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Gala de los Goya 1995 – Gana la película Imanol Uribe ‘Días Contados’ que narra el romántica de una terrorista de ETA

HECHOS

La gala se celebró el 22 de enero de 1995.

Las lágrimas de D. Imanol Uribe.

El Director de Cine, Sr. Uribe, no pudo evitar llorar de emoción en el momento de recoger el premio. Tras seis películas ha sido en esta séptima ‘Días Contados’ (el destino de una etarra que se enamora de una yonki) ‘era consciente de la polémica que suponía y lo arriesgado que era hacer una película de esta temática en Madrid. No me puedo creer que haya ganado el Goya.

La polémica ‘Días Contados’ logró los Goya a la mejor película, mejor dirección, mejor actor, mejor guión adaptado, mejor actor revelación (Dña. Ruth Gabriel) y mejor actor de reparto (D. Javier Bardem), siendo la ganadora de la noche.

‘La Pasión Turca’ de D. Vicente Aranda que fue señalado que aparecía como la gran favorita junto a ‘Días Contados’ tuve que conformarse con dos Goya: ‘Mejor dirección de producción’ y ‘Mejor banda sonora’.

‘Canción de Cuna’, la película de D. José Luis Garci tuvo cinco Goya (Mejor maquillaje, mejor vestuario, mejor dirección artística, mejor fotografía y mejor actriz de reparto (Dña. María Luisa Ponte).

07 Octubre 1994

Romeo y Julieta en los infiernos

Casimiro Torreiros

Varios son los reproches que recibió Días contados con ocasión de su pase por el Festival de San Sebastián, donde, como se recordará, obtuvo la Concha de Oro, así como -el premio para uno de sus actores, Javier Bardem. Algunos comentaron que el filme resultaba inverosímil en su tratamiento de la clandestinidad etarra, lo que llevaba a los detractores a negar nada menos que la base sobre la que el filme se asienta, que no es otra que los amores entre un terrorista y una drogadicta en el Madrid de hoy mismo. Otros afirmaron que el filme suponía una traición a la novela de Juan Madrid que le sirve de base, en la que no hay la menor referencia a ETA o a las actividades del comando Madrid.A quien esto firma le parece, con toda modestia, que este tipo de afirmaciones son del todo triviales. A nadie se le ocurriría, por poner un ejemplo, reprochar a Hitchcock la forma tan poco realista como muestra las actividades de los espías soviéticos en Con la muerte en los talones, y prácticamente existe unanimidad a la hora de situar este filme entre los que mejor han sabido aprovechar un contexto político para situar en él una acción que nada tiene que ver con éste. Salvando las distancias, es lo que Imanol Uribe hace de esta su mejor película hasta la fecha: un brillante ejercicio de apropiación de un referente ajeno para revertirlo, y con excelentes resultados, en un producto del todo diferente.

Días contados es, por tanto, un thriller que cuenta lo que, grosso modo, cuenta la inmensa mayoría de los mejores productos del género: el amor desesperado y terminal entre un Romeo y una Julieta que saben mucho de la vida, no en vano están situados más allá de la frontera de la ley y cada uno arrastra tras de sí su propio infierno personal. El etarra (Carmelo Gómez, extraordinariamente sobrio y efectivo), la quiebra de sus ideales, sólo esbozada aunque perfectamente comprensible a la luz de un par de conversaciones con el miembro femenino del comando. La chica (Ruth Gabriel, el debú más deslumbrante del último cine español), su propia drogodependencia añadida al terror que le inspira el regreso de su marido, preso por traficante.

Sutileza

Para hacer creíble el romance entre estos dos personajes, Uribe se sirve de tres elementos. fundamentales: uno, la puesta en escena de una austera sobriedad, seca y cortante como un látigo; no abunda en el filme la efusión sentimental, todo es en él contención, matiz, sutileza. Dos, unos diálogos que beben en gran parte de la novela de Juan Madrid, pero que unos intérpretes trabajados sabiamente por el director, hasta convertir su trabajo en un todo armónico, devuelven al respetable como una palpitante tranche de vie, un ejercicio behaviorista de etólogo social al cual tan poco acostumbrados nos tiene nuestro cine. Y tres -y es ésta la principal virtud de Uribe-, saber emplear un tema candente como es el del terrorismo para, aun utilizándolo a su favor, no caer ni en la diatriba ni en la apología: en este sentido, quienes vayan a ver Días contados como una película «a favor de» se llevarán un chasco.La función de la política en el filme está férreamente supeditada a un objetivo concreto, la pasión amorosa, y no al revés. Porque, sin ninguna duda, lo que interesa contar a través de ella es lo que han contado siempre todas las historias, el encuentro de dos personas a quienes la pasión arrastra más allá de toda prudencia. Apúntese como virtud de Uribe el saber actualizar los siempre difíciles y apasionantes resortes de thriller; el saber hacer, en definitiva, lo que siempre debería intentar todo director de género que se precie contar una historia como si nunca antes hubiese sido contada.

Días contados

Dirección: Imanol Uribe. Guión: I. Uribe, según la novela de Juan Madrid. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Música: José Nieto. Producción: I. Uribe y Andrés Santana para Aiete Films y Ariane Films. España, 1994. Intérpretes: Carmelo Gómez, Ruth Gabriel, Javier Bardem, Candela Peña, Karra Elejalde, Elvira Mínguez. Estreno en Madrid: cines Roxy B, Renoir y Princesa.

16 Diciembre 1994

Turca, pero no pasión

Ángel Fernández-Santos

Impecablemente realizada -basta decir por Aranda- y por todos los síntomas calculada para dar buenos -reúne los ingredientes adecuados- resultados comerciales, La pasión turca tiene virtudes derivadas de la solvencia del cineasta; y un defecto derivado de su condición de cálculo: está sabiamente compuesta, pero es -cosa rara en Aranda, que tiene maneras apacibles, pero es de los que se queman las pestañas- distante, casi fría. Para entendemos: tiene mucho de turca y poco de pasión.Parece (sin serlo) una película de riesgo, con contenidos escabrosos, pero está organizada de modo que entra como agua en las tragaderas comunes: un alimento de apariencia transgresora que en realidad se pliega al estómago conformista. Todo apunta a que La pasión turca origine un reguero de espectadores y siembre un epidérmico debate sobre norma, excepción y el difuso punto donde confluyen. Y es que los polos del juego son precisamente lo menos creíble de la película, lo que hace que su desarrollo (jalonado por escenas de mérito, como un indirecto pero fuerte encuentro sexual entre Ana Belén y Corraface) se apoye en dos pies de barro.

La norma (el asexuado matrimonio de Ana Belén) está expuesta con apresuramiento, como si Aranda-guionista hubiera cedido ante las prisas por ir cuanto antes al grano que le gusta moler a Aranda-director. De ahí que la película no transmita una imagen vigorosa del malestar íntimo y la carencia sexual de esa mujer. Pero sólo si vive su falta de vida el espectador puede vivir la vida que descubre en forma de pasión súbita y desconocida: ese «trozo de cielo» (sic) diario que obtiene de su amante.

Es imposible representar el «cielo» sin haber dado antes una adecuada imagen del «infierno». Sin un convincente infierno cotidiano previo es imposible hacer creíble el cielo extracotidiano que Ana descubre con las piernas abiertas debajo de un guía, en un autobús de turistas españoles en Estambul. Al faltarle la representación del desamor de donde surge, esta primera y crucial escena pasional no enciende, es tibia y está interpretada en el mal sentido: fingida y no vivida o no transmisora de vida, de vuelco de vida. Tan es así, que en la mirada de Silvia Munt (que olfatea la repentina pasión turca de Ana) hay más capacidad de sugerir lo que le ocurre a su amiga que en las semievidencias de su encuentro con Corraface: escena de sexo nada inquietante, aunque esté ideada por quien ideó las de Amantes, que están entre las mejores y más complejas del cine reciente.

El resto de la construcción se resiente inevitablemente de la endeblez de esos cimientos, que están sólo enunciados y no auténticamente representados, lo que condiciona todo lo que sigue: una bien urdida trama, correctamente interpretada por Belén, Corraface, Madaula, León y (magnífica) Munt; y realizada con primoroso oficio por Aranda; que dará que hablar en las mesas camillas de España y convocará presumiblemente muchos espectadores, pero que es cine efímero, útil para una industria necesitada de obras inmediatamente rentables, pero que poco (salvo Alcaíne, que hace inédito al Bósforo) añade a los méritos de quienes la hicieron.

La pasión turca

Dirección: Vicente Aranda. Guión. V. Aranda, basado en la novela de A. Gala. Fotografía: Alcaíne. Música: J. Nieto. España, 1994. Intérpretes: Ana Belén, Georges Corraface, Silvia Munt, Ramón Madaula, Loles León. Madrid: cines Gran Vía, Palacio de la Prensa, Roxy, Ideal, Duplex, Colombia, Renoir, Parquesur, Aluche.

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