27 junio 1954
El golpe ha sido apoyado por Estados Unidos
El presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, derribado por un Golpe de Estado que lo reemplaza por una dictadura militar
Hechos
El 27.06.1954 fue depuesto el presidente de Guatemala Jacobo Árbenz y reemplaado por Carlos Enrique Díaz.
Lecturas
Ha cesado la lucha en Guatemala. La interrupción de hostilidades fue acordada ayer entre los coroneles Luis Monzón, que preside la Junta Militar de Gobierno guatemalteca, y Carlos Castillo Armas, jefe de las fuerzas mercenarias que invadieron el país el 18 de este mes.
El presidente Jacobo Arbenz se vio obligado a dimitir presionado por elementos militares, el día 27. Asumió entonces el poder una Junta Militar encabezada por el coronel Díaz, jefe de las fuerzas armadas, que si bien actuó en connivencia con el embajador de Estados Unidos, Peurifoy, no por ello estuvo dispuesto a fusilar a dirigentes comunistas.
Castillo Armas, por lo tanto, prosiguió la lucha contra Díaz, mientras aviones norteamericanos con base en Managua bombardeaban Guatemala.
Coroneles anticomunistas secundados por Peurifoy, forzaron a Díaz a dimitir, y se constituyó una nueva Junta Militar presidida por el coronel Luis Monzón. FUe entonces cuando se pactó con los invasores.
En la caída de Arbenz influyeron, fundamentalmente los intereses de la poderosa United Fruit Co.
01 Julio 1954
Fin rápido y beneficioso
El principio de guerra civil en Guatemala, sólo ha durado doce días. Y aún se ha desarrollado en forma más bien formal. Es decir que, según se informa desde aquel país, el número de víctimas es muy reducido, aún habida cuenta de la escasez de los efectivos puestos en línea por uno y otro bandos. El rápido conflicto ha tenido, pues, un término rápido. Y beneficioso.
Por lo que hasta ahora se ha podido ver, existe un contraste vivísimo entre la habilidad política del caído Presidente, Arbenz, y la del jefe del movimiento, el coronel Carlos Castillo Armas. El primer cobró, en todo su mandato con una ceguera de la que trae inevitablemente a la mente el viejo proverbio: «Dios ciega a los que quiere perder». Primero, su entrega a los comunistas; después, su desafío a los Estados Unidos, en un momento especialmente grave de la ‘guerra fría’, son actos que reclaman sobre la historia de un gobernante el calificativo de pura insensatez.
Castillo Armas, en cambio, desde su reciente aparición ante el mundo, ha demostrado una evidente actitud de prudencia, no desmentida por cierto por su encabezamiento de la rebelión, que la conducta de Arbenz había hecho inevitable. Demostrando un conocimiento profundo de la situación en su país, ha aprovechado el momento preciso en que se conjugaban la suma de los desaciertos internos y externos de Arbenz, junto con la coyuntura internacional. Con ello, no sólo colocaba ya de entrada el triunfo en su campo, sino que iniciaba su acción sobre un terreno tan maduro que forzosamente ésta habría de ser lo más breve que pudiera preverse. Y, por lo tanto, lo menos sangrienta posible, dentro de la inexorabilidad del cautiverio. Así, su acción más puede calificarse de ‘acto de presencia’ que de verdadera operación militar. Castillo Armas se situó, y situó a los suyos, dentro del territorio guatemalteco, e invitó seguidamente a las fuerzas militares del país a bandonar al régimen Arbenz-Fortuny para restablecer el orden y la paz. Este método, lleno de prudencia, les ha dado el resultado que indicábamos al comienzo de este comentario: tras doce días de iniciado el movimiento, sin apenas bajas que lamentar y sin destrucciones materiales de importancia, el Gobierno comunistoide ha sido barrido. Y Carlos Castillo se dispone a entrar, triunfalmente, en la capital guatemalteca.
No es sólo a su país, por lo demás, a quien ha servido Castillo Armas con su movimiento y con la prontitud de su victoria. Es a todo el continente americano y en líneas generales a todo el mundo occidental.
Habíamos señalado, en su momento, que la cuestión de Guatemala no era desdeñable ni de importancia ínfima. Todo, ahora que está en periodo de liquidación, obliga a insistir en que así era. Un verdadero gran peligro ha sido evitado. Guatemala, en manos de Arbenz, y especialmente iniciada la lucha civil, era un auténtico polvorín en una parte del mundo cuya importancia es considerable, como posible terreno de actuación del comunismo, tanto en los terrenos militar y político como en el social. Ya en la breve docena de días transcurridos desde que Castillo Armas inició su ataque, múltiples complicaciones han apuntado en el campo internacional. No se sabe hasta donde estas complicaciones pudieran haber llegado de no haber tenido la lucha un desenlace tan rápido. Ello, junto al canal de Panamá, en la retaguardia de los Estados Unidos era, para Rusia, una oportunidad de maniobra demasiado buena para ser desdeñada. Carlos Castillo Armas ha sabido escoger bien el momento y aprovecharlo certeramente.
Ahora, la suerte de Guatemala se encuentra en su manos. Es una gran responsabilidad. Le toca no sólo restablecer el orden y la paz, sino, también, adelantarse en el estudio de los problemas reales del país para desentrañar lo que haya podido ser la base social y económica sobre la cual el comunismo trató de crearse una cabeza de puente en el hemisferio occidental, y ponerle remedio. No es tarea fácil.