26 julio 1989
El nuevo presidente de Irán estará supeditado por el nuevo Líder Supremo de la Revolución, Ali Jamenei
Elecciones Irán 1989 – Rafsanjani es elegido nuevo presidente con más del 96% de los votos en los primeros comicios sin Jomeini

Hechos
El 29.07.1989 se celebraron elecciones presidenciales que dieron el triunfo a Ali Akbar Hachemi Rafsanjani.
Lecturas
Irán celebró el 28 de julio de 1989 sus primeras elecciones presidenciales sin Ruhollah Jomeini, fallecido menos de dos meses antes. La sucesión fundamental, sin embargo, ya se había producido: el hasta entonces presidente Alí Jameneí había sido elegido nuevo Líder Supremo, dejando vacante la Presidencia. A ella aspiraron formalmente 79 personas, pero el filtro institucional redujo drásticamente la competición: el Consejo de Guardianes sólo autorizó a dos candidatos, es decir, aproximadamente el 2,5% de quienes habían solicitado presentarse.
El favorito indiscutible era Alí Akbar Hashemí Rafsanjani, de 54 años, clérigo, presidente del Parlamento y uno de los políticos más poderosos de la República Islámica. Pertenecía a la Asociación del Clero Combatiente y se presentaba como un dirigente pragmático, partidario de concentrar los esfuerzos en la reconstrucción económica después de ocho años de guerra contra Irak. Su único adversario autorizado fue Abbas Sheibani, médico, antiguo ministro de Agricultura, diputado y veterano opositor al Sha, que concurrió como independiente pero pertenecía igualmente al campo de la República Islámica. Por tanto, aquello no enfrentaba al régimen islámico con una oposición secular, monárquica o liberal: los dos candidatos aceptaban el sistema creado por la revolución de 1979.
La diferencia fue aplastante. Según los datos recopilados por Iran Data Portal a partir del Ministerio del Interior, votaron 16.452.677 de 30.139.598 electores, una participación del 54,59%. Rafsanjani obtuvo 15.550.528 votos, alrededor del 94,5%, frente a 635.165 —3,86%— de Sheibani; el resto fueron votos blancos o inválidos. Las distintas fuentes presentan pequeñas diferencias en los totales, pero coinciden en esas proporciones.
La votación incluía además una reforma constitucional de enorme importancia. Desaparecía el puesto de primer ministro, que había provocado constantes fricciones dentro del Ejecutivo, y sus competencias se concentraban en una Presidencia reforzada. La reforma obtuvo aproximadamente un 97% de votos favorables. De esta manera quedaba configurado el nuevo reparto del poder: Jameneí como Líder Supremo y Rafsanjani como presidente de la República, una pareja destinada a dirigir la etapa posterior a Jomeini.


31 Julio 1989
La hora de Rafsanyani
ELEGIDO EL pasado viernes, por abrumadora mayoría, cuarto presidente de la República Islámica de Irán, Hachemi Rafsanyani se enfrenta a la ardua tarea de iniciar y culminar con éxito una reforma política, económica y militar que sea capaz de perpetuar el régimen islámico creado por el ayatolá Jomeini, una vez desaparecido el factor aglutinante que representaba el carisma extraordinario de que éste gozaba, y cuando van a pesar de modo decisivo en la vida nacional el descontento de la población por la deficiente situación económica y las tendencias disgregadoras entre los diversos grupos que han ocupado posiciones de poder en los últimos años.Esta misma coyuntura obliga a la República Islámica iraní a intentar una vía reformista: cegar toda posibilidad de apertura desde dentro se traduciría en una dictadura teocrática de problemático futuro sin Jomeini. A la vez, la reforma implica serios riesgos y puede escaparse de las manos de sus mentores, por mor del apremio, de las dificultades y del volumen de los cambios a introducir. Todo ello subraya la importancia del acceso a la presidencia de la República de Hachemi Rafsanyani, con poderes ejecutivos de hecho y de derecho muy reforzados, y con la meta crucial de pilotar desde dentro del régimen un proceso de reforma que lo transforme en grado suficiente para reducir la oposición y dar la sensación de que ya es otra cosa, pero sin dejar de ser lo que es. Una especie de Gatopardo en clave islámica.
El problema de fondo es que la reforma no será viable sin un mínimo de democratización en la política y en las costumbres. La incógnita reside en saber si el islam shií posjomeinista es capaz de emprender por sí mismo la democratización, o bien si ésta únicamente puede llegarle desde abajo y desde fuera, de sus rivales de la oposición. Éste es el reto. Rafsanyani ha mostrado desde la presidencia del Parlamento, desde la jefatura de las fuerzas armadas y desde la posición peculiar que ha ocupado, de modo informal, como interlocutor único del régimen ante Occidente y la Unión Soviética, que cuadrar los círculos políticos es una de sus especialidades. Esta cualidad de RafÍsanyani para mantener en escenarios antagónicos actuaciones tan distintas -pero integradas-, le va a resultar imprescindible para acometer el problema que le plantea hoy el desacuerdo entre las fuerzas armadas regulares y los Guardianes de la Revolución, surgido como consecuencia del desenlace de la guerra iranoiraquí. Al régimen iraní le resulta muy dañina tanto la profunda desafección de las fuerzas armadas regulares, diezmadas por el exilio, la desmoralización tras la guerra y las purgas políticas, como el alto grado de autonomía política -de descontrol político- que ha adquirido la columna vertebral armada del régimen, los Guardianes de la Revolución.
Pero el asunto más delicado para el nuevo presidente es el de reconstruir el país con el apoyo del pueblo iraní, hoy sumido en un escepticismo que la ausencia del ideal martirológico encarnado por Jomeini sólo puede acrecentar. El des abastecimiento y la carestía de artículos alimenticios como el arroz y la carne crean un malestar creciente. Ya en la última fase de la vida de Jomeini, los obreros del petróleo, pulmón económico casi único del país, fueron a la huelga general. Ello augura una agudización de la conflictividad social y política que podría ser aprovechada por la oposición muyahidin, comunista,fedayin o monárquica para dañar al régimen y plantearse una estrategia enfilada a su derrocamiento.
Un aspecto de la situación en Irán sensibiliza de modo particular a la opinión internacional: la rigidez represiva del régimen, los presos políticos que se cuentan por decenas de miles, el estado de los derechos humanos, con miles de ejecuciones cada año denunciadas por las organizaciones humanitarias. Rafsanyani necesita introducir cambios con urgencia en este terreno si quiere demostrar una voluntad de reforma.
El Análisis
Irán vota, pero resulta difícil confundir estas elecciones con una democracia liberal pluralista. Hay urnas, electores y dos candidatos, pero antes de que el ciudadano pueda escoger, el régimen ya ha decidido entre quiénes puede hacerlo: de 79 aspirantes sólo dos han superado el filtro, y ninguno cuestiona la República Islámica. Además, el presidente ni siquiera ocupa la cúspide del sistema. Por encima de Rafsanjani se encuentra Alí Jameneí, nuevo Líder Supremo, dentro de una arquitectura constitucional que reserva enormes facultades a instituciones religiosas y permite al Consejo de Guardianes controlar las candidaturas. La paradoja de 1989 consiste precisamente en eso: Jomeini ha muerto, pero el jomeinismo institucional sobrevive perfectamente sin Jomeini. Y lo hace después de una década extraordinariamente violenta. Irán sale exhausto de la guerra contra Irak —cientos de miles de muertos entre ambos países— y arrastra las purgas revolucionarias iniciadas en 1979. Tampoco se trató únicamente de represalias contra ministros, militares y funcionarios del Sha: la justicia revolucionaria aplicó la pena capital a opositores políticos y también a condenados por delitos comunes o conductas castigadas por la legislación islámica. Especialmente terrible fue la oleada de 1988, cuando Amnistía Internacional documentó posteriormente más de 2.000 presos políticos ejecutados sumariamente; sólo entre enero y mayo de 1989, la prensa oficial iraní anunció además más de 900 ejecuciones por delitos comunes, mayoritariamente narcotráfico, junto con ejecuciones por asesinato, violación y robo armado.
Pero tampoco sería exacto describir las elecciones como una simple representación teatral sin consecuencia alguna. Dentro de los límites de la República Islámica existe competencia entre facciones, y la Presidencia reforzada que recibe Rafsanjani puede orientar aspectos sustanciales de la economía, la administración y las relaciones exteriores. Su victoria representa sobre todo una demanda de reconstrucción y normalización: después de revolución, purgas y ocho años de guerra, Rafsanjani promete reconstruir carreteras, fábricas y ciudades y recuperar una economía devastada. El interrogante es hasta dónde puede llegar ese pragmatismo sin cuestionar el régimen que lo ha llevado al poder. Irán parece entrar en una nueva etapa, pero no necesariamente en una democracia: cambia el administrador de la República Islámica, no la naturaleza de la República Islámica. Puede que el ayatolá Jomeini ya no esté; pero los ayatolás, el Líder Supremo y las instituciones que dejó construidas continúan estando (y mandando).
JF
