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El Papa Pablo VI termina oficialmente el Concilio Vaticano II: Se autoriza hacer las misas en otras lenguas que no sean en latín

HECHOS

El Papa Pablo VI puso fin en 1965 al Concilio Vaticano II que aprobó una serie de cambios para la Iglesia.

Esta mañana de 8 de diciembre de 1965 en presencia de jefes de Estado, dignatarios de todas las naciones y representantes de los organismos internacionales, se ha celebrado la ceremonia de clausura del vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica o Vaticano II.

Tras el desfile de los cerca de 2.400 padres conciliares, ante unos 100.000 fieles,  la entrada de Su Santidad el papa Pablo VI en la basílica de San Pedro, se inició la misa solemne, en el transcurso de la cual Pablo VI pronunció una trascendental homilia.

Por último, el Santo Padre procedió a la lectura del breve pontificio In Spiritu Sancto, declarando la clausura del concilio. Anunciado por el papa Juan XXIII el 25 de octubre de 1959, una vez preparados los esquemas que iban a discutirse el 11 de octubre de 1962 se inició en la basílica de San Pedro la primera sesión conciliar, con la asistencia de casi 2.400 padres conciliares pertenecientes a todas las razas y países.

Posteriormente se sucedieron tres sesiones más, pero presididas por el nuevo pontífice Pablo VI que continuó en la misma línea abierta y renovadora de su antecesor.

Durante estas cuatro sesiones conciliares se promulgaron 16 documentos, que se pueden dividir en tres grupos, según su contenido. El primero, y el más extenso, incluye temas doctrinales o disciplinares, sin definir ningún dogma, sobre la vida eclesiástica, como las constituciones de la Iglesia, la revelación, la liturgia y los decretos de los obispos, seminarios, sacerdotes y actividad misionera.

El segundo grupo se refiere a las relaciones con los otros cristianos o las otras religiones, destacándose la declaración sobre la libertad religiosa.

Finalmente, el tercer grupo engloba la importante constitución sobre la Iglesia en el mundo actual y el decreto sobre los medios de comunicación social.

08 Diciembre 1965

Respuesta digna a las grandes urgencias

YA (Director: Aquilino Morcillo)

La plaza de San Pedro, centro y pálpito del mundo católico, será hoy digna sede del espectáculo maravilloso con que cerrará sus sesiones el Vaticano II, dando espléndida expresión sensible a la magna realidad sobrenatural del Concilio.

Surgió la idea del Concilio, en frase de su iniciador Juan XXIII, ‘como flor espontánea de inesperada primavera’. Hoy esa flor inicial ha cuajado en una serie de frutos, de los cuales, uno de ellos, tal vez el más importante, son las decisiones solemnes expresada en los documentos conciliares.

Cuatro años de maduración profunda y sostenida, aunque a veces las corrientes de opinión en su inevitable contraste encrespasen la superficie del Concilio, han quedado como sedimentados sosegadamente en las constituciones, decretos y declaraciones que hoy se alzan ya ante los católicos como prontuario asequible, urgente y obligatorio para guiar y encauzar la conducta cristiana.

La encíclica Ecclesiam Suam trazó, entre la primera y la segunda etapa de la magna reunión ecuménica, lo que ella llamó con expresión certera ‘los caminos de la Iglesia’. Bien puede afirmarse que el Concilio y su fruto primero, las decisiones conciliares, constituyen el comentario auténtico y la proyección práctica de esa encíclica, la cual, hasta cierto punto, ha anticipado y canalizado el magno y fecundo esfuerzo del Vaticano II. La Ecclesiam Suam habla de tres caminos para la Iglesia: el de su propio conocimiento, el de su renovación interior y exterior y el de su diálogo con el hombre de hoy. Los quince documentos conciliares responden en su temática fundamental con ajuste perfecto a esos tres caminos.

En forma de síntesis, cuyas partes no se excluyen mutuamente puede afirmarse que las tres grandes constituciones del Concilio – Iglesia, revelación y Liturgia – responden en primer lugar al afán de autoconocimiento y de reflexión sobre sí mismo que la Iglesia experimenta hoy.

Su renovación, por otra parte, enlaza como preocupación común y finalidad conjunta a la serie de decretos que han ido abordando con plenitud de tratamiento y unicidad sustancial de propósitos la función pastoral de los obispos, el ministerio sacerdotal, los estudios y la formación eclesiástios, el apostolado seglar, la educación cristiana, las misiones, las iglesias católicas orientales, el ecumenismo y los medios de comunicación social.

Por último, la tercera vía de la Iglesia católica hoy –vía no nueva, aunque sí renovada y puesta a punto para el tránsito más expedito y cordial – es la que informa las importantes declaraciones conciliares sobre la libertad religiosa, las religiones no cristianas y la actitud de la Iglesia ante los problemas de la humanidad contemporánea.

Se dijo desde el anuncio mismo del Concilio hecho en San Pablo extramuros que una de sus finalidades centrales sería la unión de las iglesias. Al principio se pensó en algo más de lo que en realidad podía dar. Pero hoy, al concluir el Concilio, la realidad supera lo que entonces se pensó. En el balance del Concilio Vaticano II hay un renglón consolador y esperanzado: el de los pasos dados hacia la creación y consiguiente estabilidad de un clima nuevo de relaciones fraternas entre la Iglesia católica y las demás confesiones cristianas muy singularment las orientales u ortodoxas. El oficio bíblico recibido en San Pablo extramuros por el Papa con los observadores delegados no católicos en el Concilio y las declaraciones solemnes de ayer, hechas simultáneamente en Roma y en Constantinopla, podrán marcar una fecha histó ca decisiva en el afán común de recuperar la unidad perdida.

Hoy, la plaza de San Pedro, corazón siempre del catolicismo atraerá hacia sí y reunirá en su amplia explanada, cargada de emoción y de belleza, a todo el mundo cristiano. A la hora de clausurar el Concilio Ecuménico Vaticano II se alza ante la conciencia católica la era posconciliar, toda ella transida de esperanzas fundadas y de responsabilidades formidables. Nos ha tocado vivir el acontecimiento más definitivo de la vida eclesiástica en el presente siglo. Justo es que nos aprestemos a responder en forma digna a sus grandes urgencias.

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