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El senador Gary Hart renuncia como candidato del Partido Demócrata por Estados Unidos al difundirse sus infidelidades

HECHOS

El 8.05.1987 Gary Hart retiró su candidatura a la Presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata.

09 Mayo 1987

El pecado de Hart

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

La renuncia de Gary Hart a presentar su candidatura para la presidencia de Estados Unidos, independientemente de las causas que la han motivado, plantea un problema político de primera magnitud. Desde noviembre pasado, el prestigio de los republicanos está cayendo en picado. El mito Reagan, que parecía destinado adominar la escena política de forma duradera, ha comenzado a palidecer, y existe una creciente coincidencia en que los demócratas tienen muchas posibilidades de ganar las elecciones de 1988.Pero ganar las elecciones exige tener un candidato con una capacidad de convocatoria nacional. Y en un país tan grande como EEUU, y en el que la política se hace sobre todo en el plano de los Estados, no abundan las figuras de esas características. Los demócratas han sufrido una serie de adversidades en las que lo ocurrido a Gary Hart es, por ahora, el último episodio. Parece como si el Partido Demócrata, a medida que el hundimiento de Reagan le coloca en condiciones óptimas para las -próximas presidenciales, estuviese condenado a perder a sus mejores candidatos.

Edward Kennedy, una figura con un prestigio indiscutido, y cuyo nombre representa un capital político seguro, ha renunciado por segunda vez a presentarse. Mario Cuomo, el gobernador de Nueva York -cargo que ha sido en otras ocasiones antesala de la Casa Blanca-, y en el que amplios sectores populares e intelectuales tenían su confianza, decidió retirarse hace dos meses, convencido de que su origen italiano era un obstáculo para una elección nacional.

Gary Hart era, hasta hace dos días, el candidato demócrata con más posibilidades. En 1984 estuvo a punto de superar a Mondale como candidato demócrata, pese a la oposición cerrada del aparato. Con su estilo abierto y renovador, era un candidato que abría para EEUU una perspectiva completamente distinta del conservadurismo. integrista de Reagan. Tenía un impacto fuerte en los sectores profesionales y entre las nuevas generaciones, cuyo peso será considerable en las elecciones de 1988. Sin Hart, los demócratas se quedan en una situación dificil. El papel de Jessie Jackson es esencial, sobre todo para elevar la presencia de los negros en la vida política de EEUU, pero él -mismo sabe que no puede ser el candidato que gane unas elecciones el año que viene.

La hipocresía, hermana gemela del puritanismo, ha sido la nota dominante en las peripecias que han decidido a Hart a renunciar. Los Tartufos le han encontrado una debilidad sentimental o sexual, le han cercado en tomo a sus opiniones sobre el adulterio, las relaciones extramatrimoniales, la moralidad íntima, y así le han desmontado. Es arriesgado suponer que unos cuantos agentes sagaces de la política adversa hayan contribuido a convertir una cuestión personal, íntima, en un hecho político, grave para el futuro de EEUU. Pero si no ha sido así, no cabe duda de que la suerte ha favorecido a los republicanos. Por otra parte, resulta sorprendente la reacción de la sociedad norteamericana, en la que se produjo una caída vertical del apoyo a Hart, en cuanto se difundieron noticias sobre su aventura extramatrimonial. No se puede decir, sin embargo, que la sociedad de Estados Unidos sea hoy un reino de la moral sexual entendida a la manera puritana, a pesar de los esfuerzos legisladores de Reagan y su Tribunal Supremo. Hay una fuerza vital que supera los deseos oficiales del neoconservadurismo. Pero sí existe el doble juego de la moral pública y de la moral privada. Hart cometió el error de entrar en ese doble juego. Hizo declaraciones cuya falsedad pudo ser demostrada; dio la sensación de que mentía al público, lo cual le ha costado muy caro.

Puede que el sentido de la historia de ese país, y, por tanto, la de un mundo en el que es hegemónico, no cambie por la evicción de Gary Hart; aún hay líneas políticas que predominan sobre los nombres propios. Pero la idea de que un hombre posiblemente muy válido, con capacidad gobernante seria y con la de cambiar un estilo de vida y política pueda ser apartado definitivamente por una aventura amorosa -con profundidad o sin ella, tanto da- es de una sinrazón.

09 Mayo 1987

La Trituradora Americana

ABC (Director: Luis María Anson)

El presidente Reagan hace frente a los hearings del Congreso sobre el asunto ‘Irán-Contra’ en unos interrogatorios retransmitidos a la nación entera por televisión. Los interrogados por la Comisión investigadora propinan hachazos interesados a la presidencia con tal de salvar la cara. La trituradora norteamericana es una maquinaria temible que en los últimos años acabó con Lyndon Johnson y destruyó a Richard Nixon con la trampa del Watergate. Por no mencionar el nunca aclarado final de John Kennedy. Ford y Carter cayeron más tarde en el desprestigio. Y ahora las pantallas nos ofrecen el juicio público del presidente más popular desde Eisenhower: también Reagan ha caído en una trampa para elefantes. Gary Hart es sólo un ejemplo menor, liquidado de un plumazo antes de la carrera, en la misma raya de salida. En la gran nación donde se aplicaron hace doscientos años las libertades individuales, la tolerancia y el respeto a la vida personal son valores establecidos. Un ciudadano tiene derecho a romper su matrimonio y vivir una historia de amor, grande o pequeñas. Pero no es la moral sexual lo que está en juego, sino el rechazo de la sociedad americana por la mentira. Hart aparecía en los mítines del partido tiernamente enlazado a su mujer y el americano medio no acepta esta clase de comedias. Ahora la trituradora americana recurre a una historieta trivial para acabar con otro corredor de fondo.

20 Julio 1987

La fidelidad como alibí

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

LO SUCEDIDO con la candidatura de Gary Hart para la presidencia de Estados Unidos ha puesto de moda una especie de prioridad absoluta de la fidelidad matrimonial, como si fuese una condición mínima indispensable para aspirar a una carrera política. El vicepresidente George Bush, una de las personas con más posibilidades de ser el candidato republicano en las elecciones presidenciales del año próximo, se encontró, poco después de la eliminación de Hart, con rumores y alusiones en los medios de comunicación sobre un adulterio que habría cometido. Su propio hijo le planteó la cuestión y Bush contestó solemnemente que jamás había sido infiel a su esposa, todo lo cual recibió amplísima publicidad en los medios de comunicación tanto de Estados Unidos como en Europa.Con estos antecedentes parece probable que, independientemente del partido que gane las elecciones, la persona que ocupe la Casa Blanca en 1989 será alguien que no haya cometido infidelidades matrimoniales o que haya sido, más bien, capaz de guardarlas en un secreto total. Y esa obsesión por que el futuro presidente esté dotado de rasgo tan específico no puede dejar de suscitar algunas sonrisas, pero también preocupación.

La exageración de moda lleva a privilegiar la conducta sexual como si fuese el índice único, o el más importante, de la honorabilidad de una persona, de su respeto a las normas morales. No se dice explícitamente, pero con el ruido en torno a Hart se ha transmitido un mensaje deformante: el que es fiel a su mujer es fiel a la patria; el que observa la moral en sus relaciones amorosas o sexuales es moral en las otras esferas de la vida. Evidentemente se trata, sobre todo, de que ello parezca que es así, aunque la realidad de los hechos sea distinta. Esto explica que durante su interrogatorio por la comisión del Congreso, el coronel North proclamase: «Nunca he sido infiel a mi mujer desde mi matrimonio». Como si dicho esto todo estuviese ya a salvo. La sociedad norteamericana, formada a partir de una tradición puritana y protestante, está descubriendo ahora las ventajas de un rasgo tan -acusado de la cultura católica como es el peso casi patológico otorgado al sexto mandamiento.

La aplicación de tal criterio en el pasado hubiese tenido consecuencias nefastas para Estados Unidos. Sin entrar en una revisión exhaustiva del pasado, baste recordar dos casos tan significativos y conocidos como los de los presidentes Franklin D. Roosevelt y John Kennedy, cuya vida matrimonial no fue precisamente un ejemplo de fidelidad al contrato conyugal, sino mas bien todo lo contrario. Felizmente, la actual obsesión moralista no ha jugado de modo retrospectivo, y la memoria de esos dos grandes presidentes de EE UU no parece afectada por la increíble ola de puritanismo que prevalece en estos momentos, cuando los norteamericanos se disponen a escoger los candidatos para la sucesión de Ronald Reagan en las elecciones presidenciales de 1988.

Nadie puede atreverse a defender la tesis de que la fidelidad conyugal haya sido una de las virtudes más extendidas entre las personalidades que han desempeñado un papel descollante en la gobernación de los países. Si la opinión pública norteamericana sigue dominada por ese seudomoralismo, con la fuerte dosis de hipocresía que lo acompaña, acabará estableciendo de hecho una norma previa, sin base constitucional, para las personas deseosas de aspirar a la presidencia o a otros cargos públicos: rechazada la admisión a quien no guarda las debidas fidelidades cuando se encuentra en la cama.

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