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ETA sigue asesinando: El Teniente Coronel Ramón Romero Rotaeche es asesinado en Bilbao

HECHOS

El 19 de marzo de 1981 el Teniente Coronel Ramón Romero Rotaeche fue asesinado.

20 Marzo 1981

Un disparo contra todo

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

EL ATENTADO terrorista de ayer en Bilbao contra el teniente coronel Romeo Rotaeche es el primero que sufre un miembro de las Fuerzas Armadas tras el fracasado golpe de Estado del 23 de febrero. A falta de reivindicación, la autoría de este nuevo y cobarde delito es achacable a ETA Militar. O estos autoproclamados libertadores de Euskadi que descargan sus pistolas sobre la nuca de un jefe del Ejército solitario y transeúnte no han entendido nada, o propician insensatamente la ruina del pueblo vasco y la almoneda de las libertades públicas en España.No es correcto, sin embargo, trazar una raya en el suelo para analizar los crímenes cometidos por ETAm antes del golpe y después del golpe. El terrorismo es condenable desde una perspectiva superior a la que proporciona la coyuntura política cotidiana del país. Pero resulta difícil obviar los recientes sucesos que han sacudido a España en el momento de analizar un nuevo acto de este género. La propia ETA Político-militar ha llevado a cabo una reflexión del golpe del 23 de febrero, precipitando -según sus propias declaraciones- una tregua armada acordada con anterioridad. Y no es concebible que los milis no hayan tenido meditaciones semejantes aunque el resultado sea, como se ve, opuesto.

No es difícil imaginar lo que hubiera significado para Euskadi el 23 de febrero si la asonada llega a imponerse. Sobre el pueblo vasco habría caído toda suerte de represiones y persecuciones, repartidas indiscriminadamente y de las que acaso sólo se hubieran librado los propios terroristas a recaudo de sus guaridas o del santuario francés. La situación política y de garantías cívicas en Euskadi se habría retrotraído en décadas hasta los más oscuros e iniciales años del franquismo. Todo ello sin contar análogos padecimientos en el resto de los pueblos de España. Esto lo saben igual los ciudadanos pacíficos que los terroristas de ETAm; y no cabe otra deducción sino la de que dichos terroristas tratan por todos los medios de llamar nuevamente a la acción a todos los Tejeros de España. Los habitantes de Euskadi deben conocer ya este hecho. ETAm -si se confirma su autoría de este atentado- está jugando la carta de la provocación al Ejército, so capa de la desacreditada tesis de que «cuanto peor, mejor», y de que la autopista hacia el socia lismo -¿hacia qué socialismo?- pasa por el arrumba miento de la democracia, con todos los defectos que ésta tenga, y unas cuantas décadas más de calvario dictatorial. Profetizadores de los males que ellos mismos desencadenan, los bandoleros etarras reúnen en su actitud la cruel dad criminal, la arrogancia terrible e infantil del pistolero y la estupidez crónica en sus análisis políticos.

En cualquier caso, el pistoletazo en la nuca del teniente coronel Romeo Rotaeche, tras las últimas conmociones políticas, debe servir, al menos, para unir a esta sociedad ante un enemigo comun. El dolor corporativo ante cada víctima del terrorismo es comprensible, y debe entenderse ahora la indignación de la familia militar. Pero esa indignación no es superior a la de la inmensa mayoría de la sociedad. La víctima anterior de estos asesinos fue un comisario de policía; antes, un ingeniero civil, y antes, junto con militares y miembros de las fuerzas del orden, cayeron periodistas, obreros de distinta cualificación, empresarios, políticos…. En su ya larga historia criminal, ETA no ha dejado estamento social sin luto, sin heridas, sin chantaje, sin extorsión.

Así las cosas, y entendido que nadie puede monopolizar el patriotismo, tampoco nadie puede monopolizar las cuotas de sufrimiento que a todos nos deparan los terroristas. El mejor regalo que puede hacerse en estos momentos a ETAM sería la compartimentación de la sociedad ante sus atentados, el levantamiento moral de un gulag de damnificados en el que las víctimas cargaran las culpas unos sobre los otros, en lugar de unirse en unánime condena ante los victimarios. No caigamos, pues, en la trampa de estimar el atentado de ayer como un mero golpe sobre el Ejército; ayer también nos han vuelto a golpear a todos.

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