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Luis Royo, antiguo militante comunista luchó contra los nazis en las Brigadas Internacionales y Ángel Salamanca contra los rusos en la 'División Azul'

Gesto de Reconciliación: El ministro Bono hace desfilar juntos a dos ancianos que lucharon en cada uno de los bandos de la Guerra Civil española: Luis Royo y Ángel Salamanca

HECHOS

El 12 de octubre de 2004 se celebró la Fiesta Nacional.

  D.Luis Royo, antiguo militante comunista luchó contra los nazis en las Brigadas Internacionales y D. Ángel Salamanca contra los rusos en la ‘División Azul’

13 Octubre 2004

LOS SÍMBOLOS DE LA NACIÓN

ABC (Director: Ignacio Camacho)

LA celebración del desfile de las Fuerzas Armadas, conmemorativo de la Fiesta Nacional del 12 de Octubre, ha estado rodeada de una polémica, perfectamente localizada, sobre los símbolos del Estado, en coherencia con el proceso de relativización impuesto por el debate territorial promovido desde el Gobierno y sus socios. Si algo tienen en común los dos protagonistas extranjeros de este desfile -Estados Unidos, por su ausencia; Francia, por su presencia- es el respeto absoluto a su bandera y la capacidad de ambas naciones para sintetizar afectivamente en sus enseñas todos los valores constitucionales e históricos de sus respectivas realidades nacionales. La tan meritada Francia sigue siendo fiel al vínculo de su bandera tricolor con los principios del republicanismo, confiados desde el origen de la Revolución a un ejército nacional y a un Estado unitario. Las teorías revisionistas de la bandera española y su legitimidad como enseña nacional, que merodean sin disimulo en torno a la propia Monarquía, son inéditas en los Estados de nuestro entorno, aunque también son inéditos aquellos de nuestros nacionalistas y retroprogresistas tan empeñados en destruir los símbolos que unen a los españoles como incapaces de vencer la legitimidad en que se asientan.

El ministro de Defensa, José Bono, se ha esmerado en organizar a su gusto un desfile que, con la mejor de las intenciones, a algunos españoles les habrá resultado un intento de redimirles de un enfrentamiento que ya parecía superado desde 1978. A otros les habrá parecido una ocasión indebidamente aprovechada por el Gobierno para lanzar publicidad subliminal. Pero en lo que no hay interpretación posible es en la desafección exhibida por concretos grupos políticos hacia una conmemoración que España debería celebrar con la misma normalidad que aquellos países democráticos que cuentan, afortunadamente, con un sedimento histórico plasmado en su bandera y en su himno, de los cuales sólo se excluye el que lucha contra la historia y la verdad de cada pueblo. Está bien que el Gobierno justifique el peculiar diseño del desfile que ayer recorrió el Paseo de la Castellana con el propósito de integrar y reconciliar, pero tan intachable voluntad debería obligarles a una coherencia de principios en sus pactos políticos, pues parte de los que hoy en España ni integran ni reconcilian, a los que Bono califica como «antiespañoles», son aquellos sobre los que Rodríguez Zapatero se ha apoyado para llegar a La Moncloa y para refrendar a sus ministros. Pedir concordia al mismo tiempo que Maragall suspira por la bandera republicana resulta algo más que una incoherencia; se parece mucho más a un lapsus de sinceridad.

La Constitución declara -pero no la crea- la existencia de la Nación española, como un concepto histórico, unida e indivisible, formada a partir de consentimientos y adhesiones sucesivas a una identidad nacional común. La madurez de un Estado no se registra en la capacidad de aguantar con infinita paciencia los movimientos centrífugos que quieren rehacer continuamente la Historia, sino en la convicción común de sociedad, partidos e instituciones de que hay límites intocables por el debate político, la alternancia en el Gobierno o las oscilaciones de la opinión pública. Si el cruce de declaraciones sobre banderas y símbolos que ha precedido al desfile de las Fuerzas Armadas representa las actitudes con que se afrontará el debate territorial -reformas estatutarias y constitucional-, hay motivos para preocuparse. Es de esperar que desde el Gobierno de la Nación no se quede en una política de gestos y tenga clara esta idea a la hora de encarar el asunto. No hacerlo sería sembrar el futuro de inquietud.

13 Octubre 2013

Demasiado énfasis

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

El exceso de celo que ha puesto el ministro de Defensa, José Bono, en cargar de significado el desfile del día de la Fiesta Nacional ha provocado que lo pensado como expresión de concordia haya resultado fuente de agrias polémicas; no el acto en sí, que transcurrió con normalidad, sino todo lo que le ha rodeado.

En 2001, un mes después de los atentados del 11-S, se invitó a participar a una representación de las Fuerzas Armadas norteamericanas, a modo de homenaje solidario. El gesto se ha repetido en los dos años siguientes. Convertirlo en tradición permanente no tiene mucho sentido, pero justamente este año era el menos oportuno para interrumpirla. Precisamente por el mal momento de las relaciones diplomáticas a cuenta de la retirada española de Irak la ocasión era oportuna para hacer ver que, pese a esa divergencia, España considera a Estados Unidos un país amigo y aliado. No sólo no se ha hecho así, sino que la decisión se ha acompañado de un énfasis retórico («aquí no nos arrodillamos»), absurdo y ofensivo.

La escenificación de la reconciliación mediante la presencia de veteranos de la División Azul y de la División Leclerc (que combatieron en campos enfrentados en la Segunda Guerra Mundial) también ha resultado fallida por exceso de énfasis. La reconciliación ya se ha ido produciendo silenciosamente en la sociedad a lo largo de los 60 años transcurridos. Pretender proclamarla de una manera tan ostentosa en un desfile tiene el riesgo de reabrir heridas. Bono no podía ignorar que su gesto sería interpretado por muchos como un intento de equidistancia entre actitudes que no admiten equiparación.

Hay un complemento de inoportunidad en relación a Cataluña. El día 15 está previsto un homenaje a Lluís Companys, presidente de la Generalitat fusilado por Franco en 1940. Lo fue tras ser detenido por la Gestapo en París en una redada realizada a instancias del ministro franquista Ramón Serrano Suñer: el impulsor de la iniciativa de crear la División Azul. Maragall rompió el abstencionismo de su antecesor, Pujol, respecto a la Fiesta Nacional española, lo que le ha sido reprochado por sus socios del tripartito, sobre todo por quienes plantean que el presidente Zapatero pida perdón por el fusilamiento de Companys, en un planteamiento que establece una continuidad entre el franquismo y el Gobierno socialista. La iniciativa de Bono viene así a confundir y alimentar todo tipo de demagogias, entre otras, la de quienes siguen considerando que la guerra fue un enfrentamiento entre España y Cataluña, y no una guerra civil también entre catalanes.

Caídos por España, asesinados por el terrorismo, víctimas del Yak-42, cambio en política exterior: demasiadas cosas para un desfile. El estilo barroco de Bono ha resultado en esta ocasión poco eficaz para el fin propuesto. La concordia no hace ruido, y ayer se escenificó en las tribunas, donde confraternizaron representantes de diferentes partidos, e incluso guardaron las formas políticos de sectores rabiosamente enfrentados de un mismo partido.

12 Octubre 2004

EL DESFILE NACIONAL

César Alonso de los Ríos

(Ex miembro del PCE)

EL desfile de la Fiesta Nacional es la escenificación militar de las nuevas alianzas del Gobierno en política interior y exterior.

El Ejército de EE.UU ha sido sustituido por el francés como no podía ser de otro modo. Hace un año José Luis Rodríguez Zapatero demostraba su desprecio a la bandera americana al permanecer sentado al paso de aquélla. Un gesto populista muy calculado. Una concesión a los sentimientos antiamericanos de la izquierda española. Medio año después, recién elegido presidente, dio la orden de retirada a las tropas españolas en Irak. Una deslealtad histórica que ha dejado el nombre de España por los suelos. Era una promesa electoral, se dice desde Moncloa. Como si eso pudiera aliviar a los Gobiernos cuyas tropas luchaban -y morían- en Irak. Poco después, desde Túnez, Zapatero hizo un llamamiento gravísimo. Pidió a todos los Gobiernos que mantienen soldados en Irak que retiraran sus soldados siguiendo el ejemplo español. El hecho de que nadie le haya hecho caso no rebaja la trascendencia de la provocación. Si acaso, aumentó su patetismo. Y, ¿aún digo yo que Zapatero es un político inane? Le gusta decir sí. A todo. En este caso a Moratinos. Por fin, hace unos días el ministro Bono remató la lista de despropósitos al decir que el Gobierno español no se hinca de rodillas ante el norteamericano. Pero sí ante el francés, le replicó el jueves pasado The Wall Street Journal en un editorial titulado «Los amigos de Osama». Para el muy influyente diario neoyorquino, el Gobierno de Zapatero es, objetivamente, un socio de Bin Laden. O, ¿hay algún otro modo más eficaz de colaborar con Al Qaida que debilitar las fuerzas militares que luchan -y mueren- en Irak por instaurar un sistema democrático? Y, ¿acaso esa acción no ha sido la más cobarde que pudiera imaginarse ante los autores de la masacre del 11-M.

«Mire los muros de la patria mía…».

EL desfile militar es también una escenificación de nuestra política interior. La alusión simbólica a los españoles que entraron en París con la división del general Leclerc es un pretexto para la exhibición del Ejército francés en la Castellana. Aún más: si fuimos nosotros los que contribuimos a la liberación de París, ¿por qué tenemos que darles, además, un homenaje a los liberados? Falla la lógica, la común y la militar. Por otra parte, todo el mundo sabe que la liberación de Francia fue obra de norteamericanos. De no haber sido por ellos, De Gaulle tendría que haberse quedado en el exilio británico… bebiendo agua de Vichy. Y, ¿acaso no saben los socialistas que durante nuestra guerra los franceses se lavaron las manos con la política de no intervención?

MIENTRAS Schröder ha pedido perdón en nombre de Alemania con motivo de la conmemoración del Desembarco de Normandía, nosotros recordamos nuestra ayuda a Hitler como una contribución al Eje… histórico. La iniciativa ha tenido al menos una ventaja: no acudirá Llamazares. Lo hará, en cambio, Pasqual Maragall. A su manera. Ha lamentado la ausencia de la bandera republicana y ha explicado su presencia como un intercambio por la asistencia de Zapatero al homenaje de Companys, el mártir Companys, el que permitió el martirio previo de tantos ciudadanos con el sostén de Esquerra Republicana de Cataluña. Tiempos negros los de Companys, que no vuelven con espíritu de reconciliación sino de ajuste de cuentas.

Como diría Clausewitz, un desfile militar como éste es la continuación de un desfile civil con otros medios. O al revés.

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