5 mayo 2002
El primer ministro y líder del Partido Socialista, Lionel Jospin, dimitió al saber que no pasaba a segunda vuelta por quedar detrás del Frente Nacional
Elecciones Francia 2002 – Jacques Chirac es reelegido frente a un Jean Maríe Le Pen que aplastó por sorpresa a los socialistas
Hechos
El 5.05.2002 se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Francia.
Lecturas
RAFFARIN REEMPLAZA A JOSPIN COMO PRIMER MINISTRO
22 Abril 2002
La coartada de Le Pen
En Francia, como en España o Italia, a la extrema derecha no la respalda ni el uno por ciento de los electores. La moderación conservadora o socialista está bien organizada en todas las naciones del a Unión Europea y engrasa la maquinaria democrática sin aleteraciones del sistema.
¿Qué ha pasado en Francia? Pues la cosa parece clara. Le Pen levantó hace unos años la bandera contra la inmigración. Es ciertamente una actitud ultraderechista que lesiona los derechos humanos. Pero son muchos los franceses, sobre todo de izquierda, que están hartos de la instalación cada vez más alarmante de inmigrantes árabes y del África negra en la sociedad. Es una auténtica invasión que supera yua en cifras reales el diez por cierto de la población y alimenta la delincuencia y la confrontación social. Los suburbios de parís, por ejemplo, se han hecho sórdidos, sucios y peligrosos. Y el ciudadano que allí vive, y que tradicionalmente vota a la izquierda, desvía su voto al horror de Le PEn, no para que gobierne este hombre inadmisible sino como protesta y con la espernza de que se resuelva una situación inhóspita.
No hay, pues, alarma de extrema derecha. Hay protesta contra la pasividad de los partidos tradicionales ante un problema de inseguridad y convivencia que afecta directamente a la calidad de vida de un sector relevante de franceses. Le Pen ha sabido buscarse una coartada certera porque una parte considerable de los electores no votan ideológicamente. L ohacen según les va en feria, aunque provoquen un terremoto.
Luis María Anson
22 Abril 2002
Seísmo en Francia
Lo previsto era que Francia iba a conocer una abstención récord en la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. Lo que nadie preveía es que el ultraderechista Jean-Marie Le Pen -un insulto a la democracia y la dignidad de millones de ciudadanos franceses y de todas las nacionalidades- echara de la carrera presidencial al socialista Lionel Jospin y disputara a Jacques Chirac la segunda ronda el 5 de mayo. La baja participación y la fragmentación del voto han sido las notas dominantes de una primera vuelta en la que los ciudadanos han puesto de manifiesto su desinterés por los dos principales candidatos. El mensaje de Chirac y Jospin ha sido tan parecido que sólo los estudiosos podían distinguir entre las promesas de un populista de derechas y las de un centroizquierdista ortodoxo, los dos hombres que en una infructuosa y progresivamente agria cohabitación han gobernado el país durante los últimos cinco años.
El fruto inmediato de esta situación ha sido el catastrófico encumbramiento del xenófobo Jean-Marie Le Pen, a quien se le vaticinaba un 13% del voto y se le anticipa más del 17%. Su ascenso ha puesto crudamente de relieve un profundo malestar de uno de cada cinco electores, descontentos con el sistema político y dispuestos a castigar a sus máximos representantes, el presidente Chirac y el primer ministro Jospin. Parte de este malestar tiene que ver con el nuevo rostro multicultural de Francia y los problemas que plantea la integración de la población inmigrante, principalmente de origen norteafricano, demagógicamente explotados desde la extrema derecha.
La izquierda francesa, cumpliendo con la tradición republicana, ha llamado ya a votar a Chirac para frenar el ascenso del fascista Le Pen. Con ello el éxito que se ha apuntado éste último se convierte también en una bofetada en el rostro de Chirac, que sólo le supera en algo más de dos puntos y saldrá reelegido con los votos de la izquierda, y no derrotando a la izquierda como correspondía. Chirac, ciertamente, ha cumplido más o menos con las expectativas de los sondeos previos, pero los resultados de Jospin conducen, tal como ya ha anunciado, al final de su carrera política. El primer ministro, según las proyecciones, se quedaría hasta cuatro puntos por debajo del 19% que le concedían las encuestas. En cualquier caso, el hecho de que entre el jefe del Estado y su jefe de Gobierno no hayan sido capaces de llegar al 40% de los votos es una soberana muestra de desconfianza de los electores y un aviso sobre la autoridad del ganador final. Nunca en la V República un repetidor o primer ministro aspirante a la jefatura del Estado había obtenido tan escaso apoyo en la primera ronda.
La dispersión del voto, que tan buenos resultados ha dado en los extremos del arco político, y no sólo a Le Pen, era esperable. La auguraban el nulo entusiasmo suscitado por los dos teóricos pesos pesados del escenario político y la ausencia de debate sobre los temas de fondo, pero también el hecho aritmético de que los votantes hayan podido elegir nada menos que entre 16 candidatos, el menú más variado en cuatro décadas.
Chirac, y sobre todo Jospin -los sondeos revelaban que el 55% de los ciudadanos tenía poco o ningún interés en ellas-, han pagado un alto precio por lo retórico de sus campañas. Le Pen ha aprovechado el vacío. Tanto el presidente francés como el primer ministro tienen una carrera demasiado dilatada, y con demasiados claroscuros, como para suscitar a estas alturas el fervor de sus conciudadanos. El sistema parlamentario galo, por añadidura, hace muy difícil la eclosión de nuevas personas e ideas diferentes. Las encuestas previas a la jornada electoral ya mostraban machaconamente que los mensajes calcados de ambos candidatos -combatir la delincuencia creciente, el desempleo o recortar los impuestos- no conmovían a unos votantes cansados de relativizar las promesas del mercurial Chirac -69 años, 40 en política- y del invariablemente adusto y distante primer ministro Jospin, 64 años y veterano de todo.
Mientras el foso entre la cada vez más retórica excepción cultural y la realidad crudamente capitalista -expresión del miedo al cambio en un mundo dominado por EE UU- no hace sino aumentar, los debates preelectorales han soterrado la evidencia. Que Francia, si bien carece de grandes conflictos y sigue siendo un lugar próspero y civilizado, comienza a perder lustre no sólo en sus constantes económicas, sino en su cliché como modelo social y en su influencia internacional. Y, sobre todo, en el tono vital de la democracia. Nada más permite explicar la derrota de un político honorable con un correcto balance de Gobierno como Jospin en manos de un demagogo peligroso como Le Pen.
06 Mayo 2002
Extrema Derecha
La extrema derecha ideológica no alcanzaría hoy en España, Inglaterra o Francia, tal vez ni el uno por ciento del sufragio electoral. Lo que ocurre es que el voto variable es cada vez más alto y un número creciente de ciudadanos ha perdido la fe en los políticos y en sus programas y vota según le va en la feria. Muchos de los electores de Le Pen tienen un perfil objetivamente de izquierdas. Votan al horror que representa ese hombre porque los políticos socialistas, encerrados en su urna de cristal, han perdido en gran parte el sentido de la realidad. El obrero de la construcción al que le disputa su puesto de trabajo el inmigrante argelino, al que le roban el coche, le ensucian la calle, le enturbian el barrio, le ocupan los pisos vecinos y le amargan la vida, vota a Le Pen, no para que el ultraderechista gobierne, sino para descargar la aldaba de sus preocupaciones sobre los portones de una política ciega y unos políticos impasibles. Ese obrero no es un racista ni un xenófobo. Está contra la delincuencia, no contra la inmigración. Está contra que se mimen los derechos del extranjero por encima de los suyos propios.
Decía José María Gil Robles que lo peor que le puede pasar a la derecha es el crecimiento de la extrema derecha. Vivió en sus carnes la experiencia. Gil Robles era el jefe de la derecha española durante la República. Pasó treinta años en el exilio tras la victoria de la ultraderecha en la Guerra Civil. Si hubiera vencido la ultraizquierda, Indalecio Prieto, que era le jefe del a izquierda, hubiera vivido también en el exilio. Lo que pasa es que la ultraizquierda tiene todavía una especie de bula intelectual a pesar del espanto que ha sido el comunismo en Europa durante una buena parte del siglo XX. Los ultras de izquierda o de derecha, en fin, expelen la moderación socialista o popular.
Pero no es éste el caso de Francia. Los franceses ideológicamente de extrema derecha apenas existen. Lo que hay son descontentos de una política y unos políticos anclados en las utopías del progresismo de salón. Y esos ciudadanos que se ven atropellados en sus intereses votan a lo que sea para demostrar su hartazgo.
Luis María Anson
06 Mayo 2002
Triunfo republicano
Jacques Chirac barrió ayer en la segunda vuelta de las presidenciales francesas, en una demostración de que la mayoría se ha movilizado en defensa de los valores republicanos: la libertad, la igualdad y la fraternidad, recordadas ayer por el triunfador. Ha sido un referéndum en favor de la República. Más de un 81% de los votantes franceses han dicho no a Le Pen, con una altísima participación, inferior a la de 1981 o 1988, aunque similar en porcentaje. Le Pen ha sido derrotado, pero el resultado obtenido por el veterano dirigente de la extrema derecha racista y xenófoba no le borra del mapa. Chirac repite mandato, esta vez por cinco años, en una Francia en crisis por el hecho de que Le Pen llegase a esta segunda vuelta anulando al candidato socialista, Lionel Jospin. Las legislativas de junio se convierten, así, en una tercera vuelta.
Nunca en la historia de la V República un presidente ha ganado por tanta diferencia en una segunda vuelta, ni con tan bajo porcentaje en la primera. Chirac sabe que ha ganado contra Le Pen, no por sus propios méritos. No tiene un mandato, salvo el del élan democrático, el de impulsar los valores republicanos. Sigue siendo un dirigente con encanto, pero con poca fiabilidad, y que queda protegido por los muros del Elíseo frente a cualquier acusación de corrupción. Chirac se había convertido, como se ha dicho, en un recurso contra Le Pen. Paradójicamente, su programa había alimentado en parte a Le Pen, con su prioridad, repetida en su modesto discurso de triunfo de ayer, en la lucha contra la creciente inseguridad ciudadana, vinculada en el imaginario popular a la inmigración. Lo más concreto de sus promesas es que creará un Consejo de Seguridad Interior presidido por el jefe del Estado, y que bajará los impuestos.
De cara a esa tercera vuelta de las legislativas, Chirac cuenta con grandes recursos. Su próxima designación del primer ministro que ha de gobernar al menos hasta las elecciones de junio le permite reforzar el mensaje de la ‘coherencia’ y la ‘competencia’, frente a la tensión de la cohabitación entre un presidente de un color político y un primer ministro de otro. Está por ver si los franceses están tan hartos como su presidente, o como el resto de los europeos, de esta cohabitación. Bajo la bandera republicana puede reagrupar un centro-derecha que se resiste a la unificación. Si Chirac logra sus propósitos y recupera una mayoría en la Asamblea Nacional, y ése ha sido uno de sus propósitos en esta campaña, Francia estará ante una nueva refundación de la V República.
La izquierda plural había saltado en pedazos el 21 de abril y ha votado masiva y forzadamente a Chirac contra Le Pen. Jospin deja no sólo la jefatura del Gobierno, sino también la de un partido socialista que tiene poco más de un mes para elegir y lanzar un nuevo, o una nueva dirigente, y renovar su discurso, pese a que el balance de gestión de Jospin resulte más que decente.
Le Pen no sólo no podía ganar ayer, sino que ha fracasado: el resultado está lejos del 30% que se había fijado. Pero su número de votos ha aumentado ampliamente respecto del total de la extrema derecha el 21 de abril, una nada despreciable cifra de cinco millones y medio, un poderoso trampolín para las legislativas, pues se dirimen en la segunda vuelta no entre los dos, sino entre los tres diputados con más votos en cada distrito.
Ha sido la juventud la que más se ha movilizado en esta segunda vuelta, tras una primera en la que la abstención, 27,63%, elevada en unas presidenciales, favoreció a Le Pen. El susto de la primera vuelta habrá servido para poner de relieve que cada voto cuenta, llevar a los ciudadanos a las urnas, aunque la participación no haya alcanzado los máximos de los años ochenta. Con ser muy francés, y acudir sus seguidores con la boina y la baguette a sus mítines, fenómenos parecidos a Le Pen están alcanzado un grado de apoyo y respetabilidad preocupante. Berlusconi y sus aliados de gobierno, tan xenófobos como Le Pen, sienten que tras lo ocurrido en la deshonrosa primera vuelta francesa, y con las relaciones entabladas con otros ejecutivos europeos, el peligro de aislamiento italiano en Europa ha sido superado. Muchas elecciones europeas, desde Irlanda a Holanda, pasando por el país central de la UE, Alemania, se están viendo contaminadas por la derecha antieuropeísta. Pero Francia, pese a su crisis de identidad, demostró ayer que a la extrema derecha se la puede parar en las urnas.