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El asesino etarra Jon Bienzobas Arreche se camufló como un estudiante y le disparó a sangre fría

ETA asesina al ex presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente, en su despacho en la Universidad Autónoma

HECHOS

El 14.02.1996 fue asesinado D. Francisco Tomás y Valiente.


EL ASESINO

bienzobas Jon Bienzobas ‘Karanka’ fue el asesino del Sr. Tomás y Valiente, presumiblente siguiendo órdenes del llamado ‘comité ejecutivo’ de ETA que lideraban Achurra ‘Pototo’, ‘Iñaki de Rentería’ y ‘Antza’.

ALFONSO ROJO ACUSA DE DEJACIÓN A JUECES Y POLICÍA

alfonso_rojo_24_horas El tertulia ‘Protagonistas’ de ONDA CERO realizada tras el asesinato de D. Francisco Tomás y Valiente, el tertuliano D. José María Calleja recordó que había habido asamblea de las juventudes de Herri Batasuna, Jarrai, en la que se enseñaba como hacer la lucha callejera «y de las 300 personas que asisten salen 5 dispuestas a matar». En ese momento el tertuliano D. Alfonso Rojo tomó la palabra: «Todos estamos en la lírica qué dolor, que consternación, y después tanto por parte de la ciudadanía como de los jueces, y reitero lo de los jueces, y de los funcionarios de la policía, lo que hay es, muchas veces, una enorme dejación». El Sr. Rojo ocupa el cargo de Adjunto a la dirección del diario EL MUNDO. 

15 Febrero 1996

Con la Constitución contra sus enemigos

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

En no ceder a actitudes que minan la autoridad y legitimidad del Estado «nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual, porque Cada vez que matan a un hombre en la calle nos matan un poco a cada uno de nosotros». Cuando Francisco Tomás y Valiente escribió estas líneas, las finales de un artículo póstumo que el lunes remitió a EL PAÍS y que hoy se publica en estas páginas, no sabía que estaba redactando su testamento político. Lo que seguramente sí sabía el ex presidente del Tribunal Constitucional, vilmente asesinado ayer en Madrid, es que con ese artículo estaba interpelando a lo más profundo de la conciencia ciudadana: invitándonos a no ceder frente a quienes buscan con sus crímenes la desmoralización de los demócratas; a evitar sucumbir a esa fatal tentación de pensar que la cosa no tiene remedio o, lo que es equivalente, que el remedio está en que la mayoría se someta al dictado de los pistoleros.Francisco Tomás y Valiente simboliza como pocos españoles contemporáneos la defensa de los valores y libertades constitucionales. La unidad de los partidos democráticos contra el terrorismo, evidente en las declaraciones que siguen a los atentados, tiende a desaparecer tan pronto como se apagan las velas. Ojalá que esta muerte sea percibida por todos los ciudadanos como una voz de alarma, sobre los riesgos que corre la democracia bajo los golpes del terrorismo, y ojalá que su movilización cívica obligue a los partidos y a sus líderes a abandonar esa dinámica que les lleva a supeditar sus convicciones democráticas a consideraciones o intereses particulares.

De eso trata el artículo de Tomás y Valiente: de las razones que han provocado que «en poco tiempo se haya desandado» el camino recorrido contra los terroristas. Por una parte, la guerra sucia -inadmisible, inmoral e inútil-; pero también su utilización oportunista, para intentar debilitar al Gobierno legítimo, por parte de algunos políticos y otras personas influyentes en la opinión pública. Quienes han intentado sacar partido del error -y del crimen- cometido 12 años antes no podrán alegar que desconocían que nadie obtendría de ello tanta. ventaja como ETA. Los GAL no son un problema real de la sociedad española de hoy, mientras que ETA sí lo es. Esta evidente consideración de lo obvio hubiera debido, cuando menos, inspirar actuaciones menos oportunistas.

Pero el retroceso es también consecuencia, como nos recuerda Tomás y Valiente, del discurso deslegitimador del Estado y de la Constitución emanado de una visión concreta del nacionalismo. El autor del disparo mortal, si se atiende a los testigos del asesinato y se confirma la impresión de la policía, ha sido un joven nacido en 1970. Seguramente, al desde su niñez viene escuchando -en las aulas de las ikastolas, en los debates de la televisión autonómica, en algunos discursos del Aberri Eguna- que la voluntad de los vascos está secuestrada, que el Ejército impide el pleno ejercicio de las libertades de Euskadi, que la Constitución española es una continuación de las leyes franquistas, que hay que temer mas a España que a ETA, que la paz pasa por dividir la razón entre los que matan y sus víctimas. Para no hablar del significado ambiguo de algunos sermones y actitudes de la jerarquía católica.

No sólo eso: si el autor es el que se sospecha, se trata de uno de los seis activistas que figuran en los carteles distribuidos a la población por el Ministerio del Interior hace 15 días. Tales carteles merecieron la desautorización insidiosa de algunos medios con el argumento de que su difusión convertía en sospechosos a «miles de ciudadanos normales». No hay miles de ciudadanos que, además de tener la edad y los hábitos reseñados como característicos de los etarras, se parezcan a los de las fotografías. Y la experiencia nos ha enseñado que no es posible acabar con un fenómeno como el, terrorismo de ETA sin que los ciudadanos, y también los partidos, cada uno en su terreno, asuman su cuota de sacrificio o incomodidad.

Naturalmente, luego está lo que se llama el entorno de ETA, la complicidad pasiva o activa de quienes la jalean, el secuestro de las libertades por parte de Jarra¡, el uso de la amenaza, la extorsión y el chantaje en boca de dirigentes de HB, la impunidad con que se mueve KAS y la desgracia objetiva de un país, el vasco, en el que los bandoleros matan a cara descubierta y los policías tienen que ocultar sus rostros por motivos de seguridad.Al asesinar a alguien como Tomás y Valiente, ETA quiere demostrar que nadie está fuera de peligro. Aspira a que los ciudadanos, atemorizados, renuncien a resistir y pasen a exigir al Gobierno que acepte las imposiciones de los terroristas. De paso, ETA vuelve a irrumpir de nuevo, tras el atentado contra Fernando Múgica, en el proceso electoral, seleccionando a sus víctimas, desarmadas e indefensas, entre los. círculos socialistas. Pero el lúcido mensaje dejado por Tomás y Valiente es que si la situación se ha deteriorado en tan poco tiempo ha sido por errores concretos; y que todos ellos son subsanables si no dejamos que nos venza el miedo, la desmoralización o la indiferencia.

15 Febrero 1995

La lucha contra ETA que defendía Tomás y Valiente

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Ayer fue asesinado en Madrid Francisco Tomás y Valiente, ex presidente del Tribunal Constitucional y actual miembro del Consejo de Estado. Tres tiros en la cabeza acabaron con la vida de una persona de enorme significación simbólica, pero apartada ya de los centros de poder real. «A orillas del Estado», como él mismo dejó dicho. Porque, en efecto, el Consejo de Estado, en el que había ingresado recientemente para cubrir la vacante de Manuel Gutiérrez Mellado, es un órgano meramente consultivo, dedicado a emitir dictámenes sin carácter vinculante.

Quiere esto decir que ETA no ha pretendido con su muerte atentar contra ningún punto neurálgico del aparato del Estado. El daño que ha querido infligir -y que ha infligido- es, fundamentalmente, de género moral. Trata de mostrar, no sólo a los responsables políticos, sino a la ciudadanía en pleno, que está en condiciones de obligar a nuestra sociedad a vivir de luto permanente, y que lo seguirá haciendo hasta que nos pleguemos a sus condiciones.

Se dice que es su modo de hacer campaña electoral. Pero, en las actuales condiciones, y a diferencia de otros tiempos, la intervención de ETA en periodo electoral no apunta a la captación de más votos para Herri Batasuna. Las elecciones son sólo ya para ella un altavoz con el que amplificar el eco de sus crímenes. Para estas alturas, ETA es consciente de que en el plano electoral tiene la batalla totalmente perdida. La cuota cercana al 20% que lograba hace apenas unos años en el electorado vasco y navarro ya sólo la conserva en Guipúzcoa. En Vizcaya, Alava y Navarra ya se sitúa en torno al 10%. Y sigue bajando. Los sondeos le auguran un nuevo retroceso el 3-M. De hecho, sabe que atentados como el de ayer le restarán aún más votos. Pero se ha despreocupado de eso. Como la zorra de la fábula con las uvas, ha optado por desdeñar las urnas tras comprobar que no logrará nunca vencer en ellas.

Lo electoral no es de hecho sino un reflejo -en el fondo menor- de la otra gran batalla a la que ETA también ha renunciado, tras verla perdida: la de la opinión pública. Ya no le incomoda echarse encima a sectores netamente populares. Lo demostró en el atentado de Vallecas, sembrando la muerte en un histórico barrio obrero. Lo demostró ayer, violando -física y simbólicamente- el espacio de una facultad de Derecho, el espacio de la Universidad, lo que sin duda generará una ola de indignación anti-ETA entre los universitarios de toda España.

A ETA ya sólo le preocupa contar con las raíces sociales suficientes como para asegurar que su obra de destrucción tiene continuidad. Que los activistas detenidos seguirán siendo remplazados al poco por otros. Y cuenta con esa cantera: son esos jóvenes seguidores de Jarrai que ahora mismo hacen ejercicios de insensibilidad, insultando y tirando piedras a los amigos de Aldaya, entrenándose para no vacilar el día de mañana a la hora de hacer saltar por los aires a los clientes de unos grandes almacenes o de pegar un tiro a un padre en presencia de su propio hijo.

ETA ha planteado al Estado español una prueba de resistencia. Una guerra de nervios.

También perderá esa guerra.

No lo decimos como expresión de un deseo, ni como exaltación de una voluntad, sino como resultado de la fría evaluación de la relación de fuerzas. El sistema democrático tiene en España solidez más que suficiente como para aguantar embates de ese género. El propio Francisco Tomás y Valiente, en un trabajo inédito que hoy publica EL MUNDO, lo constató recientemente: «…Se sienten como heridas casi propias los tiros de los asesinos de ETA -escribía-. Pero también se percibe cómo el Estado funciona, cómo el sistema encaja errores y crímenes, delitos y faltas».

ETA busca que aquellos que sustentan los poderes básicos de la sociedad -el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y hasta el llamado «cuarto poder»- pierdan los nervios y amparen el recurso a métodos que, por ser inmorales, acaban siempre finalmente por desmoralizar, en todos los posibles sentidos del verbo. Ayer asistimos a algún penoso espectáculo de ese género, doblemente penoso por proceder de un miembro del Tribunal Constitucional. En el escrito de Tomás y Valiente antes mencionado, el que fuera presidente de ese mismo tribunal afirmaba de modo bien taxativo: «Tanta sangre y tanta rabia producen sus crímenes [se refiere a los de ETA], que han llegado a provocar vituperables reacciones semejantes, que no todos los ciudadanos rechazan. Y ése es el peligro mayor, el riesgo más preocupante de nuestro inmediato futuro». Y añadía: «Si éste [se refería al desafío de ETA] es entendido como guerra, como guerra en la que vale todo, que es lo que quiere ETA, se repetirán recientes experiencias y lo peor será posible». Tomás y Valiente, que fue hombre beligerante a favor del Gobierno González -por lo que EL MUNDO le criticó en diversas ocasiones- y que incluso se opuso abiertamente a que Garzón instruyera el «caso GAL», tenía muy claro este punto crucial: no sólo hay que asegurar que la lucha contra el terrorismo se desarrolle dentro de la legalidad; también que esa legalidad sea plenamente conforme con los principios constitucionales. Y fue fiel a ese principio: de hecho, siendo presidente del TC, este tribunal declaró anticonstitucionales varios artículos de la Ley Antiterrorista y amparó el derecho de los diputados de HB a conservar el escaño aunque no juraran la Constitución.

El combate contra el terrorismo de ETA exige mucha inteligencia, sin duda. Pero también mucha serenidad. Y mucha tenacidad, para perseverar contra viento y marea, sin desmayo, en la defensa del Estado de Derecho, sin salirse de sus límites en ningún momento. Combinando las medidas policiales y las políticas. Sabiendo que no hay soluciones mágicas. Continuando con la labor de aislamiento y repudio social. No dejándose cegar por la rabia. Sabiendo que nunca se vencerá, si primero no se convence.

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