19 marzo 1986

Un jefe de Estado socialista deberá 'cohabilitar' con un primer ministro de derechas

Elecciones Legislativas Francia 1986: El triunfo de la derecha obliga a Miterrand a nombrar primer ministro a su rival Jacques Chirac

Hechos

  • El 19.03.1986 el presidente de Francia, François Mitterrand (Partido Socialista) nombró a D. Jacques Chirac (RPR) nuevo primer ministro que formó un gobierno de coalición entre miembros del RPR y de la UDF.

Lecturas

EL GRAN DERROTADO

LaurentFabius El hasta ahora primer ministro, Laurent Fabius, del Partido Socialista, ha sido el gran derrotado en estas elecciones legislativas francesas en las que han perdido la mayoría de la cámara en favor del RPR y la UDF.

LA FUERZA DE UN NUEVO PARTIDO

JeanMarie_Le_Pen El partido Frente Nacional, de Jean Marie Le Pen, ha conseguido el 9,8% de los votos, con especial fuerza en el sureste del país. La aparición de este partido despierta gran preocupación en sectores mediáticos que acusan a Le Pen de ser una formación ‘de extrema derecha’, ‘ultra’ o incluso ‘fascista’.

24 Marzo 1986

François Mitterrand, el otro protagonista de la 'cohabitación' política en París

Feliciano Fidalgo

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Una biografía sobre el presidente de la República, Frangois Mitterrand, se convirtió el año pasado en el mayor éxito de venta de los últimos años en Francia. La, a veces misteriosa y a veces apasionante, trayectoria de este hombre casi septuagenario, que ha dejado una estela en su vida de ambición fría, calculada, cruel, pero humana también como una tragedia de Shakespeare, es el secreto del éxito de un hombre político que sus íntimos califican de tímido para diluir la distancia antipática que le reprochan quienes no figuran entre sus devotos.

Mitterrand, al alba de la última zancada de su vida política, no es sólo el presidente de Francia: es, en gran medida, con su biografía, la encarnación de la etapa histórica, que comenzó el pasado día 16 en este país, y que simbolizará el declive histórico y, definitivo del socialismo clásico, el inicio de la agonía del comunismo y el entierro delestatalismo queha obsesionado siempre a las fuerzas políticas conservadoras de Francia.

Mitterrand, de la mano de su adversario y nuevo prirrier minisItro, Jacques Chirac, han puesto la primera piedra de la Francia moderna de finales del siglo XX. ¿Quién es este hombre embriagado durante los 45 años de su vida política de un solo deseo: ser presidente de la República francesa?

Este hombre pacífico y demócrata que hasta ayer quiso «romper con el capitalismo», en 1942, en plena guerra mundial, en Vichy, capital francesa del Estado colaboracionista, presidido por el mariscal Pétain, fue distinguido con La Francisca, una condecoración creada por el mariscal para prerniar servicios que, luego, Mitterrand, o sus biógrafos, nunca han explicado debidamente.

11 veces ministro

Nacido al lado de Angulema, en una familia católica, cuando llegó a París para iniciar sus estudios universitarios portaba una cartad e recomendación para el hipercatólico francés del siglo, François Mauriac. El tribuno brillante, la inteligencia aguda y la obstinación florentinahicieron del hombre que a punto estuvo de ser periodista en vez de político un elegido del destino de los dardos más acerados y de 11 puestos de ministro en los años de la IV República que siguieron a la segunda guerra.

En 1958, De Gaulle lo enterró «definitivamente» al fundar la V República contra los «politicastros» de la anterior. Mitterrand, hundido ena pariencia, volvió a las crestas de la actualidad a causa del atentado del que fue objeto en los jardines parisienses del Observatorio. Urdido teóricamente por los ultras favorables a la Argelia francesa, Mitterrand nunca convenció a sus compatriotas de que no era él el organizador de su propio atentado. Aquí brotó el Mitterrand antigaullista, intratable.

Con su libro El golpe de Estado permanente, valoró la V República y a su fundador, De Gaulle, al que asimiló a lo más parecido a un fascista. El Mitterrand derechista, radical, sensible a todas las fuerzas que le permitieron edificar su carrera política durante los años cincuenta, al inicio de los sesenta giró hacia el centro izquierda y, definitivamente, en 1965, se inmoló en aras de la Unión de la Izquierda. Por primera vez fue candidato a la presidencia contra su enemigo histórico, De Gaulle. Los comunistas creyeron servirse de Mitterrand, pero la historia iba a probar que él fue el gran manipulador.

Su estrella fulgurante, tras un pulso honroso con el general, se hizo trizas de nuevo en la borrasca de 1968. Mitterrand fue apedreado por los estudiantes de las barricadas revolucionarias. El gaullismo salió triunfante de aquella prueba y a Mitterrand se le consideró otra vez como inquilino del infierno eterno. El socialismo tradicional francés saltó hecho añicos, también, en 1968. Mitterrand, franciscano del rigor, más solo que nunca, pero nunca solo, lo recompuso todo y en 1971 reapareció como primer secretario de un nuevo Partido Socialista (PS).

Al año siguiente firmó el programa común con los comunistas. Y al día siguiente dijo: «Lo que pretendo al aliarme con los comunistas esrobarles tres millones de votos». Diez años después, en las elecciones presidenciales de 1981, la promesa era una realidad. Pero Mitterrand aún no despidió a sus colegas comunistas, y con ellos en el primer Gobierno cantó el breviario que durante casi un cuarto de siglo les sirvió para encantar a una parte de los franceses: romper con el capitalismo para siempre.

Reconversión del arma nuclear en átomo civil. Destrucción del programa nuclear francés, elmás importante del mundo. Recambio de la Constitución gaullista que fundó la V República… Cinco años de poder mitterrandista han supiaesto la ruina de todas las idea,s del mitterrandismo-comunismo de 1981. Durante este quinquenio, el gaullismo se ha convertido también en chiraquismo-liberalismo. La historia de los errores históricos es la historia.

18 Marzo 1986

Una victoria a medias

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

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La etapa más larga en la historia francesa de un Gobierno de izquierda ha concluido el domingo pasado con la victoria en las urnas de la coalición de centro-derecha integrada por el RPR y la UDF. Ha sido, sin embargo, una victoria rotunda, pero no redonda, ya que, según los últimos datos, el número de diputados de ambas formaciones no bastará para alcanzar la mayoría absoluta en la próxima Asamblea. Para poder gobernar dependerán del voto de algunos diputados independientes, con las imprevisibles fluctuaciones que tal recurso supone. Comparando con los sondeos de hace unos meses, o con los resultados de las elecciones europeas de 1984, no cabe duda que hemos asistido en los últimos tiempos a una recuperación seria del Partido Socialista Francés (PSF). Las elecciones colocan al presidente François Mitterrand en posición de árbitro de la política francesa, a pesar de que el partido que le llevó al Elíseo ha perdido la mayoría que tenía en el Parlamento anterior.La cohabitación -palabra de moda en Francia desde hace meses- se perfila ahora con un inquilino en el Elíseo, el presidente de la República, bastante seguro, y con el otro, el futuro jefe del Gobierno, en posición más bien incómoda. La coalición ganadora, en su primera reunión poselectoral, no ha propuesto un nombre para el Hotel Matignon, a la espera de que Mitterrand tome la iniciativa. Nadie se arriesga a profetizar los designios del presidente, sobre todo porque los resultados le permiten escoger entre diversas hipótesis. Una consideración esencial para Mitterrand, al menos en una primera etapa, será sin duda la necesidad de evitar a Francia una recaída en inestabilidades de gobierno propias de la IV República, y no solamente a causa de coyunturas inmediatas, como la cuestión de los rehenes en Líbano.

En esta hora en que el proyecto político europeo empieza a despegar, el debilitamiento del papel de Francia tendría consecuencias negativas para todos los europeos. De otra parte, la cohabitación responde a una realidad, como son las coincidencias en muchos aspectos de la política exterior, e incluso interior, que pueden localizarse entre la actual mayoría y el presidente. Pueden ser más conflictivos los temas económicos y sociales, pero la última etapa del Gobierno de Fabius demuestra la capacidad de adaptación socialista y lo desaconsejables que son los cambios bruscos.

El partido socialista ha logrado el 3 1 % de los votos, el más alto porcentaje de su historia, si se descarta el caso excepcional de 1981, determinado por el éxito de Mitterrand en las presidenciales pocos meses antes. Ello indica que el PSF ha logrado asentar su base social y electoral en estratos muy amplios de la sociedad francesa. Ha superado su imagen tradicional de partido obrero, cuya estrategia de unidad de la izquierda tendía a operar profundas transformaciones para acabar con el capitalismo. Su primera etapa de gobierno se caracterizó por la nacionalización de la banca y por medidas sociales avanzadas. Pero esas recetas socialistas fracasaron; el PSF cambió de política y de jefe de Gobierno. Laurent Fabius ha significado una política de rigidez y austeridad -semejante a la de otros países europeos que tienen Gobiernos de centro-derecha- con la que la economía francesa ha obtenido resultados notables. Los socialistas se han convertido en un «partido de gobierno»; siguen siendo el primer partido de Francia; y su retorno a puestos ministeriales, probablemente con una orientación de centro-izquierda, es una de las posibilidades que pueden surgir en el curso de la nueva legislatura. Existen sin duda fermentos de división en su seno; latentes hoy, se agudizarán ante las candidaturas para la sucesión en el Elíseo.

El fracaso comunista ha sido tan rotundo que no es exagerado decir que entierra definitivamente la perspectiva de unidad de la izquierda; es doblemente sintomático, porque el PCF intentó capitalizar un descontento hacia la izquierda que suponía tendría que producirse en las bases obreras ante la política moderada del Gobierno de Fabius; y precisamente esa reacción no ha tenido lugar. En el otro extremo del espectro político, los 34 diputados de Le Pen representan un hecho sumamente preocupante. Si un fenómeno semejante se hubiese producido en Alemania Occidental, la angustia en toda Europa sería mucho mayor, porque surgiría con toda viveza el recuerdo de los viejos demonios. Pero estamos ante una fiebre de demagogia racista, fascista, sumamente peligrosa, porque utiliza y envenena un proceso objetivo de la realidad europea contemporánea: la existencia de la inmigración que es en sí irreversible. Brotes del mismo signo han aparecido en elecciones en Suiza y en otros países. El RPR y la UDF han declarado que no contarán con el Frente Nacional de Le Pen; pero no es nada seguro que tal actitud sea unánime en el RPR. Será preciso observar, en los próximos días, lo que ocurra en nueve consejos regionales, en los cuales el centro-derecha necesita, para alcanzar la presidencia, los votos del Frente Nacional. Los líderes de la coalición no excluyen en este escalón del poder el recurso a la alianza con el partido racista. En todo caso, la presión de la extrema derecha va a ser un factor particularmente negativo en la etapa que se abre en Francia.

Para las relaciones entre Francia y España, no cabe duda de que los cinco años de gobierno socialista han sido particularmente fructíferos. No hay razón para temer que este curso pueda interrumpirse ahora. Nuestra incorporación a la CE es ya algo definitivo; en cuanto a la lucha contra el terrorismo, el cambio en la actitud francesa está ya muy anclado en la conciencia de nuestros vecinos. Cabe pues esperar que no se produzcan modificaciones en las positivas relaciones actuales.