29 marzo 1993
De nuevo se producirá una cohabitación entre un Jefe de Estado socialista (Mitterrand) y un primer ministro derechista (Balladur)
Elecciones legislativas Francia 1993 – El triunfo de la derecha convierte a Balladur en primer ministro desbancando a Bérégovoy
Hechos
El 29.03.1993 Edouard Balladur asumió el cargo de primer ministro de Francia.
Lecturas
EL GRAN DERROTADO
29 Marzo 1993
Francia inédita
Los resultados de la segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas confirman lo que para algunos estaba claro, pero nadie se atrevía a proclamar con la ferocidad de lo que ahora es, evidente; no ya la estrepitosa caída del socialismo francés, que no ha hecho sino ahondarse sobre cualquier previsión, sino algo mucho más básico: la V República fue fabricada por y para un personaje excepcional, el general De Gaulle. La historia ha venido a demostrar que: ese esquema constitucional tiene serias dificultades para garantizar la estabilidad de las instituciones en etapas de normalidad.La victoria abrumadora del centro-derecha, con más del 80% de los escaños, no da simplemente paso a la cohabitación entre un presidente socialista y un primer ministro de esa franja política, como ya ocurrió en 1986, cuando Mitterrand tuvo que convivir con el líder gaullista Jacques Chirac, sino a una hecatombe en la que un presidente sostenido sólo por un puñado de diputados se convierte en prisionero de sí mismo ante una opinión que le ha vuelto la espalda.
¿Con qué convicción podrá Mitterrand, si ésa es su pretensión, dirigir la política francesa? Cuando el inminente Gobierno de centro-derecha quiera desandar poco o mucho del socialismo de Estado que ha caracterizado los años mitterrandianos, ¿qué puede hacer sino callar? Es cierto que la política exterior es un dominio reservado al presidente de la República, pero, ¿puede el inquilino del Elíseo encontrar algún espacio común con sus adversarios en cuestiones como la construcción europea, que tienen un alto contenido de política interna? Un Gobierno en el que se haga notar la influencia gaullista tenderá a subrayar las diferencias mucho más que las coincidencias. Ni siquiera hace falta que los barones anti-Maastricht, como Charles Pasqua, tengan vara alta en el Ejecutivo, puesto que el propio Chirac es mucho menos europeo de lo que la presidencia considera conveniente.
François Mitterrand ya ha dejado bien claro que no piensa anticipar el fin de su mandato, lo que es perfectamente legal, puesto que le ha elegido una mayoría del pueblo francés para un periodo de siete años, que no se cumplirán hasta 1995. Pero con ello no hace sino poner de relieve las inconsecuencias de una Constitución que estableció larguísimos mandatos de siete años, que daban estabilidad- al país, pero exigían a cambio magisterios casi sobrenaturales. Su propio fundador, el general De Gaulle, dimitió en 1969, horrorizado ante la exigua ventaja que le habían otorgado los franceses en un referéndum de segunda sobre la regionalización de la República.
Él brillante, culto e inteligente presidente Mitterrand es la víctima de una situación que no ha creado y para la que no ha sido creado. Dimitir, en su caso, sería retirarse con el rabo entre las piernas, mientras que De Gaulle pudo hacer el olímpico mutis por el foro de quien recrimina el error de los que no supieron votar como debían.
En ese impasse, malo para Francia, pésimo para Europa, lejano apunte para la España que gobierna el PSOE, no hay solución que no pase por la concertación entre las partes. Presidente y centro-derecha tienen el deber, sin que el RPR (gaullista) y la UDF (giscardiana) deban renunciar a una gobernación que el pueblo les ha otorgado, y sin que Mitterrand se vea abocado a la dimisión, de hacer todo lo posible por llegar a una solución de gobernabilidad para el resto del mandato presidencial. Ello tiene que significar la aceptación por parte del Elíseo de que su posición ya no es la que era cuando contaba con una fuerte formación socialista en la Asamblea. O lo que es lo mismo, una versión inédita de la V República.
29 Marzo 1993
El francotirador del Elíseo
En lugar de mostrarse exultantes por la tremenda victoria obtenida sobre los socialistas, los líderes del centroderecha francés dan la impresión de estar levemente preocupados. Tienen razones para ser prudentes, porque deberán hacer frente a una situación social extremadamente difícil, sin poseer una «fórmula mágica» capaz de crear empleo o relanzar la economía. A eso se suman las divergencias graves que UDF y RPR tienen respecto a Europa, las «minas» supuestamente sembradas por los socialistas antes de su derrota, y lo que pueda hacer Mitterrand, el «francotirador» solitario del Elíseo. Durante la campaña, los dirigentes del centroderecha acusaron al primer ministro, Pierre Bérégovoy, de «vaciar los cofres del Estado» para apuntalar compañías públicas en apuros y evitar que el paro superase la cifra de 3 millones. Edouard Balladur, casi seguro próximo primer ministro, ha advertido que ordenará una auditoría general de las finanzas públicas «para descubrir el tamaño real del déficit». En cuanto a Mitterrand, está decidido a permanecer en el Elíseo hasta 1995 y a ejercer «todas» las prerrogativas presidenciales. «Todas» significa, entre otras cosas, representar a Francia internacionalmente y continuar controlando la política exterior, lo que inevitablemente conducirá a un enfrentamiento explosivo con el nuevo Gobierno. Chirac, quien fue primer ministro desde 1986 a 1988, cuando un gobierno de centroderecha «cohabitó» por primera vez con el presidente Mitterrand, ha jurado a sus partidarios que no permitirá que el presidente socialista se salga con la suya en esta ocasión. «La cohabitación no consiste en compartir el poder con el declinante socialismo», ha dicho Chirac, dando a entender que el centroderecha intentará hacerse cargo de «todo», incluida la política exterior. Ahora hay que esperar la respuesta del «francotirador» del Elíseo, quien hoy hablará a los franceses pero tardará un tiempo en descubrir sus cartas.
01 Abril 1993
El «euroescepticismo»
LAS elecciones francesas cubren de incertidumbre el destino final de Maastricht. Sin desdeñar las opiniones de señalados políticos de la derecha francesa adversas al Tratado, las reservas expuestas por Edouard Balladur en varias ocasiones permiten vaticinar la prosecución del debate en torno a la Unión Europea. En España, lejos de la simplicidad con que actuó nuestra clase política al aprobar el texto, sin la menor discusión, en las dos Cámaras legislativas, un examen sistemático de la cuestión podría arrojar alguna luz ante la nueva etapa. Se cuelga el sambenito de «euroescéptico» al que apunta alguna censura, por moderada que resulte, sobre el Tratado de la Unión Europea. Esa casta de desalmados no tiene buena prensa, se les llama de todo, de todo lo malo por supuesto. Felipe González denunció la peligrosidad de quienes se atreven a señalar cualquier defecto de lo acordado en Maastricht el 7 de febrero de 1992: «El afán de perfección demuestra un talante totalitario». Un observador imparcial, a pesar de tan autorizada invectiva, reconocerá sin esfuerzo que el texto no es un ejemplo plausible de técnica jurídica; se caracteriza por su oscuridad constante, sus abultadas contradicciones, sus insalvables y aburridas tautologías, que no son defectos menores, porque luego habrá que interpretar unas normas tan pobremente construidas, lo que en la práctica entrañará dificultades no desdeñables. Digámoslo a las claras: los redactores han olvidado la propiedad y la sencillez características de las viejas tradiciones del Derecho europeo, y al vanagloriarse de su obra agreden a una Europa que fue capaz de levantar un monumento jurídico glorioso, un hito fundamental en el pensamiento de Occidente: el movimiento codificador. Si Stendhal leía cada noche cinco o seis artículos del Código Civil francés para purificar su estilo, recomendamos la misma receta a cuenta del Tratado de Maastricht: no ganará nuestra sintaxis pero aliviaremos el insomnio. No se trata de aspirar a la perfección, atributo divino, sino al rigor, la precisión, la claridad, cualidades humanas de quienes huyen de la improvisación y la chapuza. En el repertorio de improperios que se propina a los euroescépticos sobresalen algunas perlas. El ministro británico de Exteriores, Tristan Garel-Jones, ha llegado a tachar en la Cámara de los Comunes la posición mantenida por los críticos de su propio partido de «perversa, absurda y estrafalaria». En congruencia con el irascible anglosajón, en términos menos pintorescos pero más rotundos, el profesor Eduardo García de Enterría escribe en una «tercera» del ABC: «Los fascistas de Le Pen, los comunistas de Marchais, los recuelos nacionalistas del viejo gaullismo -tan poco fieles al realismo radical de su fundador- que han tocado a rebato contra el aparente triunfo del boche, el arrebato de los nacionalismos más elementales, todo ha sido echado en la inmensa hoguera que, finalmente, parece iniciar su extinción inmediata». Ante unos juicios tan piadosos resulta difícil seguir resistiéndose a engrosar las filas de los incondicionales del Tratado. Esa implacable ofensiva mueve a refugiarse, como el antídoto más apropiado, en la ironía y el análisis, dos hallazgos de la cultura europea, que nos ayudarán a desvanecer la confusión en torno a la palabra «euroescéptico», muy parecida a lo que ocurre con el término «conservador» cuando se asigna a los más contumaces comunistas de la antigua URSS. Los llamados «euroescépticos» no están, por lo general, en contra del proceso de construcción de Europa, sino que formulan sus observaciones críticas, con un respeto que no suelen mostrar sus contradictores, acerca del Tratado. Es el mismo fenómeno que vio el tránsito a la democracia a partir de 1975. Colaboradores más o menos soterrados del antiguo régimen se apresuraron a proclamarse demócratas tan fervorosos que cualquier observación sobre el funcionamiento de las instituciones, no siempre adecuado, suscitaba de inmediato su anatema. Igual sucede ahora con los «euroilusos», esa multitud de neófitos extasiados que se ha caído con estrépito del caballo camino de Maastricht, el «trajectum ad Mossam» de los romanos, y salen unos europeístas tan furibundos que cualquier juicio sobre el Tratado que no comulgue hasta con el punto más nimio provoca toda clase de descalificaciones, hasta las más peregrinas. Los viejos europeístas asistimos perplejos al curioso espectáculo, un esperpento que nos obliga a recordar el Congreso celebrado en Munich por el Movimiento Europeo en 1962, en el que un puñado de españoles intentó hacer las cosas con menos improvisación, y sobre todo con un concepto de la construcción de Europa en consonancia con su Historia, la Historia de la libertad. En aquellos 60, años difíciles para quienes pretendían dejar constancia de estas cosas, me pronuncié en contra de una unión europea basada en la economía y no en la política, en los números y no en la Historia, en lo instrumental y no en lo esencial. Permítanme revivir una de aquellas lejanas citas: «La sola voluntad de integración económica no es suficiente, es menester que prevalezcan en el concierto europeo los actos políticos y espirituales; se requiere la fuerza del sentimiento general, la manera común de ver las cosas comunes, la fantasía capaz de modelar los estrechos ideales de grupos tradicionales fusionándolos y transmutándolos en un amplio sentido comunitario. Sin tareas comunes en todos los órdenes, desde las materiales o económicas hasta las más finas empresas espirituales, las parcelas europeas se enclaustrarán en su conocido narcisismo interestatal». Lamento que esta predicción aventurada hace tantos años cobre una triste actualidad ante el fracaso de los dirigentes políticos empeñados en construir, empezándolo por el tejado, un edificio, tan artificial como el de Maastricht, de espaldas a las sociedades nacionales.
A los «mastriquescépticos», por tanto, no nos causa extrañeza, aunque la frialdad de los ciudadanos europeos en una fecha tan emblemática como el 1 de enero de 1993. Estuvo muy en su punto Delors ese día al lamentar que «un cierto pudor haya impedido festejar como hubiera debido hacerse la entrada en vigor del Mercado Unico». En aquel momento recordó, a impulsos de su frustración, «la tragedia yugoslava que está ocurriendo en nuestra propia Europa, al lado nuestro», y a «las víctimas de la crisis económica mundial que la Comunidad tampoco ha podido atajar». En el parque del Cincuentenario se congregaban ateridos, a los sones del «Himno a la alegría», algunos miembros del gobierno belga y unos cuantos embajadores. Pero cualquiera tiene legítimo derecho a poner en tela de juicio mis puntos de vista sobre el Tratado. Desplazaré, por tanto, la responsabilidad de la censura a otras voces verdaderamente autorizadas. Y lo haré sin los remilgos de los parlamentarios británicos: John Major, al defender la moción sobre el Tratado de la Unión aprobada por la Cámara de los Comunes provisionalmente y por los pelos, se mostraba tan inseguro sobre el resultado de la votación que empleó la sutileza de no mencionar para nada la palabra nefanda. Aunque la extensa moción concernía de manera inequívoca al Tratado, no figuraba el término Maastricht. Pero vengamos a demostrar que las críticas de la obra mastriqueña no son tan deleznables como nos hacen ver los sacerdotes de la ortodoxia. 1. El Frankfurter Allgemeine (11.VI.92) informaba de que, ante la inminente ratificación de los acuerdos, 60 economistas alemanes habían expuesto su opinión en un rotundo manifiesto del que reproduzco las principales conclusiones: – La unión económico-monetaria es un objetivo deseable del proceso de integración europea. No obstante, los acuerdos de Maastricht contienen una serie de puntos decisivos que no son los idóneos para alcanzar convenientemente ese objetivo. – La imposición de una moneda única someterá a los socios europeos económicamente más débiles a una presión de la competencia más fuerte, lo que originará un aumento del desempleo como consecuencia de su menor productividad y competitividad. Como hasta la fecha no existen acuerdos relativos a la estructura de una unión política, falta también un sistema regulador democráticamente legitimado. – No existe, por tanto, ningún argumento económicamente vinculante para imponer desde arriba una unidad monetaria a una Europa social y políticamente inmadura. La realización del mercado interior comunitario no requiere ni exige una moneda europea común. – La implantación precipitada de la Unión Monetaria someterá a Europa Occidental a fuertes tensiones económicas que, en un plazo previsible, pueden provocar la ruptura política, poniendo con ello en peligro el objetivo de la integración. – Los acuerdos de Maastricht, y no su crítica, suponen una amenaza para el desarrollo armónico de Europa. 2. En un resonante artículo, publicado en The Economist (13.VI.92), el profesor Martin Feldstein sostenía: «No es necesaria la Unión Monetaria para obtener las ventajas de una zona de libre comercio. Al contrario, una Unión Económica y Monetaria artificialmente construida puede reducir el volumen de intercambios entre los Estados miembros, y seguramente acabaría incrementando el nivel medio de desempleo». Entiende, sin embargo, el maestro de Harvard que «quienes están dispuestos a aceptar estos efectos económicos adversos en aras de una unión política federal la defiendan por razones de orden no económico», si bien no puede entender a los partidarios de «una Unión Monetaria que rechazan cualquier paso hacia una estructura política federal para Europa»: «Esta es -subraya- una fórmula con todas las desventajas económicas y sin ninguna de las supuestas ventajas políticas». La conclusión de sus reflexiones le impedirá sin duda sentarse pacíficamente a la mesa de los «euroilusos»: «Mientras que la Unión Monetaria en Europa aceleraría seguramente la formación de una unión política federal entre sus miembros, aquellos países que no forman parte de la Unión Monetaria serían unos outsiders políticos. Las consecuencias para la estabilidad futura de Europa podrían ser desfavorables».
3. El Nobel de Economía Maurice Allais, un europeísta convencido, decía en el trabajo Mis reservas al Tratado de Maastricht, publicado en Política Exterior (verano de 1992), que en el texto se mezcla continuamente «lo accesorio y lo esencial», debido probablemente «a que lo ha inspirado la Comisión de Bruselas con una orientación centralizadora, dirigista, tecnocrática, burocrática, unitaria y jacobina»; «no tiene ab initio fundamento democrático alguno, por ser un Tratado a cuya preparación no han sido llamados los Parlamentarios nacionales», y cree que su ratificación equivaldría a «entregar un cheque en blanco a la organización de Bruselas… sin ningún contrapeso de poder eficaz y sin ninguna Carta o Constitución», puesto que el Tratado «no determina de manera explícita, precisa y limitativa, las cesiones de soberanía consentidas». Sin equívocos posibles, concluía el venerable profesor Allais: «Afirmo que si se aplicaran las disposiciones monetaristas del Tratado de Maastricht, tal y como están redactadas, Europa conocería rápidamente una inflación muy fuerte, o estaría abocada a la explosión». No es de creer que las personalidades citadas, de rica biografía liberal, puedan quedar subsumidas sin más en las categorías de comunista, fascista o totalitario, entre otras lindezas, que atribuyen los «euroilusos» a quienes pretenden razonar con serenidad sobre los pros y los contras de Maastricht. He omitido las opiniones de políticos en ejercicio que muestran su hostilidad hacia el Tratado; las citas expuestas aquí resumen el pensamiento de prestigiosos cultivadores de la ciencia económica poco dispuestos a dejarse llevar de oportunismos que puedan enturbiar la claridad de juicio. Este artículo inicia una serie semanal del autor sobre el Tratado de Maastricht
El Análisis
François Mitterrand continúa siendo presidente de la República, pero Francia acaba de retirarle el Gobierno. Las legislativas del 21 y 28 de marzo han producido una derrota devastadora para el Partido Socialista después de doce años de mitterrandismo, sólo interrumpidos gubernamentalmente por la primera cohabitación con Chirac. El gabinete de Pierre Bérégovoy, nombrado apenas un año antes para sustituir a la fracasada Edith Cresson, no ha podido invertir el desgaste: recesión, un desempleo próximo a los tres millones, desconfianza hacia la clase política y sucesivos escándalos han terminado castigando a los socialistas. La coalición de derechas RPR-UDF obtiene una mayoría abrumadora —alrededor de 480 de los 577 escaños contando sus distintos componentes y aliados—, mientras el PS queda reducido a poco más de medio centenar de diputados. Bérégovoy presenta inmediatamente su dimisión y Mitterrand carece en la práctica de otra alternativa constitucional que nombrar un primer ministro capaz de gobernar con la nueva mayoría. Él mismo explica el 29 de marzo que los electores han reclamado «otra política» y elige a Édouard Balladur, diputado del RPR y antiguo ministro de Economía de Chirac, porque lo considera capaz de reunir a las distintas familias de la mayoría.
Los ganadores son, por tanto, la derecha y especialmente Balladur, que alcanza Matignon sin ser siquiera jefe de un gran partido. También Jacques Chirac obtiene una victoria importante como líder del RPR, pero ha preferido no repetir personalmente la experiencia de 1986: gobernar bajo Mitterrand podía desgastarlo antes de las presidenciales de 1995, mientras permanecer fuera de Matignon preservaba sus aspiraciones al Elíseo. Balladur había reconocido antes de las elecciones que Chirac no quería volver a ser primer ministro y que el jefe del nuevo Gobierno necesitaría un cierto consenso entre Mitterrand y la mayoría parlamentaria. Los grandes perdedores son Bérégovoy y, sobre todo, el Partido Socialista, que sufre una derrota de dimensiones históricas; Mitterrand también pierde la capacidad de dirigir la política interior, aunque conserva la Presidencia y pretende preservar una influencia especial en política exterior y defensa. Francia entra así en una cohabitación bastante distinta de la tormentosa Mitterrand-Chirac: un presidente socialista envejecido políticamente y próximo al final de su segundo mandato frente a una derecha con una mayoría parlamentaria gigantesca y un primer ministro de maneras deliberadamente tranquilas. Balladur parece el administrador ideal de una transición de dos años; lo que nadie puede saber todavía es si Matignon será para él únicamente el final de una carrera política o el comienzo de otra ambición.
JF