Search

Elecciones México 2006 – El PAN logra mantener el poder con Felipe Calderón ante un López Obrador (PRD) que no reconoce su derrota

HECHOS

El 2.07.2006 se celebraron elecciones presidenciales en México en las que fue proclamado ganador el candidato del PAN, Felipe Calderón.

MAL PERDER ‘AMLO’

López_Obrador Andrés Manuel López Obrador, que se había hecho con el control del PRD y le había dado un giro hacia la izquierda populista próxima al chavismo estuvo a punto de ganar las elecciones. Tras su derrota se negó a aceptar aquellos resultados. Se autoproclamó ‘presidente electo’ e incluso organizó una ceremonia de toma de posesión paralela a la oficial para asumir el cargo de ‘presidente de México’.

07 Julio 2006

Gana la continuidad que México necesita

Jorge Castañeda

Aunque es posible que transcurran días o incluso semanas antes de que se resuelva oficialmente la película de suspense en que se han convertido las elecciones en México, parece casi con total seguridad que Felipe Calderón, el candidato neoliberal de centro derecha, será el próximo presidente del país.

Calderón significa la continuidad. Esa es probablemente la razón por la que ha ganado y eso es lo que México necesita. Los problemas a los que tiene que hacer frente el próximo presidente son enormes. México es víctima de una división política terrible, que la mayor parte de los demás países latinoamericanos ya han dejado atrás.

En estas elecciones no se ventilaban unos determinados programas políticos, fueran simplistas o no: guerra o paz; aumentos o reducciones de impuestos; mayor o menor gasto; combatir la pobreza o crear empleo; a favor o en contra de la pena capital, del aborto, del matrimonio entre homosexuales, o cualquier otra cosa por el estilo. La campaña se ha disputado acerca del propio ser de México, en torno a temas enormemente abstractos, en parte imaginarios, de gran calado ideológico: el nacionalismo; la separación de la iglesia y el Estado; el mercado contra el Estado; la aplicación de la ley contra la erradicación de los privilegios y la pobreza; la pertenencia a la América Latina o a América del Norte; los pobres contra los ricos… Vista desde lejos, quizás la cosa no haya estado tan mal. A fin de cuentas, los países necesitan esta clase de debates de vez en cuando. Ahora bien, en realidad se ha tratado de unos debates carentes de sentido en gran medida porque las políticas en favor de una u otra opción, en teoría surgidas del electorado, o bien eran inviables o bien ya se estaban aplicando.

Calderón no puede entregar la educación a la Iglesia, ni privatizar la empresa estatal de petróleo, Pemex, ni abolir los planes sociales contra la pobreza, frente a lo que sus adversarios han proclamado engañosamente que podría hacer. Por su parte, López Obrador no habría tenido ninguna posibilidad de apartar a México de Estados Unidos y renegociar el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (Alca), ni de imprimir una nueva orientación al gasto público en proporciones sustanciales de la noche a la mañana, ni de eliminar la pobreza o crear millones de puestos de trabajo mediante planes de infraestructura, frente a lo que parecía creer que estaba en su mano. Como en la mayor parte de los casos, los debates bizantinos de contenido ideológico no llevan a ninguna parte, pero ocupan el lugar de los debates políticos que merecen la pena.

Calderón, sin embargo, no sólo va a quedar contagiado por esta división ideológica artificial sino que va a tener que hacer frente a idéntica situación de parálisis que se encontraron Fox y su predecesor, Ernesto Zedillo.

Las instituciones actuales de México se diseñaron y se montaron para un estilo autoritario de Gobierno, no para una democracia auténtica; han funcionado mientras México ha estado gobernado por un partido único, el PRI. A la llegada de la democracia, todo el mundo sin excepción (Zedillo, Fox, quien esto escribe y muchas otras personas) creyó que esas mismas instituciones seguirían cumpliendo su función a pesar de que el contexto fuera radicalmente diferente.

Estábamos completamente equivocados y el gran problema del nuevo presidente no consiste en cómo gobernar con estas instituciones que no son funcionales sino cómo reemplazarlas por otras que funcionen. Diseñar y montar esas instituciones debería ser su principal prioridad: establecer por fin la reelección de congresistas y senadores; convocar un referéndum de reforma de la constitución; crear un sistema híbrido, entre semipresidencial y semiparlamentario, que fomente la formación de mayorías legislativas en un sistema de tres partidos; permitir que se presenten a los cargos candidatos independientes y abolir el modelo de financiación de las campañas electorales al estilo norteamericano, en virtud del cual se compra la mayor parte del tiempo en las ondas en lugar de repartirlo conforme a criterios predeterminados, lo que lleva a que las elecciones del domingo probablemente hayan sido las más caras del mundo por voto emitido. Estas son las reformas más importantes y urgentes.

Con estas reformas, todo es posible, incluso avances en los temas todavía pendientes de mayor importancia para el país: la reforma del sector energético, la política fiscal, la reducción de la pobreza, la educación y todos los demás. Sin reformas, nada es posible. Con ellas, México podrá por fin empezar a recoger los frutos de una década de estabilidad libre de crisis (que no es pequeña hazaña para un país en el que la última vez que sucedió algo así fue entre finales de los años 50 y finales de los años 70). Ahora bien, sin reformas fundamentales de carácter estructural, México seguirá simplemente moviéndose a paso lento, cada vez más descolgado de todos los demás países.

07 Julio 2006

La derrota merecida de Obrador

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

Después de un lapso de incertidumbre, la concienzuda verificación de los resultados ha confirmado la victoria del candidato conservador del Partido de Acción Nacional, Felipe Calderón, en las elecciones que los mexicanos celebraron el pasado domingo. Que el resultado haya sido muy ajustado no deslegitima en absoluto la victoria del candidato conservador, pero sí desmiente cualquier posibilidad de que el mensaje de la sociedad mexicana hubiera sido la reclamación de un cambio radical en la dirección de los asuntos del país como ofrecía el candidato izquierdista, Andrés Manuel López Obrador.
Eso es lo que cualquier observador imparcial puede decir de lo que ha pasado en este recuento que vuelve a confirmar la vocación de México de consolidar la implantación de los usos democráticos en un suelo en el que durante mucho tiempo solo crecían las raíces de las componendas y el fraude. Y una de las fórmulas más importantes para ello es que los dirigentes políticos de todas las tendencias se comprometan a poner por delante los intereses del país frente a los suyos propios.
La reacción del candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, llamando a la movilización de sus seguidores y pidiendo la impugnación generalizada del recuento, es exactamente lo que no convenía en este caso. El que se presenta a unas elecciones con intenciones legítimas de contribuir al progreso de su país debe empezar por aceptar las reglas de juego y no utilizarlas a su antojo, sabiendo que la finalidad de las votaciones es que los electores puedan pronunciarse para expresar sus preferencias, más que un mecanismo para que los dirigentes políticos alcancen el poder. Cuando el recuento fue favorable a los intereses de la candidatura del PRD, sus líderes aceptaban el juego electoral, pero cuando ha dejado de serlo, entonces lo califican de fraudulento y amenazan con ignorarlo: solo por esta actitud no merecerían la confianza de la sociedad a la que afirman que quieren servir.
López Obrador lleva construyendo su carrera política desde hace más de quince años con el único objetivo de ganar esta elección presidencial. Desde sus primeras escaramuzas contra el PRI en su estado natal de Tabasco hasta su mandato como alcalde de la ciudad de México, todo ha estado dirigido a un fin, que era ganar esta elección. Con su actitud irresponsable confirma que, en efecto, sus proclamaciones populistas no tenían más de verdad que lo que pueda resultar útil en sus propias ambiciones políticas.
Si la escasa diferencia en los resultados había podido dejar alguna duda sobre lo que más convenía a los mexicanos en estas circunstancias, la actitud de López Obrador ha confirmado claramente que lo último que les habría hecho falta es un presidente que en un momento tan crucial se comportase con tal irresponsabilidad.
by BeHappy Co.