Search
Los 'guerristas' son borrados del mapa en todos los puestos de la dirección

34º Congreso PSOE – Felipe González deja por sorpresa el liderazgo y es reemplazado su ‘delfin’, Joaquín Almunia Amann

HECHOS

El XXXIV Congreso del PSOE celebrado en junio de 1997 eligió a D. Joaquín Almunia como nuevo Secretario General del partido.


EJECUTIVA FEDERAL DEL PSOE:

  • Presidente- D. Ramón Rubial
  • Secretario General- D. Joaquín Almunia
  • Secretario de Organización- D. Cipria Ciscar
  • Relaciones Internacionales- D. Raimon Obiols
  • Secretario de Economía – D. Juan Manuel Eguiegaray
  • Secretario de Empleo – D. Joan Lerma
  • Relaciones con Medios – D. Alfredo Pérez Rubalcaba
  • Secretario de Cultura – D. Joaquín Leguina
  • Bienestar Social- Dña. Clementina Díez de Baldeón
  • Movimientos Sociales – Doña. Carmen Cerdeira
  • Política Autonómica – D. Ramón Jauregui
  • Política Municipal – D. Alfonso Perales
  • Participación de la Mujer- Doña Micaela Navarro
  • Secretarios Ejecutivos: D. José Bono, D. José Borrell, D. Augusto Brito, D. Abel Caballero, D. Manuel Chaves, Dña. Dolores Eguren, Dña. Josefa Frau, Dña. Carmen Hermosín, Doña Ana Isabel Leiva, Doña María Antonia Martínez, Dña. Carmen Martínez, Doña Ana Noguera (‘Izquierda Socialista’), D. Alberto Pérez Cueto, Dña. Montserrat Reyes, Dña. Teresa Riera, D. José Luis Rodríguez Zapatero, Dña. Consuelo Rumí, Dña. Francisca Sauquillo, D. Francisco Vázquez y D. Narcís Serra (PSC).


«EL GAFE» YAÑEZ PRESIDENTE DEL CONGRESO

yanez El encargado de presidir la mesa del XXXIV Congreso del PSOE fue D. Luis Yañez, histórico político del PSOE desde el congreso de Suresnes, pero conocido popularmente por su fama de ‘gafe’ (un barco se hundió después de que el lo ‘botara’).

30 Junio 1997

Yañez en erupción

Jaime Campmany

Y por si era poco meneo para la mañanita, había comenzado el Congreso del Partido Socialista, el que hace el número treinta y cuatro, con el fantasma de la defenestración de Alfonso Guerra flotando sobre los casi mil compromisarios. Se preveía una lucha feroz entre renovadores y guerristas, o sea, entre Felipe y Guerra. Durante los días anteriores al Congreso ese había sido el caballo de batalla: acabar con Alfonso Guerra. Pero Guerra se hacía fuerte en medio de un grupo de partidarios, quizá escasos más fervorosos y tercos. De pronto, todo se vino abajo. Los acontecimientos de la mañana perdieron fuerza y la atención de los periodistas y del país corrió hacia la tribuna desde que hablaba Felipe González. El secretario general del PSOE anunciaba con voz tranquila y sospechosamente poco emocionada que no se presentaría a reelección. Felipe ha anunciado tantas veces su retirada del partido, del gobierno o del cartel electoral, que sus palabras parecían una nueva finta dialéctica, por no decir una nueva filfa o una nueva petición de aplauso y aclamación. Sin embargo, esta vez iba en serio. Quizá de forma provisional, o quizá de manera definitiva, el caso es que la sucesión, tantas veces frustrada, de Felipe González, estaba abierta.

La presidencia de Luis Yañez Barnuevo, el terrible gafe de Despeñaperros, el temido jetattore del Guadalquivir, el catastrófico volcán aojador de la Penibética, había entrado en erupción. Quizá cuando Felipe González le nombró para presidir el XXXIV Congreso del Partido quería decirnos que este sería un Congreso de grandes, inesperados y luctuosos acontecimientos. Era una manera de avisar, como el humo que se alza de los cráteres antes de empezar a arrojar fuego y lava. Felipe González, caído. Alfonso Guerra, kaputt. Cipriano Ciscar, deshecho en lágrimas. Josep Borrell, cuidado con él, diciendo que ha muerto el padre. Javier Solana, que llega en avión a toda leche desde la OTAN. Los barones, los notables, los pretendientes socialistas vigilándose a navajazos. Lo único que le falta a Jesús Polanco es toparse por la Castellana, de la Audiencia al Palacio de Congresos, con Luis Yañez.

Jaime Campmany

23 Junio 1997

El posfelipismo ha comenzado

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La renovación del partido socialista se inicia con la sustitución de Felipe González al frente de su dirección ejecutiva. Esa renovación no podía ser el resultado fulgurante de negociaciones apresuradas entre los diferentes focos de poder interno. Ni siquiera el programa mínimo de la renovación, consistente en sustituir a los barones territoriales por dirigentes emergentes, ha podido ser cubierto en estas escasas 48 horas que han seguido al anuncio de González. Seguramente era utópico pensar que podía haber sido de otra manera, aunque algunas resistencias personales puedan sorprender por lo encarnizadas. Con todo, la nueva dirección, especialmente su núcleo duro -las secretarías sectoriales-, constituye un equipo lo suficientemente solvente y homogéneo como para permitir al nuevo secretario general abordar la renovación pendiente. Pues la salida de González es sólo su inicio.González encabezó primero la transformación de un pequeño partido con más historia que efectivos o influencia en una formación capaz de gobernar. Lo hizo rompiendo inercias y prejuicios muy arraigados, producto de la larga permanencia en la clandestinidad. Y lo hizo arriesgando: planteando innovaciones en el terreno ideológico, político y organizativo que encontraron de, entrada fuertes resistencias internas. Contó para esa tarea con la colaboración de Alfonso Guerra, su avalista ante los militantes del partido. Sin ese aval, González habría sido un líder efimero o habría tenido que renunciar a convertir al PSOE en un partido ganador: capaz de obtener la mayoría electoral. Ganó en 1982 y en otras tres elecciones consecutivas, convirtiéndose en el dirigente político español que más tiempo ha permanecido en el poder por medios democráticos. Sustituir a un líder que a los 55 años presenta ese balance no puede ser una tarea fácil. Quien fue su ministro más joven en el primer Gobierno socialista, Joaquín Almunia, tiene ante sí un dificil compromiso.

Pero no parece el nuevo secretario general del PSOE persona a la que asusten los compromisos. Fue Almunia -que había hecho su tesis doctoral sobre el pensamiento económico de Carlos Marx- el encargado de defender en 1979 la enmienda que proponía suprimir la definición marxista del partido; habiendo sido un miembro destacado del aparato desde mediados de los setenta, fue de los primeros en enfrentarse a Guerra cuando mayor era el poder interno del número dos. Desde entonces ha sido una de las fijaciones del guerrismo, que ya en el congreso de 1990 intentó vetar su presencia en la dirección. Políticamente puede considerársele un reformista moderado, con buena preparación especializada -es abogado y economista- y experiencia como negociador. Ahora tendrá ocasión de, poner a prueba esa cualidad no ya con los sindicatos o con otros partidos, sino con los diversos sectores que dentro del PSOE se disputarán -es inevitable- la herencia felipista.

El 27% de votos en blanco recogido por su candidatura indica a cuántaoposición se enfrenta de entrada. Habría sido mayor de no ceder a las exigencias de los barones. Durante años, la dirección socialista funcionó mediante un acuerdo tácito: González dejaba manos libres a Guerra en el partido a cambio de disponer él de lo mismo en el Gobierno. Al producirse la ruptura entre ambos, con el consiguiente riesgo de bloqueo, González recurrió a una tercera instancia, los dirigentes regionales, que entraron a formar parte de la dirección. Los intereses de esos líderes regionales -generales con tropa, según una definición que hizo fortuna hace algunos años- estaban más ligados a los del líder público, cuya imagen les ayudaba a ganar sus elecciones, que a los del aparato central del partido. Tras la ruptura entre el uno y el dos, el PSOE ha sido dirigido en la práctica por una coalición entre González y los barones.

La idea de renovación pasaba ahora, en el terreno organizativo, por limitar el poder de esos barones, símbolo máximo de la instalación en posiciones inamovibles de poder. La prueba de lo oportuno del propósito es la asombrosa resistencia que han opuesto, incluyendo los más críticos con la obstinación de Guerra, a dejarse renovar.

Ayer, Almunia negó que la actual dirección sea provisional o de transición. Su sintonía personal con González no le impedirá seguramente marcar distancias en el estilo de dirección. «No demos ventajas a nadie», dijo González cuando le preguntaron si sería de nuevo candidato electoral. Sin duda se refiere a no dar a Aznar la ventaja de convocar elecciones antes de que el PSOE disponga de un candidato capaz de enfrentársele. El mensaje es que, si las convoca pronto, el contrincante seguiría siendo González. Pero la referencia de éste a su voluntad de «no estorbar» a la nueva dirección parece indicar que no se postula. Almunia también recordó que en el PSOE la presidencia del grupo parlamentario ,corresponde de oficio al secretario general, lo que significa que aspira a asumir la responsabilidad de jefe de la oposición. El nombre de quien sea designado su sustituto como portavoz parlamentario dará ahora una primera pista sobre la voluntad de renovación y margen de maniobra del nuevo secretario general.

El modelo de dirección bicéfala que funcionó mientras el PSOE gobernaba había dejado de tener sentido una vez en la oposición. El nuevo modelo está por definir. Una de las incógnitas a despejar es cómo encajará en el nuevo esquema la oficina de apoyo, relativamente independiente del partido, creada por Felipe González tras su salida de La Moncloa (lo que se conoce como Gobelas, por el nombre de la calle madrileña en que se ubica).

Entra dentro de las tradiciones de todo partido político que tras el cambio de liderazgo se produzcan movimientos de afirmación del nuevo líder tendentes a demostrar su autonomía. En el terreno organizativo, pero también en el político. Organizativamente, dando más importancia a determinados órganos de dirección respecto a otros en los que la presencia de los viejos líderes sea más intensa. Es posible, en ese sentido, que Almunia se apoye más en las secretarías de área que en el conjunto de la ejecutiva. Políticamente, tal vez la mano tendida ofrecida por Almunia a Izquierda Unida en su primera rueda de prensa tras la elección indique una voluntad de apertura hacia ese mundo. El propio González dejó abierta esa posibilidad en su discurso del viernes. Pero si bien la salida de González puede favorecerla, es dificil que pueda llegar lejos mientras el interlocutor de la otra parte siga siendo Anguita.

Almunia también tendió su mano hacia Guerra, el derrotado de este congreso, invitándole a seguir participando en «la reflexión del socialismo democrático». El futuro del ya ex vicesecretario general no parece muy claro, pese a que reivindica tener detrás al 30% de los delegados y a un porcentaje mayor de la militancia. Guerra y alguno de los suyos han personificado estos días uno de los aspectos más patéticos de la vida política. La contrapartida de la profesionalización de los políticos es la dificil reinserción laboral de quienes en un momento dado pierden pie. La ausencia de salidas vitales determina habitualmente el aferramiento a los puestos sobre la base de una falaz identificación entre el futuro organizativo y el destino personal.

Felipe González ha lanzado varios órdagos en su vida, pero siempre corriendo riesgos. Su sorprendente decisión del viernes es, ante todo, la de un hombre libre. Basta ver el desconcierto de sus enemigos, buscando desesperadamente motivos innobles a su decisión, para confirmar que ha acertado y que al hacerlo se ha consagrado, en la hora decisiva de la salida, como el político de más categoría de las últimas décadas.

23 Junio 1997

El congreso de la derrota

Javier Pradera

La votación de los nuevos órganos de dirección del PSOE, trabajosamente negociados durante dos días por los cabezas de delegación, los barones y los notables del partido socialista, clausuró su 34º congreso. Los métodos democráticos ofrecen la enorme ventaja de sustituir la laxitud retórica de los argumentos por la precisión aritmética de los cálculos para dirimir conflictos; las votaciones celebradas durante la mañana del domingo demostraron que el 89% de los delegados respaldaba la propuesta de Comité Federal y el 73% la lista de la Comisión Ejecutiva. El 27% de papeletas en blanco registradas en la votación de la ejecutiva no es despreciable; quienes denunciaban las unanimidades aclamatorias de anteriores congresos del PSOE disponen ahora de una buena oportunidad (diez a uno a que la desaprovechan) para aplaudir el pluralismo interno de los socialistas. Pero la lucha librada en torno a la continuidad de Guerra como vicesecretario, la inesperada renuncia de Felipe González y el escaso tiempo concedido a los delegados para ponerse de acuerdo sobre su sustituto hacían inevitable el surgimiento de una minoría de protesta, que bien hubiera podido ser aún mayor y situarse entre el 30 y el 40%.El 34 Congreso del PSOE se ha celebrado después de su primera derrota electoral a escala nacional desde 1979. Habría que remontarse dieciocho años atrás, esto es, al tumultuoso 28º congreso, para encontrar un clima emocional comparable; en este caso, además, el desaliento y la frustración causados por el tropiezo ante las urnas estaban exasperados por los sentimientos de privación del poder, las luchas intrapartidistas entreguerristas y renovadores iniciadas en 1990 y la difusa mala conciencia provocada por los escándalos de corrupción y de guerra sucia atribuidos a los trece años de Gobierno socialista. Así pues, el 34º congreso se enfrentaba con problemas aplazados durante años por el éxito electoral, entre otros el bloqueo del poder en la cúpula dirigente; aunque los delegados no hayan resuelto tales problemas, al menos no los han agravado y tal vez hayan abierto el camino para resolverlos.

El 3º congreso ha sido el campo de batalla de una pugna entre constelaciones de intereses -movidas por lógicas diferentes- en busca de compromisos capaces de armonizar las pretensiones propias con las exigencias ajenas. Como era inevitable, el resultado final no ha satisfecho plenamente a nadie pero tampoco ha provocado rechazos absolutos; con excepción, claro está, de los guerristas, cuya campaña extorsionadora para unir para siempre los destinos del secretario general y del vicesecretario se volvió en su contra tras la dimisión de Felipe González, que arrastró a Guerra y a sus seguidores fuera (le los órganos de dirección.

La composición de la nueva ejecutiva trata de mantener en equilibrio las exigencias particularistas de los poderes fácticos regionales y el momento integrador de los órganos centrales del PSOE y del grupo parlamentario. El nuevo secretario general, Joaquín Almunia, es casi una foto-robot de esa segunda oleada de militantes antifranquistas que se afiliaron al PSOE refundado en el Congreso de Suresnes en 1974 y que muy pronto se vieron situados en la cima del Estado; otros secretarios del reducido núcleo duro de la Ejecutiva Federal (como Eguiagaray, Lerma, Leguina, Pérez Rubalcaba y Jáuregui) comparten con Almunia (ministro de Trabajo y Administraciones Públicas entre 1982 y 1991, portavoz parlamentario desde 1995) los rasgos de una generación marcada por la doble experiencia de la oposición política y sindical a la dictadura y del ejercicio del poder (central o autonómico) en la democracia. Ciprià Ciscar, reelegido número tres del PSOE como secretario de organización tras su monumental bronca con Guerra, es acreedor de esa insignia roja del valor que merecen las personas de apariencia física frágil y fibra moral vigorosa capaces de resistir los ataques sin descomponer el gesto: algo así como el abogado Rainsom Stoddard, el inolvidable personaje interpretado por James Steivart que logró pacificar la tumultuosa ciudad de Shimbone en la película de John Ford titulada El hombre que mató a Liberty Valance.

23 Junio 1997

La oposición liberada

Emilio Lamo de Espinosa

Talento es, por ejemplo, la capacidad de resolver una ecuación compleja sin casi pensar en ella, como quien rompe, de un solo golpe, el nudo gordiano. Talento político que ha emanado a raudales de Felipe González durante más (le dos décadas desde aquel Suresnes de 1974 en que, con un hábil golpe de mano, se hizo con un partido en el que nadie creía. El mismo, talento con el que resolvió, en un par de días y en soledad, que lo mejor para todos -para el partido, para España e incluso para él- era retirarse. El proyecto político de Felipe González exigía, hoy, ahora, la renuncia de Felipe González.Hace ya casi tres años escribí en estas páginas que, el modo como un político se marcha colorea retrospectivamente toda su trayectoria y contribuye a redefinirla en una nueva luz. Sigo pensando que esa renuncia hubiera debido realizarse hace varios años, antes de las elecciones de 1993 y sin duda antes de las de 1996, ahorrando al partido el trauma de esta renovación inesperada y que probablemente no ha hecho sino comenzar. Pero una y otra vez repitió González en el Congreso que se iría con honor. Y lo ha hecho; justo en el momento en que su estrella declinaba claramente.

La renovación del socialismo británico y, sobre todo, del francés, realizada ésta con una celeridad que nadie sospechaba, eran ejemplos patentes, espejos que nadie podía ignorar. Una renovación en parte generacional, pero que es también ideológica. La misma renovación que se gestó en el PP hace años y que se está gestando en el PSOE.

En su discurso, Felipe repitió por dos veces que, en 1974, al asumir la Secretaría General, tenía la edad de la cuarta parte de los delegados. Efectivamente, más del 25% (le los delegados de este XXXIV Congreso tienen menos de 35 años y la edad media es de 40 años; para tres de cada cuatro delegados éste es su primer Congreso; sólo el 13% son obreros manuales; sólo dos de los casi mil son parados; la mayoría tienen estudios superiores. Cierto, muchos son cargos públicos y entre ellos hay numerosos ex ministros o diputados y senadores cuasi-profesionales. Pero esa élite de cincuentones se asienta sobre una base nueva para quienes -como para la generación de Aznar- la democracia no es «su» conquista histórica, sino una herencia recibida. Felipe puede intentar enseñarles «de donde venimos», pero a ellos les preocupa -al igual que a Felipe hace veinte años, como, recordaba en su discurso- no el pasado, sino el futuro, en el que Felipe puede no aparecer.

González quería renovar el partido. Todo parece indicar que esta vez sí lo ha intentado seriamente. Pero no podía permitir ni que el Congreso consagrara la liquidación del guerrismo -como si ésta no fuera una opción con respaldo, en el PSOE y fuera de él- y menos que ésta se hiciera al riesgo de territorializar el único partido de base nacional. Su renuncia ha liberado al socialismo de su principal baza y su principal problema. Pero es más que dudoso que sus objetivos vayan a cumplirse.

Pues la elección de Almunia, hombre de enorme responsabilidad y honestidad, se hace a costa de la marginación del guerrismo, gracias al pacto de los barones territoriales 31 con bien pocas novedades. Todos ven en Almunia un candidato de transición que deja la puerta abierta a cualquier alternativa. Puede que incluso Felipe González lo vea así también, pues si algo ha dejado claro es que no renuncia a presentarse en el futuro (¿si éste le es judicialmente favorable?). Muchas cortapisas para una renovación.

En todo caso, y con esa sencilla renuncia, Felipe González gana en quince minutos el XXXIV Congreso del PSOE; derrota a sus antagonistas internos, liquida el guerrismo y pone en evidencia las baronías; limpia su pasado político liberando a su partido del mismo, y permitiendo evaluar con objetividad el brillante historial que inició en 1982; pero, sobre todo, desmonta el discurso del PP, que ya no podrá repetir «váyase, señor González», ni tampoco «ustedes lo hicieron antes». Les ha cambiado el paso a todos, pero sobre todo al PP. El socialismo de 1982 a 1997 es ya historia. Los populares tendrán que enfrentarse, por fin, a sus propias responsabilidades sin escudarse en las de sus antecesores. Por fin tendremos una oposición que pueda hacer frente al Gobierno.

24 Junio 1997

El paso cambiado

Miguel Ángel Aguilar

Era en Zaragoza en junio de 1981. Se celebraba el día de las Fuerzas Armadas con un desfile que el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo presenció en sillas de tijera. Acabábamos de salir del 23-F y todavía se advertían señales del susto pasado. Algunos pluma y micrófono en ristre proseguían la exoneración, cuando no la exaltación, de los golpistas y la simultánea denigración de quienes habían probado su lealtad constitucional desoyendo invocaciones a otro patriotismo capaz de sojuzgar a los españoles antes que consumar la ruptura del compañerismo de academias y petates. Ante la tribuna desde la que el Rey presidía, llegó casi cerrando el desfile una nueva unidad antiterrorista de la Guardia Civil que desfilaba por primera vez. Sus integrantes se entrenaban con dureza en El Escorial, pero con unos planes de instrucción que seguían pautas más parecidas a las de los bomberos que a las de los cadetes siempre dispuestos a las brillantes paradas militares. Todavía habría que esperar unos años hasta la aparición del Gran Wyoming, pero -siguiendo el ejemplo adelantado por la Legión, que con su cabra mascota por delante levantaba el entusiasmo del público- los antiterroristas de la Guardia Civil se presentaron en el paseo de la Independencia precedidos por un cochino jabalí. Aseguran testigos de alta graduación que la pasada de la mencionada unidad ante la tribuna se caracterizó por el desconcierto y la desarmonía. Cuentan que entonces el Rey, sin disimular la situación, quiso desdramatizarla y volviéndose levemente hacia el general director del Cuerpo comentó: «Muy bien esta unidad, pero el único que llevaba bien el paso es el jabalí».Un buen observatorio para detectar quién lleva bien el paso ha sido la tribuna del XXXIV Congreso del PSOE. En este escenario fue Felipe González el que dejó a todos con el paso cambiado tras su anuncio de que rehusaba a ser candidato a la secretaría general del PSOE. Sucede, como ha escrito un colega en el semanario El Economista, que nadie es de cuproníquel y que en función del cálculo de resistencia de materiales llega un momento en el que hasta el más pertrechado de los líderes se siente emplazado ante sí mismo y procede a pulverizar las expectativas de quienes pronostican invariablemente que el cinismo cainita será el lema permanente de su comportamiento. Así ocurrió también con Adolfo Suárez a quien se atribuía la capacidad ilimitada de anteponer su permanencia en La Moncloa a cualquier interés público superior. Eso sí, en cuanto dimitió como presidente del Gobierno vinieron las airadas reclamaciones de quienes habían exigido la dimisión pero consideraban la explicación insuficiente. Estuve entonces entre los que pensaron que lo único inexplicable, como el diluvio que venía soportando Suárez, era por qué había resistido hasta ese día sin retirarse antes.Se estima que uno de los momentos en que cada personaje da su propia talla con más exactitud es el de marcharse. Por eso en buena preceptiva se recomienda a los políticos que desde el mismo momento en que acceden a un puesto se entrenen para dejarlo. Pero si el arte de la retirada consistiera en combinar de modo adecuado las convicciones personales y las responsabilidades políticas contraídas, habría que reconocérselo a Felipe González, que ha conseguido salir por la Puerta Grande. La ocasión del XXXIV Congreso ha servido también para comprobar que los buenos ejemplos cunden muy poco. Pudo verse a destacados miembros de la comisión ejecutiva anterior demostrando ser completamente inmunes a ese contagio hasta el punto de que algunos hubieron de ser retirados del ruedo por los servicios de orden. En cuanto al nuevo secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, llega con la garantía de que no se ha buscado ese puesto, como tampoco los anteriores de su dilatada carrera política, cuyo lema podría expresarse en términos castrenses con aquellos versos de Calderón: «Ni pedir, ni rehusar». Almunia con sus primeras declaraciones en la mañana de ayer a Iñaki Gabilondo confirmó una vez más su integridad y su probada capacidad para crecerse en el ejercicio de sus responsabilidades.

21 Junio 1997

Una audaz e inteligente retirada estratégica

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez

González dio ayer un vuelco al 34 Congreso del PSOE con un magistral golpe de efecto: el de su propia renuncia a seguir como secretario general tras 23 años en el cargo. Un anuncio que dejó atónitos a los más de 900 delegados asistentes, que reaccionaron con una mezcla de estupor, pesadumbre y, en el fondo, alivio, ante la decisión del líder socialista. Es significativo que sólo una de la veintena de delegaciones le pidiera por la tarde que reconsiderara su postura.

González ha demostrado, una vez más, su talento y su olfato político para buscar salida a una situación insostenible políticamente para él y para su partido. En los últimos meses, el secretario socialista había iniciado una huida hacia adelante, arremetiendo contra los jueces, contra Anguita, contra el PP y contra los medios de comunicación que no le eran favorables. González, en suma, había puesto en marcha una estrategia de la crispación, destinada a impedir la celebración de los juicios de Filesa o de los GAL en un clima de normalidad.

Pero dicha estrategia había empezado a volverse contra él, como encuestas recientes han revelado. Sea por cálculo, por cansancio o por las dos cosas, González ha optado por quitarse de la línea de fuego, comprendiendo a tiempo que la confrontación a tumba abierta podía tener consecuencias catastróficas para él y su partido. Su extremada moderación en el reciente debate del estado de la Nación cobra hoy un nuevo sentido. Todo apunta a que González había tomado ya la resolución de renunciar a la secretaria general, o al menos a que pensaba en la posibilidad de hacerlo.

Abandonar el cargo tiene una inmensa ventaja: que ya nadie podrá reclamarle que lo haga en función de sus responsabilidades políticas. Tanto si Barrionuevo y Vera son condenados por promover la trama de los GAL como si Galeote es culpabilizado por Filesa, nadie va a poder pedir la dimisión a una persona que formalmente ya no estará en la dirección del PSOE.

González se va pero conserva el formidable poder acumulado en más de dos décadas al frente del partido. Nadie como él controla el aparato de la organización. Puede permitirse el lujo de no estar en la nueva Ejecutiva y seguir ejerciendo una extraordinaria influencia sobre sus compañeros. Hay precedentes como el de Xabier Arzalluz, que abandonó la presidencia del PNV en 1984 por razones estatutarias, lo que no le impidió seguir manejando la dirección del partido entre bastidores y recuperar, cuatro años después, su cargo.

El todavía secretario del PSOE no aclaró ayer si su renuncia es un paso hacia su definitiva retirada de la política o si se trata de un repliegue estratégico para presentarse nuevamente como candidato a la presidencia de Gobierno. Astutamente, el líder socialista ha dejado la puerta abierta a esta segunda posibilidad, señalando expresamente su disponibilidad a desempeñar las tareas que le encomiende el partido. Pero a nadie se le escapa -y menos a González- que dejar la secretaria general comporta el alto riesgo de no volver nunca al poder. El reloj de la historia corre para todos y es difícil que una persona que ha marcado una época tan dilatada vuelva en el futuro a tener las mismas responsabilidades.

El propio Alfonso Guerra formuló ayer una reflexión similar, subrayando que deben ser personas de otra generación las que asuman la dirección del partido. El gesto de González hacía inevitable otro similar de Guerra -al fin se consuma el «dos por el precio de uno»- que se encontró ayer con el paso cambiado, viendo cómo le escamoteaban incluso el papel de víctima.

La marcha de ambos resuelve de un plumazo el principal problema que se le presentaba al PSOE, que ya no tiene excusa para no proceder a una amplia renovación de sus dirigentes. Con los dos líderes históricos fuera de la pugna, se facilita extraordinariamente la elección de una Ejecutiva integradora, con cabida para todas las tendencias del partido. El futuro está ahora en manos de los delegados del Congreso, que no podían ni soñar anteayer con la trascendencia del cometido que les aguarda. «Papá se ha ido. Tenemos que demostrar que somos mayores», dijo elocuentemente Borrell.

González ha demostrado, una vez más, su inteligencia política, su sentido de la mise en scéne y su sangre fría de jugador a largo plazo. Pero hay en sus palabras de ayer una referencia que delata cuáles son sus verdaderos móviles: sus elogios a Vera y Barrionuevo, que, según él, han sido «grandes contribuyentes» a la democracia y están sufriendo una injusta persecución. Ni lo uno ni lo otro. González, que tiene miedo a que hablen, conoce mejor que nadie por qué el Supremo les va a sentar en el banquillo.

Pero hay que reconocer que su renuncia puede contribuir a desbloquear la crisis interna de su partido y a despejar el horizonte de la vida política española. Su acierto estriba en haber elegido el momento adecuado. Ya logró salir del Gobierno con la cabeza alta gracias a los nueve millones de votos de las pasadas elecciones. Y ahora se dispone a dejar el partido por la puerta grande, haciendo un último favor a sus compañeros, aunque, como de costumbre, sin consultarles.

Emulando a Houdini, su habilidad le ha servido para escabullirse de la trampa a la que sus propios abusos le habían abocado. No sabemos cuál va a ser su próximo movimiento. Tal vez decida hacer mutis por el foro para siempre o, más probablemente, resguardarse en el escenario para reaparecer cuando le convenga. Es el gran secreto de este actor, que ayer protagonizó una de las mejores representaciones de su vida.

21 Junio 1997

Este no se va

Javier Ortiz

DICE que se va. Y yo no me lo creo. No me lo creo porque no le creo. «Timeo danaos», dicen que dijo Casandra (aunque supongo que no lo dijo en latín).

Si el enemigo hace como que abandona y deja un bonito regalo sobre la playa, hay que dar por hecho que el regalo encierra una trampa. Algo hay que aprender de la Historia. No seamos tan crédulos como los troyanos.

Dice González que se va, pero también dijo «OTAN, de entrada, no», y «Dos por el precio de uno», y «Me he enterado por la prensa». En él -como en la inmensa mayoría de los políticos, pero en él más-, la mentira es un estado natural.

Atengámonos a los hechos. ¿Se ha comprometido realmente a irse? Quiá. Ha afirmado que no se presentará a la reelección para secretario general del PSOE. Pero no ha renunciado a ser candidato a la Presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales. Ni se ha comprometido a prescindir de su ascendente sobre las élites del partido.

De hecho, hace muchísimos años que González no ejerce de secretario general del PSOE, en tanto que cargo orgánico. Mientras fue presidente del Gobierno, estableció una estructura de mando que no pasaba por la sede de Ferraz. Y cuando abandonó la Moncloa, se montó el chiringuito de Gobelas, desde el que ha seguido mandando sin contar con la burocracia del partido.

Lo que prometió ayer, en rigor, es no ser en el futuro lo que hace tiempo que ya no es.

Me fascinó lo de Alfonso Guerra. Con la supuesta intención de demostrar que lo que acababa de declarar su presunto jefe va a misa, sacó una carta de hace tropecientos años en la que González le comunicaba que iba a hacer… lo que no hizo de ningún modo.

Curiosa demostración, a fe. Sabido que el todavía vicesecretario general del PSOE es muchas cosas, pero no tonto, sólo cabe deducir que es muy perverso: evidenció qué validez tienen las promesas de su ex alter ego. Nula.

¿Qué pretende FG? No lo sé, pero me lo imagino. Se ha encontrado con un Congreso planteado en el peor terreno, con el guerrismo díscolo y los barones encrespados, todos desdibujándolo. Y el Supremo en la puerta, esperándolo. Y el Gobierno del PP sin dar la más mínima muestra de desfallecimiento. Excelente ocasión para amagar un mutis por el foro -la cosa es en Madrid-, recuperando imagen, dándose un toque de grandeur y colocándose en el centro de una escena de la que cada vez estaba más desplazado.

Hacedme caso, que me lo conozco desde hace tiempo: éste no se va.

Como todos los jugadores, espera a ganar para marcharse. Pero cuando gana sigue, confiando en ganar más. Y cuando pierde sigue también, esperando a recuperarse. Como ellos, sólo se irá cuando esté definitivamente arruinado.

21 Junio 1997

Ni se va ni se queda

Federico Jiménez Losantos

La retirada del césar es, por su propia naturaleza, imposible. La retirada aparente de Felipe González es una de esas jugadas a las que nos tiene acostumbrados el señor de Filesa, el dueño de los GAL, que precisamente por eso ahora finge una retirada que es sólo distancia, apartamiento, seguridad.

González, que no es tonto, se ha dado cuenta de que en el frente interno había ya una facción, la guerrista, dispuesta a pedirle cuentas por todos sus errores de ayer, anteayer y hoy. Y que tiene por delante un panorama penal verdaderamente grave. En consecuencia, ha hecho lo más inteligente cuando se está en la oposición, que es sentirse agraviado y atropellado. Se echa atrás en un movimiento que parece espléndido y, de paso, se guarece de cualquier borrasca pasada o por venir. En lo que a astucia respecta, hay que reconocer que es un genio. El problema estriba en si los tribunales y la opinión pública le admitirán la genialidad.

En mi opinión, González no se va sino que se queda. Y se queda a sabiendas de que quedarse es la ruina del partido, del PSOE. Pero con este amago de irse gana tiempo para arreglar o despejar sus incógnitas personales, sobre todo lo que se refiere al terrorismo de Estado y al saqueo de los fondos reservados. Habrá pardillos que crean que este elemento ha tenido un ataque de buena fe. Nada más lejos de su ánimo. Lo que quiere es durar, que es la única forma de volver. Y adopta la fórmula leninista de un paso adelante dos pasos atrás, pero conservando el marcador a cero. Naturalmente, muchos de los suyos lo verán como un cataclismo, pero él lo vivirá como una apoteosis. Ahí es nada: del martirologio de Guerra a la beatificación de González. Nunca se ha visto más claro que es peor el camarero que el cocinero.

La cuestión de fondo ahora es si González, en lo que debe ser su última batalla contra Guerra, encuentra un muñeco dócil que se retire, o que lo llame para retirarse mientras Alfonso aguarda como mendigo en la cuneta.

Un chiste de Ricardo y Nacho nos presentaba ayer a un Guerra mendicante diciéndole a sus colegas debajo de un puente que él, una vez, había sido alguien. Lo ha sido. Y mucho. Lo malo es que todo lo que ha sido, durante 20, 30, muchísimos años, lo ha sido en nombre del Otro. Y el Otro no lo puede ni ver. Pasión recíproca que recogen los libros de Historia cuando María Jesús y el Vicetodo salen de La Moncloa y el Vicetodo, que se ve convertido en Vicenada, le jura a su acompañante que no volverán por ahí, donde tan mal los tratan. Hay heridas indelebles, pero todas son de orden personal. Las heridas políticas no existen, porque son accidentes del camino. Cuando a una herida política se le cruza una herida personal, la cosa pasa a mayores. Y eso es lo que le ha pasado a Guerra con González. Es curioso que quienes pretenden representar a todos, al final sólo representen a uno o, como mucho, a dos.

Pero eso son cosas de la superstición socialista. Al final, lo que estamos contemplando es una feroz lucha por el poder o, al menos, por la pensión. Y está claro que Guerra no quiere dejar su pensión en manos de González, porque se ve como el mendigo del chiste. Y que González no quiere dejar el Poder.

Lo absurdo de esta situación es que el partido más viejo de España no sepa si el líder se escapa, merodea, acecha o ataca al Poder. Y que tampoco sepa si su segundo se ha convertido en último o sigue en pos del primero. Me parece recordar que la Constitución dice algo sobre el funcionamiento democrático interno de los partidos políticos. Esa humorada tuvo que ocurrírsele a Herrero de Miñón. Lo menos democrático en España son los partidos políticos. Y, entre ellos, el PSOE ha batido todas las marcas de sumisión y manipulación. Pero esto de que González se vaya y Guerra lo acepte sobrepasa todos los límites de la credulidad batueca. Si se va para volver, que no se vaya. Y si no quisiera volver, ya se habría ido. González ni se va ni se queda. Está a la que salta.

El Análisis

UN FELIPISTA ENTRE FELIPISTAS PARA FUMIGAR AL GUERRISMO

JF Lamata

Se equivocaron todos los analistas que creían que el Sr. González seguiría al frente del PSOE un mandato más. Un congreso que parecía que iba a dedicarse a clarificar el equilibrio con los guerristas pasó a ser el congreso de la sucesión. El nuevo líder era D. Joaquín Almunia, a quien D. Francisco Bustelo bautizó como ‘felipista entre felipistas’, y la nueva estrategia: buscar un pacto con Izquierda Unida.

Sin embargo el mandato del Sr. Almunia no iba a ser, precisamente, conciliador en lo que se refería a las familias del PSOE. La ejecutiva del XXXIV Congreso barrió a los guerristas, D. José María Benegas, D. Francisco Fernández Marugán, Dña. Matilde Fernández, el Sr. Ibarra, todos fueron excluidos. Pero si el Sr. Almunia creía que con eso neutralizaba a los ‘guerristas’ se equivocaba, es más, sería el propio Almunia el que serviría en bandeja a los ‘guerristas’ como hacer un agujero a la Ejecutiva: las primarias y el Sr. Borrell.

J. F. Lamata

by BeHappy Co.