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La periodista y humorista asegura que por culpa de la Carta Magna familias españolas pueden morir de frío

Empar Moliner rompe y quema un ejemplar de la Constitución Española en su programa de TV3 culpándola de dañar a catalanes

HECHOS

  • El 11.04.2016 en su sección en el programa ‘Els Matins’ de TV3, Dña. Empar Moliner quemó un libro que representaba la Constitución Española de 1978.

17 Abril 2016

Entre la libertad de expresión y la mojigatería intelectual

Álex Sàlmon

EL DERECHO A LA libertad de expresión no debería ponerse en duda jamás. Uno es libre de pensar lo que quiera, aunque moleste, como libre de expresarlo. No hay titubeo, aunque sí tenga límites. La libertad tiene límites. La libertad no debe perseguir la ofensa por la ofensa. En la vida tenemos límites cotidianos. Por ejemplo, reclamamos toda la libertad para escuchar la música que se nos venga en gana. El problema aparece cuando nuestro vecino se ve obligado a escucharla. Pero hasta ese detalle del día a día tiene su horario. Porque no es lo mismo escuchar la música del vecino a las cinco de la madrugada que a las 12 del mediodía y en laborable.

Las últimas semanas han sucedido dos hechos que dan para reflexionar sobre la libertad de expresión. Uno en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona y el otro en el plató de Els Matins en TV3. Los dos fueron acciones que transcendieron sus contenidos a causa del espacio utilizado. Uno era un poema y el otro un comentario sarcástico sobre un hecho de actualidad. En sí mismos, la base de los dos actos no esconde ninguna amenaza contra la sociedad. Ni son violentos ni amenazadores. Ni la crítica se basa en el núcleo del contenido. Lo que aquí chirría, digo, es el lugar.

El contacto con la adolescencia da para mucho como ejercicio reflexivo. Por ejemplo, en una vieja discusión con uno de mis hijos donde música y lugar también eran motivo de tensión. Hablo de la música con sonido Pont Aeri, una muy conocida discoteca en las afueras de Barcelona. La sala sirvió para introducir en la gente joven una variante de la música dance conocida como mákina y también la machacona hardcore.

Puedo escuchar alguno de esos temas unos siete minutos y medio. No más. Entiendo que esa música sea la prioritaria en los espacios personales del adolescente. Sin embargo, pretender que ése sea el sonido de una fiesta familiar, como que no. «¡Es un ataque a la libertad de expresión!», me espetó en una ocasión. «La libertad de tu abuela, de tu primo de seis meses, de tu tío. De qué libertad de expresión estamos hablando», contesté.

La base de la reflexión debe partir del arranque de este artículo que está usted leyendo: la libertad de expresión no debe ponerse jamás en duda. La cuestión, por lo tanto, es discernir cuándo consideramos que nuestra libertad de expresión tiene una oposición de algo o de alguien. Vayamos por parte, entonces.

La poeta Dolors Miquel decidió recitar uno de sus poemas basados en un Padrenuestro pero con un contundente «sigui santificat el vostre cony». Miquel tiene hermosos versos. «M’agrada acaronar-te quan absent,/ dorms i no em saps i el teu cos llunyà/ com deixats entre llençols records de seda,/ seda blava i fresca, memòria per al tacte». (El vent i la casa tancada. Columna, 1990). Su intervención en un espacio transversal, no político, todo ciudadano, como es el Saló de Cent, dejándose llevar al no importarle ofender con su palabra, buscando la exageración maleducada y mojigata y no la seducción de pensamiento, la alejan de la libertad de expresión que dice perseguir al olvidarse de la autoridad del límite.

Este mismo poema en un teatro, en una acción cultural o en un recital tendría todo el sentido del mundo. Existe libertad personal para asistir a una representación de este estilo. De hecho, no era el estreno de unos versos. Negar la poesía de Dolors Miquel en un teatro sí sería una ofensa a la libertad de expresión. Allá Miquel con sus neuras y rencores.

El caso de Empar Moliner es, desde mi punto de vista, muy parecido. Debo alertar al lector que defiendo el humor de Moliner. Me parece fresco y divertido. Es ácido y cómico. Se autodefinió como una payasa al día siguiente de quemar la Constitución delante de las cámaras de TV3. Por cierto, el mismo símil que utiliza Albert Boadella cuando quiere argumentar sus espectáculos.

Sin embargo, la defensa del texto no obliga al lugar. Moliner quemó el argumento votado y aceptado por esta sociedad para defender la libertad de expresión de la propia Moliner. Tan aceptado como la Constitución de EEUU del 1787 para los americanos. Lo digo para los que dicen no haber votado la Constitución de 1978. Ya ven.

Empar Moliner tiene derecho a montar un espectáculo y quemar la Biblia, si quiere. Otros tendrán todo el derecho de denunciarla por apología y mal gusto. Poco importa. La escritora seguirá teniendo el derecho que le confiere la libertad de expresión en la decisión personal del espectador a verla.

Sin embargo, el plató de una televisión pública es de todos, con todas sus peculiaridades y toda la transversalidad posible. Y no hay libertad de expresión que aguante la quema de una constitución, por mucho que sea un libro de atrezzo forrado. Y más si el tema que inspira la acción se ha decantado tanto por una línea política en concreto.

Hay que recordar que las empresas que sirven energía tienen todos los protocolos activados para que nadie en situación de exclusión social o pobreza se quede sin agua, luz o gas en casa. El debate se sitúa en las coordenadas de competencias entre el Estado y la Generalitat y el supuesto proceso independentista. Así que la sentencia del Constitucional se define por el propio texto y no por el castigo a la Generalitat por haber querido controlar los excesos ante cortes de suministros injustos.

A pesar del error, me sigo considerando un seguidor del humor de la Moliner.

14 Abril 2016

La Constitución es un libro

J. Ernesto Ayala-Dip

La Carta Magna se puede reformar, cosa que un libro publicado por un determinado autor que no nos guste no se puede hacer

La escritora y columnista catalana Empar Moliner hizo el lunes algo antes las cámaras de la televisión pública catalana que un servidor nunca había visto. Quemó un libro. Me parece que no atinó a reparar lo qué quemaba. Supo, eso sí, que lo que reducía a cenizas era la Constitución española. Pero no la consideró un libro. Tal vez si hubiera reparado en ese hecho, se lo hubiera pensado dos veces (o las que fueran, si dos no le bastaban). Y hubiera caído en la cuenta que quemar un libro (aunque fuera uno que a ella no le agrada) resulta bastante paradójico, teniendo en cuenta que ella escribe libros (además también de quemarlos).

La Constitución española tiene cosas que a mí tampoco me agradan. Como suele pasar con muchos libros. Pero la Constitución se puede reformar, cosa que un libro publicado por un determinado autor que no nos guste no se puede hacer. Yo hace unos años leí un libro de cuentos de Empar Moliner y en general me gustó bastante poco. Por no decir que no me gustó nada. Escribí sobre él y argumenté las razones de mi absoluto desacuerdo. Pero no se me ocurrió quemarlo. Tengo por norma no quemar libros. Ni siquiera los que no me gustan de la señora Moliner. Ese libro que no me gustó de la escritora catalana, está ahí, con sus defectos. Y tal vez el mayor defecto que tenga es que no se pueda reformar. Cosa que sí se puede hacer con la Constitución. Que la necesita y en profundidad y con la máxima premura posible.

A mí no me gustó nada cuando el señor Alfonso Guerra dijo, con su acostumbrado mal gusto, que se le había pasado al Estatuto de Cataluña del 2006 un buen cepillado. Un estatuto aprobado por el Parlamento catalán y ratificado en las Cortes españolas. Si lo de Guerra fue en su momento un acto gratuito de chulería marca de la casa, la quema pública de la Constitución española, me parece lisa y llanamente una falta de respeto. Y de una carencia absoluta de inteligencia cívica.

13 Abril 2016

Mil maneres d´injuriar a Espanya

Jaime González

¿Cuál es la pena por quemar un ejemplar de la Constitución durante un programa en directo de la televisión catalana? La ley de Seguridad Ciudadana fija hasta en 30.000 euros la multa por ‘ofensas o ultrajes a España, a sus símbolos, himnos o emblemas efectuadas por cualquier medio’, siempre que la acción no sea considerada delito, en cuyo caso el Código Penal impone penas de multa de siete a doce meses de prisión. La cuantía varía entre 2.700 euros por un delito de injurias contra la Corona (esa fue la cantidad que la Audiencia Nacional impuso a los independentistas que en 2007 quemaron una fotografía de los Reyes) y 4.320 euros, cantidad que deberá abonar la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, por cometer un delito contra los sentimientos religiosos al asaltar la capilla de la Universidad Complutense.

Obsérvese que los importes de la sanción administrativa (hasta 30.000 euros) son muy superiores a la pena económica derivada de la comisión de un delito, con lo que sale bastante más rentable vulnerar el Código Penal. O sea, que a la gaznápida que ayer quemó un ejemplar de la Constitución en un programa de TV3, en protesta por la decisión del TC de anular el decreto de la Generalitat contra la pobreza energética, le interesa que el asunto caiga en manos de la Justicia, porque en el peor de los casos puede ahorrarse hasta un 90% de la multa. Por cierto, a los diputados de Bildu que rompen una Constitución en la tribuna de oradores del Congreso el ultraje les sale gratis. Se les pide que rectifiquen y si no les da la gana, como fue el caso del proetarra Sabino Quadra, se termina la legislatura si nsanción alguna y santas pascuas.

Así las cosas, no es descartable que los responsables de la televisión pública catalana, que pagamos todos los españoles se planteen emitir un programa que llevaría por título «Mil maneras de injuriar a España» – «Mil maneres d´injuriar a Espanya» – que, con un share medio del 7% podría ser rentable con un discreto volumen de inserciones publicitarias. Con un gasto de 3.000 euros diarios, cada cual podría ejercer a discreción su legítimo derecho a expresarse como le venga en gana: quemando banderas, pitando al himno, pisoteando la Constitución, poniéndole cuernos a la fotografía del Rey o desarrollando cualquier otra iniciativa de carácter injurioso. Resulta un sarcasmo que la multa administrativa por quemar un ejemplar de la Carta Magna tenga la misma sanción que un botellón en la calle.

Habida cuenta de lo poco que cuesta chotearse de España me había propuesto escalar ‘como acción de protesta’ la fachada principal de la sede de TV3, pero al ser un edificio público la multa me puede salir más cara que lo que le va a costar a la gazápira esa convertir en cenizas la Carta Magna. Así que he preferido descargar en privado mi impotencia y dar rienda suelta a mi amargura en el pasillo de casa: «¡España no nos mereces!

Jaime González

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