15 septiembre 1992

La secta maoista sembró de cadáveres el país

El régimen de Fujimori en Perú aplasta a la banda terrorista Sendero Luminoso capturando a su líder Abimael Guzmán

Hechos

El 15 de septiembre de 1992 se hizo pública la detención de Abimael Guzmán.

Lecturas

Abimael Guzmán Reynoso, antiguo profesor de filosofía de la Universidad de Huamanga, había construido durante más de veinte años alrededor de sí mismo una de las organizaciones revolucionarias más fanáticas de América Latina. Inspirado por Mao Zedong y convencido de haber desarrollado una nueva aportación al marxismo-leninismo-maoísmo —el llamado «Pensamiento Gonzalo»—, convirtió al Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso en una organización sometida a un extraordinario culto a su personalidad. La guerra comenzó abiertamente el 17 de mayo de 1980, cuando senderistas quemaron las urnas electorales de Chuschi, en Ayacucho, precisamente cuando Perú regresaba a la democracia después de doce años de gobiernos militares. Lo que inicialmente podía parecer una pequeña insurgencia rural se transformó durante las presidencias de Fernando Belaúnde Terry y Alan García en una guerra terrorista cada vez más sangrienta, mientras la respuesta de las Fuerzas Armadas produjo a su vez gravísimas violaciones de los derechos humanos.

Sendero no pretendía simplemente derribar al Gobierno: su concepción maoísta de la «guerra popular» legitimaba la eliminación de cualquiera que obstaculizase la revolución, incluidos campesinos pobres a quienes decía representar. Uno de los ejemplos más atroces fue la matanza de Lucanamarca del 3 de abril de 1983, en la que fueron asesinados 69 campesinos, incluidos mujeres y niños, como represalia por la resistencia de la comunidad a Sendero. Guzmán asumiría posteriormente la decisión política de aquella matanza. Durante los años siguientes se sucedieron asesinatos de autoridades locales, policías, militares, sindicalistas, dirigentes campesinos y políticos; atentados con dinamita, derribos de torres eléctricas y ejecuciones de quienes Sendero calificaba como enemigos de clase o colaboradores del Estado. La Comisión de la Verdad y Reconciliación terminaría considerando a Sendero Luminoso el principal responsable individual de muertos y desaparecidos durante el conflicto peruano, atribuyéndole aproximadamente el 54% de las víctimas fatales estimadas.

A finales de los ochenta y comienzos de los noventa la organización trasladó progresivamente su ofensiva hacia Lima. Guzmán proclamaba que la guerra había alcanzado un supuesto «equilibrio estratégico» y que se aproximaba la conquista del poder. El terrorismo comenzó a formar parte de la vida cotidiana de la capital: apagones provocados mediante la voladura de torres eléctricas, coches bomba y asesinatos selectivos. El 15 de febrero de 1992, Sendero asesinó en Villa El Salvador a la dirigente popular de izquierdas María Elena Moyano, que se había enfrentado públicamente a la organización; su cadáver fue además dinamitado. Y el 16 de julio, un coche bomba colocado en la calle Tarata, en Miraflores, mató a 25 personas e hirió a 155. Sólo entre enero y julio de aquel año habían explotado 37 coches bomba en Lima, causando alrededor de medio centenar de muertos. Para muchos peruanos de 1992 la pregunta ya no era si Sendero podía continuar matando, sino si realmente podía llegar algún día a amenazar la supervivencia misma del Estado.

Sin embargo, mientras Sendero exhibía públicamente su fuerza, un pequeño grupo policial estaba penetrando silenciosamente en su estructura. El Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la DINCOTE, creado en 1990, abandonó en buena medida la búsqueda de detenciones espectaculares inmediatas y apostó por seguimientos prolongados que permitieran ascender desde militantes secundarios hasta la dirección. Entre sus principales responsables estaban los policías Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro, con el respaldo del general Ketín Vidal. Vigilando viviendas, siguiendo personas y hasta examinando la basura de determinados domicilios, los agentes fueron reconstruyendo el círculo clandestino que rodeaba a Guzmán. La Comisión de la Verdad consideraría posteriormente este cambio hacia el trabajo de inteligencia una de las claves de la derrota senderista.

La investigación terminó conduciendo a una vivienda de Surquillo, aparentemente relacionada con una academia de danza de Maritza Garrido Lecca. Los agentes encontraron indicios de que allí vivía alguien de gran importancia —entre ellos medicamentos relacionados con la psoriasis que padecía Guzmán— y mantuvieron la vigilancia en vez de precipitarse. La noche del 12 de septiembre de 1992, el GEIN lanzó la denominada Operación Victoria. Los policías entraron sin efectuar un solo disparo y encontraron aquello que llevaban años buscando: Abimael Guzmán estaba allí. Con él cayó Elena Iparraguirre, destacada dirigente senderista y compañera sentimental de Guzmán, además de otros miembros importantes de la organización. La detención alcanzaba, por tanto, no sólo al símbolo sino a una parte sustancial de la dirección.

El golpe psicológico fue inmenso. Durante doce años Guzmán había sido prácticamente un fantasma: apenas existían imágenes recientes de él, dirigía clandestinamente una organización capaz de matar en cualquier lugar y sus seguidores lo habían elevado a la categoría casi mítica de «Presidente Gonzalo». El 24 de septiembre, el Gobierno decidió destruir deliberadamente aquella imagen. Ante centenares de periodistas apareció una jaula de hierro cubierta por una cortina; al retirarla, allí estaba Guzmán, con un uniforme penitenciario de rayas negras y blancas, el número 1509 sobre el pecho y rodeado de policías armados. El prisionero trató de convertir la humillación en mitin: levantó el puño, defendió la continuación de la «guerra popular» y aseguró que su captura constituía solamente «un recodo» del camino revolucionario. Pero la imagen que recibió Perú era exactamente la contraria a la que pretendía transmitir: el hombre que aspiraba a destruir el Estado estaba encerrado por ese Estado detrás de unos barrotes.

Guzmán fue sometido rápidamente a un juicio ante un tribunal militar de jueces sin rostro y condenado a cadena perpetua por terrorismo. Aquella sentencia formaba parte del aparato judicial excepcional implantado durante el régimen de Fujimori y posteriormente sería anulada al considerarse inconstitucional ese sistema. Ya restauradas mayores garantías procesales, Guzmán fue nuevamente juzgado por la jurisdicción civil y en 2006 volvió a recibir cadena perpetua. En 2018 recibiría otra condena a perpetuidad por el atentado de Tarata. Permaneció recluido en la prisión de máxima seguridad de la Base Naval del Callao hasta su muerte, el 11 de septiembre de 2021.

14 Septiembre 1992

Abimael, el burgués

Álvaro Vargas Llosa

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Ha caído como un burgués: en el barrio mesocrático de Surco, sin pelear y sin grandeza, resignado a la fatalidad, aceptando para sí mismo un mugriento destino entre rejas, él que había jurado liberar de ese mismo destino a la humanidad oprimida, con una facilidad que guarda poca proporción con esa violencia apocalíptica que acabó con la vida de casi treinta mil hombres y, en el país de la pobreza que es el mío, destruyó materia por un monto mayor al de su deuda externa. Eso, sin contar el otro daño, deletéreo para una sociedad desarticulada y divorciada de su Estado, que tiene que ver con la degeneración que ha padecido en los últimos años la vida peruana. Ha empezado, así, la desmitificación de Sendero. Hay que agradecer al cielo que los agentes de la Dincote, que lo tenían cercado desde las cuatro de la tarde y lo aprehendieron a las nueve, no lo mataran: hubieran entregado al mito del camarada Gonzalo un pasaporte a la eternidad. Ahora, mientras ven a su Dios deshacerse como un terrón de azúcar, esos quince o veinte mil lunáticos para quienes el jefe no tenía perfil humano, pues nunca lo habían visto, irán percibiendo, si las autoridades manejan con habilidad el striptease de Abimael Guzmán, cómo van cayendo, una a una, las prendas del mito, y aparece bajo ellas la mierdosa carne humana del personaje. No son los cargos lo que desmitificará a Guzmán. Al contrario: ellos brillarán en la retina de sus huestes como la luna. Lo desmitificarán esos detalles de pequeño burgués de los que está seguramente repleta su vida clandestina desde que en mayo de 1980 pasó a la lucha armada. ¿Es ésta la muerte de Sendero? El maoísmo murió con Mao en la China, tal era la dependencia que tenía la corriente de la dirección de su jefe. El verticalismo de Sendero es impecable. La cabeza mueve las extremidades. Pero hay elementos que sugieren una inercia de bases, capaz de continuar: la organización es eficiente, en un país ineficiente. Las células móviles, inconexas entre sí, bien distribuidas por el país y dotadas de un fanatismo que sólo es concebible en términos metafísicos, más o menos bien armadas y con acceso a unos 60 millones de dólares al año gracias al narcotráfico, son capaces todavía de mucho daño. La penetración de Sendero en los «pueblos jóvenes» de Lima nacidos de la inmigración a la capital, y que es donde ocurre la verdadera vida peruana, da miedo: en San Juan de Lurigancho, por ejemplo, población con más de 350.000 habitantes, han muerto 19 dirigentes de las organizaciones populares en el último año. No comparto la opinión de que la organización militar dependía estrictamente, en el día a día de la lucha, de la cabeza de Guzmán. No está entre los capturados, al parecer, Mezzich, el genio militar de Sendero. Es verdad que no hay una línea de sucesión en vista de que el jefe no está muerto. Eso va a debilitar a Sendero, pero tengo para mí que hay mucho pan que rebanar para proclamar la derrota del enemigo. ¿Y Fujimori? Se perpetuará, mientras dure el efecto benéfico que para su empresa dictatorial tiene esta noticia. Se habla de que Fujimori tenía localizado a Guzmán antes del cinco de abril y que dio el golpe con la complicidad de militares que resistirían las presiones internacionales para restituir la democracia a sabiendas de que tenían al alcance de la mano la todopoderosa justificación. No hace falta decir la sangre que ha corrido desde entonces. No importa: no hay mecanismos de protesta efectivos. Acabado, para el discurso triunfalista, el pretexto de Sendero, otros pretextos surgirán. Y habrá mucha gente dispuesta a tragárselos.

15 Septiembre 1992

El peor fanático

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA DETENCIÓN en Lima de Abimael Guzmán, fundador y líder del grupo maoísta Sendero Luminoso, y de su cúpula dirigente, era inevitable. Toda organización terrorista tiende inexorablemente al desmantelamiento: no puede mantener la tensión necesaria de forma indefinida, no puede eludir para siempre la acción policial y judicial en el limitado espacio nacional y acaba por enajenar incluso a los grupos -marginales o no- que la respaldan, La única incógnita es el tiempo que tarda en ser derrotada, es decir, el número de víctimas que deja tras de sí: Sendero Luminoso ha causado más de 27.000 muertos en sus 12 años de acción. Y Guzmán ha sido el peor, el más brutal de los fanáticos, porque, además de provocar sufrimiento, ha contribuido a empeorar la situación de un país ya muy debilitado por la pobreza y la desintegración social.Sendero Luminoso inició su guerra popular en 1980. Se trataba de poner en jaque al Estado peruano, desmantelar su estructura social y económica y erosionar su dominio hasta sitiarle y derrotarle en la capital. Una de las connotaciones mas escandalosas de toda la historia de Sendero es que esta batalla de más de una década no habría sido posible sin el apoyo de capital y recursos externos estrechamente ligados al narcotráfico y con ramificaciones en el Ejército y la Administración.

Desde el golpe de Estado del pasado abril, la situación económica y social que había invocado Fujimor¡ para justificar su acción había empeorado. Ello había reforzado la audacia de Guzmán y sus fanáticos, cuyas provocaciones buscaban precisamente la deslegitimación de las instituciones democráticas. Esa audacia se había manifestado en el desafío directo al poder planteado en la capital, Lima, y en la ampliación del campo de sus víctimas potenciales a todas las personas o colectivos que no se plegasen a sus amenazas; el asesinato de María Elena Moyano, animadora del movimiento vecinal en la periferia de Lima, simboliza esa locura: sólo alguien que odie tan profundamente a sus semejantes como debe de hacerlo ese increíble «Presidente Gonzalo» ahora apresado, puede considerar liberador a un proceso que se fundamenta en miles de crímenes como ése.

16 Septiembre 1992

Señor de horca y cuchilla del Perú

Álvaro Vargas Llosa

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El discurso pronunciado por el señor Fujimori tras la captura de Abimael Guzmán es la mejor radiografía que hubiera podido hacerse del personaje que hoy gobierna el Perú y del tipo de Perú en que se va convirtiendo el país del que es ahora señor de horca y cuchilla. Ese discurso fue una mezcla de exorcismo clerical, circo romano, juicio sumario, vampirismo, cacería feudal y orgía electoral. En un país cuya tradición caudillista se remonta a la figura del inca, pasa por el virrey, se prolonga con el caudillo decimonónico y deriva en el gorilismo de nuestro tiempo, el dictador Fujimori representa la mejor garantía contra los vagos intentos que había en marcha, por lo menos como movimiento de la voluntad de algunos cuantos, de crear en el Perú alguna forma de Estado de Derecho, de sociedad bajo reglas de convivencia y procedimientos de justicia, de relación humana y política civilizada. Aprovechando la euforia comprensible -que compartimos todos los peruanos- por la caída de este delincuente común, Fujimori ha desatado un proceso que anoche cobraba, con el anuncio de un referéndum sobre la pena de muerte contra los detenidos, un cariz farsesco que empieza a aguar la fiesta. Porque en esta ceremonia de morbo político está siendo linchada, junto con el criminal, toda noción de procedimiento judicial. Dictando la sentencia judicial por televisión y luego, olfateando el clima popular, llamando a una consulta nacional, Fujimori hace añicos su propia legislación antidemocrática que acababa de poner en manos de tribunales militares, vía decreto ley 25.475, el procesamiento de Guzmán, en una decisión donde se mezclan la maniobra de perpetuación en el poder y la apoteosis del absolutismo de un individuo. Las elecciones que están en marcha para noviembre, en las que no va a participar ninguno de los partidos políticos de la resistencia democrática, serán las que produzcan la Constitución que santifique el mecanismo de continuidad en el poder y de concentración de poderes en la persona del gobernante. Esto ha ocurrido decenas de veces en la historia peruana, y quizá el precedente más similar sea el de Augusto Leguía, quien tras ganar las elecciones de 1919, tomó el poder, cerró el Parlamento, hizo elegir uno adicto a él y excretó una Constitución que le permitió quedarse hasta 1930, cuando, como suele ocurrir, un golpe. lo puso de patitas en la calle. Con este esquema en mente, Fujimori, perfectamente despreocupado con la presión internacional y las críticas contra la dictadura que ayer llegaban por ejemplo de EEUU, simultáneamente con las felicitaciones por la captura de Guzmán, está jugando para el escenario local: el cautiverio -y, probablemente, el fusilamiento- pueden devolverle transitoriamente el apoyo de esa mitad del país que se le había escapado de las manos desde el 5 de abril, olvidando que desde entonces los atentados fueron más trágicos que nunca antes y que la acción de la Dincote ha sido, no gracias a, sino a pesar del Sistema de Inteligencia que maneja el tenebroso asesor presidencial Vladimir Montesinos. Cuando el país recupere la lucidez, será muy tarde: los mecanismos de la dictadura estarán asentados sobre bases «constitucionales». En este escenario, Sendero no está muerto. Se replegará, como ha hecho siempre después de un retroceso grave, y seguirá penetrando al Perú profundo, cercando la capital y cultivando lo que en el caso de su lucha homicida es el nuevo expediente de la dinamita espectacular contra símbolos de la clase media, de tal forma que los métodos de inteligencia de la Dincote sean, como quería desde el 5 de abril Fujimori, reemplazados por la fiebre anticivil de Montesinos. El corazón de las tinieblas de Conrad se ha trasladado al Perú.

El Análisis

El día que el monstruo apareció dentro de una jaula

JF Lamata

Para Alberto Fujimori, el 12 de septiembre es un regalo político difícil de exagerar. Cinco meses antes había cerrado el Congreso, intervenido el Poder Judicial y construido mediante el autogolpe del 5 de abril un régimen autoritario cuya justificación fundamental era que las instituciones democráticas tradicionales impedían derrotar al terrorismo y reconstruir el país. Entonces cae Abimael Guzmán. El éxito operativo pertenece esencialmente a los policías del GEIN, que llevaban desarrollando su trabajo de inteligencia desde antes del autogolpe y cuya operación sorprendió al propio presidente; atribuir la captura personalmente a Fujimori o a Vladimiro Montesinos sería falsear la historia. Pero el régimen comprende inmediatamente el enorme valor político de la victoria. Y pocas imágenes resumen mejor esa explotación que la presentación pública del prisionero: Guzmán dentro de una jaula, vestido con aquel deliberadamente grotesco uniforme a rayas. El hombre que sus seguidores habían transformado en una figura casi sobrenatural aparece de repente como un señor de 57 años, con gafas oscuras, encerrado y custodiado por policías. El objetivo era evidente y la prensa internacional ya lo percibió entonces: destruir el mito presentando al «Presidente Gonzalo» como un delincuente común.

Y ahí comienza el gran crédito histórico de Fujimori, pero también su gran peligro. Para millones de peruanos que habían vivido coches bomba, apagones, asesinatos y el temor de que Sendero pudiera ganar la guerra, las discusiones occidentales sobre separación de poderes podían resultar bastante menos urgentes que una evidencia inmediata: el terrorismo estaba perdiendo y la economía comenzaba a estabilizarse. Fujimori podía señalar la jaula y preguntar implícitamente qué había proporcionado mejores resultados al Perú: las instituciones desacreditadas que había clausurado o su «Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional». La asociación era políticamente formidable aunque causalmente resultase tramposa. La CVR llegaría precisamente a la conclusión de que el Gobierno utilizó las capturas de Guzmán y del jefe del MRTA, Víctor Polay, para obtener rentabilidad política y electoral. El éxito contra Sendero ayudó así a construir durante años una tolerancia social hacia un régimen que ofrecía un intercambio peligrosamente seductor: menos controles democráticos a cambio de seguridad y eficacia.

El problema de los caudillos que consiguen resultados es que pueden terminar creyendo que el resultado justifica permanentemente al caudillo. Fujimori podía alegar con enorme fuerza que el Perú de finales de los noventa era incomparablemente más seguro que el que recibió en 1990; también podía atribuirse una estabilización económica que había evitado la catástrofe heredada de Alan García. Pero la excepcionalidad que una parte del país estuvo dispuesta a tolerar mientras Sendero parecía una amenaza existencial se convirtió progresivamente en un sistema: concentración del poder, control de instituciones, manipulación política y electoral y, alrededor de Montesinos, una maquinaria de corrupción que terminaría alcanzando políticos, empresarios y medios de comunicación. La jaula de Guzmán fue quizá la imagen que proporcionó a Fujimori más legitimidad; también contribuyó a convencerlo de que esa legitimidad no tenía fecha de caducidad. El Perú comprobó primero que un gobernante autoritario podía derrotar a quienes pretendían destruir el Estado; tardaría algunos años más en comprobar que eso no significaba que hubiera que permitirle apropiarse del Estado.

JF