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ETA secuestra al médico Julio Iglesias Puga (padre del cantante) y la policía y los GEO de la Guardia Civil logran liberarle

HECHOS

Entre el 30 de diciembre de 1981 y el 17 de enero de 1982 Dr. Julio Iglesias Puga fue víctima de un secuestro.

El 30 de diciembre de 1981 fue secuestrado por la banda terrorista ETA,​ quien lo mantuvo retenido en Trasmoz (Zaragoza) siendo los motivos meramente económicos. ​ La policía creía que habían sido delincuentes comunes, ya que dicha banda nunca había secuestrado a alguien no vinculado a la política. Finalmente el 19 de enero de 1982 fue liberado por un grupo formado por policía y guardia civil, siendo el jefe al mando el comisario Domingo Martorell.​ A partir de entonces, su hijo mayor decidió pagar a un equipo de seguridad para protegerlo, estando al mando del mismo el propio Martorell.

El comisario D. Joaquín Domingo Martorell.

19 Enero 1982

La ruptura de la tregua

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

LA ESPECTACULAR liberación del doctor Iglesias, gracias a la acción combinada del Cuerpo General de Policía, los GEO de la Policia Nacional y la Guardia Civil, jalona un positivo cambio de rumbo en la lucha antiterrorista. Por vez primera un rehén en poder de los etarras ha sido rescatado, sano y salvo, mientras sus raptores eran detenidos. Habría que remontarse a la liberación de Oriol y Villaescusa para encontrar un precedente, al margen especulaciones o extrañezas en torno a los aspectos rocambolescos de aquel incidente. Que la brillante operación se haya desarrollado sin derramar una gota de sangre es una razón más para felicitar a las fuerzas de seguridad por el planteamiento y ejecución del asalto. La coordinación de los distintos servicios y cuerpos, condición indispensable para que la estrategia antiterrorista pueda alcanzar el éxito, ha permitido que los GEO demostraran su capacidad para realizar con pleno acierto estas acciones-relámpago por sorpresa.El desenlace de la operación, además de cumplir su objetivo de liberar al doctor Iglesias, socava el mito de que resulta imposible localizar y rescatar a las víctimas de un secuestro perpetrado por cualquiera de las dos ramas de ETA. La imaginería del bandido necesita, para producir temor o suscitar admiraciones, la leyenda de su invulnerabilidad.

Ahora bien, la significación política más importante del secuestro del doctor Iglesias ha sido la revelación de que la tregua unilateralmente establecida por ETA Político-militar en febrero de 1981 ha sido rota por la organización terrorista o por una parte de ella, diga lo que diga el comunicado hecho público ayer por los terroristas. Ese abandono de las armas tuvo en su día consecuencias positivas para la vida pública en el País Vasco y en el resto de España. Aunque el regreso al monte de ETApm -que tanto recuerda formalmente, pese a la transformación de los contenidos ideológicos, a las carlistadas frustradas del siglo XIX- no puede anular algunos de esos constructivos efectos, el eventual cese de la tregua abre inquietantes perspectivas de agravamiento respecto a la situación inmediatamente anterior. Es cierto que la rotunda condena de ETA Político-militar por Euskadiko Ezkerra despeja cualquier duda sobre la voluntad democrática y pacífica de este sector de la izquierda abertzale. Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que algunas fracciones minoritarias de Euskadiko Ezkerra contrarresten el proceso de unificación del nacionalismo vasco de izquierda emprendido por Mario Onaindía y Roberto Lertxundi en el marco del Estatuto de Autonomía y con pleno respeto a los cauces democráticos.

La ruptura de la tregua obligará a los cuerpos de seguridad a abrir un nuevo frente y a multiplicar sus trabajos de vigilancia de los sospechosos y persecución de los terroristas y sus encubridores. Igualmente preocupante resulta que esa vuelta a la violencia ponga fin al aislamiento de ETA Militar, acosada durante los últimos meses por un eficaz trabajo policial, por las campañas ideológicas y políticas del Gobierno de Vitoria y de las fuerzas democráticas vascas y por la nueva actitud de las autoridades francesas. La competencia entre las dos ramas de ETA, que rivalizan en sus tristes hazañas criminales y que pujan en la siniestra subasta de la espectacularidad y crueldad de sus asesinatos, atentados, robos y secuestros, tiene como única alternativa la perspectiva, todavía más peligrosa, de la coordinación, alianza o unficación de ambos grupos. Resulta urgente y necesario que el Gobierno y el Parlamento vascos, el nacionalismo moderado del PNV y el nacionalismo de izquierda de Euskadiko Ezkerra, la jerarquía eclesiástica y los simples sacerdotes, el conjunto de los partidos políticos, centrales sindicales, organizaciones empresariales, instituciones, corporaciones y grupos comprometidos con la paz y con la democracia movilicen todos sus, recursos y energías para la tarea de rearmar moralmente a la ciudadanía vasca contra las extorsiones, los chantajes y las amenazas de los terroristas. El desmantelamiento de las infraestructuras de apoyo e información de ETA y la detención de sus activistas es tarea que sólo podrán llevar a cabo los cuerpos de seguridad con la colaboración de los servicios franceses -por debajo todavía de lo que cabe exigirles en nombre de la defensa de la democracia en España- y con el respaldo de las instituciones de autogobierno, de las fuerzas democráticas y de la sociedad vascas.

27 Enero 1982

Limosnas e impuestos

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

LA MITOLOGÍA de los espíritus nacionales y el gusto por la emulación explican que casi todos los países del mundo se disputen el primer lugar en la clasificación no sólo de las virtudes, sino también de los siete pecados capitales. Parece, sin embargo, que los rasgos positivos y los aspectos negativos del comportamiento humano se hallan distribuidos de forma aleatoria en todos los grupos de nuestra especie, sin que ninguna nación pueda reivindicar, con fundamentos serios, derechos prioritarios para representar en un auto sacramental virtudes o vicios singulares. Los españoles solemos presumir de haber recibido especiales favores de la providencia en muchos terrenos, pero también acostumbramos a jactarnos de superar a los demás en el ejercicio de prácticas malignas. Así, la idea de que la envidia tiene, sobre todo, rostro carpetovetónico merece un amplio respaldo entre los caracterizadores de nuestro espíritu nacional.

Tal vez sea el temor a incurrir en ese feo pecado y la sospecha de su intrínseca españolidad lo que haya frenado o mantenido en discretos murmullos algunas reflexiones acerca de las circunstancias que rodearon el secuestro y la posterior liberación del doctor Iglesias. El hijo de éste ha alcanzado, gracias a su talento como cantor melódico y a su concienzudo trabajo, uno de los primeros lugares del mundo en su actividad, lo que es visto por los españoles con el lógico orgullo que produce ver triunfar en el mundo a un compatriota, sea cual sea su especialidad. Pero esas actitudes de simpatía no evitan un juicio sobre su conducta como simple ciudadano. Grandes futbolistas italianos han sido puestos en la picota por su participación en extrañas confabulaciones con las quinielas. Un director de cine del talento de Ingmar Bergman tuvo serias dificultades con el fisco de su país por la manera de liquidar sus impuestos; y es de sobra conocido que nuestros mejores toreros, artistas y futbolistas se lamentan del trato no discriminatorio que reciben del Ministerio de Hacienda.

La liberación del doctor Iglesias tuvo unas secuelas poco amables para los profesionales de la información españoles. Pese a los compromisos del periodista José María García con sus colegas, lo cierto es que el padre del popular cantante hizo compatible su hermético silencio en tierra española con una conferencia de Prensa en Miami. La estrategia de lanzamiento de Julio Iglesias en el mercado del disco norteamericano tal vez hiciera aconsejable eso, pero la colaboración y los desvelos de los periodistas españoles a lo largo del secuestro eran merecedoras de un mejor trato.

Sin embargo, el motivo central de este comentario es señalar que la generosa decisión de la familia Iglesias de crear una fundación educativa para los huérfanos del Cuerpo General de Policía, rasgo que les honra, no puede ocultar el hecho de que Julio Iglesias no entrega la parte proporcional de sus ingresos, en forma de impuestos, a la Hacienda española; esto es, al órgano encargado de recaudar los tributos de todos los contribuyentes para redistribuirlos en beneficio de todos, sostener el aparato estatal (incluidos los servicios policiales) y sufragar instituciones educativas y de beneficencia. Es conocida la afirmación, exagerada, pero significativa, de que Brigitte Bardot fue la industria de exportación más importante de Francia. La domiciliación fiscal en Panamá de nuestro famoso cantante es, en cambio, una inteligente medida para descargarse de impuestos, pero se compadece mal con una ciudadanía española consciente no sólo de sus derechos sino también de sus deberes. A los empresarios, profesionales y trabajadores que pagan sus impuestos en España no les puede resultar simpática, y mucho menos ejemplar, esta habilidad para hurtar el bulto a la hora de ser igual que sus compatriotas ante la ley tributaria.

La rocambolesca historia del millón de dólares que entró por el aeropuerto de Barajas como una vulgar maleta de ropa sucia tuvo la irrebatible excusa de que andaba en juego la vida de un hombre. Pero la posterior salida, rumbo a Miami, de esa gruesa suma de divisas eitranjeras merecería, cuando menos, una explicación. Si ese millón de dólares iba a ser regalado, a fondo perdido, a los extorsionadores de ETA Político-militar, no hubiera sido un mal gesto entregarlo, una vez liberada la víctima, como adelanto a cuenta de unos impuestos moralmente pendientes de liquidación al Estado, que hizo posíble el rescate del rehén en una operación digna de elogio, pero que se inscribe en el funcionamiento normal de las instituciones de un país civilizado.

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