en todo el orbe católico. En su discurso de apertura Juan XXIII señaló que este concilio no debe condenar a nadie, sino que tiene que atenerse a un carácter pastoral, dedicado a la unión de todos los cristianos del mundo.

El papa Juan XXIII ha convocado este concilio a pesar de la oposición de los sectores más conservadores de la iglesia. Su avanzada edad, su afabilidad y sencillez, hicieron creer, en un primer momento, que sería un ‘papa de Transición’.

Sin embargo desde su llegada a la silla papal, Juan XXIII se ha mostrado como un renovador. De hecho el concilio que comienza este 11 de octubre 1962 deberá ratificar las líneas maestras de su pontificado: apertura hacia el resto de las iglesias cristianas, y actitud independiente de la Iglesia ante los dos grandes bloques mundiales.

Por otra parte, el concilio alentará, sin duda, la actitud neutral de la iglesia en torno a las opciones políticas de sus fieles.

Este último punto de la ha ganado a Juan XXIII numerosos enemigos, en especial, entre los líderes democristianos. El concilio será un hito en la Iglesia.

El Papa Juan XXIII no podrá terminar el Concilio al fallecer en 1963.

 

El Análisis

Juan XXIII y el Concilio del Siglo XX: una Iglesia que se atreve a debatir

JF Lamata

Cuando el Papa Juan XXIII anunció su intención de convocar un nuevo Concilio Ecuménico —el primero desde el Vaticano I en 1870— no fueron pocos los que lo consideraron un gesto protocolario, casi nostálgico, propio de un papa de edad avanzada que pasaría a la historia como una figura de transición. Pero el anciano pontífice ha sorprendido de nuevo: tras su elección inesperada, su encíclica sobre la paz que incomodó a los halcones de Washington, y ahora este gesto profundo de apertura: convocar a toda la Iglesia católica a revisarse, debatirse y, quizá, renovarse.

El Concilio Vaticano I fue interrumpido por las guerras que sacudieron a Europa y quedó marcado por la definición del dogma de la infalibilidad papal. Fue, en cierto modo, un concilio de repliegue frente a los vientos laicistas y modernistas del siglo XIX. Ahora, en pleno siglo XX, Juan XXIII plantea el Vaticano II como lo opuesto: un «aggiornamento», una puesta al día. El Papa no ha convocado el Concilio para ajustar detalles, sino para permitir que la Iglesia vuelva a hablar en voz alta sobre sí misma, su misión en el mundo contemporáneo y su modo de relacionarse con los fieles, con el resto de los cristianos e incluso con las demás religiones.

Nada estará libre del debate: ni el uso exclusivo del latín en la liturgia, ni la estructura jerárquica, ni el rol de los laicos, ni la eucaristía celebrada de espaldas al pueblo. Los sectores más conservadores —encabezados por figuras como el cardenal Ottaviani o el arzobispo Lefebvre— ya preparan trincheras, temerosos de que se diluya la ortodoxia. En el otro extremo, voces reformistas esperan quizás cambios que nunca llegarán del todo. Pero si algo ha dejado claro Juan XXIII es que no teme al desacuerdo: no gobierna con el látigo ni con la calculadora, sino con la convicción de que una Iglesia cerrada al mundo está condenada a perderlo. Con la valentía de quien sabe que su tiempo puede ser breve, Juan XXIII ha abierto las puertas no solo de San Pedro, sino de la historia. El Concilio Vaticano II será, para bien o para mal, el gran parteaguas del catolicismo moderno.

J. F. Lamata