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La prensa progresista lo elogia como un 'giro centrista' de Pablo Casado

El PP une sus votos al PSOE y Unidas Podemos para rechazar la moción de censura de Santiago Abascal (Vox) a Pedro Sánchez

HECHOS

Entre el 21 y el 22 de octubre de 2020 celebró el debate de moción de censura del grupo parlamentario de Vox para destituir a D. Pedro Sánchez como presidente del Gobierno y reemplazarlo por D. Santiago Abascal. La moción sólo contó con el voto favorable de los diputados de Vox y el voto en contra de todos los demás diputados incluido el PP.

21 Octubre 2020

¿VOX es el enemigo del PP?

Francisco Marhuenda

Casado tiene que olvidar el pasado y mirar hacia el futuro, porque no hay ningún indicio que permita suponer que VOX desaparecerá a medio plazo

Los grandes políticos se conocen a la hora de tomar decisiones difíciles. Casado no tiene un panorama fácil ante la moción de censura de VOX, porque las tres opciones de voto tienen aspectos positivos y negativos. A posteriori será fácil saber, dicho irónicamente, si ha acertado o no. En cambio, las opiniones que recibe no tienen ningún coste para el que las da. El escenario actual nada tiene que ver con la etapa de Aznar cuando había un CDS en declive y descabezado así como algunas formaciones regionalistas menores cuyos votos absorbió sin dificultad. ¿Qué hubiera hecho si el CDS hubiera tenido 52 diputados y estuviera en su mejor momento como le sucede ahora a VOX y además el PP solo tuviera 88? No entiendo la comparación cuando se habla de que Casado tiene que volver a unir al centro derecha como si fuera algo fácil. El partido de Abascal se encuentra en una posición sólida, como reflejan todas las encuestas, y no parece que se vaya a desgastar a corto plazo y Ciudadanos aguanta con sus 10 diputados. En aquella época, González estaba afectado por numerosos casos de corrupción y su proyecto estaba agotado.

No parece probable que el PP pueda conseguir una mayoría absoluta en las próximas elecciones. El mejor escenario sería que sumara con VOX y que Ciudadanos desapareciera, lo cual es también improbable. No creo que si se presentan los tres sea posible que exista un resultado suficiente para sacar adelante un gobierno alternativo. Por tanto, sería un error confundir los deseos con la realidad creyendo que el enemigo es quien ha hecho posible que el PP y Ciudadanos gobiernen en comunidades autónomas y ayuntamientos. El consejo de los políticos y los periodistas de izquierdas solo busca beneficiar al gobierno social-comunista, porque quieren que Sánchez siga mucho tiempo en el poder. Nada mejor que una buena pelea y que el PP no quiera saber nada de VOX votando en contra de la moción. Casado tiene que olvidar el pasado y mirar hacia el futuro, porque no hay ningún indicio que permita suponer que VOX desaparecerá a medio plazo. Es algo que pudo comprobar Sánchez con Podemos y ahora es su aliado preferente. Hay que hacer de la necesidad virtud. Es fácil aconsejarle que se enfrente a Abascal como si fuera su enemigo en lugar de hacer el gesto de abstenerse. Es una tontería decir que esto le refuerza o da alas.

22 Octubre 2020

Un no esencial para el futuro de España

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Casado se desmarca de Vox y recupera al PP como partido de Estado

En un giro de enorme trascendencia para la política española, Pablo Casado rechazó este jueves de manera rotunda la moción de censura presentada por Vox y situó a su formación, el Partido Popular, en el lugar que más le conviene a la política española, el de un firme rechazo a los postulados de la ultraderecha y el de una clara apuesta por la moderación. Nunca hasta ahora Casado había criticado tan abiertamente las posiciones del partido liderado por Santiago Abascal —gracias a cuyo apoyo gobierna en las comunidades de Andalucía, Madrid y Murcia— y acertó en su rechazo al ideario oscurantista y radical de Vox. También acertó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al anunciar en el hemiciclo una paralización de su desacertado intento de reforma del Consejo General del Poder Judicial para dar una nueva oportunidad al diálogo. La política española dio así un doble paso adelante para salir de la irracional galopada hacia un horizonte oscuro en la que estaba embarcada.

La moción de censura de Vox contra el Gobierno de Sánchez había puesto a Casado en una posición incómoda. La formación de extrema derecha, incapaz de formular nada comparable ni lejanamente a un programa de gobierno, aprovechó los altavoces del Parlamento para volver a difundir su discurso tremendista, tocar los resortes emocionales de esa amplia parte de la ciudadanía que se encuentra rota y tocada por las devastadoras consecuencias de la pandemia (responsabilidad, en parte, de distintas Administraciones del conjunto del Estado) y situar al PP como una formación incapaz de dar respuesta a un Gobierno al que presentó como el peor de los últimos 80 años. Se trata de un discurso que, en una atmósfera de intensa polarización, complace a buena parte del electorado conservador. Casado sorteó la tentación de ponerse de perfil ante la posibilidad de que parte de su partido y de sus simpatizantes se sintiera atraída por la propuesta de abstenerse que lideró la anterior portavoz del partido, Cayetana Álvarez de Toledo.

El líder del PP, sin embargo, eligió el camino correcto, recuperar para su formación la voluntad de ser un partido de Estado y lo que ello significa: no contribuir al gratuito desgaste de las instituciones que esta moción representaba, aislar al ideario ultraderechista y reivindicar el valor de la Transición y la Constitución de 1978 como pivotes en torno a los que debe seguir girando la política de los próximos años. En un discurso brillante, tachó la moción de “justa medieval” y subrayó que no pretendía seguir a la extrema derecha en la construcción de esa España cainita que ha conducido al país a sus peores abismos. Reivindicó al PP como una “fuerza tranquila”, reformista, defensor de la pluralidad y la tolerancia, el libre mercado y el Estado autonómico, que quiere una Europa fuerte, que hace suyos los proyectos de la Unión de caminar por la senda ecológica y de la digitalización.

La condena de las posiciones extremas de Vox por parte del PP redibuja el mapa político español y abre una ventana a nuevas posibilidades, aunque las dificultades siguen siendo enormes. Casado pareció establecer en su discurso una equidistancia en su rechazo a Abascal y Pedro Sánchez, lo que evidencia que decirle no a la ultraderecha no facilita de forma automática la bajada de puentes levadizos hacia el otro lado del espectro político.

Pero hay una oportunidad. “A las cosas”, dijo Casado recordando a Ortega. A continuación, el presidente Sánchez lo invitó a negociar la renovación del Poder Judicial. A las cosas, de eso se trata, es lo que necesita España. Con pragmatismo, sin prejuicios ideológicos. El gran paso dado en las Cortes no puede quedarse en un brillante discurso: ahora toca enfrentarse a los hechos. Las urgentes medidas necesarias para combatir la pandemia, el refuerzo de las instituciones, el imprescindible diálogo sobre la salida de la crisis económica —los Presupuestos Generales—: es ahí donde se verá el alcance del giro del PP. Se abre una oportunidad, y la coalición gubernamental obviamente está llamada a hacer su parte. Se ha abierto de repente un camino hacia una política mejor. Conviene explorarlo con lealtad y determinación. España lo necesita. Europa lo espera.

22 Octubre 2020

Mi aplauso para Pablo Casado

Ignacio Escolar

Era una moción de censura contra el PP y por eso Casado ha puesto pie en pared contra la ultraderecha. Ha hecho lo correcto. Ojalá siga esa senda y no vuelva a cambiar de posición.

Pablo Casado tiene un problema de credibilidad. No es la primera vez que cambia su discurso sobre Vox, un partido «constitucionalista» o de «extrema derecha» según convenga.

También tiene un problema de coherencia: este Vox al que duramente ha criticado este jueves en el Congreso es el mismo que sustenta gran parte de sus gobiernos autonómicos y municipales, y con los que negocian cada medida que toman.

Es discutible su sinceridad: qué pasará en el futuro, si Casado necesita los escaños de Vox para gobernar.

Pero todos estos matices no quitan mérito ni importancia a lo que ha ocurrido hoy en el Congreso, con un discurso histórico, que hace ya dos años que debería haberse producido. Que llega tarde, pero llega. Y es un cambio de actitud que, sin duda, hay que aplaudir.

No espero de Pablo Casado que cambie de ideología, de opinión, de manera de entender el mundo o de forma de pensar. No pretendo que se haga republicano, ni progresista, ni partidario de la redistribución de la riqueza o de aumentar el gasto social. Me conformo con otra cosa: que construya a su alrededor una derecha conservadora democrática, homologable a la europea. Esa derecha necesaria en cualquier país libre y próspero, y que tanto cuesta aquí consolidar. Esa derecha que en España viaja al centro cada tanto, y al rato se vuelve a crispar.

Hace falta una derecha que ponga pie en pared contra el fascismo. Que deje de contemporizar con un partido xenófobo, racista, machista y antidemocrático por miedo a sus propios electores, en un momento de absoluta crispación. Una derecha democrática, que rechace frontalmente a la ultraderecha, igual que hace en Alemania Merkel, o hacía en Francia Chirac. Una derecha que ayude a parar el guerracivilismo y la polarización.

Eso es lo que ha ocurrido hoy. El discurso de Casado no solo ha sido formalmente brillante, también contundente y sin matices. Solo se puede interpretar como un «hasta aquí», que debería tener más consecuencias y que ata a Casado a una posición que difícilmente podrá cambiar en esta legislatura. Es un punto de inflexión.

No era una decisión fácil para el PP. Casado sabe, lo dicen las encuestas, que la inmensa mayoría de sus votantes querían otra cosa: que votara sí a la moción de censura; que al menos se abstuviera y marcara distancias con Bildu o ERC. No tenía una opción fácil porque tomar esa vía probablemente habría lastrado a Casado para toda la legislatura, del mismo modo que, en su momento, le hundió la foto de Colón.

Casado ha sido inteligente en esta decisión. No porque esta vía le vaya a garantizar un buen resultado electoral, que no es seguro, sino porque la otra opción probablemente era aún peor. Caminar del lado de Vox y reírle las gracias a la ultraderecha había llevado al PP a un rincón, sin posibilidad alguna de gobernar España.

El duro discurso de Casado dejó noqueado a Abascal. El líder de Vox, en su réplica al PP, repitió varias veces su «perplejidad», y es evidente que decía la verdad. Se conocen de hace muchos años y sus carreras políticas han sido muy parecidas. Tienen –o tenían– una buena relación personal. Abascal no se lo esperaba; no con la contundencia con la que Casado le atizó. No supo reaccionar. No dio la talla en una moción de la que sale completamente derrotado, con el mayor rechazo en la historia del Congreso a un candidato a la presidencia del Gobierno, que es lo que en el fondo se votaba este jueves.

A pesar de esta derrota, a pesar de esta ruptura, Vox no va a desaparecer. No le ha salido bien la jugada, pero en esta lazada que había preparado para el PP sale con uno de los dos escenarios previstos, y que Vox veía como ganador: con el monopolio de la oposición ultra –la otra opción era arrastrar al PP a su posición–. La duda es hasta dónde llegará su apoyo popular. Cuánto mide el odio de la derecha, en un contexto de crisis económica, sanitaria y social, de extrema polarización. El mundo y la historia están llenos de ejemplos sobre cómo el fascismo es capaz de florecer en este contexto. Incluso llegar al poder.

El nuevo discurso de Casado deja también al Gobierno de coalición un espacio para la generosidad, para el diálogo, para la mano tendida, para poner freno a esa crispación que ha deteriorado la vida pública hasta un extremo inédito. Después de este giro, y de la oferta de Pedro Sánchez de retirar la reforma de la ley del Poder Judicial, no se entendería que Casado mantuviera su bloqueo a la renovación del gobierno de los jueces. O que siguiera sin sentarse con Sánchez para hablar de los Presupuestos y plantear sus posiciones, aunque su voto siga siendo no.

Tal vez sea un espejismo. La bronca volvió poco después al Congreso, en el encontronazo entre Casado e Iglesias donde el presidente del PP equiparó a Unidas Podemos con Vox. Pero lo mismo es pedir demasiado que un líder conservador no confronte con Unidas Podemos el mismo día en que media derecha le tilda de traidor.

Era una moción de censura contra el PP. No había escapatoria, y por eso Casado ha puesto pie en pared. Ha hecho lo correcto. Ojalá no vuelva a cambiar de posición.

23 Octubre 2020

Casado rompe la derecha

Federico Jiménez Losantos

DECÍA ayer Rafa Latorre que la moción de censura la ganó Vox con Garriga y la perdió con Abascal. Imagino que por los 10 minutos idiotas sobre Europa, muchísimo más suaves que los de Podemos o los bildutarras, que pretenden abandonar el euro y romper la frontera francesa. Pero añadía que la derrota quedaba muy matizada por el comunicado contra Vox del cordón sanitario terrorista-separatista-socialista, de Bildu al PSOE pasando por Esquerra, la CUP y Podemos, o sea, todos los partidos que quieren derribar el orden constitucional y destruir nuestra nación. Los que, con el PSOE al frente, tienen otro elemento común, junto al odio al Rey, a España, a la Constitución y a la independencia judicial: el cerco a Vox.

Pues bien, cuando ayer Pablo Casado, en el discurso más violento que recuerdo en el Hemiciclo, incluidos filoterroristas y separatistas, se unió a ese cerco de odio al partido y la persona de Santiago Abascal, la moción que Vox tenía perdida, la ganó. Porque la agresión personal y política fue tan desmesurada que lo colocó en el papel de víctima. Y porque Abascal, en vez de decirle que hoy dejaría caer todos los Gobiernos autonómicos y capitales en los que gobierna el Partido Popular gracias a ellos, aguantó con serenidad la infame provocación de compararle con la ETA y dijo que, si el PP rompía la derecha, podía confiar en Vox para mantener Madrid, Andalucía y Murcia. Yo estaba atónito viendo por primera vez en Casado a una mala persona. Afortunadamente, Abascal no quiso suicidarse con él.

Para los habitantes de la zona de confort de la izquierda, a la que pertenecen tantos opinadores y medios de comunicación subvencionados, Casado logró ayer la legitimación de la izquierda y los partidos del cordón sanitario liberticida. Pero sólo 10 minutos; el tiempo que tardó Pablenin en felicitarle por la traición y decirle que llegaba tarde.

Mientras, el PP tuiteaba: «España, sí; Vox, no». O sea, que el PP quiere echar de España a casi cuatro millones de votantes de la derecha, igual que los separatistas echan de Cataluña o el País Vasco a los españolistas. Insistió Casado, con gestos de odio que nunca sospechamos, en que sólo el PP puede ser la alternativa a Sánchez e Iglesias, al que equiparó con Abascal, porque ellos «tienen la marca». Cierto. Pero después de ayer, nunca le compraría un coche usado al líder del PP. Y el suyo, de marca, está usadísimo.

25 Octubre 2020

Cuando el «no» a Abascal parece un «sí» a Sánchez

Eduardo Inda

Era muy joven pero no lo he olvidado. No he olvidado el involuntario harakiri que se hizo Manuel Fraga a cuenta del referéndum de la OTAN en marzo de 1986. Felipe González, el político más brillante que ha parido este país, lo cual no equivale a eficaz, dijo “Diego” donde cuatro años atrás había pronunciado un “innegociable” “digo”. El ADN que más escaños ha logrado nunca jamás (202 en 1982) se la jugó a las primeras de cambio presionado por sus socios occidentales en general y por los Estados Unidos de Ronald Reagan en particular. Ni corto ni perezoso, convocó un plebiscito en el que había que responder a algo tan sencillito como era la permanencia o no en la “Alianza Atlántica” —que no en la OTAN, ya entonces eran unos pillos—, la comunidad defensiva del mundo libre.

Felipe hizo una campaña a cara de perro en pos de ese “sí” que le libraría de un apocalipsis cuando no se habían cumplido ni tres años y medio de su espectacular llegada a Moncloa. Una llegada a Moncloa, la de los perdedores de la Guerra Civil, que representa la culminación de nuestra modélica Transición de la dictadura a la democracia. O ganaba o tenía que coger los bártulos y pirárselas por donde había venido. Algo parecido a lo que ocurrió 30 años después a David Cameron con el Brexit en esa suerte de todo o nada que son los plebiscitos. El líder de la oposición, Manuel Fraga, al que un genial Felipe practicaba con éxito el abrazo del oso y la escena del sofá, que tanto gustaba a un tipo pagado de sí mismo como el fundador de AP, planteó un debate de puertas adentro con esa guardia de corps en la que figuraban tipos tan brillantes como Fernando Suárez, Miguel Herrero de Miñón, José María Ruiz-Gallardón o el ahora juguete roto Jorge Verstrynge.

El sanedrín se lo pensó mucho. Demasiado. Al punto que llegaron a la peor de las soluciones: la abstención. Y no precisamente porque algunos no advirtieran que constituía un suicidio en toda regla. El “sí”, sostenía Fraga, era un aval al Felipe González del rodillo. El “no” suponía alinearse con esa ultraizquierda que hoy representa Podemos. Por eso, al final optaron por la abstención. Y González se salió del mapa con un 52% de “síes” de una parroquia que antaño estaba mayoritariamente por el “no”. Consecuencia: esa decisión contra natura de AP dejó a González expedito el camino para retener el poder en las generales de tres meses después. Obtuvo 184 diputados, que no está nada mal teniendo en cuenta que son ocho cómodos asientos por encima de la mayoría absoluta.

Fraga quedó como un apestado. No lo querían los suyos, ni dentro de España, ni allende nuestras fronteras. El mundo libre capitaneado por Reagan le dio la espalda y ahí quedó sentenciado para siempre por votar en contra de lo que su partido había sostenido proverbialmente. El mundo de la empresa, pequeña, grande y mediopensionista, tan cercano históricamente a los de la calle Génova, no comprendió tampoco tamaño feo al primo de Zumosol. Los pocos que se atrevían a llevarle la contraria le habían advertido del suicidio que suponía ponerse de perfil y no apostar por los principios por mucho que González fuera un camisa nueva del atlantismo. Era algo que ni entendía ni iba a entender nunca esa derecha sociológica que veía y ve a los Estados Unidos como un país amigo y que contemplaba a la entonces aún vigentísima Unión Soviética como una amenaza para las libertades de Occidente.

El ataque a los principios más elementales devino a título particular en tiro en la entrepierna. El que el León de Villalba se pegó por atolondramiento a la hora de votar. Un movimiento que nadie entendió y que en sus memorias reconoció como uno de sus mayores errores en 50 años de servicio público, si no el ERROR con mayúsculas de toda una controvertida pero no menos honrada vida. Consecuencia: ocho meses más tarde dejó la Presidencia de esa Alianza Popular que fue el antecedente legal del Partido Popular.

Tres cuartos de lo mismo ocurrió a las mentes más liberales de la UCD en 1981 al suscitarse el debate, en plena caída a plomo en las encuestas, acerca de la conveniencia de integrar avant match en el gran partido de la Transición a la Alianza Popular del catedrático gallego. Los Moscoso, Fernández Ordóñez y cía, secundados por los más jóvenes del lugar, encabezados por Eduardo Zaplana, Pedro Pérez y Javier Arenas, se resistieron con uñas y dientes a la fusión “con el partido de un ministro de Franco”. Olvidaban, entre otras muchas cosas, que la propia UCD estaba trufada de algunos de los tipos más aperturistas de la dictadura, pero miembros de la dictadura al fin y al cabo.

Tipos con los redaños pelaos como Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero de Miñón y mi entrañable Rafa Arias-Salgado, el mayor sabio político que conozco, les corrigieron: “Al final, sus votantes son intercambiables con los nuestros sociológicamente hablando. Si nos fusionamos con ellos, luego todo se desdibujará en la gran estructura del partido y la polémica morirá. Es la única forma que tenemos de retener el poder”. Los listillos no les hicieron ni puñetero caso, se impusieron y, año y medio después, la UCD se quedó en 11 diputados frente a los 168 que ostentaba y Alianza Popular pasó de 10 a 107 escaños. El pez chico se merendó al grande. Y del grande nunca más se supo. Fue la mayor hecatombe conocida en la política europea, si no récord mundial.

El defecto de la abstención en el referéndum de la OTAN hubiera sido la virtud el pasado jueves a la hora de decidir qué botón se pulsaba

“Los que hicimos el tonto hace 40 años observamos con preocupación que lo haya hecho Pablo Casado con la moción de censura. Una cosa es no apoyar a Abascal y otra bien distinta, y mil veces menos comprensible, es votar “no” a una iniciativa parlamentaria contra el presidente más mentiroso, incompetente y ruin, el personaje que ha destrozado todos los consensos de nuestra historia democrática”, suscribe uno de ellos, excelentemente bien relacionado con la actual nomenclatura de Génova 13. Menos aún entienden y defienden “los ataques personales a Abascal” o ese alineamiento, siquiera formal, con Podemos, Bildu y ERC a la hora de votar. El defecto de la abstención en el referéndum de la OTAN hubiera sido la virtud el pasado jueves al mediodía a la hora de decidir qué botón se pulsaba.

Sentí vergüenza ajena al contemplar no sólo como los de Casado votaban lo mismo que gentuza como Iglesias, el partido de ETA, Bildu, o esa formación (ERC) que dio un golpe de Estado en Cataluña hace tres años exactitos, sino también al escuchar las loas a Casado procedentes de la bancada del mal. Que un tridelincuente como Iglesias te llame “brillante” e “inteligente” y afirme que “intelectualmente” eres “respetable” es para pensar más allá de toda duda razonable que vas por el camino equivocado. Que todos los medios podemitas, socialistas o socialpodemitas te inunden de alabanzas es para hacértelo mirar. Y que entres en Twitter y seas trending topic con hashtag del tenor de “Traidores”, “Pablo Cagado” o “Adiós PP” es para entrar en modo pánico por muchos trolls y bots de Vox que anden sueltos.

La furia desatada por Casado contra Abascal sólo albergaba una mínima lógica: la presentación de la moción de censura era gasolina para un Sánchez que saldría victorioso de ella sí o sí. Era el lugar pero no el momento. Tan cierto es que hay más razones de peso que nunca para el impeachment al presidente del Gobierno por sus mentiras, su totalitarismo sus pactos con el diablo y su inempeorable gestión económica y sanitaria, como que las mociones de censura agigantan al defensor del título si sale vivo. Abascal se la podía haber ahorrado a la espera de mejores tiempos.

Dicho todo lo cual, y teniendo en cuenta este pecado de partida de Vox, lo que tú no puedes hacer es seguirle la corriente saltando a la arena y liándote a palos con quien es tu aliado natural. En lugar de teatralizar para salir airoso de la trampa que le habían tendido Sánchez y Abascal, absteniéndose y optando por un mucho más inteligente “a otra cosa, mariposa”, el presidente del PP se lio la manta a la cabeza. No reparó en el elemental hecho de que Sánchez es infinitamente peor que Abascal. Que moralmente Iglesias representa todo lo que una persona decente detesta. Que Rufián es un golpista. Y que Otegi directamente fue el jefe de esa banda terrorista ETA que, por mucho blanqueamiento que le hagan los circunstanciales compañeros de voto de Casado, seguirá siendo la que asesinó a 856 compatriotas, mutiló o quemó a miles, extorsionó a otros tantos y provocó el éxodo de 250.000 vascos.

Abascal estuvo bastante mejor en las réplicas y contrarréplicas que en la presentación del preceptivo programa de Gobierno. Sobraron las frikadas del virus “chino”, su “éste es el peor Gobierno de los últimos 80 años” cuando la mitad de ellos fue una dictadura, la comparación de una UE “federalizante” con “la República Popular China o la Unión Soviética” o la equiparación de la Europa a 27 con “la soñada por Hitler”. Teniendo en cuenta que nos van a regalar 70.000 millones para salir a flote del desastre socialcomunista o que han parado el golpe de Estado Judicial, no era el momento. Para mí, no lo es nunca, pero para Abascal, que se autocalifica como euroescéptico, no debiera haber sido ahora.

El peor momento de Casado sobrevino con una frasecita que dirigida a Otegi o a El Moñas sería incontestable y vendría como anillo al dedo, pero que vomitada sobre Abascal resulta una miseria moral imperdonable: “Nuestra patria es España. Y, por nuestra patria, este partido que usted conoce bien y que a usted le conoce muy bien ha pagado un tributo de sangre que vienen a pisotear personas como usted”. Ni siquiera el Mariano Rajoy que fomentó el adiós de María San Gil al PP fue capaz de llegar tan bajo. Lo más triste es que su sucesor sabe muy bien que el líder verde vive desde los 19 años con escolta, que le agredían tanto en la universidad como en los plenos y que la fachada de la tienda de la familia en Amurrio, Moda Abascal, fue calcinada por los cócteles molotov de los terroristas callejeros. A mí tampoco me lo van a contar. Su madre, Isabel, que por su juventud parece más bien la hermana mayor, me enseñó las huellas indelebles de la barbarie etarra que quedan en el escaparate.

Casado debería tener presente que Vox es una escisión del PP, que sus votantes son antiguos seguidores del partido azul

Estaba con una llamada cuando soltó otra de las perlas de una mañana para olvidar, “no queremos ser como ustedes”. Intuí que se refería a Sánchez, Iglesias o Rufián. Rebobiné y certifiqué que tampoco: nuevamente el dardo iba dirigido a la diana Abascal. El presidente del PP tenía motivos para dar un puñetazo encima de la mesa, un golpe de autoridad, claro que sí. Para decir que en la derecha manda él, algo incontrovertible aritméticamente hablando. El problema es que hay golpes sobre la mesa que acaban haciendo saltar por los aires todo lo que hay encima de ella. Eso es lo que aconteció el jueves por mucho que los medios del establishment aplaudan el esperpento por miedo reverencial a esa izquierda política y mediática que establece las reglas de juego. A excéntrica displicencia sonó también el “le hemos dado trabajo a usted durante 15 años”, una expresión más propia de un negrero de una plantación del Misisipi del siglo XIX cuando se dirige a un esclavo que de dirigentes democráticos.

Toda esta opinión la suscribe alguien que cree en Casado. De hecho, OKDIARIO fue el único periódico que apostó por él en medio de un tsunami mediático a favor de una Soraya Sáenz de Santamaría, la verdadera culpable de que la derecha esté así, a la que querían sacar bajo palio. Y, por supuesto, creo en el modelo de sociedad que defiende el Partido Popular. Pero Vox no es la ultraderecha que nos vende la retroprogresía patria, es más bien un partido de derecha tradicional, frente al liberalismo que encarna el PP y que encaja mucho más en mi ideario liberal. Casado debería tener presente que Vox es una escisión del PP, que sus votantes son antiguos seguidores del partido azul y que en un área clave como es la económica las diferencias son iguales a cero. Y, escuchando lo que escuchaba, la izquierda le tomó la palabra y le cogió con el paso cambiado cuando le preguntó lo obvio: “Si tan malo es Vox, ¿por qué mantiene los pactos con ellos?”.

Querido Pablo, estimado Casado, el enemigo era y es Sánchez, Sánchez y nada más que Sánchez. A ver si nos enteramos. Bueno, Sánchez y el tridelincuente. El “no queremos ser como ustedes”, el “pisotea el tributo de sangre que ha pagado nuestro partido” y el “cuanto peor para España, mejor para usted” deberías reservarlos para el próximo debate parlamentario con el tipo que ha roto todas las reglas de juego habidas y por haber: Pedro Sánchez. Un presidente que ha llegado donde ni siquiera osó acercarse ese Príncipe de la Frivolidad que es Zapatero. Atacando suicidamente a machete a Vox hizo más fuerte al presidente del Gobierno, tarea en la que había puesto el primer grano de arena Santiago Abascal con una jaimitada en forma de moción de censura. Cuando atacas a Vox con más ira que a los malos, cuando votas lo mismo que PSOE, Bildu, Podemos y ERC y cuando te ensalzan hasta el baboseo los periodistas podemitas, parece que estás dando un “sí” a ese Frente Popular que hunde la economía, excarcela multiasesinos etarras, prepara el indulto de los golpistas y ha provocado que España tenga más muertos per cápita por Covid que ningún otro país. Votar contra tus principios, aunque sea por motivos tácticos, acaba dando mal resultado a la larga. A Fraga no se lo vamos a contar, porque ya no está, pero no estaría de más que se lo recordases al cerebro de tu discurso, José María Aznar. Las cosas no son en este caso lo que parecen. El problema es que millones de españoles puedan llegar a pensar lo contrario.

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